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Alma de fibra, ¡corazón de fuego!

Publicado 2020/03/20
Autor : Hna. Gabriela Victoria Silva Tejada, EP

Hija espiritual de Santa Clara de Asís, Santa Inés de Bohemia brilló desde niña por la pertinacia heroica en obedecer hasta el final las inspiraciones venidas del Cielo.

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En los albores del siglo XIII el rey Otakar I de Bohemia y su esposa Constancia tuvieron su primera hija, a la que llamaron Inés. Venía al mundo vinculada por la sangre a las más eminentes familias reales y principescas de Europa Central. Pero más que el brillo de la nobleza terrena flotaba sobre aquella niña la gloria de pertenecer a un fulgurante linaje espiritual: “Por parte de padre descendía de la famosa estirpe de los santos bohemos Ludmia y Wenceslao; Santa Eduvigis de Silesia era tía abuela suya; Santa Isabel de Turingia, su prima; y Santa Margarita de Hungría, su sobrina”.1 

Prometida en matrimonio con 3 años

Desde su infancia sentía que en su corazón ardía un enorme deseo de consagrar a Dios su virginidad. Pero para alcanzar la meta indicada por esa discreta voz interior hacía falta transponer un gran obstáculo: conforme costumbre de la época había sido prometida en matrimonio, con tan sólo 3 años, al príncipe polaco Boleslao, hijo de Enrique I de Silesia y de Santa Eduvigis. 

A fin de recibir una educación adecuada a una reina, fue enviada junto con su hermana mayor, Ana, al monasterio cisterciense de Trzebnica, en la actual Polonia, del cual Santa Gertrudis era abadesa.2 Ésta le enseñó las verdades fundamentales de la fe y orientó sus primeros pasos en la vida de piedad, marcando para el resto de su vida el corazón de la ilustre princesa. No obstante, esa espléndida formación tenía como objetivo un casamiento que Inés sentía que era contrario a las aspiraciones puestas por Dios en su espíritu.

La certeza que tenía de estar llamada por la Providencia a tomar otro camino enseguida sería confirmada por los hechos: a los 6 años regresó a Bohemia, pues su futuro esposo había muerto de manera prematura.

Ante otro obstáculo, redoblada fidelidad

De vuelta a su tierra, la piadosa niña pasó a vivir en la abadía premonstratense de Doksany, fundada por su abuelo San Wenceslao. Allí aprendió a leer y escribir y adquirió tanto amor por la oración que prefería pasar el tiempo rezando en lugar de entretenerse con juegos propios a su joven edad.

Con todo, las aguas de la prueba no tardarían en golpear nuevamente su espíritu: a los 9 años fue prometida en matrimonio a Enrique VII, rey de Sicilia y de Alemania, hijo del emperador Federico II. Se vio obligada, pues, a partir hacia Viena, donde aprendería alemán y se familiarizaría con las costumbres germánicas.

El brillo mundano de la corte austriaca bien podría haberla deslumbrado, haciéndola cambiar de opinión, pero ocurrió exactamente lo contrario: “Inés no se sintió a gusto allí. Daba muchas limosnas, se mortificaba con frecuentes ayunos y se consagró totalmente a la Madre de Dios, deseando conservar intacta su virginidad”.3

Dócil a aquella voz interior que la llevaba a desear entregarse por entero en las manos de Dios, firme en el deseo de hacer en todo la voluntad del Altísimo, la joven le imploraba con confianza que la pusiera en condiciones de seguir su vocación, aunque pareciera que todo marchaba en sentido opuesto a sus anhelos. En ese período sufrió inenarrablemente con heroica fidelidad, teniendo como único confidente al divino Redentor.

Las perplejidades de Inés acabarían, una vez más, de forma inesperada: el duque Leopoldo de Austria, a cuyos cuidados estaba confiada en Viena, pretendía casar a su hija con el prometido de Inés... Los planes del duque tuvieron éxito y con eso ella pudo volver a la corte real de Praga. 

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Fe inquebrantable y espíritu de sacrificio

La trayectoria de un buen soldado de Cristo no se reduce a dos o tres batallas aisladas: su vida consiste en una lucha diaria, hasta el último instante de su existencia. Es lo que se aprecia en la historia de esta gloriosa y tan pequeña luchadora.

El júbilo que invadía su corazón no duró mucho. Nuevas propuestas de matrimonio llegaron a Praga. La pretendían Enrique III de Inglaterra y el emperador Federico II, que había enviudado. A pesar de las objeciones de Inés, su hermano, el rey Wenceslao —que había asumido el trono tras la muerte de su padre—, le prometió la mano de la princesa al emperador. 

Al haberse hecho una mujer fuerte por el efecto de las continuas pruebas, no desistió de pelear por convertirse en esposa de Cristo. Dispuesta a transponer los obstáculos que se le presentaban, emprendió nuevos esfuerzos para llevar hasta el final la vocación que, con tanta claridad, la gracia le susurraba en su alma.

Empezó intensificando sus oraciones y penitencias. Se despertaba a menudo antes del amanecer para, descalza y mal abrigada, recorrer algunas de las iglesias de la ciudad  en compañía de otras devotas doncellas. Como los pies terminaban dilacerados por la caminata, al regresar al palacio los lavaba, se calzaba y se ponía los suntuosos vestidos de princesa, usando debajo una camisa de tosco tejido y un cilicio de acero.

Así ataviada, comenzaba las actividades del día sin dejar trasparecer las mortificaciones que hacía, intercalando las obligaciones de la corte con sus características visitas a los enfermos. En todas esas ocupaciones, su intención era, además de alabar a Dios, obtener de Él aquello que tanto anhelaba.

Prefirió al Rey del Cielo...

Cierto día, cuanto tenía más o menos 28 años, supo que el emperador Federico II había enviado a Praga un embajador para que la escoltara hasta Alemania. Y como su hermano, el rey Wenceslao, continuaba sordo a sus objeciones, Inés decidió apelar al Papa.

Entonces le escribió a Su Santidad implorándole que impidiera el matrimonio, y argumentaba que nunca había consentido en casarse y que se sentía ardientemente llamada a la vocación religiosa. Tal gesto confiere un especial colorido a las páginas de la vida de Santa Inés, haciendo relucir su filial confianza en aquel que representaba la suma grandeza espiritual en la tierra.

El Papa Gregorio IX acababa de consolidar la paz con el emperador y, conociéndolo suficientemente como para imaginar cuál sería su reacción, envió a Praga un legado a fin de apoyar a la princesa y le escribió también una carta.

Santa Inés le enseñó la carta papal a su hermano que, alarmado, terminó cediendo. A pesar de temer la ira del emperador alemán, Wenceslao no quería disgustar al Romano Pontífice ni forzar a su hermana a hacer algo contra la voluntad del Altísimo.

Inesperada fue la reacción de Federico II. Cuando comprendió que la decisión no provenía de una maniobra política del rey de Bohemia sino de un santo deseo de la princesa, el emperador anuló su compromiso con palabras dignas de brillar en el firmamento de la Historia: “Si me hubiera dejado por un hombre mortal, le habría hecho sentir mi venganza; pero no me puedo ofender si ha preferido al Rey del Cielo”.4

Su gesto impresionó a la cristiandad de la época y la noticia del rechazo de Inés a los bienes y a las glorias humanas por amor a Jesús se propagó por las cortes de Europa, despertando gran admiración. Libre de cualquier compromiso terrenal, ahora podía vivir conforme el ideal que Dios le indicaba.

Contagiosa generosidad

Por aquel entonces algunos nobles llegaban a Praga con noticias del apostolado y del estilo de vida del Povorello y de su fiel discípula, Clara. Tan pronto como las oyó, nació en Inés el vehemente deseo de imitarla.

Empezó deshaciéndose de joyas, adornos y lujosos vestidos y con el fruto de su venta ayudó a los pobres de la región. Quería emplear todas sus posesiones al servicio de la Iglesia.

Con la ayuda del rey, su hermano, construyó un monasterio para los Franciscanos, otro para las Clarisas y un hospital para los pobres. La dirección de este último fue confiada a un sodalicio erigido por ella misma, que más tarde daría origen a los Canónigos de la Santa Cruz de la Estrella Roja.

El pueblo bohemo quiso ayudar en los gastos de la construcción. Aunque el rey y la princesa rechazaran todas las ofrendas, eran muchos los días en los que, al final de la jornada, los trabajadores salían a escondidas sin cobrar su salario para poder así contribuir desinteresadamente en la edificación del hospital.

En las vías de Santa Clara de Asís

Inés ansiaba, no obstante, seguir más de cerca a aquella que sería su madre espiritual, su mejor amiga, la confidente de sus virtudes y el “ángel” de su vocación, Santa Clara de Asís.

Acompañada por cinco jóvenes de las principales familias de Praga, ingresó entonces en el monasterio que ella misma había edificado a orillas del río Moldava, para el cual la fundadora había enviado a cinco de sus religiosas. En esa ocasión Santa Clara le escribió una singular misiva, en la que elogiaba su fama de virtud y la felicitaba por haber preferido “un esposo de más noble linaje”,5 renunciando a todas las glorias del mundo.

El ejemplo de Inés atrajo a los claustros a numerosas doncellas e hizo multiplicar los conventos de Clarisas en Europa. Profesó los votos el día de Pentecostés y, por determinación del Papa Gregorio IX, tuvo que asumir —no sin resistirse, dada su gran humildad— el cargo de abadesa del monasterio, oficio que ejerció eximiamente a lo largo de cuarenta años.

A pesar de que Santa Clara no se encontró personalmente con su noble discípula, la correspondencia intercambiada entre ellas da testimonio de lo mucho que se hallaban unidas en el mismo ideal de santidad. Tan entrañable amistad se formó entre las dos, fruto del verdadero amor a Dios, que la santa de Asís empezaba de esta manera la última de sus cartas a Inés: “A quien es la mitad de mi alma y relicario singular de mi afecto”.6

Religiosa ejemplar, favorecida con dones místicos

Digna hija de San Francisco y de Santa Clara, trató destacarse en la práctica de la humildad y de la caridad, fundamentos de la verdadera pobreza. Poseía una devoción eucarística tan profunda que llegó a inflamar de ese fervor otros monasterios de la Orden, “culminando más tarde en el deseo de la comunión diaria”.7

Le agradaba quedarse a solas para dedicarse a la oración y contemplación, y en esos momentos era común que entrara en éxtasis. Y a todos daba ejemplo del apostolado basado en la vida interior: “No hablaba demasiado con sus hermanas de religión, pero cuando lo hacía, sus palabras estaban encendidas del amor a Cristo y del deseo del Paraíso, de tal modo que a duras penas podía esconder las lágrimas”.8

Tenía la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo como centro de su piedad, y en la Santa Cruz encontraba fuerzas para soportar las enfermedades que frecuentemente la afligían. Enfrentaba todos los infortunios con la misma resolución de ánimo con que había vencido, en su infancia, las dificultades surgidas para el cumplimiento de su vocación.

En determinada ocasión, segura de la proximidad de su muerte, quiso recibir el viático. Además, una voz interior le aseguró que sería precedida en la eternidad por todos los miembros de su familia. De hecho, “durante su larga vida vio morir a su padre, a varios parientes, a sus hermanos y hermanas y, entre éstos, al mismo rey Wenceslao, a quien había logrado reconciliar con su hijo rebelde Premysl Otakar en su mismo monasterio”.9

En otra circunstancia, durante el Oficio vespertino, vio místicamente el fin de ese sobrino suyo, en la época rey Otakar II, muerto en una batalla. Y soportó igualmente, con serena confianza, la muerte de Santa Clara, su madre espiritual. 

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Caridad que atraviesa el umbral de la eternidad 

Siempre apoyada en la gracia, la santa abadesa de Praga aconsejaba con sabiduría, evitando conflictos e incentivando la fidelidad de su reino a la religión verdadera. Sin embargo, tras la muerte de Otakar II, ejércitos extranjeros invadieron Bohemia, rompiendo el buen orden y promoviendo la violencia.

En aquellos momentos de caos, a las puertas de los monasterios de las Clarisas, cuyas despensas estaban angustiosamente vacías, llegaban numerosos moribundos en busca de auxilio. Muchos eran los que morían de hambre o por la peste.

En medio de ese conturbado e inestable escenario de guerra fue cuando Inés, ya venerada como santa, vino a fallecer. En sus postreros momentos, mientras todo se desmoronaba a su alrededor, conservó la paciencia inalterable que la caracterizaba. Y cuando Dios la llamó a sí, ella marchó sin ofrecer resistencia al Cielo, donde desde su infancia había reposado su virginal corazón. 

Antes de dejar esta vida, Inés exhortó a sus hermanas de hábito a que amaran sin reservas al Esposo celestial y a “seguirlo en la humildad y en la pobreza, permaneciendo —a ejemplo de los Santos Francisco y Clara— siempre sumisas a su Vicario y a la Sede de Roma”.10 Era el 2 de marzo de 1282.

Inés de Bohemia, también conocida como Inés de Praga, fue canonizada por el Papa Juan Pablo II el 12 de noviembre de 1989. Días después tenía lugar la Revolución de Terciopelo, trayendo como desenlace la liberación de Checoslovaquia del yugo comunista. Muchos atribuyeron ese hecho a la intercesión de Santa Inés por el pueblo al cual tanto había favorecido durante su peregrinación terrena.

Su amor ardiente y pertinaz, que desconoció las barreras del mundo para ser fiel a la voz de Dios, atravesaba ahora el umbral de la eternidad reafirmando la sublime verdad de que “El amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 8).


1 SAN JUAN PABLO II. Car- ta al arzobispo de Praga con ocasión de la celebración del VII centenario del fallecimien- to de la Beata Inés de Bohemia, 2/2/1982.

2 Santa Gertrudis era hija de Santa Eduvigis y, por tanto, pariente de Santa Inés. Según

algunos autores consultados, Eduvigis también vivía en esa época en el monasterio y con- currió poderosamente en la formación de su sobrina nieta.

3 SAN JUAN PABLO II, op. cit. 4 BUTLER, Alban. Lives of the

Saints. Westminster (MD):

Christian Classics, 1990, v. I, p. 463.

5 SANTA CLARA DE ASÍS. Primera carta a Inés de Praga. In: Fontes Franciscanas. 2.a ed. Braga: Editorial Franciscana, 1996, v. II, p. 87.

6 SANTA CLARA DE ASÍS. Cuarta carta a Inés de Pra-

ga. In: Fontes Franciscanas, op. cit., p. 107.

7 SAN JUAN PABLO II, op. cit.

Ídem, ibídem. 9 Ídem, ibídem. 10 Ídem, ibídem. 

 

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