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Silencio y Meditación

Publicado 2020/01/30
Autor : Hna. Clara Tamara Victorio Penin, EP

Agudicemos los oídos hasta que percibamos los elocuentes susurros que Cristo dirige a nuestro corazón. La valentía de los mártires, la sabiduría de los doctores y la elocuencia de los predicadores están arraigadas en esta tan eficaz vía de santificación.

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Sólo después de un largo período de descanso es cuando el buen vino alcanza su verdadero sabor. Y los matices que adquiere con el paso del tiempo se vuelven ricos e intensos en función del mayor o menor número de años que ha pasado en aparente inactividad.

Ese proceso de maduración evoca uno de los más eficaces e indispensables medios usados por la Providencia para santificar a los hombres: largos períodos de silencio y meditación. Sí, pues al igual que el vino madura en la bodega, el alma humana se acrisola en el recogimiento.

Así como el cuerpo necesita descanso y alimento...

Actualmente vivimos en medio de la ansiedad y el ajetreo. Gran parte de la humanidad, aturdida con las ocupaciones cotidianas, tiene los horizontes entoldados para lo sobrenatural. ¿Cuántos al despertarse o en cualquier otro momento del día elevan su pensamiento hacia Dios para alabarlo, indagar sobre el sentido de la existencia o al menos agradecerle rápidamente los bienes recibidos de Él?

Ahora bien, si para obtener las energías necesarias del trabajo diario hace falta descansar y alimentar el cuerpo, es indispensable para nuestra alma que cuente con momentos de recogimiento, en los cuales pueda recobrar el ánimo perdido en las luchas pasadas y fortalecer la voluntad para las futuras. Sin esto no conseguirá recorrer, sin que zozobre, los mares tempestuosos que inundan este valle de lágrimas. 

Nuestra vida, enseña Mons. João Clá Días, “debe ser conducida con una mezcla de acción y recogimiento. Es en la oración donde el hombre de fe recupera sus energías y adquiere nuevas fuerzas para emprendimientos más osados”.1

Sin embargo, hay bastante gente a nuestro alrededor que afirma que para ser buen cristiano no es imprescindible emplear el tiempo en meditaciones y oraciones. Y más numerosos aún son los que simplemente omiten las prácticas de piedad so pretexto de estar muy atareado...

Quien no tiene el debido cuidado con su propia alma acaba volviendo estériles todos sus actos, incluso los meramente humanos. Toda obra que no está unida a Jesús, tarde o temprano, se torna infructífera.

La oración es indispensable para lograr la santidad

Al subir Jesús a la montaña con sus discípulos (cf. Jn 6, 3) nos está dando el ejemplo de cuán necesario es para el hombre huir del bullicio mundano, a fin de que la voz de Dios pueda susurrar en lo íntimo de los corazones palabras de aliento y de paz. El silencio y la soledad son nuestros más elocuentes interlocutores.

Cuenta Santa Teresa del Niño Jesús haber sentido desde pequeña una fuerza misteriosa y suave que la llamaba a recogerse en un rincón de su cuarto invitándola a la reflexión. ¿En qué se ocupaba su mente en esos momentos? “Pienso en el Cielo”, respondió en cierta ocasión. Y, al mismo tiempo, notaba un delicado toque de la gracia que le enseñaba a experimentar la presencia de Dios a su lado.

Tras convertirse en carmelita percibiría a menudo profunda aridez en las horas de meditación. Pero, aún así, “al terminar las oraciones Teresa se hallaba enriquecida con luces tan vivas que llegaban a sorprenderla”.2

De la vida toda de la carmelita de Lisieux el P. Thomas de Saint Laurent saca esta gran lección: “La oración es indispensable para lograr la santidad y para ejercer un apostolado fecundo”.3 Y añade que el desprecio por la oración ha sido una de las causas del “triste siglo en que vivimos, siglo de mediocridades triunfantes y de corazones desorientados”.4  

En Él está la fuente de toda sabiduría

Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, hombre de inteligencia admirable, decía que había aprendido mucho más durante las horas que pasó ante el Santísimo Sacramento que en todos sus años de estudio. ¿Y esto por qué?

La respuesta nos la da el autor sagrado: “Reflexiona sobre los preceptos del Señor y medita siempre sus mandatos. Él mismo fortalecerá tu corazón, y te será concedida la sabiduría que deseas” (Eclo 6, 37).

En su famosa Filotea San Francisco de Sales acrecienta: “Permaneciendo cerca del Salvador por la meditación y observando sus palabras, sus acciones y sus afecciones, aprendemos por medio de su gracia a hablar, obrar y querer como Él”.5

“Buscad el Reino de Dios y su justicia...”

Subraya el Santo Cura de Ars que “el tesoro del cristiano no está en la tierra, sino en el Cielo. Por eso, nuestro pensamiento debe estar orientado hacia donde está nuestro tesoro”.6 Y concluye: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar”.7

¿De qué nos vale consumirnos en interminables trabajos y ocupaciones con el objetivo de conquistar un beneficio material que fácilmente se evapora, en lugar de dedicarnos a conseguir nuestro tesoro imperecedero? Alimentar la vida espiritual es mucho más importante que ir atrás de los bienes terrenos.

En el Sermón de la montaña el divino Maestro nos invita a buscar en primer lugar el Reino de Dios y su justicia; si así lo hacemos, todo lo demás se nos dará por añadidura (cf. Mt 6, 33). Tomando esta divina enseñanza como norte de nuestras vidas, nuestras almas se llenarán de fuerza y atraeremos sobre nosotros el auxilio de los santos ángeles, enviados por Dios para iluminarnos, custodiarnos, regirnos y gobernarnos.

Difícil será que esa ayuda celestial llegue a los extremos de una Santa Zita, humilde empleada, cuyas tareas domésticas eran desempeñadas por los espíritus celestes mientras ella “huía del servicio” para convivir con Jesús Sacramentado. O de un San Isidro Labrador que encontraba el campo milagrosamente surcado por los bueyes al finalizar sus prolongadas oraciones. Aunque la Providencia no dejará de hacernos sentir de alguna forma su auxilio protector.

Siempre bien recibidos por nuestro Padre celestial 

Solo después de haber experimentado el poder del recogimiento, podremos entender lo que nos dice el salmista: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin” (Sal 1, 1-3).

A medida que sepamos adentrarnos en la práctica del silencio y de la soledad, nuestra vida sobrenatural dará pasos cada vez más firmes y decididos. Y aunque no consigamos recogernos en los momentos de meditación como nos gustaría, o no sintamos nuestro corazón latir devotamente durante la conversación con el Altísimo, siempre podremos tener la certeza de estar siendo recibidos con alegría por nuestro Padre celestial, al cual mucho le agrada la oración de sus hijos.

Sepamos buscarlo en nuestro claustro interior. Agudicemos los oídos hasta que percibamos los elocuentes susurros que Cristo dirige a nuestro corazón, seguros de que la valentía de los mártires, la sabiduría de los doctores, la elocuencia de los predicadores y, en suma, la virtud de los santos, están arraigadas en esta tan eficaz vía de santificación.


1 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Los panes más excelentes de la Historia. In: Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2014, v. IV, p. 257.

2 SAINT-LAURENT, Thomas de. Santa Teresa do Menino Jesús. Porto: Civilização, 1997, p. 23.

3 Ídem, p. 24.

4 Ídem, p. 26.

5 SAN FRANCISCO DE SALES. Filoteia ou Introdução à vida devota. Petrópolis: Vozes, 2012, p. 89.

6 SAN JUAN MARÍA VIANNEY. Catecismo sobre a oração. In: COMISSÃO ESPISCOPAL DE TEXTOS LITÚRGICOS. Liturgia das Horas. Petrópolis: Vozes; Paulinas; Paulus; Ave-Maria, 2000, v. III, p. 1469.

7 Ídem, ibídem.

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