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Vivir en la perspectiva de la resurrección

Publicado 2019/11/28
Autor : Mons. Joáo Scognamiglio Clá Dias, EP

A la maliciosa cuestión propuesta por los saduceos, Jesús contrapone la verdadera visión con respecto a la eternidad, enseñándonos a considerar la vida humana desde el prisma sobrenatural.

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 I – DIOS NOS REVELA LAS REALIDADES SOBRENATURALES 

Imaginemos un grupo de ciegos de nacimiento que viven apartados en una isla, sin ningún tipo de comunicación con personas con una visión normal. Además de desconocer la luz, ni siquiera tendrían noción del mundo exterior, como la grandeza del firmamento estrellado, la belleza de un panorama mari?timo o la majestuosidad de una montaña.

Supongamos que alguien dotado de una vista sana fuera a esa isla y comenzara a instruir a la población sobre la realidad material, describiéndoles la distinción entre la noche y el día según el movimiento del sol, o el desplazamiento silencioso de las nubes por el cielo o la procedencia de un sonido que se escucha a lo lejos. Si los ciegos creyeran en la palabra de ese que ve las cosas, enseguida empezarían a formarse una idea del universo mucho más amplia y rica.

Ahora bien, similar es nuestra situación ante Dios en esta tierra: somos ciegos porque no lo vemos, pero Él desde su visión perfectísima y eterna, se sirve de diversos medios, entre ellos la Sagrada Escritura, para revelarnos las verdades sobrenaturales.

La liturgia de este trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario se desarrolla en torno a una de esas verdades: la resurrección final. 

“Vale la pena morir a manos de los hombres...”

El segundo libro de los Macabeos, proclamado en la primera lectura, narra el martirio de cuatro de siete hermanos presos junto con su madre durante la persecución de Antíoco al pueblo judío. Con la intención de obligarlos a apostatar de la religión, el tirano los somete a horribles torturas, pero los jóvenes manifiestan impresionante fuerza de alma y no ceden. Uno de ellos, antes de expirar, proclama: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida” (7, 14).

En efecto, en el fin de los tiempos resurgirán tanto los buenos como los malos, pero para éstos el hecho de recuperar sus cuerpos será motivo de mayor tormento. Mientras los bienaventurados resucitarán sin ninguna posibilidad de padecer dolor o cualquier molestia física, los condenados sufrirán en sus miembros y en sus sentidos todos los horrores del “horno de fuego; y allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 13, 50).

Por ejemplo, los precitos exhalarán un repugnante olor, que les causará constantes naúseas; en cambio, de los que estuvieran en la gloria emanarán perfumes extraordinarios, con fragancias diferentes conforme las características de cada alma.


1 Cf. SANTO TOMA?S DE AQUINO. Suma Teolo?gica. Suppl., q. 82, a. 4.

 

Cristo es el Primogénito entre los muertos

En la segunda lectura, San Pablo subraya la esperanza de alcanzar en la convivencia con Dios ese “consuelo eterno” (2 Tes 2, 16), que nos da aánimo y nos dispone para las buenas obras. Y la aclamación del Evangelio recuerda que Nuestro Señor es el Primogénito entre los muertos, es decir, el primero que resurgirá gloriosamente, convirtiéndose en la causa de nuestra resurrección.

Estas consideraciones nos preparan para que acompanémos mejor el Evangelio, en el cual San Lucas describe un episodio ocurrido al inicio de la Semana Santa.  

II – LOS QUE SE ENTREGAN AL PECADO NO CREEN EN LA RESURRECCIÓN 

A la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, el Domingo de Ramos, le sucederán días de creciente hostilidad por parte de sus enemigos. Intentaban quitarle la vida, “pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de Él, escuchándolo” (Lc 19, 48).

En ese contexto, enseñando en el Templo, fue cuando contó la parábola de los viñadores, cuyo desenlace es el exterminio de los asesinos y la entrega de la viña a otros (cf. Lc 20, 9-16). Conforme observa el evangelista, los sumos sacerdotes y los escribas comprendieron que el divino Maestro se refería a ellos en esa narración y únicamente no le echaron mano en esa ocasión porque tenían miedo a la reacción de la gente.

Más adelante, tratando de sorprenderlo en algún error que les facilitara denunciarlo ante la autoridad, unos espías enviados por los fariseos le propusieron al Salvador la engañosa cuestión del impuesto del César, a la cual respondioó con tanta astucia que los contendientes, desconcertados, “se quedaron mudos” (Lc 20, 26).

Según indica San Mateo (cf. Mt 22, 23), es en aquel mismo día cuando se desarrolla la escena descrita por San Lucas en los versículos que siguen.

Incredulidad y relativismo, defectos correlativos

En aquel tiempo, 27a se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección...  

Los saduceos eran, en su mayoría, miembros de la alta jerarquía sacerdotal de la nación judaica y componían un influente partido divergente de los fariseos en puntos fundamentales. Además de ser favorables a la colaboración pacífica con el Gobierno romano y su desatención por las tradiciones religiosas, negaban la resurrección de los muertos y la existencia de ángeles y de es- píritus (cf. Hch 23, 8). 

Tales discordancias, sin embargo, no constituían obstáculo alguno para que ambas facciones se mancomunaran contra Nuestro Señor. San Mateo lo atestigua al registrar la escena en la que “se le acercaron los fariseos y saduceos, para ponerlo a prueba” (16, 1), y recibieron de sus divinos labios el epíteto de “generación perversa y adúltera” (16, 4). Similar había sido la invectiva de San Juan Bautista cuando miembros de uno y otro bando se dirigieron al Jordán a fin de ser bautizados: “¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?" (3, 7). 

Ciertamente la problemática de la resurrección ya había sido tema de numerosas discusiones entre ellos. Los saduceos, no obstante, permanecían obstinados en su incredulidad, no por falta de argumentos que demostraran la inmortalidad del alma humana y la resurrección como consecuencia de ésta, sino por ser disolutos y relativistas. Creer en ese dogma los obligaría a cambiar de conducta moral y a cumplir la ley de Dios con integridad, y es lo que no estaban dispuestos a hacer. 

De la misma manera proceden los que se entregan al pecado: no creen en la resurrección, o al menos tratan de abstraerse de ella, pues su aceptación implicaría llevar una existencia regulada por los Mandamientos, a fin de estar a la derecha del Hijo del hombre “cuando venga en su gloria” (Mt 25, 31). 

Tiene que haber herejías

27b ...y preguntaron a Jesús: 28 “Maestro, Moisés nos dejó escrito: ‘Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano’. 29 Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. 30 El segundo31 y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos.32 Por último, también murió la mujer.33 Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer”.

Desde el comienzo de la Historia, quiso el Creador la multiplicación del género humano: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla” (Gén 1, 28). Dios desea que más y más almas se vuelvan hijas suyas para beneficiarlas con sus gracias, y el matrimonio fue el medio escogido para lograr ese fin.

No obstante, tal institución sólo existe en la tierra. En la vida futura la propagación de la especie ya no tiene razón de ser, visto que el número de los elegidos estará completo. Hombres y mujeres resurgirán con una perspectiva nueva. Se habrá dado la victoria definitiva de Dios en la Historia y en ella participarán los que hayan seguido el camino de la santidad; padecerán en el Infierno los que rechazaron la gracia, prefiriendo el pecado.

En la eternidad, las relaciones entre marido y mujer estarán desprovistas de características terrenas. Se darán de forma semejante a la unión entre María y José: dichas relaciones serán virginales, fundamentadas únicamente en el amor a Dios. En el Cielo no hay naciones, ni instituciones propias al mundo; solamente los vínculos de cuño sobrenatural, como los que unen a las familias religiosas, continuarán en la vida futura. 

Quien oye su palabra no necesita de pruebas

Hay que destacar, además, que en esos versículos Nuestro Señor usa la autoridad de su propia palabra para enseñar, sin mencionar las Escrituras.

Responde a la objeción de los saduceos con afirmaciones lindísimas, salidas directamente de sus labios y revestidas de una fuerza de penetración muy superior a la de cualquier pasaje del Antiguo Testamento, aunque también éste está inspirado por el propio Dios. Los oyentes de buen espíritu no sentían la necesidad de prueba alguna, pues allií estaba la Verdad. 

Pero Jesús quiso agregar un argumento equivalente al de los saduceos, para mostrarles lo errados que estaban incluso en el uso de las palabras de Moisés. 

Un argumento que calló a los adversarios

37 “Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: ‘Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob’. 38 No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para Él todos están vivos”. 

Como observa San Jerónimo,2 hay en las Escrituras muchos otros pasajes más claros para demostrar la resurrección. 

Nuestro Señor podría citar, por ejemplo, el cántico de Isaías: “¡Revivirán tus muertos, resurgirán nuestros cadáveres, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo!” (26, 19). O la profecía de Daniel: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para la vida eterna, otros para la verguenza e ignominia perpetua” (12, 2). 

Entonces uno se pregunta por qué quiso el divino Maestro presentar ese versículo del Éxodo, en apariencia mucho menos concluyente. 

Una de las razones es el hecho de que los saduceos despreciaban todos los Libros Sagrados, con excepción del Pentateuco. Por lo tanto, no hubiera valido de nada mencionar pasajes que no estuvieran incluidos en él para convencerlos. Pero San Jerónimo afirma que Jesús también tuvo la intención de hacer el bien a los demás judíos, para quienes esos términos empleados por Dios al comunicarse con Moisés en el episodio de la zarza ardiente resultaban misteriosos. 

El Evangelista es sintético, pero Nuestro Señor debe de haber expuesto su argumento con una claridad única, quizá diciendo: “Vosotros, saduceos, os calificaís de hijos de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Ahora bien, todos ellos ya han muerto. Luego, ¿sois hijos de muertos? ¿Y Dios es Señor de los que ya no existen? ¡No! Las almas de Abrahán, Isaac y Jacob son inmortales; los tres están vivos y ¡llegará el díaa en que sus cuerpos resucitarán!”.

La liturgia de este domingo no recoge los dos versículos finales de este episodio, en los que San Lucas describe la reacción de los presentes. Los saduceos ciertamente salieron muy humillados. Sólo algunos escribas se lo reconocieron: “Bien dicho, Maestro”, dijeron. Y después de eso “ya no se atrevían a hacerle más preguntas” (Lc 20, 39-40). 

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III – LA MEJOR PREPARACIÓN PARA UNA RESURRECCIÓN FELIZ 

Si Nuestro Señor Jesucristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe (cf. 1 Cor 15, 14), enseña San Pablo. Sí, pues lo que nos anima a mantenernos en la virtud es precisamente la certeza de poseer un alma inmortal y la esperanza de que, a ejemplo de Cristo, nuestro cuerpo resurgirá del polvo en el fin del mundo.

Habiéndose concluido en el tiempo con la muerte, nuestra vida continuará en el plano eterno. Y aquello que los libros, documentos y relatos elaborados por los hombres en esta tierra llaman Historia quedará reducido a una mera “pre- Historia” cuando es contemplada a partir de la visión de Dios.

Una idea que divide a la humanidad

En la realidad eterna, muchísimo más amplia que los estrechos límites que abarca la razón humana, figuran los ángeles, los cuales no mueren ni resucitan, pero cuya existencia está también dividida en dos etapas bien diferenciadas. Así, podríamos llamar “prehistoria” angélica al período anterior a la caída de los demonios al Infierno e historia a lo ocurrido después de esa gran ruptura entre espíritus buenos y malos.

Para los hombres, lo que pasa en este mundo es tan sólo un preámbulo de lo que se desarrollará en la eternidad. En la vida fu- tura, por ejemplo, jamás le faltará a los elegidos materia para conversar, hechos inéditos que comentar, nuevas perfecciones de Dios por descubrir y alabar. Todos poseerán cuerpo glorioso y estarán libres, por tanto, de limitaciones como el sueño o el cansancio. Los dones de sutileza y agilidad resolverán cualquier problema de desplazamiento o de espacio.

Con vistas a ese destino eterno hemos de guiarnos mientras peregrinamos en este valle de lágrimas. Esto exige esfuerzo y sacri- ficio, pues lo cotidiano moderno, con toda clase de facilidades de la tecnología, así como los progresos de la medicina —anestesias, medicamentos súper eficaces, órganos artificiales, trasplantes—, puede crear la ilusión de que el hombre llegue a vivir indefinidamente en medio de los placeres de la tierra.

Tal ilusión genera una mentalidad naturalista, olvidada de Dios. Si en los primeros siglos el paganismo perseguía a los fieles para obligarlos a sacrificar a los ídolos y renegar de la fe, hoy la civilización neopagana cobra de las personas una postura atea, por la cual se olvidan de lo sobrenatural.

Así pues, por increíble que parezca, la idea de la resurrección es aún el divisor del mundo en nuestros días.

Abandonemos los apegos, caprichos y pasiones

Todos compareceremos en determinado momento ante Dios para ser juzgados, de lo cual resultará nuestra felicidad o condenación eternas. No hay una tercera opción, un post mortem neutro en el que no se sufra y tampoco se goce de suma felicidad. Caminamos hacia la muerte como desenlace inevitable de nuestra prehistoria. El peregrinar por la tierra constituye únicamente una breve prueba en función de la cual nos estableceremos en la vida futura. Si aquií nos guiamos por lo que los sentidos corporales nos transmiten, dejando de lado la perspectiva eterna, caeremos en el peor de los engaños: creeremos que son reales nada más que las cosas concretas que nos rodean, las cuales desaparecerán al cerrar los ojos a este mundo. Por consiguiente, es una insensatez preocuparse en demasía con la consideración o el desprecio recibido de los demás, con la rique- za o la pobreza, la salud o la enfermedad. La única cosa que verdaderamente importa es el amor que Dios tiene por nosotros, hasta tal punto que quiere hacernos partícipes de la plenitud de su vida. La esperanza de verlo cara a cara debe animarnos in- cluso ante el dolor y el sufrimiento.

Por muy larga que sea nuestra existencia, ¿qué representa comparada con la eternidad? ¡No seamos locos desperdiciando nuestro tiempo con algo que terminará con la muerte y después nos llevará al infierno! Abandonemos todos los apegos, ca- prichos y delirios de las pasiones; evitemos el pecado y, si tenemos la infelicidad de ofender a Dios, procuremos cuanto antes el perdón sacramental. En fin, preparémonos para que, en el día de nuestra resurrección, veamos realizados en nosotros las palabras del salmo responsorial: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor” (cf. Sal 16, 15).

Dios puede transformar defectos en virtudes

Al presentar con tanta claridad el problema de la resurrección, la liturgia de este trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario fortalece nuestra esperanza y nos llena de deseo de vivir en la gracia de Dios. La buena conciencia y la presencia del Espíritu Santo en las almas infunden energía y disposición de ánimo y le confieren un brillo característico e insuperable a la fisonomía.

Quien vive con los ojos puestos en la eternidad no se deja perturbar ni siquiera en medio de las peores persecuciones, pues sabe que todo estaá permitido por Dios, y encuentra motivo de alegría hasta en las propias miserias: “Qué bien que yo tenga esta debilidad, porque da una idea de cómo soy ruin. Pero Dios es todopoderoso. Así como puede transformar las piedras en hijos de Abrahán, puede convertir ese defecto mío en virtud. Oh Dios, cuán maravilloso es tu modo de actuar. Toma ese horror que hay en mí y haz de él una obra de santidad”. 

Pidámosle a Nuestra Señora que nos alcance gracias para comprender la belleza de las alegrías eternas y para no desviar nunca nuestra atención de esa magnífica perspectiva. Que la Virgen fiel nos conceda considerar la vida presente con la misma disposición con la que Ella “conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2, 51), convenciéndonos cada vez más de la necesidad de perseverar en la virtud para que nuestra resurrecciín sea la más feliz posible. 


2 Cf. SAN JERÓNIMO. Commentariorum in Evangelium Matthæi. L. III, c. 22: PL 26, 165. 

 

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