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Humildad, santidad, Eucaristía...

Publicado 2020/02/07
Autor : P. Rafael Ramón Ibarguren Schindler, EP

Hay que pasar toda la semana alimentados por el doble banquete, el de la Palabra y el de la Eucaristía. Estas celestiales iguarias fortalecen nuestra alma, enriquecen nuestra vida interior y nos santifican, muchas veces imperceptiblemente.

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¿Cuál es la génesis, el origen, la base, sobre la que se asienta la santidad, aspiración de todo bautizado? Sin duda, parte del reconocimiento sincero de la miseria humana y del encanto por la totalidad única y benevolente que es Dios.

El cántico del Magníficat, proclamado por la Santísima Virgen, es el himno más bello a esta roca firme sobre la cual se construye el edificio de la perfección espiritual. La disposición de espíritu humilde y agradecida ante Dios constituye el preámbulo necesario para alcanzar el Cielo, incluso antes de la práctica de los Mandamientos, del ejercicio de las obras de misericordia o de la comprensión intelectual de los artículos del Credo. Pues sin humildad, y sin el poder de Dios que nos auxilia con su gracia, no hay mérito ni virtud.

La Eucaristía no es “opcional” o “descartable”

Humildad, santidad y Eucaristía... ¡desigual y maravillosa trilogía! Todos los santos han sido humildes, pero también devotos del Santísimo Sacramento. Igualmente lo fueron, por cierto, las almas que están de paso en el Purgatorio, aunque quizás podrían haberlo sido un poco más…

Con propiedad se dice de algunos bienavenurados que son almas eucarísticas, como San Pascual Bailón, San Pedro Julián Eymard o San Manuel González. Estos hicieron de sus vidas un culto apasionado al Santísimo y un apostolado ardiente del misterio eucarístico. Pero todos los santos, repetimos, fueron o son de alguna manera devotos de la Eucaristía, en las tres estancias que componen la Iglesia Católica: la triunfante, la purgante y la militante. 

Ahora bien, cabe preguntarse: ¿fueron santos por su devoción a Jesús Sacramentado o se llenaron de ardor eucarístico porque antes se santificaron? Se diría que esta cuestión no tiene sentido, pero no es así. Conviene subrayar que sin haber adorado al Sol eucarístico que iluminó su caminar ni haberse alimentado con el Pan de los ángeles los bienaventurados no habrían hecho volar su espíritu por las vías de la perfección.

La Eucaristía no es algo accidental y mucho menos -¡nunca!- “opcional” o “desechable”. Ella es Dios hic et nunc, aquí y ahora: ¡el mismo Jesucristo resucitado que está a la derecha del Padre está también presente en la hostia consagrada!

Motivos para participar en la Santa Misa

Consideremos, pues, la obligación de participar en la Misa dominical. No se concibe que un católico no cumpla ese precepto; aunque éste no consiste en hacer mero acto de presencia, ocupando un banco en la iglesia, ni exige, en sentido contrario, sentir luces y consolaciones interiores durante la celebración.

Se debe ir a Misa sabiendo qué representa para nuestra fe y participando en sus distintas partes con atención y respeto. Si esto requiere que hagamos esfuerzo, benditas sean la aridez, las dificultades y la falta de voluntad. Estos sentimientos harán que nuestros méritos sean mayores y las gracias obtenidas, aunque en el momento no las podamos aquilatar, más abundantes. 

Además de ser un mandamiento de la Santa Iglesia, hay otras fuertes motivaciones que nos llevan a participar en la Eucaristía dominical: el beneficio de escuchar la Palabra de Dios, de recibir la comunión, la posibilidad de reconciliarse con Dios mediante la confesión, si fuese necesario, bendiciones, buenos consejos…

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Pesa también el reencuentro con los otros miembros de la comunidad, el buen ejemplo dado a amigos, vecinos y conocidos, etc.

Por otro lado, en la Celebración Eucarística se da un encuentro con los ángeles, lo que no es decir poco, porque donde está el Santísimo allí están ellos adorándolo... ¡a la espera de los hombres!

La Misa es, en suma, algo enorme, infinito. En ella se renueva el sacrificio de la cruz que me redimió y me abrió las puertas del Cielo. Al participar en ella se aplican a mi persona los méritos infinitos de Cristo. Entonces, ¿cómo voy a perdérmela?

Pasar la semana bajo el influjo de la Eucaristía dominical

Pero el empeño en santificarse y el amor a la Eucaristía no debe restringirse a los días de precepto. El vocablo Misa (del latín, misio), significa envío, y las palabras del rito de despedida son elocuentes: “Ite Misa est”, “podéis ir en paz”, “glorificad al Señor con vuestra vida”, “que el Señor os acompañe”..

Cualquiera que sea la fórmula usada, se trata de un mandato: hay que pasar toda la semana alimentados por el doble banquete que se sirve en la Misa, el de la Palabra y el de la Eucaristía. Estas celestiales iguarias fortalecen nuestra alma, nos enriquecen la vida interior y nos santifican, muchas veces imperceptiblemente.

El domingo es el principal día de la semana; lo que ocurra en los otros será consecuencia de cómo se ha vivido el primero. Quien no cumple el precepto no tendrá las energías necesarias para pasar cristianamente la semana y estará mucho más expuesto a las caídas y a los fracasos. Lo sabemos por experiencia... Ahora bien, si por una razón justa no se puede ir a Misa, no hay falta. Pero hay que tener muy claro el valor intrínseco de ese acto litúrgico, infinitamente mayor que tantas otras “cosas importantes”...

La vida en familia, el trabajo, el estudio, las relaciones con otras personas, la oración, las visitas al Santísimo Sacramento y las buenas obras pueden ser un tesoro para nuestra santificación. No desperdiciemos las oportunidades que nos brindan. Hagamos, por el contrario, todas las cosas grandes o pequeñas del día a día bajo el influjo del envío dominical. 

Llamamiento universal a la santidad

Recordemos, para concluir, que el llamamiento a la santidad es universal. Sobre cada persona hay un designio específico de Dios que debe cumplirse, y sólo será posible hacerlo con las energías que nos da el Sagrado Banquete. Prescindiendo de él, nunca. Por eso San Anselmo, doctor de la Iglesia, tiene este piadoso pensamiento tantas veces repetido: “Una sola Misa ofrecida y oída en vida con devoción, por el bien propio, puede valer más que mil Misas celebradas por la misma intención, después de la muerte.

Si una única Misa vale tanto, ¿qué no se puede esperar de una vida entera a la luz de la Eucaristía, adorando regularmente al Santísimo Sacramento y participando con fervor en las celebraciones? 

Comenzó el año 2020 lleno de incógnitas... Vivámoslo con el propósito de ser santos bajo el manto de María y de familiarizarnos con el Pan de Vida. A no ser que no queramos que el Señor “obre grandes cosas en nuestro favor” (cf. Lc 1, 49). 

 

Transcripción, con adaptaciones, del mensaje escrito para la Federación Mundial de las Obras Eucarísticas de la Iglesia, de la cual el autor es consiliario de honor.

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