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Comentario al Evangelio

La lucha, manifestación del afecto divino

Publicado 2019/12/04
Autor : Hna.Antonella Ochipinti González, EP

¡Cuántas veces no hemos pasado por terribles pruebas, por tempestades, en las que nos sentíamos casi sumergidos por las olas, mientras parecía que el Maestro dormía! ¿Acaso dejaba de amarnos en esos momentos?

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Elevadas rocas sirven de escenario para un admirable episodio que a primera vista asusta, pero del cual podemos sacar numerosas lecciones: ¡pequeñas aves cayendo a gran velocidad! Son unos polluelos de águila que, habiendo alcanzado la edad adecuada para empezar a volar, han sido arrojados por sus propios padres precipicio abajo...

En este episodio podríamos ver un símbolo de cómo actúa Dios con nosotros en ciertos momentos: nos somete a pruebas aparentemente absurdas, pero muy formativas para nuestra santificación. Y como no siempre llevamos en consideración lo que Dios tiene en vista, no es raro que oigamos afirmaciones de esta clase: “¡Cómo puede hacer eso conmigo!”, o bien: “¿Por qué me trata así?”.

Si la prueba se vuelve un poco más larga o más intensa surge el riesgo de que haya una rebelión contra la Providencia divina. ¿Y por qué? Entre otros motivos, por la falta de comprensión de que todo lo que nos pasa obedece a un designio amoroso de Dios. 

El Señor jamás se cansa de amar, perdonar y hacer el bien

¿Quién no se ha conmovido al leer, en los Santos Evangelios, la parábola del hijo pródigo? Parece imposible que exista mejor ejemplo de amor paterno del que muestra aquel padre, el cual colma con los más conmovedores gestos de afecto, compasión y misericordia al hijo rebelde, ingrato y pecador. Incluso antes de que se arrepienta y regresara a casa, su padre ya lo esperaba ansiosamente, como se desprende del hecho de haberlo visto “cuando todavía estaba lejos” (Lc 15, 20).

Jesús quería con esta parábola darles a los hombres una pálida idea de la infinita paternidad divina, que jamás se cansa de amar, perdonar y hacer el bien. “Si vosotros, aun siendo malos, sabeís dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará cosas buenas a los que le piden!” (Mt 7, 11).

Ahora bien, ¿cómo entender, a la luz de esa infinita bondad, que Dios muchas veces trate con aparente rudeza a los suyos?

El dolor y la dificultad purifican el alma

Volvamos a nuestro ejemplo inicial. Las águilas, de hecho, para ayudar a sus polluelos a volar, recurren a un método supuestamente brusco, pero muy eficaz: los llevan a sus espaldas y cuando llegan a una considerable altitud los lanzan al aire. 

Sin embargo, no es una actitud desnaturalizada. Al contrario, esos aguiluchos, movidos por el instinto, aprenden a salvarse de la muerte por sí mismos, y el esfuerzo aplicado en la tarea los lleva a alcanzar rápidamente elevadas alturas, a semejanza de sus progenitores.

Estas osadas aves, al seguir sus impulsos naturales, reflejan un interesante aspecto de Dios: la divina didáctica que Él utiliza para formar a sus hijos y hacer de ellos grandes héroes.

El dolor y la dificultad purifican el alma, además de apartarlas, muchas veces, del mal camino. Así, las divinas “correcciones” que Dios, como Padre perfectísimo, nos envía no nos excluyen de la condición de hijos. Por el contrario, son la confirmación de esa filiación, conforme enseña el Apóstol: “Soportaís la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos? Si os eximen de la corrección, que es patrimonio de todos, es que sois bastardos y no hijos.

Ciertamente tuvimos por educadores a nuestros padres carnales y los respetábamos; ¿con cuánta más razón nos sujetaremos al Padre de nuestro espíritu, y así viviremos? Porque aquellos nos educaban para breve tiempo, según sus luces; Dios, en cambio, para nuestro bien, para que participemos de su santidad” (Heb 12, 7-10).

Los deseos de la carne se oponen a los del espíritu

Ya proclamaba el justo Job que la vida del hombre sobre la tierra es una lucha y sus días son como los de un jornalero (cf. Job 7,1). Este estado beligerante es una realidad incontestable, resultado del pecado original. La caída de nuestros primeros padres trajo como consecuencia la pérdida de la paz por la introducción del desorden en el alma humana, con todas sus consecuencias. Las potencias del alma humana se vieron sacudidas, y el hombre pasó a sentir en sí la confusión de la inteligencia, la flaqueza de la voluntad y el desgobierno de los apetitos sensibles. Se establecieron en él dos leyes antagónicas: la de la carne y la del espíritu.

San Pablo ya les advertía a los primeros cristianos acerca de esa incompatibilidad: “La carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no haceís lo que quisierais” (Ga?l 5, 17).

La lucha es constante en la vida del hombre 

Para lograr la paz, empezó a ser necesaria la lucha. Lucha contra las propias malas inclinaciones; lucha contra la corrupción del mundo, porque el desorden del hombre tiznó a todas las criaturas terrestres; y, sobre todo, lucha contra la serpiente y su raza mal- dita, pues Dios mismo, tras haber interrogado a Adán sobre su mal proceder, estableció una enemistad permanente entre los hijos de la luz y los de las tinieblas: “Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Ge?n 3, 15).

No en vano le instruía San Pedro a la comunidad cristiana en su epístola exhortándola a que fuera vigilante contra el diablo, pues éste ronda como un león buscando a quien devorar (cf. 1 Pe 5, 8). 

Es evidente cómo el demonio, en su naturaleza angélica, no descansa un instante siquiera en hacer cumplir su objetivo de perder a las almas. Por eso la resistencia a sus embestidas debe ser continua e incansable.

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En el paraíso terrenal faltaba el heroísmo

Nada de eso puede ser visto como una tragedia o como un simple castigo de Dios al hombre pecador.

Observa Mons. Joáo Clá Dias que en el paraíso terrenal todo era súper excelente; tan sólo faltaba una cosa: el heroísmo. Y ese fue uno de los principales motivos por los cuales Dios permitió la entrada de la serpiente.1

Comúnmente imaginamos el Edén como un mundo de paz, orden y tranquilidad. Y, de hecho, todo era perfecto y virtuoso. El hombre vivía en plena armonía con la voluntad del Creador y convivía con Él: “El Señor Dios se paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (Ge?n 3, 8). Sin embargo, deseaba elevar a la criatura amada, hecha a su propia “imagen y semejanza” (Ge?n 1, 26), al auge de la perfección, acrisolando sus virtudes y sellando su fidelidad. ¿Cómo? Por medio de una prueba.

Superado el obstáculo puesto por Dios en su camino, Adán adquiriría un nuevo brillo, una nueva fuerza, un nuevo esplendor. Venciendo esa prueba, sería merecedor de un premio aún más grande, y demostraría todo su amor y gratitud a su Creador y Padre.  

Dios siempre envía las pruebas por amor

No obstante, Adán pecó y, a semejanza de un miembro del cuerpo que sufre una fractura y necesita ejercicios fisioterapéuticos para fortalecerse tras un período de inmovilización, el hombre pasó a precisar de combates que fortalecieran y robustecieran su alma.

Así pues, todos los hombres, buenos y malos, en determinado momento pasan por pruebas, dificultades y tribulaciones. Nos pueden servir de expiación por una falta, corrección de una mala tendencia o purificación del espíritu con vistas a alcanzar una mayor santidad. También pueden representar los sufrimientos destinados a, por la comunión de los santos, obtener gracias y dones para los otros miembros de la Iglesia.

Pero, cualquiera que sea la causa de esas contrariedades, debemos tener presente que Dios siempre las envía por amor, porque el único camino que conduce a la verdadera y sólida virtud y, por tanto, a la felicidad eterna, consiste en la ardua escalada de una montaña llamada heroísmo. 

A veces, el divino Maestro parece dormir...

En los comienzos de la Iglesia, tras un intenso día de convivencia y de apostolado con los habitantes de Cafarnaún, Jesús decide cruzar al otro lado de la orilla del mar de Galilea. Deseaba descansar un poco y alejarse de la muchedumbre que desde hacía días lo seguían y de Él recibían todo tipo de gracias y beneficios.

Habiendo salido con los Apóstoles al atardecer, de repente, el tiempo se encapota, se hace de noche, las aguas empiezan a agitarse, los vientos soplan impetuosos sobre la humilde barca, que amenaza con hundirse.

Ante esa situación tan desesperada, los discípulos, aterrados, en vano emplean todos los medios humanos para evitar que el agua entre cada vez más en la embarcación. Las gigantescas olas se lanzan sin piedad sobre ellos que enseguida perciben que la intervención divina es la única salvación.

“¡Maestro! ¡Maestro!”, claman. Y el Señor, que descansaba en la parte posterior de la nave, despierta. Con una simple orden, la tempestad se transforma en bonanza ¡y en ese mismo instante los elementos obedecen al Dominador del mar, del cielo y de la tierra! (cf. Mc 4, 35-41).

¡Cuántas veces no hemos presenciado tormentas similares, no en el mar, sino en nuestras propias vidas! ¡Cuántas veces, en los momentos en que las olas casi nos sumergen, el Maestro parece dormir...

“El Señor corrige a los que ama”

Cuando los Apóstoles despiertan a Nuestro Señor, aterrorizados por el peligro, ¿qué respuesta oyeron de sus divinos labios?: “¿Por qué teneís miedo? ¿Aún no teneís fe?” (Mc 4, 40).

¡Qué importantísima lección! En medio de la tormenta, no temamos, pues el Señor está siempre presente en la embarcación. Es Él quien promueve la borrasca para el bien y la salvación de nuestras almas. ¡Basta tener fe en Él!

Además, “por increíble que parezca, permite que se desencadene la tempestad sobre las almas que ama. Es el propio Dios que declara hacer uso de tal proceder: ‘Hijo mío, no rechaces la reprensión del Señor, no te enfades cuando Él te corrija, porque el Señor corrige a los que ama, como un padre al hijo preferido’ (Prov 3, 11-12)”.2

En el episodio de la barca eran los Apóstoles los que allí se encontraban, ¿y quién más amados que ellos? Precisamente por amarlos con predilección los corrige el Señor por su falta de fe, sometiéndolos a aquella tribulación. “Si la tempestad se hubiera desencadenado estando Él despierto, o no hubieran tenido miedo alguno, o no le hubieran rogado, o, tal vez, ni pensaran que tenía Él poder de hacer nada en aquel trance”.3

Las tempestades no pueden ser vistas como un castigo o desprecio de Dios; muy por el contrario, ¡son una manifestación de su desvelo y afecto!

Como oro en el crisol

Cuando un general quiere formar un buen ejército somete a sus tropas a intensos entrenamientos, con duras pruebas y arduos obstáculos. De este modo las fortalece con vistas a los difíciles momentos de la guerra y aumenta las probabilidades de victoria.

Eso es lo que también hace el Altísimo con aquellos que en esta tierra han de luchar por él, por la Santa Iglesia y por lograr la vida eterna. Y cuanto más grande sea el amor de Dios por un alma, más intenso será su “adiestramiento”, pues el “oro” de nuestras al- mas sólo alcanza todo su valor cuando es expuesto “a la prueba” en las “llamas” del combate. “Sabe Dios muy bien como sapientísimo Artífice, cuánto tiempo ha de estar el oro en el fuego, y cuándo se ha de sacar de él”.4

Recordemos que cuando San Pedro empieza a hundirse en el mar el Señor le extendió la mano para que no sucumbiera en el agua y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?” (Mt 14, 31).

Aquel que se hizo hombre para salvarnos repite con insistencia esas mismas palabras a cada uno de nosotros. Sean cuales sean las dificultades que enfrentemos, tengamos plena fe en su bondad paterna. Así como el Señor tomó a SanPedro de la mano y lo llevó a salvo hasta la barca, en el momento oportuno Él mismo luchará y vencerá en nosotros.


1 Cf. CLÁ DIAS, EP, Joáo Scognamiglio. Incluso en la hora de la aparente derrota, el Sumo Bien siempre vence. In: Lo inédito sobre los Evangelios. Citta del Vaticano: LEV, 2012,v. V, pp. 253-254.

CLÁ DIAS, EP, Joáo Scognamiglio. La tempestad: ¿un castigo o una gracia? In: Lo inédito sobre los Evangelios. Citta del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2014, v. IV, p. 184.

3 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo. Homili?a 28, n.o 1. In: Obras. 2.a ed. Ma- drid: BAC, 2007, v. I, p. 569.

4 RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Ejercicio de perfeccio?n y virtudes cristianas. 2.a ed. Madrid: Testimonio, 1985, p. 492.

 

 

 

  

  
 

 

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