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“De Egipto llamé a mi hijo”

Publicado 2020/01/09
Autor : Hna. Ariane Heringer Tavares

Durante el tiempo que allí permanecieron, ¡cuánto deseo no tendrían Jesús, María y José de salir de aquella nación extranjera e idólatra! Pero era necesario que se cumplieran las Escrituras...

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Los escritos sagrados contenidos en la Biblia, sobre todo los que componen el Nuevo Testamento, raramente poseen un lenguaje rebuscado o de difícil comprensión. Sin embargo, suelen ser muy sintéticos y parcos en detalles, lo que deja al lector con la curiosidad de saber más acerca de los pormenores de los hechos allí narrados.

Por otra parte, el Evangelio mantiene en la oscuridad y en el silencio muchos pasajes de la vida del Hombre Dios, lo cual nos obliga a reconstruirlos en función de datos históricos, antiguas tradiciones, revelaciones privadas o deducciones lógicas basadas en lo que ya conocemos.

Eso es lo que ocurre con todo lo concerniente a la infancia del Niño Jesús, pero especialmente en la huida a Egipto, episodio sobre el cual trataremos de arrojar luz en estas líneas, empezando con un conciso resumen de los acontecimientos que la precedieron.

Herodes se sumió en la inseguridad y el recelo

Ocho días después del nacimiento del divino Infante, conforme lo preceptuaba la ley de Moisés, tuvo lugar la ceremonia de la circuncisión, mientras la Sagrada Familia aún estaba en la Gruta de Belén.1

Más tarde, transcurrido el período de la purificación que toda madre estaba obligada a observar, la Sagrada Familia marcharía a Jerusalén. Aquí Jesús fue presentado por sus padres en el Templo, dando ocasión a la profecía de Simeón: “Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 34-35).

Tan pronto como este hecho se hizo conocido, comenzó a difundirse rápidamente entre el pueblo la noticia de que el Mesías tan esperado hacía tiempo ya estaba entre ellos. Y la aparición en escena de los Magos de Oriente que iban en busca del rey que acababa de nacer, a fin de adorarlo (cf. Mt 2, 2), no hizo más que confirmar la promisoria novedad...

Todo ese bullicio dejó a Herodes alterado; entonces quiso saber el momento y el sitio exactos donde, según los profetas, habría de venir al mundo el rey de los judíos. Al ver que todas las averiguaciones parecían coadunarse con lo que estaba pasando esos días, el perverso monarca se sumió en la inseguridad y el recelo. Por miedo a perder el trono ordenó que los niños menores de dos años fueran asesinados en toda Judea.

Solicitud de María y de José a la voz del ángel

A esas alturas de los acontecimientos la Sagrada Familia ya se había marchado de Jerusalén, pues, “cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea” (Lc 2, 39). Por lo tanto, en la santa casa de Nazaret, hoy venerada en Loreto, fue donde “el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo’ ” (Mt 2, 13).

Fiel al aviso recibido, el santo Patriarca se yergue sin tardanza y parte con María y el divino Infante hacia la lejana región en la que se quedarían hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo predicho por el profeta: “De Egipto llamé a mi hijo” (Os 11, 1).

Por la descripción que consta en el Evangelio se ve claramente que no hubo resistencia alguna a la orden divina por parte de los santos esposos. Al contrario, se levantaron “de noche” (Mt 2, 14) para atender con solicitud al llamamiento del ángel, sin quejarse ante tal contratiempo. 

Y que, según comenta San Juan Crisóstomo, esto nos sirva de ejemplo para que “cuando comencemos alguna obra espiritual y nos sintamos afligidos por la tribulación, no nos turbemos ni dejemos llevar del abatimiento, sino que soportemos con valor y heroísmo todas las contradicciones”.2

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Huida a Egipto Museos Capitolinos, Roma 

Largo y penosísimo viaje

Egipto era una región lejana sobre la cual Herodes no tenía ningún poder. Allí el Niño Dios estaría a salvo de sus perseguidores. 

Se cree que esa jornada se realizó a principios de febrero, época en que el penetrante frío del invierno aún se hacía sentir,3 y se estima que la Sagrada Familia habría tardado cerca de dos meses en hacer la ruta a pie, acompañados tan sólo por un borrico que transportaba el equipaje y los víveres. 

Para precaverse de la amenaza de Herodes fue necesario elegir el camino menos transitado y, bajo ese aspecto, más seguro. Pero ello les obligó a recorrer más de 130 leguas expuestos al hambre, a la sed y a la intimidación de los bandoleros.

En su libro sobre San José, Mons. Joáo Scognamiglio Clá Dias, EP, subraya que “el viaje fue muy penoso, y ciertos demonios aprovecharon para hacer que los diversos contratiempos resultaran todavía más arduos… Surgieron tantas dificultades y problemas durante el trayecto que San José llegó a pensar en cambiar de destino, y si no lo hizo fue por cusa del mandato celestial y de las profesias que anunciaban el paso del Redentor por Egipto”.4 

Durante el accidentado desplazamiento, el santo Patriarca hacía todo lo posible por aliviar los sufrimientos de Jesús y su Madre Santísima. Actuaba, según uno de sus biógrafos, como un verdadero arcángel: “Ciertamente, el ángel Rafael no tuvo tanto cuidado en defender a Tobías de la ferocidad del pez que lo quería devorar a orillas del Tigris como San José en guardar al Ninño de sus enemigos en esa huida a Egipto”.5 

Habiendo sido obligado a escapar como un forajido del rechazo e ingratitud de los hombres, el Dios encarnado se veía sometido, ya en su más tierna edad, a pasar por las numerosas dificultades de un largo y penosísimo viaje, durante el cual no tenía más abrigo y comodidad que los brazos de la Virgen y de su santísimo esposo.6

Siete años de exilio en Egipto 

Cumplidos los dos largos meses de caminada, la Sagrada Familia llegaba, finalmente, a tierras de Egipto.

Conforme narra una piadosa tradición, a medida que iban entrando en los pueblos de aquel país idólatra las imágenes de los falsos dioses, verdaderas representaciones del demonio, caían por tierra y se deshacían en polvo. Así se cumplía la finalidad para la cual, según Orígenes, fueron enviados a Egipto por el Padre eterno: “Ve, le dice el ángel, con el Salvador a la tierra de Egipto, semillero de idólatras, para que sus ídolos sean destruidos, los demonios conturbados y puestos en fuga, y en vez de la multitud de los templos de sus abominaciones se levanten multitudes de Iglesias, conmutándose los vicios en santidad y los errores en verdadera religión”.7

No se conoce con certeza el lugar donde estuvieron. Según una tradición la Sagrada Familia se habría establecido en una casita sencilla, en el sitio que hoy ocupa una iglesia copta ortodoxa de El Cairo. Aunque es más probable que vivieran en las proximidades de Alejandría, donde había florecientes comunidades judaicas.8

En el ínterin que allí permanecieron, ¡cuánto deseo no tendrían Jesús, María y José de salir de aquella nación extranjera e idólatra! Pero para que se cumplieran las Escrituras: “De Egipto llamé a mi hijo” (Mt 2, 15), quiso la Divina Providencia someter a quienes más amaba a esa terrible prueba, y durante largos meses.

Se cree que los tres primeros días no tenéan cómo alimentarse a no ser a través de limosnas que, con mucha dificultad, conseguía el padre nutricio del Redentor. Solamente después de cierto tiempo San José empezó a obtenerles el sustento con su propio trabajo.

Al principio, vivían en tal penuria que el lecho en que dormían no era más que la tierra dura. Hasta la Reina de los ángeles trataba de auxiliar a su esposo con la labor de sus preciosas manos, realizando tareas de costura y tejeduría.

“Se llamaría nazareno”

Habiendo pasado en esa distante región entre uno y siete años —las opiniones divergen entre los autores9 — he aquí que “el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: ‘Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño’” (Mt 2, 19-20). Inmediatamente, con el espíritu de prontitud y flexibilidad que le era característico, “se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel” (Mt 2, 21).

Antes de marchar, el santo Patriarca preparó el burro que serviría de transporte para su esposa y su hijo. Sin duda, dejarían mucha nostalgia en las personas de la región que, influenciadas por las virtudes que emanaban de la Sagrada Familia, acabaron abriendo sus almas para adherirse a la verdadera religión.   

No obstante, el tiempo designado por la Providencia ya se había cumplido. Nuevos sufrimientos les estaban reservados para el penoso viaje de vuelta que tendrían que realizar. Cuántas veces no habrá padecido hambre y sed el niño Jesús en medio de los áridos desiertos…

Al llegar a Judea, San José se enteró de que Arquelao, hijo de Herodes, había asumido el trono en el lugar de su padre. Por eso en vez de dirigirse a Belén, como habría sido su intención en un primer momento, enfiló hacia Galilea, donde estarían más a salvo de una persecución.

Por mandato del ángel se instalaron nuevamente en Nazaret, ciudad situada en la jurisdicción del tetrarca Herodes Antipas, mucho menos cruel y despótico que su hermano. De este modo, una vez más se cumpliría lo que había sido dicho por los profetas: “Se llamaría nazareno” (Mt 2, 23).

Allí se establecieron y llevaron una vida simple y silenciosa hasta el momento en que el Hijo de Dios debería manifestarse al mundo.


1 Cf. CLÁ DIAS, EP, Joáo Scognamiglio. San José: ¿quién lo conoce?... Madrid: Asociación Salvadme Reina de Fátima, 2017, pp. 244-249.

2 SAN JUAN CRISÓSTOMO, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Matthæum, c. II, vv. 13-15.

3 Cf. LAMY, apud CASTRO, Joáo Batista de. Vida do Glorioso Patriarca Sáo José. Lisboa: Santo Ofício, 1761, p. 165.

7 ORÍGENES, apud CASTRO, op. cit., pp. 169-170.

8 Cf. TUYA, OP, Manuel de. Biblia Comentada. Evangelios. Madrid: BAC, 1964, v. V, p. 42.

(FERNÁNDEZ TRUYOLS, SJ, Andrés. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. 2.a ed. Madrid: BAC, 1954, p. 73). Mons. Joáo Clá Dias, sin embargo, defiende de acuerdo con Suárez y otros autores que la Sagrada Familia permaneció allí unos siete años (cf. CLÁ DIAS, op. cit., p. 294).

4 CLÁ DIAS, op. cit., pp. 280-281.

5 CASTRO, op. cit., pp. 166-167.

6 Cf. Ídem, p. 168.

9 El exegeta jesuita Andrés Fernández Truyols argumenta a favor de que “el destierro en Egipto no duró más de un año, y tal vez sólo algunos meses”
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