Versión 0.8 Beta. Ingresar | Registrese

Ingresar

 
E-mail :
Contraseña :
Aun no se ha registrado?
Click aquí
Inicio »
Menu_Copyright

Ver, reconocer y amar al Señor

Publicado 2020/04/10
Autor : Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

El propio día de la Resurrección dos discípulos deciden abandonar el Cenáculo. El divino Maestro le sale al encuentro, enseñándonos cómo debemos convivir con Él por medio de la fe y del amor.

| Imprimir | Email E-mail | Report! Corregir | Share

I – PERDONADOS POR LA SANGRE REDENTORA

Los textos litúrgicos de este tercer domingo de Pascua forman un conjunto armónico y lleno de expresividad con respecto a un punto esencial en la vida de la Iglesia: la convivencia con Nuestro Señor Jesucristo.

En la primera lectura (Hch 2, 14.22-33) encontramos a San Pedro el día de Pentecostés diciéndole a los israelitas verdades claras y categóricas que los obligan a salir de la indiferencia en relación con el deicidio consumado hacía poco en Jerusalén. Tomado por el Espíritu Santo, les recrimina haber sido cómplices en la muerte del Redentor dirigiéndoles palabras de fuego que mueven al arrepentimiento, como se lee en algunos versículos más adelante no incluidos en la liturgia: “Al oír esto, se les traspasó el corazón” (2, 37).

Concluido el discurso, se da el impresionante milagro de que toda aquella gente se bautiza sin necesidad de una larga preparación “y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas” (2, 41).

La fuerza manifestada por San Pedro en esa predicación es indicativa de la presencia del divino Maestro junto a los que lo representaban, como lo había prometido: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

Por otra parte, ese pasaje de los Hechos de los Apóstoles destaca la instauración de una nueva vía espiritual en la que las gracias místicas descienden en profusión sobre las almas contritas, sin que se les sea exigidas grandes penitencias para expiar errores pasados. En virtud del valor infinito de la preciosísima sangre de Cristo de- rramada en el Calvario, hasta los peores crímenes son borrados cuando el pecador los reconoce y de ellos pide perdón. Por eso el fruto del sermón de San Pedro no consistió en lamentaciones estériles. Al contrario, a pesar de sentir dolor por el mal cometido, sus oyentes experimentaron la consolación de ver abiertas ante sí las puertas de la Redención y muchos debieron salir de allí ávidos por transmitir a otros las gracias recibidas.

En la segunda lectura (1 Pe 1, 17-21) nos hallamos ante otras estupendas afirmaciones del Príncipe de los Apóstoles, registradas en su primera epístola. Tras exhortar a la perfección recordando el alto precio con que Cristo liberó a la humanidad de su “conducta inútil” (1, 18), agrega que había sido “previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros” (1, 20). Se trata de un misterio sublime que únicamente lograremos abarcar por completo en la eternidad, pues, aunque para Dios fuera posible constituir un universo donde hubiera tan sólo seres inocentes e incapaces de ofenderlo, prefirió sacar de la nada la realidad que conocemos, marcada por el error y por el pecado, pero en la cual, en contrapartida, fulguraría la entrega plena de su Hijo y su Resurrección gloriosa, el acontecimiento más bello de toda la Historia. 

Esa alegría del perdón comprado por aquel que se hizo presente entre nosotros transparece también en el Evangelio, si bien con matices dife rentes al de las lecturas. Cuando San Lucas, en su agradable estilo, narra la convivencia del Señor con los dos discípulos de Emaús nos está llevando a asistir a esa escena y participar en ella para facilitarnos la comprensión de las maravillas contenidas en ese pasaje.

Captura de pantalla 2020-04-10 a la(s) 14.18.02.png

II – DOS ALMAS VACILANTES EN LA FE

En el transcurso del Tiempo Pascual la liturgia trae a luz la secuencia de episodios que tuvieron lugar el día de la Resurrección, entre ellos la aparición del Señor a María Magdalena (cf. Jn 20, 11- 18) y a las Santas Mujeres (cf. Mt 28, 8-10). Para que podamos seguir mejor los versículos de este domingo vale la pena recordar la actitud que tuvieron ante el Resucitado, ya que creyeron sin requerir mayores explicaciones: por un lado, la hermana de Marta —que lloraba delante del sepulcro vacío— reconoció al Maestro y acreditó en su victoria sobre la muerte simplemente cuando Él la llamó por su nombre (cf. Jn 20, 16) y, por otro, las otras que corrían a anunciar a los Apóstoles la buena noticia anunciada por el ángel y de pronto sale Jesús a su encuentro diciéndoles: “Alegraos”, y entonces le abrazan los pies y se postran ante Él. (cf. Mt 28, 9).

Muy distinta es la reacción de los varones que protagonizan el pasaje de San Lucas. No pertenecían al conjunto de los doce Apóstoles, pero, al ser discípulos, habían convivido de cerca con el Señor, asistiendo a numerosos milagros y recibiendo a menudo sus enseñanzas. Sin embargo, el propio domingo, cuando ya circulaban noticias sobre la Resurrección, se destacan del grupo de los seguidores del Maestro y cogen el camino a Emaús, un pequeño pueblo, tranquilo y probablemente la tierra natal de ambos. La salida de Jerusalén revela lo abatidos que estaban en la fe y, en el fondo, la búsqueda de una situación más segura y cómoda que el drama en el cual se debatían desde el comienzo de la Pasión.

Sin duda, los dos habrían intercambiado impresiones y planeado ausentarse del Cenáculo de manera discreta, acordando que cada uno atravesaría una puerta diferente de la ciudad y seguirían a solas hasta cierto punto del camino donde se encontrarían para continuar el viaje juntos.

Rumbo a la deserción

13 Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; 14 iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.

Nos imaginamos a un par de personajes con su bastón andando, quizá cabizbajos, por un terreno irregular, durante unas dos horas de recorrido a pie, según la distancia que indica el evangelista. Desanimados, se transmitían uno al otro las desconfianzas y angustias acumuladas en los últimos días, confirmándose mutuamente en una visión distorsionada de los acontecimientos vividos.

Entre las varias razones que los llevaban a tal desaliento estaría en primer lugar el equivocado concepto, corriente entre los judíos, de un Mesías político, que liberaría a Israel de la opresión romana y alzaría a la nación elegida hasta los pináculos de la gloria. A la vista de los milagros realizados por el Señor, muchos israelitas lo asociaron a esa imagen deturpada, pensando que en Él se hallaría la solución a los problemas económicos, pues poseía el poder de multiplicar el alimento, curar las enfermedades, expulsar los demonios e incluso devolverles la vida a los muertos.

Esa mentalidad subsistía hasta entre los que, tocados por una gracia, se decidían a dejarlo todo para seguirlo. Algunos medían la popularidad alcanzada por Jesús en tan poco tiempo de vida pública y, considerando su joven edad, se ponían a soñar con el futuro de aquella empresa. Si los hijos del Zebedeo llegaron a pedirle al Señor la concesión de cargos de honor en su Reino, provocando la indignación de los demás apóstoles, los cuales codiciaban igual proyección (cf. Mc 10, 35-41), es probable que tales aires de ambición también corrieran entre los discípulos.

Para los dos que se desplazaban hasta Emaús todo parecía arruinado, incluso la imagen del Señor como hombre en el cual depositaban su seguridad. Cabe observar que el contacto con los Once debe haber colaborado para aumentarles el miedo y la incredulidad, porque, como narra el propio San Lucas, lo que las mujeres contaban “ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron” (Lc 24, 11).

Celoso por dar a la Iglesia naciente un impulso de fuerza y energía, el Señor toma la iniciativa de rescatarlos, haciéndoles el bien omitido por los Apóstoles. Así procederá Él en otras ocasiones en el transcurso de la Historia, al promover la salvación de las almas a pesar de la negligencia de los escogidos para ampararlas.

Captura de pantalla 2020-04-10 a la(s) 14.18.13.png

La mala tristeza enceguece a las almas

15 Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos.16 Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Llama la atención el modo discreto de cómo el Redentor se acerca a ellos, sin las fulguraciones propias al cuerpo glorioso, pues no quería obligarlos a creer en la Resurrección. Comenta Teófilo que Cristo actuó así con los discípulos “para que no penetrasen todos sus propósitos y descubriendo la herida, encuentren la medicina”.1 Los dos, pensando que era un transeúnte más, no se molestaron con la compañía de un extraño y siguieron debatiendo.

Aunque les faltaba una fe robusta, sus preocupaciones giraban en torno a la persona del Señor, y esto propició su intervención. Si nosotros también deseamos oír una palabra de Jesús debemos conversar sobre asuntos elevados, relacionados con Él y con lo sobrenatural.

17 Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Ellos se detuvieron con aire entristecido. 18 Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?”.

Desde toda la eternidad el Señor conocía lo que ellos hablaban, pero, para ayudarlos a abrir el alma a su acción, los interroga de manera bondadosa y suave.

Al oír la pregunta, los dos se detuvieron. Ese detalle nos permite conjeturar que, hasta ese momento, Jesús caminaba detrás de ellos; ahora, acelerando el paso, se puso a su lado y les dirige la palabra.

La languidez estampada en el rostro de ambos, reflejo del estado de ánimo de los Apóstoles, colaboraba a esa falta de fe, porque la mala tristeza ciega a los corazones para con Dios y ensordece los oídos a su voz. Tal disposición de espíritu es mucho más perniciosa a la práctica de la virtud que la alegría desequilibrada.

El hecho de que tan sólo a Cleofás se le nombre en el texto nos lleva a suponer que el otro viandante era el mismo San Lucas. Aquel discípulo responde a Jesús con presteza y naturalidad, revelando una virtud indispensable para los que se dedican al apostolado: la hospitalidad. A esas dos almas, a pesar de ser débiles en la fe, les gustaba relacionarse con otros y de hacerles el bien. Al encontrarse con un viajero interesado en el asunto sobre el que iban discutiendo, enseguida lo admiten en la conversación.

“La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará” (Is 42, 3), había profetizado Isaías respecto al Salvador. Por medio de la bienquerencia al prójimo, aún encendida en el interior de aquellos discípulos, el Señor les fortalecerá el amor y la fe.

Es comprensible el asombro de Cleofás ante la enajenación del viajero, el cual parecía que venía de Jerusalén, pues la muerte de Jesús había convulsionado a la ciudad. Además del movimiento popular, asombrosos fenómenos se habían verificado: se oscureció el sol y el velo del Templo se rasgó por medio (cf. Lc 23, 45); la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron; las tumbas se abrieron y muchos justos resucitaron (cf. Mt 27, 51-52).

Captura de pantalla 2020-04-10 a la(s) 14.18.22.png

Corazones endurecidos por la falta de fe

19 Él les dijo: “¿Qué?”. Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo;...” 

El Señor no afirma que está al corriente de los hechos, pero tampoco lo niega. Sirviéndose de una curiosa estratagema, hace una pregunta que da oportunidad a los discípulos de exponer sus dudas y perplejidades. Se trata de un método divino para lidiar con corazones tibios, susceptibles de ofenderse y llenarse de furia contra quien les corrige. Él, la infinita paciencia, oye con toda calma lo que los dos tienen que decir.

Signo evidente de los cuestionamientos interiores de ambos es la convicción presentada al comienzo, al describir a Jesús como “un profeta poderoso en obras y palabras”. Sabían que el Maestro no era solamente un profeta sino el propio Hijo de Dios encarnado, pero tienen recelo de declararlo, guiándose por los raciocinios fallidos montados en aquellos días, y no por aquello que conocían de las Escrituras y de las revelaciones hechas por Jesús.

Como se ve, eran hombres instruidos, fecundos en ideas, pero les faltaba la flexibilidad de las almas de fe, la docilidad nacida de la esperanza y el ardor característico de la caridad. Sus corazones se habían vuelto endurecidos y tibios, cerrados a todo cuanto contrariara sus propios criterios.

Captura de pantalla 2020-04-10 a la(s) 14.18.35.png

Apego a un orden de cosas anticuado

20 “...cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron”. 

Este versículo deja trasparecer que ambos aún nutrían admiración por los poderes corrompidos que componían el establishment judaico de entonces. No muestran horror a las medidas injustas adoptadas en relación con Jesús, aparentando únicamente estar molestos por no comprender el motivo de tal decisión. Consternados, como diciendo: “Hubo calumnias y actuaron en función de informaciones erradas: ¡nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes no pueden equivocarse!”.

Curiosamente, no percibieron la incongruencia de que “un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo”, fuera condenado por las autoridades religiosas.

Las buenas noticias asustan a quien no tiene fe

21 “Nosotros esperábamos que Él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. 22 Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, 23 y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo”.

Al ir explicando una a una las ideas erradas que les poblaban la mente mencionan la liberación de Israel como el auge de sus expectativas en relación con el Señor y, para justificar el desánimo en el que habían caído, alegan que ya habían pasado tres días. De ese detalle podemos deducir que ellos, antes de salir de Jerusalén, expusieran sus dudas a los Apóstoles y éstos, intentando convencerlos de que esperaran un poco más, les recordaron la profecía del Maestro: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día” (Mt 17, 21-22). 

Si mantuvieran en cendida al menos una pequeña llama de fe, la noticia anunciada por las mujeres habría sido motivo de esperanza y exultación: “Todo se ha solucionado, ¡se realizó lo que Él había previs-to!”. Y estarían ansiosos por obtener más información al respecto. Muy diferente, no obstante, fue su actitud, conforme narran ahora a Jesús, enfatizando que las mujeres les habían “sobresaltado”. En el fondo, censuran la imprudente visita al sepulcro de madrugada y, con la expresión “vinieron diciendo”, evidencian su desprecio por el testimonio que ellas daban.

Así actúa la Providencia con ciertas almas muy habituadas a la ciencia, pero desprovistas de luces del Espíritu Santo: las deja libres para aceptar o rechazar las inspiraciones proféticas y místicas, permitiendo que las personas menos instruidas pasen al frente en la fe y den ejemplo. En general, tales espíritus doctos no se encantan con las buenas disposiciones de esos que les toman la delantera; al contrario, siempre prevenidos contra cualquier criterio ajeno a los de su propia mente, se muestran chocados.

24 “Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a Él no lo vieron”.

Los que habían ido corriendo al sepulcro aquella mañana y constatado la veracidad del relato de las Santas Mujeres eran San Pedro y San Juan (cf. Jn 20, 1-10). Por lo tanto, no se trataba simplemente de “algunos de los nuestros”, sino de dos testigos de la mejor categoría: el primer Papa y el Discípulo Amado. Al referirse así a los dos apóstoles, los que van a Emaús intentan restarles importancia a las noticias transmitidas por María Magdalena y sus amigas, como si fuera una invención de la imaginación femenina. Mientras hablaba, el Señor iba creando gracias especiales para tocarles el corazón. Y, a esas alturas, ya se encontraban preparados para oír una advertencia.

Captura de pantalla 2020-04-10 a la(s) 14.18.47.png

“¡Qué necios y torpes sois...!”

25 Entonces Él les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!”.

El pueblo judío posee gran capacidad natural de guiarse por la lógica en sus raciocinios. Con todo, ni siquiera tal habilidad estaba siendo bien empleada por ellos: aunque conocieran mucho, se mostraban “necios” en sus juicios.

En efecto, la lógica se presenta como un auxilio extraordinario para la vida espiritual, siempre que las premisas sean verdaderas y sobre ellas incida la luz de la fe. De lo contrario, sólo producirá desastres. En el caso de un alma bautizada, esa virtud suplanta incluso la poca inteligencia cuando se trata de discernir algo relacionado con Dios y con el mundo sobrenatural.

Por otra parte, ese pasaje realza el empeño del divino Maestro por enseñarnos, al desarrollar en esa ocasión una estupenda clase de exegesis y teología.

26 “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”.27 Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras.

Cuando la fe se debilita en un alma llamada a una elevada misión, como es el caso de los dos discípulos, enseguida se despierta la preocupación con el prestigio terrenal, el reconocimiento de los hombres, la gloria personal. La pregunta hecha por el Señor alcanzaba las ambiciones de ambos, recordándoles la gloria de Dios, meta de los auténticos seguidores de Cristo, que sólo se logra por medio de la cruz.

Se impresionaron al constatar cómo Jesús dominaba los Libros Sagrados, narrando con detalles y de memoria numerosos episodios y vaticinios concernientes al Mesías, desde Moisés hasta las últimas profecías.

Sin embargo, más importantes que esa exposición doctrinaria e incluso la presencia física del Maestro eran las gracias sensibles y místicas que Él les concedía mientras hablaba, haciéndoles que “ardiera su corazón”.

Jesús se alegra al ser invitado a permanecer con nosotros

28 Llegaron cerca de la aldea adonde iban y Él simuló que iba a seguir caminando;29 pero ellos lo apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos.

El divino Maestro utiliza un singular subterfugio para formarlos, dándoles a entender que no se quedaría en Emaús. De hecho, en el contexto de aquella caminata el pueblo simbolizaba la deserción de los dos discípulos, y no le correspondía al Señor estar allí. En ese sentido, es interesante observar cómo San Lucas registra el celo del Salvador por las almas, señalando que su intención al entrar en el poblado consistía en “quedarse con ellos”.

Por otro lado, Jesús quiso incitar en ambos el deseo de continuar la convivencia a fin de que, al manifestar su bienquerencia por el Señor, crecieran en virtud, puesto que amarlo significa amar al propio Dios. La perspectiva del drama ya había desaparecido a esas alturas y se encontraban inundados de consolaciones.

Era común en aquel tiempo hospedar a los viajeros en casa durante la noche, ofreciéndoles alimento y descanso hasta el día siguiente. Por eso, alegando lo tarde que ya era, le insisten a Jesús: “Quédate con nosotros”. El Señor acepta la propuesta, pues se alegra de ser invitado a permanecer con los suyos.

Captura de pantalla 2020-04-10 a la(s) 14.18.56.png

Una figura de la Eucaristía

30 Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 31 A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció de su vista.

Reunidos los tres para cenar, el Señor toma el pan y lo bendice, gesto reservado para quien presidía una comida. Si bien no se trataba de la consagración eucarística, el sacramento de su Cuerpo y Sangre estaba figurado allí, y en ese momento los discípulos lo reconocieron. Entonces Él desapareció. ¿Por qué?

A partir de aquel momento, tendrían que mantenerse firmes en la fe incluso sin verlo físicamente, pues sería ese el régimen de gracias en el cual se desarrollaría la vida de la Iglesia en el transcurso de los siglos. El Señor se hizo presente junto a todos los bautizados, en especial cuando se reúnen en función de Él y, queriéndose bien unos a otros, tratan de crecer en la fe y en el amor a Dios.

32 Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”.

Transformados por la convivencia con el Maestro, percibieron cuántas gracias de fervor habían recibido mientras le oían enseñarles a lo largo del camino. Su palabra había ido acompañada por una profunda acción del Espíritu Santo, mediante la cual el corazón de ambos, antes frío por la incredulidad, se llenó de fuego.

Esas excelentes disposiciones les empujaron a hacer partícipes de su misma alegría y consolación a sus hermanos de ideal.

Captura de pantalla 2020-04-10 a la(s) 14.19.03.png

El entusiasmo es difusivo

33 Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, 34 que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. 35 Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Probablemente sin haber acabado de cenar se levantaron “en aquel momento” y, llenos de entusiasmo, se dirigieron a toda prisa hacia Jerusalén, a fin de contárselo todo a los Once. Aunque fuera de noche, no se amedrentaron ante el riesgo de los ladrones y, sin duda, comentarían durante todo el trayecto la aparición del Señor. Cuando llegaron al Cenáculo, ya casi sin aliento, hicieron un emocionado relato, rico en pormenores y marcado por la admiración.

Algunos tomaron la noticia como una confirmación más de la Resurrección, y les dijeron a los dos lo que le había pasado a Pedro; no obstante, otros no sentían el mismo calor de alma y seguían temerosos e incrédulos como indica San Marcos (cf. Mc 16, 13). A todos se les aparecía el Señor poco después, mientras “estaban hablando de estas cosas” (Lc 24, 36), episodio narrado por San Lucas en los versículos siguientes a los seleccionados para la liturgia de este domingo.

Captura de pantalla 2020-04-10 a la(s) 14.19.10.png

III – “MANE NOBISCUM, DOMINE!”

Sublime fue la convivencia de Jesús con los discípulos de Emaús; sin embargo, ellos solamente lo reconocieron cuando bendijo y partió el pan. ¡Cuánto más feliz es nuestra situación al acercarnos con fervor a la Eucaristía: no vemos al Señor, pero lo reconocemos y amamos!

Recibir la comunión significa un colosal privilegio, del cual ningún justo del Antiguo Testamento se benefició. Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, David, Gedeón y otros tantos estarían dispuestos a resucitar y enfrentar nuevos sufrimientos en la tierra para comulgar ¡una vez al menos!

El Señor afirmó: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y ven- dremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Cuando Jesús Sacramentado entra en un alma, ya no desea salir. Más aún, a ejemplo del Evangelio de hoy, espera nues- tra petición para permanecer con nosotros. Además, nos corresponde a nosotros tomar todos los cuidados a fin de que no se marche. Para ello, debemos evitar las ocasiones de pecado y rezar. Mucho nos ayudará también conversar sobre temas elevados, relacionados con la religión, la eternidad, el Cielo.

La Eucaristía es el mejor remedio para quien se siente flaco en la fe, la más abundante fuente de ánimo para los que quieren atravesar incólumes los períodos de aridez. Sepamos buscar al Señor y suplicarle que encienda llamas de amor en nuestro corazón: “Mane nobiscum, Domine!, ¡quédate con nosotros! No nos permitas tomar el camino de Emaús. Y si algún día, sordos a la gracia, nos desviamos, búscanos como lo hiciste con los discípulos que hoy considera la liturgia. Tú que eres la Sabiduría, penetra con tus luces en cada uno de nosotros, dándonos una fe ardiente en todo lo que la Iglesia nos muestra y el Espíritu Santo sopla en nuestras almas”. 


1 TEÓFILO, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Ca- tena Aurea. In Lucam, c. XXIV, vv. 13-24.

Su voto :
0
Resultado :
0
- Votos : 0

Artículos Recomendados

La formación y disciplina del clero

Los que sienten la necesidad de profesar nuestra santísima religión, con mayor facilidad abrazan su doctrina y sus preceptos cuando ven que los clérigos aventajan a los demás en piedad e integridad. ...Más

“La epidemia del Covid 19 reconduce a la Iglesia a su responsabilidad primera: la fe” – Cardenal Sarah

El prefecto del Culto divino ha publicado un lúcido artículo en Le Figaro sobre los retos para la Iglesia ante la cercanía de la muerte fruto de la pandemia.Gaudium Press ofrece a sus lectores la traducción al español. Los subtítulos son de esta redacción...Más

Santa Bernadette y “la necedad de la cruz”

Mucho se sabe sobre la piadosa joven a la cual la Virgen se le apareció en Lourdes. Poco, no obstante, se conoce de su vida de sufrimiento como religiosa en Nevers y de los motivos que la llevaron a ofrecerse como víctima expiatoria. ...Más

“Vuestros nombres están escritos en el Cielo”

Ay de aquellos cuyos nombres no estén inscritos en los Cielos, pues cuando Dios envíe la punición para castigar a quien haya adorado a los dioses falsos, sin duda, zozobrarán. ...Más

El triunfo de la fe marial

María Santísima en el misterio de la resurrección del Señor ...Más

Últimos vídeos   ‹‹‹

Copyrigth Heraldos del Evangelio - Todos los derechos Reservados.