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“Ella te aplastará la cabeza”

Publicado 2019/12/26
Autor : Heraldos del Evangelio

En la promesa del Protoevangelio se anuncia una victoria completa de María Inmaculada sobre el demonio, estrechamente unida a la suprema victoria de Jesús.

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La bula Ineffabilis Deus, con la que el Papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de María Santísima, cita, como fundamento bíblico de este singular privilegio, las palabras que Dios le dirigió a la serpiente, figura del demonio: “Pondré hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ella te aplastará la cabeza, y andarás acechando a su calcañar” (Gén 3, 15 Vulg).

“Trituró su cabeza con su pie inmaculado”

Por lo cual, declara el pontífice, “al glosar las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente y levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje”.

Además, conforme lo explican los Padres de la Iglesia y otros autores eclesiásticos, en esa promesa “fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios Cristo Jesús, y designada su Santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo”.

Unida a su divino Hijo, “con apretadísimo e indisoluble vínculo”, la Santísima Virgen, “hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y de la misma triunfando en toda la línea, trituró su cabeza con su pie inmaculado”.1

La victoria de Él es la victoria de Ella

Al comentar ese fragmento de la bula pontifícia, el P. Réginald Garrigou Lagrange, OP, subraya que Jesús “representa, en efecto, eminentemente a la posteridad de la mujer, en lucha con la descendencia de la serpiente”. 2

Ahora bien, el renombrado teólogo explica que, “si es llamado así, no es en razón del lazo lejano que le une a Eva, pues ésta sólo ha podido transmitir a sus descendientes una naturaleza decadente, herida, privada de la vida divina, sino más bien en razón del lazo que le une a María, en cuyo seno tomó una humanidad sin mancha”.3

Ese vínculo que deriva de la maternidad divina une también la victoria de ambos, como lo destaca el P. Adhémar d’Alès: “No se encuentra en la maternidad de Eva el principio de esa enemistad que Dios pondrá entre la raza de la mujer y la raza de la serpiente; pues la propia Eva cayó, como Adán, víctima de la serpiente. Este principio de enemistad sólo se encuentra en María, Madre del Redentor. Por consiguiente, en el Protoevangelio la personalidad de María, aunque velada, está presente; y ese término de la Vulgata —ipsa— traduce una consecuencia que se desprende realmente del texto sagrado, porque la victoria del Redentor es moralmente, pero realmente, la victoria de su Madre”.4

Y el P. Garrigou-Lagrage concluye: “En la promesa del Génesis se anuncia una victoria completa sobre el demonio: ‘ella te aplastará la cabeza’, y, por tanto, sobre el pecado que reduce al alma a un estado de esclavitud bajo el imperio del demonio. Desde luego, como dice Pío IX en la bula Ineffabilis Deus, esta victoria sobre el demonio no sería decisiva si María no hubiera sido preservada del pecado original por los méritos de su Hijo”.5

 


1 PÍO IX. Ineffabilis Deus, n.o 9.

2 GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Réginald. La Mére du Sauveur et notre vie intérieure. Paris: Du Cerf, 1948, p. 40.

3 Ídem, ibídem.

4 D’ALÈS, Adhémar. Marie, Mére de Dieu. In: Dictionnaire apologétique de la Foi Catholique. Paris: Gabriel Beauchesne, 1916, v. III, col. 118.

5 GARRIGOU-LAGRANGE, op. cit., p. 41.

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