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Historia Sagrada

¿Qué es la verdad?

Publicado 2009/11/03
Autor : Diác. Winston de la Concepción Salazar Rojas, EP

El hombre vive a la búsqueda de la verdad. La ama cuando se le manifiesta, pero puede llegar a odiarla si le reprende... Así es el espíritu humano, sin el auxilio de la gracia divina.

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Cuentan que una vez unos frailes quisieron gastarle una broma a Santo Tomás de Aquino. En determinado momento empezaron a exclamar:

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“¿Qué es la verdad?” Esa fue la pregunta que, cargada de ironía, Pilato le hizo a Aquel que de sí afirmó: “Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”.

— ¡Venid! ¡Mirad un burro volando!

Y todos se quedaron esperando ansiosos a que apareciera el santo para ver cómo reaccionaría, dispuestos a reírse de su hermano de hábito. Cuando llegó al lugar y se puso a mirar al cielo en busca de tan inusitado fenómeno los presentes estallaron en carcajadas y le decían criticándole:

— Pero, ¡hombre de Dios! ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? Tú, que pareces que lo conoces todo, deberías saber que es imposible que los burros vuelen.

La inocentada terminó de manera inesperada y fray Tomás les respondió en tono serio:

— Entre que un burro vuele y que unos religiosos mientan, me parece más imposible lo segundo que lo primero... 1

Esta curiosa anécdota nos introduce en un tema apasionante: mentira, verdad… ¿Qué es la verdad?

Si lo consideramos detenidamente, veremos que se trata del problema más elemental que cualquier persona se plantea en lo más íntimo de su ser.

A cada instante, en lo que observa, en lo que piensa, en todo aquello que siente, el hombre tiene una propensión, una aspiración o una inclinación para buscar una certeza, una verdad en la que fundarse.

Es el famoso “por qué” de los niños que lo quieren saber todo; en su inocencia, se admiran y se asombran ante un mundo nuevo que ofrece, a sus mentes ávidas de conocer, una infinitud de atrayentes interrogantes.

Conformidad entre la realidad y el pensamiento

Y, entonces, ¿qué es la verdad? Esa fue la pregunta que, cargada de ironía, Pilato le hizo a Aquel que de sí afirmó: “Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).

La misma indagación se plantean hoy día muchas personas sin encontrar una respuesta satisfactoria. Se acostumbra decir que la verdad es la conformidad entre lo que se piensa y la realidad. Así lo ha entendido fundamentalmente la Filosofía clásica y la escolástica, desde Aristóteles, para quien la verdad consiste en afirmar lo que es y negar lo que no es; y Santo Tomás la define como la adecuación de las cosas y del entendimiento: “veritas est adaequatio rei et intellectus” . 2

La humildad, primer requisito para alcanzar la verdad

Por su parte, con su estilo característico, Santa Teresa de Jesús vincula estrechamente a la verdad con la virtud de la humildad. Así escribe en su famoso libro de Las Moradas o Castillo interior :

“Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante, a mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad” . Tras explicar que “anda en la verdad” el que no hace buen concepto de sí mismo, sino que reconoce ser nada y miseria, la gran doctora de la Iglesia añade: “Quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella”. 3

La mística de Ávila nos enseña de esta manera la actitud que debemos asumir ante nuestro Dios y Creador.

Es necesario aceptar su soberanía y omnipotencia, que implica en reconocer en nosotros —y en los demás— tanto las cualidades, virtudes y dones que el Creador nos haya otorgado en su infinita liberalidad, como nuestros pecados, defectos y errores, que no sólo debemos detestar, sino corregir. Es decir, quien ama y practica la virtud de la humildad no tergiversa ni manipula la verdad de acuerdo a su propia conveniencia, sino que enfrenta la realidad como ella es, objetivamente.

Con razón afirma el Papa Benedicto XVI en la introducción de su Encíclica Caritas in veritate : “Defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad. Ésta ‘goza con la verdad' (1 Co 13, 6). Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad (cf. Jn 14, 6)” .

Santo Tomás de Aquino, el “apóstol de la verdad”

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“¿Por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad?
Porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad”

Célebre es la afirmación del Aquinate: “Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Santo est” “toda verdad, quienquiera que la diga, procede del Espíritu Santo” . 4 Con ello nos enseña que “para conocer una verdad, de cualquier orden que sea, el hombre necesita de un auxilio divino mediante el cual el entendimiento sea impulsado a su propio acto” . 5

Este anhelo de la verdad le mereció al Doctor Angélico el reconocimiento de varios Papas, entre ellos Pablo VI: “Tal afán de buscar la verdad, entregándose a ella sin escatimar ningún esfuerzo —afán que Santo Tomás consideró misión específica de toda su vida y que cumplió egregiamente con su magisterio y con sus escritos—, hace que pueda llamársele con todo derecho ‘apóstol de la verdad' y que pueda proponerse como ejemplo a todos los que desempeñan la función de enseñar. Pero brilla también ante nuestros ojos como modelo admirable de erudito cristiano que, para captar las nuevas inquietudes y responder a las exigencias nuevas del progreso cultural, no siente la necesidad de salir fuera del cauce de la fe, de la tradición y del Magisterio, que le proporcionan las riquezas del pasado y el sello de la verdad divina” . 6

El principio de no contradicción

Un principio fundamental de la Filosofía se encuentra en la base de la verdad: el principio de no contradicción, según el cual una cosa no puede ser y no ser, bajo el mismo aspecto y al mismo tiempo. Una tesis tan evidente que no necesita demostrarse, ya que la mente, por decirlo así, puede aprehenderlo intuitivamente. Para alcanzar la verdad, el hombre debe construir su pensamiento sobre la base de ese principio, pues de lo contrario caería en el error y en la confusión. Este principio fue proclamado por la misma Sabiduría eterna y encarnada, cuando les advertía a sus discípulos: “Cuando digáis ‘sí', que sea sí, y cuando digáis ‘no', que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno” (Mt 5, 37). De una forma más categórica aún, el libro del Apocalipsis manifiesta cuanto el Señor aprecia la veracidad y la coherencia: “Escribe al Ángel de la Iglesia de Laodicea: ‘El que es el Amén, el Testigo fiel y verídico, el Principio de las obras de Dios, afirma: Conozco tus obras. No eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca'” (Ap 3, 14-16).

Es una obligación moral mantenerse en la verdad

Para despejar el asunto de cómo la razón humana puede conocer la verdad y una vez conocida tiene el deber moral de seguirla, el célebre filósofo español Jaime Balmes aborda el tema de cómo el carácter racional del hombre requiere que sus acciones posean un fundamento en la razón, por ser ésta la más importante de sus facultades: “Es claro que no pueden ser indiferentes para el entendimiento la verdad y el error; su perfección consiste en el conocimiento de la verdad; luego tenemos un deber de buscarla: y, cuando no empleamos el entendimiento en ese sentido, abusamos de la mejor de nuestras facultades. El objeto del entendimiento es la verdad, porque la verdad es el ser; y la nada no puede ser objeto de ninguna facultad. Cuando conocemos el ser, conocemos la verdad, y, por consiguiente, estamos obligados a procurarnos el conocimiento de la realidad de las cosas.

Si por indolencia, pasión o capricho extraviamos nuestro entendimiento, haciéndole asentir al error, ya porque crea existentes objetos que no existen, o no existentes los existentes, ya porque les atribuya relaciones que no tienen, o les niegue las que tienen, faltamos a la ley moral, porque nos apartamos del orden prescripto a nuestra naturaleza por la sabiduría infinita. El amor de la verdad no es una simple cualidad filosófica, sino un verdadero deber moral; el procurar ver en las cosas lo que hay, y nada más de lo que hay, en lo que consiste el conocimiento de la verdad, no es sólo un consejo del arte de pensar: es también un deber prescripto por la ley de bien obrar”. 7

Por donde se entiende mejor la advertencia que el Divino Maestro hizo a los que no quieren andar en el camino de la verdad: “Tenéis por padre al demonio y queréis cumplir sus deseos. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él.

Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44).

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“Cuando digáis ‘sí’, que sea sí, y cuando digáis ‘no’, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno”

La unidad de la verdad: postulado fundamental de la razón humana

Así, como toda verdad, todo bien y toda belleza provienen de Dios como de su fuente, es imposible que haya contradicción en la verdad; lo que puede variar es el camino para llegar hasta ella desde la fe, la filosofía o la ciencia. E igual que ocurre en toda la Creación, también hay una jerarquía y un orden admirables en la esfera del conocimiento.

Somos criaturas especialmente complejas; tenemos una parte espiritual y otra, material. Ahora bien, el espíritu es superior a la materia, el orden sobrenatural es superior al orden natural, por eso el estudio de aquello que se refiere a Dios es superior, por su propio objeto, a cualquier otro. Esto no quita ni disminuye la importancia, la utilidad y la necesidad del estudio del universo. Para ello, el ser humano —criatura racional hecha a imagen y semejanza de Dios— posee la inteligencia que lo lleva a querer investigar el universo.

Bien ordenada, esta inteligencia, por sí sola, puede y debe conducir a su Creador; iluminada por la luz de la fe, llegará incluso a discernir los misterios y las verdades del orden sobrenatural: “Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando.

Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La Revelación da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios de la historia de la salvación. El mismo e idéntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los científicos confiados, es el mismo que se revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada, tiene su identificación viva y personal en Cristo, como nos recuerda el Apóstol: ‘Habéis

sido enseñados conforme a la verdad de Jesús' (Ef 4, 21; cf. Col 1, 15-20). Él es la Palabra eterna, en quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra encarnada, que en toda su persona revela al Padre (cf. Jn 1, 14.18). Lo que la razón humana busca ‘sin conocerlo' (Hch 17 23), puede ser encontrado sólo por medio de Cristo: lo que en Él se revela, en efecto, es la ‘plena verdad' (cf. Jn 1, 14-16) de todo ser que en Él y por Él ha sido creado y después encuentra en Él su plenitud (cf. Col 1, 17)” . 8

La verdad impone deberes

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“Toda verdad, quienquiera que la
diga, procede del Espíritu Santo”

Por eso, la razón humana, cuanto más profundiza en el estudio del universo, más se admira al conocer su perfección, su armonía y su belleza, que no pueden ser producto del azar, de la misma forma que no puede ser que miles de letras arrojadas desde una ventana compongan cuando lleguen al suelo, por ejemplo, la Divina Comedia de Dante. Por donde se concluye que sabio e inteligente no es solamente quien mucho conoce o entiende, sino sobre todo aquel que al admirar esta obra de arte que es la Creación, se remonta a su Creador.

No hay nadie tan necio que al contemplar una maravilla de la técnica o una obra de arte se crea que no ha tenido autor o causa.

No obstante, cuando el hombre orgullosamente lesiona ese natural afán por la verdad, se instala en su espíritu el desorden; en su mente, la confusión; en sus ideas, el caos; cayendo más tarde en crisis psicológicas, morales y espirituales que pueden alcanzar todos los ámbitos de su existencia. De manera que quien se construye “su” verdad erige su alma sobre la arena movediza del individualismo y el egoísmo más exacerbado, con las trágicas secuelas que derivan de quien se pone a sí mismo como origen y medida de la verdad. En cambio, aquel que adhiere a la Verdad alcanza, junto con ella, la libertad: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). El Papa Benedicto XVI en la Misa Crismal del Jueves Santo de este año, explicaba los deberes que la verdad impone: “Estar inmersos en la verdad y, así, en la santidad de Dios, también significa para nosotros aceptar el carácter exigente de la verdad; contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas a la mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes; aceptar la fatiga de la verdad, para que su alegría más profunda esté presente en nosotros. Cuando hablamos del ser consagrados en la verdad, tampoco hemos de olvidar que, en Jesucristo, verdad y amor son una misma cosa. Estar inmersos en Él significa afondar en su bondad, en el amor verdadero”. 9

De manera que una vez que el hombre ha conocido la verdad debe seguirla, y aceptar sus consejos como si se tratase de su mejor amigo, de acuerdo con la famosa frase atribuida al Estagirita: “Amicus Plato, sed magis amica veritas” — Platón es amigo pero más amiga es la verdad. 10 Este camino de búsqueda de la verdad exige del hombre una actitud de aceptación de tal verdad y de rechazo del error, como explica Juan Pablo II: “‘Todos los hombres desean saber' [Aristóteles, Metafísica, I, 1.] y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso en la vida diaria muestra cuán interesado está cada uno en descubrir, más allá de lo conocido de oídas, cómo están verdaderamente las cosas. El hombre es el único ser en toda la creación visible que no sólo es capaz de saber, sino que sabe también que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio,

si puede confirmar su verdad, se siente satisfecho. Es la lección de San Agustín cuando escribe: ‘He encontrado muchos que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar' [Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173]. Con razón se considera que una persona ha alcanzado la edad adulta cuando puede discernir, con los propios medios, entre lo que es verdadero y lo que es falso, formándose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas. Este es el motivo de tantas investigaciones, particularmente en el campo de las ciencias, que han llevado en los últimos siglos a resultados tan significativos, favoreciendo un auténtico progreso de toda la humanidad” . 11

La verdad engendra odio

Ante este panorama, ¿cómo explicar el hecho de que Jesucristo —el Camino, la Verdad y la Vida— fuese perseguido por aquellos que decían que buscaban la verdad y lo crucificaron entre dos ladrones?

A esto responde el inmortal Doctor de la Gracia. Comentando la célebre frase de Terencio “Veritas odium parit” (La verdad engendra odio), San Agustín se pregunta cómo explicar hecho tan absurdo. En efecto, dice, el hombre ama naturalmente la felicidad y, dado que ésta consiste en la alegría nacida de la verdad, sería una aberración que alguien tome como enemigo a quien predica la verdad en nombre de Dios. Enunciado así el problema, pasemos a la explicación.

La naturaleza humana es tan proclive a la verdad que cuando el hombre ama algo de contrario a la verdad, quiere que ese algo sea verdadero. Con eso, se engaña, convenciéndose de que es verdadero lo que en realidad es falso. Entonces es preciso que alguien le abra los ojos. Ahora bien, como el hombre no admite que se le demuestre que se ha engañado a sí mismo, tampoco tolera que se le demuestre cuál es el error en que está. Y el Águila de Hipona concluye: “Así, pues, aquella misma cosa que tienen por verdad, y como a tal la aman, es el motivo de que aborrezcan la verdad. Aman la verdad en cuanto resplandece o ilumina, pero la aborrecen en cuanto los acusa y reprende. […] La correspondencia que tendrían de la verdad será que a los que no quieren que los descubra y manifieste, los manifestará y descubrirá, aunque ellos no quieran, sin que la misma verdad se descubra y manifieste a ellos. Así es también puntualmente el espíritu del hombre que quiere ocultar su ceguedad, sus achaques, su fealdad, sus indecencias, y no quiere que a él se le oculte cosa alguna; pero sucede al contrario, que él queda descubierto para la verdad, y la verdad queda oculta para él”. 12

Relativismo

Al discurrir sobre la verdad, no se puede dejar de tratar también un fenómeno tan actual como la globalización, y muy ligado a ella, el relativismo. Éste —tan de moda hoy en día— propugna, en última instancia: que no existe una verdad , sino verdades ; que no se puede afirmar nada que tenga una validez eterna y universal; que las diversas y variables circunstancias históricas, culturales, sociales o temporales pueden modificar los conceptos y las cosas.

De acuerdo con esa concepción relativista, se justifican comportamientos y situaciones que antiguamente eran reprobables, pero que hoy en día se consideran aggiornatti , ya que “los tiempos han cambiado”, como se suele decir. Aunque los tiempos cambien, sabemos y creemos que la Palabra de Dios no cambia (igual que el hombre es siempre el mismo en esencia), pues “es más fácil que dejen de existir el cielo y la tierra, antes que desaparezca una coma de la Ley” (Lc 16, 17).

La Iglesia, columna y fundamento de la verdad

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La estrella que nos guía hasta el Puerto de la Verdad es la Virgen Inmaculada

Concluyendo estas reflexiones, no podemos sino admirar y ponderar cuán maravilloso es que Dios haya dotado a la Iglesia de una voz infalible, que transmite la verdad cristalina, evitándole naufragar en la tempestad de opiniones y de pareceres personales sin orden ni concierto, que surgen cuando no se sigue la verdad. Alguien dirá que es una atadura, y alguno más atrevido dirá que el dogma encadena la libertad. Nada más contrario a la realidad. ¿Quién sería el insensato que dijese que las normas de tráfico esclavizan a los conductores y les coartan la “libertad” de colisionar con otros vehículos o de atropellar a los peatones? ¿Y quién no ve la utilidad del pasamano en la escalera para evitar accidentes? Por eso, se ha dignado Dios adornar a su Iglesia, “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3, 15), con una joya preciosa que es la infalibilidad, gracias a la cual sabemos y creemos que el Sumo Pontífice, asistido directamente por el Espíritu Santo, no se equivoca en materia de fe y moral. Esto le da a la Iglesia un fundamento sólido como una roca. Aunque las tempestades amenacen sumergirla, podemos confiar en su continuidad, pues no dejará de cumplirse la palabra del Señor según la cual las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella (cf. Mt 16,18).

Quien nos conduce hacia la verdad es el Espíritu Santo

Sólo en la Verdad y en el Amor — en una palabra, solamente en Dios—, puede saciar la criatura humana el hambre y la sed de plenitud que lleva en sí. Lejos de Dios sólo se hallan las tinieblas, el error, la confusión. Es necesario que reconozcamos que somos seres débiles, limitados y contingentes; nuestra inteligencia, a causa del pecado original, quedó oscurecida y nuestra voluntad inclinada al mal. Con todo, Dios, en su misericordia, dispuso la solución y nos otorgó con infinita generosidad todos los medios que necesitamos para alcanzar la felicidad que anhelamos. Sin embargo, mientras el corazón de los hombres no se vuelva a su Creador y Señor, no hallará la paz, la tranqui lidad, la felicidad; pues, como dice San Agustín: “Porque nos criasteis para Vos, y está inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Vos” . 13

Quien nos ha de conducir hacia la Verdad es el Espíritu Santo, según la promesa de Cristo a sus Apóstoles: “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo” (Jn 16, 13).

Y la estrella que nos guía hasta el Puerto de la Verdad es la Virgen Inmaculada. Ella nos lo señala, como en las bodas de Caná cuando le dijo a los sirvientes: “Haced todo lo que Él os diga ” (Jn 2, 5). Esta sencilla frase resume todo el itinerario cristiano. Hacer lo que Jesús nos dice, como María, que guardaba todas sus palabras y las meditaba en su corazón (cf. Lc 2, 19). ²

 

1 Cf. SILVEIRA, Pablo da. Historias de filósofos. Buenos Aires: Ed. Alfaguara, 1997, p. 88.

2 Cf. AQUINO, Santo Tomás. De Veritate q. 1a. 1; Summa Theologica I, q. 16, a. 1, Resp.

3 Sexta morada, Cap. X.

4 AQUINO, Santo Tomás. Summa Theologica. I-II, q. 109, a. 1, ad 1.

5 Ídem, ibídem.

6 Carta Apostólica Lumen Ecclesiae , 20/11/1974, n°10.

7 BALMES, Jaime. Filosofía Elemental. Ética Cap. XV, Secc. III. México: Ed. Porrúa, 1986, p. 96

8 JUAN PABLO II. Encíclica Fides et ratio , 14/9/1998, n° 34.

9 Homilia, 9/4/2009.

10 Frase atribuida a Aristóteles por Ammonio en sua obra La vida de Aristóteles. Apud FRAILE, Guillermo. Historia de la Filosofía. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1975, p. 417.

11 JUAN PABLO II, Op. cit., n° 25.

12 SAN AGUSTÍN. Confesiones , Libro X, Cap. XXIII.

13 Ídem I, I.

 

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