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Padre virginal, héroe de la confianza

Publicado 2020/03/06
Autor : Plinio Corrêa de Oliveira

San José recibió la mayor y más extraordinaria misión que un hombre haya tenido en la tierra. Fue el consorte de la Virgen Madre, de aquella que daría a luz al Hombre Dios y Redentor del mundo.

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Escogida por la Santísima Trinidad para ser Madre admirable del Verbo Encarnado, Nuestra Señora es la más perfecta de todas las meras criaturas. Incluso si considerásemos, en un único conjunto, las excelencias de los ángeles, de los santos y de los hombres que existieron, existen y existirán hasta el fin del mundo, no tendríamos siquiera una pálida idea de las celestiales perfecciones de María, que relucieron a los ojos de Dios desde el primer instante de su Inmaculada Concepción.

Para que se cumplieran los eternos designios de la Divina Providencia con respecto a la Redención de la humanidad fue necesario que en determinado momento esa excelsa criatura contrajera legítimo matrimonio. De esta manera, sin detrimento de su reputación, podría concebir milagrosamente y dar a luz al Hijo del Altísimo.

El único hombre a la altura de Jesús y María

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Ahora bien, entre ambos esposos tenía que haber cierta proporcionalidad: uno no podría ser demasiado superior al otro. Por lo tanto, hacía falta que hubiera un hombre que, por su amor a Dios, justicia, pureza, en fin, por todas sus cualidades, estuviera a la altura de aquella augusta esposa.

Más aún. Como también era conveniente que el padre fuera proporcionado al hijo, precisaba que ese varón asumiera con entera dignidad el honor de ser padre adoptivo del Verbo hecho carne.

Entonces fue creado un hombre para tan sublime misión. Su alma recibió del Padre eterno todos los adornos y atributos que lo pusieran por completo a la altura de su llamamiento. Ese varón, entre todos elegido para estar en proporción con Nuestra Señora y Nuestro Señor Jesucristo, fue San José.

A él le cupo esa gloria, esa cúspide inimaginable de ser esposo de la Virgen Madre y padre legal del Niño Jesús. Como legítimo consorte de Nuestra Señora poseía plenos derechos sobre el fruto de sus inmaculadas entrañas, aunque ese fruto hubiera sido engendrado por el Espíritu Santo. Es decir, descontando la propia maternidad divina, ¡no se puede concebir vocación más extraordinaria! Es una grandeza inconcebible.

Pensemos, por ejemplo, en los momentos en que San José llevaba en sus brazos al Niño Jesús o en aquellos en los que lo veía practicar los actos de la vida común en la santa casa de Nazaret, o incluso en las horas en que lo contemplaba sumergido en los coloquios con el Padre eterno...

Consideremos cuán puros debían ser sus labios y cuán insondable su humildad para conversar con el divino Infante, responder a sus preguntas o darle un consejo cuando se lo pedía. Un simple ser humano, formado y plasmado por las manos del Creador, ¡enseñando a Dios!

Pensemos, igualmente, en el trato impregnado de elevación y respeto entre San José y Nuestra Señora cuando Ella se arrodillaba ante él para servirlo. Él ve a esa criatura que es el Cielo de los Cielos, inclinada en frente suyo, y acepta sus favores. Como si esto no bastara, su esposa también toma consejo de él, intercambia opiniones y acata sus órdenes.

En una palabra, era el hombre que tenía bastante sabiduría y pureza para gobernar a Dios y la Virgen María. Entonces se entiende cuán inimagina- ble es la grandeza de San José.

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Excelencias de príncipe y obrero

Para trazar el verdadero perfil moral del jefe de la Sagrada Familia habría que saber interpretar el divino rostro del Santo Sudario de Turín y, a modo de suposición, deducir alguna cosa de la personalidad de quien fue el educador de ese semblante que allí está y el esposo de su Madre.

Casado con aquella que es llamada Espejo de Justicia y padre adoptivo del León de Judá, San José debía ser un modelo de fisionomía sapiencial, de castidad y de fuerza. Un hombre firme, lleno de inteligencia y criterio, capaz de tomar cuenta del secreto de Dios. Un alma de fuego, ardiente, contemplativa, pero también impregnada de cariño.

Descendía de la más augusta dinastía que ha habido en el mundo, es decir, la de David. Los judíos reconocían en San José al hombre con derecho al trono real si la monarquía legítima se instaurara en Tierra Santa.1 Derecho que Nuestro Señor Jesucristo heredó de su padre legal; por eso, cuando entró en Jerusalén, fue aclamado como “Hijo de David”.

Por consiguiente, no era un descendiente cualquiera del rey profeta, sino el primogénito pretendiente al trono. Y San José era el varón por medio del cual esa dignidad se transfirió al propio Hijo de Dios. 

La Providencia quiso ennoblecer a la clase obrera haciendo que el padre adoptivo de Jesús también fuera un trabajador manual, al ejercer el oficio de carpintero. De ese modo, reunía en sí los dos extremos de la escala social en la armonía interior de la santidad y de su persona. Estaba en el ápice como príncipe de la casa de David, pero era un príncipe empobrecido, que sacaba de su labor artesanal el sustento de la Sagrada Familia.

Como obrero supo ser humilde y tributar el debido respeto a los que estaban por encima de él. Como príncipe también conocía la misión de la que había sido incumbido y la cumplió de forma magnífica, contribuyendo a la preservación, defensa y glorificación terrena de Nuestro Señor Jesucristo. El Padre eterno le había confiado en sus manos ese tesoro, el más grande que jamás hubo ni habrá en la Historia del universo.

Y tales manos sólo podían ser las de un auténtico jefe y dirigente, un hombre de gran prudencia y de profundo discernimiento, así como de elevado afecto, para envolver de la ternura necesaria, adoradora y veneradora al Hijo de Dios humanado.

Al mismo tiempo, un hombre dis- puesto a enfrentar, con perspicacia y firmeza, cualquier dificultad que se le presentara: sea las de índole espiritual e interior, sea las originadas por las persecuciones de los adversarios del Señor.

El héroe de la confianza

Consideremos, por ejemplo, la tremenda prueba que se abatió sobre él, justo al comienzo de su matrimonio con María Santísima.

En el Antiguo Testamento la mayor ventura a la que podía aspirar un judío era la de ser contado entre los ancestrales del Mesías. En vista de esto, la inmensa mayoría del pueblo elegido procuraba casarse y tener hijos, y no era raro que consideraran la esterilidad como un signo de desprecio y oprobio.

Pero José, movido por la gracia, no quería casarse, a fin de conservar su virginidad. Llevaba su tranquila vida de hombre casto y puro cuando, inesperadamente, recibe una convocatoria: todos los descendientes directos de David debían comparecer ante una virgen llamada María, para que de entre ellos se seleccionara un marido para ella.

Obediente, el santo varón se presenta junto a sus parientes, confiando en la voz de la gracia que le había hecho abrazar la virginidad. En su interior, alimentaba la certeza de que el escogido sería otro.

Como en aquel tiempo se viajaba con el apoyo de un bordón, todos se presentaron con el suyo. El sacerdote encargado de la ceremonia determinó que aquel de cuyo bastón desabotonara una flor sería el elegido para unirse a María.

José mira su cayado... ¡y ve que de éste surge una flor! Se desvanecieron de pronto todos sus anhelos de virginidad. ¿Qué pasaría ahora?

Sigue confiando. Había sido un milagro lo que le obligaba a casarse con María.

Sin embargo, en el fondo de su alma, ¡quiere continuar virgen! Sereno y valiente, acepta la disposición divina.

Se pone a conversar con la joven y descubre que ella también había he- cho voto de virginidad. Al parecer se había resuelto la dificultad; ambos se mantendrían intactos. ¡Qué felicidad! Sus anhelos permanecían vivos.

Con el paso de los días percibe la incomparable riqueza de alma de esa virgen que le fue puesta en su hogar. Piensa: “La protegeré magníficamen- te. Aquí estoy para defenderla en el esplendor de su personalidad contra toda clase de ataques”.

Y ahora, lo incomprensible...

En determinado momento, no obstante, lo impensable ocurre: nota que la virgen está esperando un hijo. En el espíritu de José se establece la perplejidad.

No podía entender lo que sucedía, después de tantos milagros... El florecimiento del bordón, el encanto con que los dos se habían comunicado el recíproco deseo de la perpetua virginidad, la alegría de alma que entonces sintieron: “Está claro, Dios nos ha puesto en el mismo camino; lo ha prometido y está cumpliendo su promesa”.

San José pasa por una inenarrable prueba y Nuestra Señora también, ya que Ella se daba cuenta enteramente del sufrimiento de su esposo. Una angustia mucho más intensa cuanto más comprendía de una manera clara que era imposible una traición de parte de aquella Virgen incomparable.

Ahora bien, la ley judaica determinaba que si una esposa prevaricase su marido tenía la obligación de expulsarla de su hogar. Pero San José tenía la certeza de que María no había cometido ningún pecado.

Como no quería adoptar una actitud injusta con relación a esa Virgen tan santa y no se sentía capaz de encubrir aquella situación irremediable, resolvió abandonar la casa de Nazaret sin ser percibido. Antes de la larga jornada que le esperaba decide descansar para recuperar fuerzas.

Saldría de madrugada llevándose simplemente su bordón, algo de comida y la carga de una gran incógnita, más pesada que el monte Everest: “¿Cómo ha pasado eso? Dios mío, Dios mío... ¡confío en tu promesa!”.

A pesar de la aflicción, su alma estaba tan confiada y tan serena que se durmió. Y mientras dormía, soñó. En el sueño tuvo esta recompensa: Dios le comunicó que aquel niño formado en el claustro virginal de María era el Verbo Encarnado, Hijo del divino Espíritu Santo.

Cuando se despertó, la paz ya reinaba en su alma. Y Nuestra Señora, al ver el semblante luminoso de su esposo, supo que la prueba había cesado.

Porque fue un héroe de la confianza recibió la mayor y más extraordinaria misión que un hombre haya tenido en la tierra. Era el consorte de la Virgen Madre, de aquella que daría a luz al Hombre Dios y Redentor del mundo. Aquí florecía la promesa de virginidad que le había sido hecha. Todo se cumplió más allá de lo inimaginable.

Caballero modélico en la protección del Rey de reyes 

Pero las dificultades no habían abandonado las sendas por las que caminaría San José. Basta recordar, por ejemplo, los rechazos de que fue objeto en las posadas de Belén cuando buscaba refugio para Nuestra Señora ante la inminencia del nacimiento del Niño Dios o cuando se dio la huida a Egipto.

“Huida a Egipto”... Tres palabras que para nosotros, hombres del siglo XX, nos parecen banales: se toma un avión y en poco tiempo se llega de Jerusalén a Egipto. No era así en el tiempo en que San José, al recibir el aviso de que el cruel Herodes trataba de matar al recién nacido Rey de los judíos, fue obligado a coger a la Madre y al Niño y con Ellos marchar hacia la tierra de los faraones.

Un viaje incierto, largo, a través de desiertos donde se ocultaban toda suerte de peligros: desde fieras hambrientas hasta ladrones y bandoleros, capaces no sólo de robar, sino también de llevarse a los viajeros en cautiverio, a fin de traficar con ellos en los mercados de esclavos.

Y San José, con su corazón de fuego, su previdencia y fuerza varonil, enfrentó todos esos obstáculos, llevando a Nuestra Señora sobre un borrico y, en su regazo, al Niño Jesús, el Dios que quiso ser flaco en los brazos y en las manos del glorioso Patriarca.

Se suele apreciar y alabar, con justicia, la vocación de Godofredo de Bouillon, el valeroso guerrero que, en la primera Cruzada, comandó las tropas cristianas en la conquista de Jerusalén. ¡Es una hermosa proeza! Es el cruzado por excelencia.

Sin embargo, mucho más que retomar el Santo Sepulcro es defender ¡al propio Jesucristo! Y de ello San José fue gloriosamente encargado, convirtiéndose en el caballero modélico del Rey de reyes y Señor de señores.

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En la cohorte de los santos, el primero por debajo de la Virgen 

Junto a todas las glorias que se acumularon sobre él, San José recibió, ya en esta tierra un premio inestimable: es el patrón de la buena muerte.

De hecho, se diría que tuvo un tránsito de causar envidia, pues falleció entre los brazos de Nuestra Señora y los de Nuestro Señor, que lo rodearon con todo cariño y consolación en su última hora. No se puede imaginar muerte más perfecta, con Ellos allí, físicamente presentes.

Por una parte, Nuestro Señor colmaba a su padre virginal de gracias cada vez mayores, a medida que el alma de San José continuaba santificándose en los postreros trances de la agonía. Por otra, Nuestra Señora le sonreía con respeto, y trataba de aumentarle la confianza: —¡Esposo mío, recuerda que todo se cumplirá! ¡Coraje! ¡Adelante!

Al entrar en el Cielo, vio el cumplimiento de todas las promesas, la perfecta realización de un llamamiento que pasó por indescriptibles perplejidades e incomparables glorias.

Y San José, esposo de María Virgen, padre adoptivo de Jesús, declarado Patrón de la Iglesia, ocupa en el Cielo un lugar tan eminente que recibe el culto de protodulía. O sea, por debajo de Nuestra Señora —la cual merece la devoción de hiperdulía— él es el primero a ser venerado en la extensa jerarquía de los santos.

Grandiosa recompensa a la que correspondió ese varón que practicó en grado elevadísimo la virtud de la confianza.

Extraído, con pequeñas adaptaciones, de: “Dr. Plinio”. São Paulo. Año II. N.o 12 (mar, 1999); pp. 13-17.


1 Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. San José: ¿quién lo conoce?... Madrid: Asociación Salvadme Reina de Fátima, 2017, p. 50.

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