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María nunca se doblegará ante el Mundo

Publicado 2020/02/15
Autor : Heraldos del Evangelio

Los problemas sin solución, que con una frecuencia e intensidad cada vez mayor asolan nuestro pobre mundo en ruinas, van acostumbrando a la inercia y a lo disparatado a las mentes de los que optaron por vivir sin Dios...

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Los problemas sin solución, que con una frecuencia e intensidad cada vez mayor asolan nuestro pobre mundo en ruinas, van acostumbrando a la inercia y a lo disparatado a las mentes de los que optaron por vivir sin Dios o que se contentaron con convivir en un estado de cosas contra el cual la Divina Providencia al parecer no quiere intervenir. Y la impunidad de la que goza el mal, tantas veces acompañada de la falta de reconocimiento al bien, va estableciendo en las almas la idea de que tanto vale uno como otro...

Se pierde, en consecuencia, el concepto de justicia y el de injusticia, mezclándose todo en una gran confusión donde no existe ni ni no, ni bien ni mal, tan sólo una inmensa zona gris e indefinida.

En ese contexto no es extraño, pues, que el mundo presente cada vez más dificultad en comprender la figura de Nuestro Señor tal como Él es. Habiendo sido anunciado en el Antiguo Testamento como “maravilla de Consejero” y “Príncipe de la paz” (Is 9, 5), Jesús fue proféticamente caracterizado por Simeón como “un signo de contradicción” (Lc 2, 34), porque no vino a adaptar la ley mosaica a los dictámenes del mundo, sino “a dar plenitud” (Mt 5, 17), presentándola a la luz de la nueva radicalidad de las máximas evangélicas.

Esto, naturalmente, no podría gustarle a quien buscaba un compromiso entre Dios y el demonio. Por eso la oposición contra Jesús sirvió para que se pusiera “de manifiesto los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 35), que disfrazaban su maldad bajo la apariencia de bien (cf. Mt 7, 15).

En nuestros días, junto a los que niegan a Cristo, son numerosos los que procuran obsesivamente reconciliarlo con el mundo, sus mañas y perversiones, y doblegar sus enseñanzas a las exigencias de quien no tiene fe. Ahora bien, de sus verdaderos hijos, Dios espera un corazón íntegro, limpio y recto, y la firme determinación de luchar por el triunfo de su Nombre y de la Iglesia Católica, santa e inmaculada, única y verdadera, infalible y omnipotente, luz de los cielos, luz de los pueblos y rumbo de la Historia.

Cuando haya indicios de que asoma una nueva era de persecuciones —científica y agnóstica en apariencia, pero tan totalitaria como las demás— tenemos que afirmarnos en la certeza de que Dios siempre protegerá a los suyos, como antaño salvó a Noé de las aguas, a Daniel de los leones, a David de los filisteos o a San Pedro de sus carceleros.

En el momento oportuno, el Señor obrará portentos para salvar a su Iglesia de las manos de sus opresores, como hizo con Moisés y el pueblo judío. Las adversidades crean las circunstancias favorables para que Él pueda manifestar plenamente su poder, y las pruebas del “éxodo” moderno harán el papel del “desierto” a fin de preparar un “pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17) para Nuestra Señora.

Hoy, como entonces, la fe es la gran arma contra las persecuciones, pues en ellas el propio Altísimo combate por su pueblo. Y “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29), ya que “del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes” (Sal 23, 1).

María nunca se doblegará ante el mundo; más bien, le cabe a éste reconocerla como Señora.


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