Versión 0.8 Beta. Ingresar | Registrese

Ingresar

 
E-mail :
Contraseña :
Aun no se ha registrado?
Click aquí
Inicio »
Menu_Copyright

“Vuestros nombres están escritos en el Cielo”

Publicado 2020/05/08
Autor : P. Thiago de Oliveira Geraldo, EP

Ay de aquellos cuyos nombres no estén inscritos en los Cielos, pues cuando Dios envíe la punición para castigar a quien haya adorado a los dioses falsos, sin duda, zozobrarán.

| Imprimir | Email E-mail | Report! Corregir | Share

“Vuestros nombres están escritos en el Cielo”

Ay de aquellos cuyos nombres no estén inscritos en los Cielos, pues cuando Dios envíe la punición para castigar a quien haya adorado a los dioses falsos, sin duda, zozobrarán.

P. Thiago de Oliveira Geraldo, EP1

San Cirilo de Alejandría, Patriarca de esa famosa ciudad egipcia, por aquel entonces perteneciente al Imperio romano, afirma que en la época de Nuestro Señor Jesucristo el demonio era adorado en la tierra entera: “Era Satanás quien dominaba bajo el cielo; tenía sometido a todos y no había quien pudiera escapar de sus opresoras trampas”.2 Había tal cantidad de templos dedicados a los demonios que resultaba imposible contarlos. Y, lo que es peor, no faltaban personas que no le ofrecieran sacrificios.

Ahora bien, ¿esa monstruosidad habría sucedido únicamente cuando Dios se encarnó para redimir al género humano? ¿O hubo en otros períodos de la Historia situaciones análogas?

Basta hojear algunas páginas de la Sagrada Escritura para encontrar la repuesta.

Dos profetas anuncian el castigo al pueblo elegido

Hay en el Antiguo Testamento un profeta, poco conocido, que pone en evidencia cómo la adoración al demonio acarreó la manifestación de la cólera divina en su tiempo.

Baruc, que en hebreo significa bendito, era secretario de Jeremías. Ambos profetizaron que si el pueblo elegido no se convertía el Señor le enviaría un castigo. Y como no hubo enmienda de vida entonces Dios cumplió su amenaza: en el año 586 a. C. Jerusalén fue destruida y muchos tuvieron que marchar a Egipto, mientras que otros fueron deportados a Mesopotamia. 

Tras cuatro años en tierra extranjera, el pueblo se había dispersado y algunos empezaron a vacilar en la fe. Entonces el profeta Baruc se dirigió a Babilonia para reenfevorizarlos con un mensaje de Jeremías. Un año más tarde, regresó a Jerusalén a fin de consolar a un reducido grupo de fieles que permanecía en la ciudad, llevándoles algunos vasos sagrados y una colecta de donativos, ocasión en la que les leyó su libro.3 ¡A esa situación tan triste habían llegado los hijos de Dios.

Jeremías envió a Baruc no sólo con la intención de mandarles una ayuda financiera, sino para recordarles la Ley. Al emisario le correspondía, sobre todo, exhortar al pueblo a practicar los Mandamiento divinos. He aquí la principal misión de los profetas.

Sacrificaban a los demonios niños pequeños vivos

Ante ese trágico panorama, el lector se puede preguntar: ¿por qué Jerusalén, ciudad de los elegidos, fue destruida?

El mismo profeta Baruc nos ofrece la respuesta: “Irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a demonios, no a Dios; os olvidasteis del Señor eterno, del Señor que os había alimentado, y afligisteis a Jerusalén que os criaba. Cuando ella vio que el castigo de Dios se avecinaba, dijo: Escuchad, habitantes de Sion, Dios me ha cubierto de aflicción” (Bar 4, 7-9).

Por lo tanto, la Ciudad Santa fue destruida, entre otras razones, porque el pueblo hacía sacrificios a los demonios y tal pecado disgustó al Señor. Pero ¿sería ése el único profeta que cuenta que en el Antiguo Testamento las personas habían llegado hasta adorar al demonio?

Otros pasajes de las Escrituras también denuncian esa práctica detestable (cf. Dt 32, 17; Sal 105, 37- 38; Is 57, 3-13; Jer 32, 35; Ez 23, 37). Entre los ídolos de aquellos tiempos estaba Mólec, “dios” de los amonitas. Era una estatua de bronce, con cuerpo humano y cabeza que variaba entre toro o león, en cuyo pecho había una cavidad repleta de brasas incandescentes, donde se arrojaban niños y niñas pequeños vivos como sacrificio al demonio (cf. Lv 20, 3; 2Re16,3;17,17;21,6).

Y Ezequiel, uno de los cuatro profetas mayores, describe en su capítulo octavo una abominación aún mayor...

Cultos satánicos en el Templo de Dios

Ezequiel narra que estaba en casa con algunos ancianos de Judá cuando vio repentinamente una silueta luminosa, la cual del vientre hacia abajo parecía de fuego. Era el propio Dios que iba hacia él.

El Señor lo agarró por los cabellos y lo condujo a la Ciudad Santa, donde el profeta pudo divisar la estatua de un demonio en la puerta del Templo del Dios verdadero: “El espíritu me levantó entre el cielo y la tierra y me llevó en visión divina a Jerusalén, a la entrada del pórtico interior que mira hacia el norte, donde estaba la estatua de los celos, que provoca los celos [del Señor]” (Ez 8, 3).

Ezequiel se asustó, pero Dios le advirtió que aún contemplaría escenas peores: “Hijo de hombre, ¿ves lo que hacen estos, las graves acciones detestables que comete aquí la casa de Israel para que me aleje de mi santuario? Pues aún verás acciones más detestables” (Ez 8, 6).

Luego lo llevó hasta la entrada del patio, en cuyo muro había una apertura. La atravesaron y encontraron con una puerta secreta. Al trasponerla, Ezequiel se vio en una sala repleta de figuras de animales ponzoñosos y de pinturas de ídolos alrededor de las paredes. ¡Setenta ancianos de Israel los adoraban, cada uno con su turíbulo en las manos! 

Continúa la narración: “Hijo de hombre, ¿has visto lo que hacen los ancianos de la casa de Israel en la oscuridad, cada cual en las cámaras reservadas a su imagen? Porque piensan: el Señor no nos ve, el Señor ha abandonado el país. Y añadió: Aún los verás cometer acciones detestables más graves” (Ez 8, 12-13).

Nos asombra pensar que, así como nosotros incensamos el altar y el libro de la Palabra de Dios durante las Misas, ¡ellos ofrecían incienso a los demonios!

Entre el vestíbulo y el altar...

A continuación, Dios lo llevó a una puerta que quedaba en la parte norte de la construcción. Cuando entró, Ezequiel se topó con algunas mujeres que lloraban por Tamuz, un ídolo de Mesopotamia.

Una vez más el profeta se asustó, y Dios le dijo que le haría ver cosas peores en el interior del Templo. Entonces lo condujo al centro del edificio sagrado, entre el vestíbulo y el altar, lugar reservado a los sacerdotes. Allí encontró a veinticinco hombres.

¿Serían también sacerdotes? Probablemente sí. Con todo, en vez de adorar al Dios verdadero, daban culto al sol naciente...

Ezequiel transcribe las palabras de Dios después de mostrarle esas escenas: “¿Has visto, hijo de hombre? ¿No le basta a la casa de Judá las acciones detestables que aquí cometen, que colman el país de violencias, indignándome más y más con sus ritos idolátricos? Pues yo también los trataré con furor: no tendré compasión ni tendré piedad. Me invocarán a voz en grito, pero no los escucharé” (Ez 8, 17-18).

Estos son algunos ejemplos, sacados de la Sagrada Escritura, de cómo las personas pueden llegar a adorar a los demonios hasta en el Templo de Dios.

La Jerusalén del Nuevo Testamento

La Santa Iglesia es llamada metafóricamente la Nueva Jerusalén. ¿Habrá en ella quien, en nuestros días, eche incienso a los ídolos u ofrezca sacrificios a demonios sanguinarios como Mólec? ¡Dios nos libre y guarde de que en algún momento eso llegue a ocurrir!

Existe, no obstante, una forma más sutil de practicar la idolatría y rendir culto al enemigo del género humano, y esa sí que se encuentra muy difundida entre nosotros...

Cada vez que cometemos un pecado mortal, además de vernos privados de la gracia y de la amistad de Dios, nos volvemos esclavos del demonio.4 Él pasa a imperar en nuestras almas.

¿Cómo nos liberamos de ese pesado e infecto yugo del príncipe de las tinieblas?

“Les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios”

Con la Encarnación, Nuestro Señor Jesucristo rompió el dominio de los infiernos y le confirió a los Apóstoles la potestad de, en su nombre, expulsar a los ángeles caídos —superiores a los hombres en el orden de la naturaleza— y lanzarlos al Infierno: “Habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos” (Lc 9, 1-2).

San Lucas trae a luz el envío de los setenta y dos discípulos en misión (cf. Lc 10, 1-16) y resalta su alegría al retomar la convivencia con el divino Maestro y relatarle lo que habían hecho: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10, 17). En efecto, el dominio sobre los espíritus malos “era no sólo lo más espectacular, sino lo que más les acreditaba como discípulos del Mesías, por ser signo de la llegada del Reino. Por eso, el imperio satánico va a llegar a su fin. Y Cristo lo confirma”.5

Sin embargo, el Señor les revela que es más importante el hecho de que sus nombres estén escritos en el Cielo que los demonios se sujeten a ellos (cf. Lc 10, 20). Tal aserción del Redentor se basa en que el poder sobre los demonios es carismático, transitorio y conlleva una alegría comprensible, pero aún un tanto humana, mientras que tener sus nombres escritos en el Cielo significa ser miembro del Reino en su fase definitiva, en la Patria celestial.6

El Apocalipsis usa un término similar al aludir a la vocación especial de formar parte de la Nueva Jerusalén bajada del Cielo: “Y no entrará en ella nada profano, ni el que comete abominación y mentira, sino solo los inscritos en el libro de la vida del Cordero” (21, 27).

Hay quien piensa que Dios no castiga

¿Qué lección sacamos de todos esos episodios?

Nos recuerdan que, en el Antiguo Testamento, la destrucción de Jerusalén ocurrió cuando el pueblo elegido dejó la adoración sincera a Dios para idolatrar a los demonios, provocando la ira del Todopoderoso. Y muestran que Él puede castigar a su pueblo, a fin de purificarlo, cuando éste pasa, en su mayoría, a rendir culto a los espíritus infernales.

Hay quien juzga que Dios no castiga, aunque, de forma colectiva, las almas lo hayan expulsado de su interior por el pecado. Así piensan las personas que ponen sus conveniencias particulares por encima de los intereses del Creador y olvidan cuán ofendido está el Altísimo por las faltas de los hombres.

Ahora bien, afirma Santo Tomás de Aquino, “nada debe esperarse de Dios sino lo que es bueno y lícito. Pero debemos esperar de Dios el poder vengarnos de los enemigos, pues leemos en el Evangelio de Lucas: ‘¿Dejará Dios de vengar a sus elegidos que claman a Él día y noche?’, como si dijese: ‘Cierto es que los vengará’ ”.7

El Doctor Angélico no se refiere aquí a la venganza fruto de una irritación pasajera, imposible de ser infligida por Dios, sino de un castigo proporcional al delito, con el objetivo de la corrección y el bien.

Como enseña San Alfonso María de Ligorio, el moralista por excelencia, “no merece la misericordia de Dios el que se sirve de ella para ofenderle. La misericordia se usa con quien teme a Dios, no con quien la utiliza para no temerle. El que ofende a la justicia —dice el abulense—, puede acudir a la misericordia; mas el que ofende a la misericordia, ¿a quién acudirá?”.8

San Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia como los dos santos anteriormente citados, añade que “ no sólo los pecados serán punidos, sino que serán punidos aún con horrendos y pavorosos suplicios, los cuales serán tan grandes que difícilmente pueden ahora ser imaginados por los hombres”.9

Confianza durante el tiempo de prueba

Causa perplejidad considerar que, en esta tierra, el castigo por los pecados de los hombres recaiga sobre buenos y malos. No olvidemos, sin embargo, la exhortación que hace el Señor a través del profeta Baruc a los que permanecían fieles: “Hijos míos, llevad con paciencia el castigo enviado por Dios. Si te ha perseguido el enemigo, pronto lo verás derrotado, con el cuello sometido a tu pie” (Bar 4, 25).

Si la humanidad sacrifica a los ídolos, abrazando las vías del pecado y alejándose del Creador, vendrá el castigo. Pero el Altísimo no abandonará a su pueblo: a sus verdaderos hijos les concederá poder sobre los demonios para lanzarlos al Infierno y ese será el signo distintivo de que llegó el Reino de Dios.

“En cuanto al Señor, poderoso es Él —que quitó vuestro pecado y condonó vuestros delitos— para protegeros y guardaros contra las insidias del diablo que combate, a fin de que no os sorprenda el enemigo, quien, por lo común, es quien engendra la culpa. Mas, quien en Dios se confía no teme al diablo. Porque ‘si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?’ (Rom 8, 31)”.10

¡Que nuestros nombres sean inscritos en el Cielo!

En la actual fase de la Historia de la Iglesia, nosotros los católicos fieles, estamos llamados a no doblar nuestras rodillas, ni siquiera una sola, ante los demonios. Debemos, por el contrario, hincarnos de rodillas, unir nuestras manos y, sobre todo, curvar nuestro corazón ante la Santísima Virgen y rezarle: “Reina mía, no quiero adorar a los demonios, no quiero ser esclavo de Satanás. Quiero ser esclavo de amor del propio Dios por tu intermedio, como enseñó San Luis María Grignion de Montfort. Por eso, Madre mía, te pido: acelera la derrota de Satanás y sus secuaces y envía a tus ángeles para que auxilien a cada uno de vuestros hijos e hijas. Sobre todo, intercede para que nuestros nombres sean inscritos en el Cielo, es decir, en tu Inmaculado Corazón. Te pido, oh Madre Santísima, que escribas hoy con letras de oro nuestros nombres en tu Corazón, a fin de que cuanto antes podamos derrotar el poder de las tinieblas y hacer brillar tu luz en el mundo entero. Así sea”.  2


1 El autor es doctor en Teología por la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia. El presente artículo reproduce, con las necesarias adaptaciones al lenguaje escrito, la homilía que pronunció el 5 de octubre de 2019 en la catedral metropolitana de São Paulo, Brasil.

2 SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA. Comentario al Evangelio de Lucas, 64. In: ODEN, Thomas C.; JUST, Arthur A. (Ed.). La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Evangelio según Lucas. Ciudad Nueva: Madrid, 2006, v. III, p. 250.

3 Cf. GARCÍA CORDERO, OP, Maximiliano. Bíblia Comentada. Libros Proféticos. Madrid: BAC, 1961, v. III, p. 753.

4 Cf. CATECISMO MAYOR DE SAN PÍO X, n.o 954.

5 TUYA, OP, Manuel de. Bíblia Comentada. Evangelios. Madrid: BAC, 1964, v. II, p. 836.

6 Cf. Ídem, ibídem.

7 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 108, a. 1.

8SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. Preparação para amorte. Considerações sobre as verdades eternas. 4.a ed. Petrópolis: Vozes, 1956, p. 128.

9 SAN ROBERTO BELARMINO. De ascensione mentis in Deum per scalas rerum creatarum. Gradus decimus quintus, c. IV.

10SAN AMBROSIO DE MI- LÁN. Des Sacrements. L. V, n.o 30: SC 25, 97. 

 

Su voto :
0
Resultado :
0
- Votos : 0

Artículos Recomendados

La formación y disciplina del clero

Los que sienten la necesidad de profesar nuestra santísima religión, con mayor facilidad abrazan su doctrina y sus preceptos cuando ven que los clérigos aventajan a los demás en piedad e integridad. ...Más

“La epidemia del Covid 19 reconduce a la Iglesia a su responsabilidad primera: la fe” – Cardenal Sarah

El prefecto del Culto divino ha publicado un lúcido artículo en Le Figaro sobre los retos para la Iglesia ante la cercanía de la muerte fruto de la pandemia.Gaudium Press ofrece a sus lectores la traducción al español. Los subtítulos son de esta redacción...Más

Santa Bernadette y “la necedad de la cruz”

Mucho se sabe sobre la piadosa joven a la cual la Virgen se le apareció en Lourdes. Poco, no obstante, se conoce de su vida de sufrimiento como religiosa en Nevers y de los motivos que la llevaron a ofrecerse como víctima expiatoria. ...Más

El triunfo de la fe marial

María Santísima en el misterio de la resurrección del Señor ...Más

Ver, reconocer y amar al Señor

El propio día de la Resurrección dos discípulos deciden abandonar el Cenáculo. El divino Maestro le sale al encuentro, enseñándonos cómo debemos convivir con Él por medio de la fe y del amor....Más

Últimos vídeos   ‹‹‹

Copyrigth Heraldos del Evangelio - Todos los derechos Reservados.