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Santa Bernadette y “la necedad de la cruz”

Publicado 2020/05/15
Autor : Paulo Teixeira Campos

Mucho se sabe sobre la piadosa joven a la cual la Virgen se le apareció en Lourdes. Poco, no obstante, se conoce de su vida de sufrimiento como religiosa en Nevers y de los motivos que la llevaron a ofrecerse como víctima expiatoria.

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Santa Bernadette y “la necedad de la cruz”

Mucho se sabe sobre la piadosa joven a la cual la Virgen se le apareció en Lourdes. Poco, no obstante, se conoce de su vida de sufrimiento como religiosa en Nevers y de los motivos que la llevaron a ofrecerse como víctima expiatoria.

Escrito por: Paulo Teixeira Campos

En la víspera de su muerte, Santa Bernadette Soubirous le confió a una de sus hermanas de vocación: “Estoy molida como un grano de trigo. Nunca pensé que fuera necesario sufrir tanto para morir”.1 Y cuando, poco antes de su partida hacia el Cielo, alguien le dijo que iba a pedirle a la Virgen que le enviara algún consuelo, la santa le replicó enseguida: “No; nada de consolaciones, sino fuerza y paciencia”.

En esas dos frases, se revela un importante aspecto de la vida de Bernadette: su ofrecimiento al Señor como víctima de expiación. Se trata de una altísima vía, por la cual caminan solamente aquellos que, atendiendo a las santas exigencias de la amistad divina, procuran siempre inflamarse más en el fuego de la caridad y glorificar a Dios en medio de las tribulaciones.

Es lo que San Pablo llama “necedad de la cruz” (cf. 1 Cor 1, 18), la cual se halla en los santos cuando el amor al sufrimiento, en ellos, “alcanza cierto grado de magnanimidad que los impulsa a desear toda clase de padecimientos interiores y exteriores con el fin de identificarse más con el divino Crucificado y de ayudarle más eficazmente en su obra redentora”.3

Gran admirador de la vidente de Lourdes, Plinio Corrêa de Oliveira comentó de ella: “Santa Bernadette se ofreció como víctima expiatoria y fue, de hecho, una víctima de holocausto agradable a Dios. [...] Cuando subió al Cielo, llevó tras de sí a miles, a millones de almas que se salvaron a causa de su sacrificio”.4

Veamos a continuación cómo los hechos confirman esa afirmación.

“Mi oficio es el de estar enferma”

La primera vez en la que le dirigió la palabra, la Santísima Virgen le hizo una promesa austera y sublime: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro”.5 Es decir, ya desde el inicio Ella cuidó de preparar a la joven vidente para los sufrimientos que habrían de triturarla “como un grano de trigo”.

Bernadette tenía conciencia de su misión de víctima. Interrogada cierto día sobre el motivo por el cual Nuestra Señora no la curaba, contestó con toda naturalidad: “Tal vez Ella quiera que yo sufra...”.6

Muy sugerente, en ese sentido, es un episodio ocurrido cuando yacía inválida en el lecho de los dolores. Su superiora entró en la enfermería y, a guisa de saludo, le preguntó con una amable sonrisa:7

—¿Qué haces aquí, perezosa mía?

 —Madre, mi oficio.

—¿Y qué oficio es el tuyo, hija mía?

—Mi oficio es el de estar enferma.

Cuyas palabras equivalían a decir: “Mi oficio es sufrir como víctima expiatoria”. El P. Febvre, capellán del convento y confesor de Bernadette, también nos dejó este valioso testimonio: “Su ambición, que escondía como mejor podía, era la de ser víctima por el Sagrado Corazón de Jesús”.8 

Una cascada de flagelos

La divina Providencia aceptó con voracidad, por así decirlo, el sufrimiento de la santa de Lourdes e impresiona la cascada de flagelos que cayeron sobre ella.

Desde el principio de las apariciones fue sometida a un afligido acoso psicológico no sólo por personas piadosas y movidas por verdadera devoción, sino también por gente de mala fe que buscaba pretextos para atacar a la religión.

Además, soportó numerosas pruebas durante los años de vida religiosa en la casa madre de la Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, de Nevers, donde fue admitida como novicia en 1866, con 22 años.

Finalmente, sufrió los padecimientos derivados de varias enfermedades: asfixiantes crisis de asma, tumor de origen tuberculoso en la rodilla derecha, dilaceración del pecho acompañada de vómitos de sangre, aneurisma, cólico gástrico y, en los últimos dos años en esta tierra, caries ósea: “Su pobre cuerpo era el receptáculo de todos los dolores”,9 escribía el P. Febvre. Idéntico testimonio lo dio una de las enfermeras: “Su pobre cuerpo no era más que una llaga”.10

A partir del 11 de diciembre de 1878, debido al agravamiento del tumor de la rodilla, la enferma ya nunca se pudo levantar de su lecho. Cualquier movimiento constituía una tortura para ella. Como no lograba dormir, las largas noches de insomnio eran un azote más.

“Mi pasión durará hasta la muerte”

Todo ello, no obstante, era casi nada en comparación con los sufrimientos de alma, como lo atestigua uno de sus biógrafos: “En los últimos años de su vida fue asaltada por terrores morales, mil veces más terribles que los dolores físicos”.11

La propia santa le confió a una enfermera que trataba de darle un poco de alivio en una de las frecuentes crisis de asma: “Es muy doloroso no poder respirar, pero mucho más penoso es ser torturada por angustias interiores. Es terrible”.12

Sin embargo, en lugar de dejarse abatir pedía fuerzas para sufrir más: “Oh Jesús, dame, te lo suplico, el pan de la paciencia para soportar las aflicciones que mi corazón sufre. Oh Jesús, me quieres crucificada... ¡Fiat!”.1

¿Qué tormentos eran esos?

“A menudo se reprochaba no haber ‘correspondido’ a Dios, en virtud de las gracias recibidas”,14 atestigua el P. Febvre. Su testimonio es confirmado por la propia santa que, en la víspera de su muerte, le contó a una de sus hermanas de vocación: “Mi querida hermana, tengo miedo. He recibido tantas gracias y las he aprovechado tan poco”.15

Recibió la extremaunción a finales de marzo de 1879. Dos semanas después, un Domingo de Pascua, le reveló a la enfermera: “Mi pasión durará hasta la muerte”.16 Bien podría haber dicho más precisamente: “Mi pasión se irá agravando hasta el último instante de vida”.

De hecho, el caminar hacia su desenlace fue un lento y torturante cortejo rumbo al holocausto, que sólo llegaría a producirse el 16 de abril de 1879.

Por un singular designio de la Providencia, la muerte de Santa Bernadette presenta algunos rasgos de similitud con el supremo sacrificio del Calvario: a las tres de la tarde, abrió los brazos en cruz, dijo que tenía sed y pidió un poco de agua; la enfermera embebió en agua un algodón y lo comprimió en sus labios, para que pudiera absorber algunas gotas. A continuación, se recogió profundamente, trazó una amplia y majestuosa señal de la cruz, inclinó la cabeza y expiró apoyada en el brazo de una de las religiosas que tuvieron la gracia de presenciar la muerte de una gran santa.

Murió, en efecto, “molida como un grano de trigo”, cumpliendo por entero su doble misión de confidente de la Inmaculada Concepción y de víctima expiatoria.

Fuente de inefable júbilo y paz

En medio de tantos padecimientos la santa se sentía, no obstante, muy alegre. “Soy más feliz en mi lecho, con mi Jesús, que una reina en su trono”,17 le escribió a una amiga que le había enviado de regalo un crucifijo.

Hay algo de misterioso, sin duda, en las almas llamadas por Dios a ofrecerse como víctimas expiatorias: se cobra de ellas sufrimientos a veces inenarrables, pero luego las recompensa, ya en esta tierra, con una felicidad inefable. La unión que se establece con el Amado se vuelve para ellas fuente de júbilo y paz, imposible de ser superada por cualquier gozo o satisfacción natural.

Los que no son capaces de elevar sus ojos por encima de las cosas del mundo jamás comprenderán ese sublime arcano, porque, conforme enseña el Apóstol, “el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden” (1 Cor 1, 18).

“¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo?”, se pregunta. “¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen” (1 Cor 1, 20-21)

El mundo, nuestro tan conturbado mundo, lleno de incertidumbres, conflictos y dramas, ¿no sería un poco más feliz si, como Santa Bernadette, amara más a María Santísima y supiera entender el valor del sufrimiento y la “necedad de la cruz”? 2


dente de l’Immaculée. Nevers: Saint-Gildard, 1982, p. 177.

8 LAURENTIN, Vie de Bernadette, op. cit., p. 236.

9 Ídem, p. 236.

10 Ídem, p. 241.

11 ESTRADE, Jean-Baptiste. Histoire intime des apparitions, apud LAURENTIN, Vie de Bernadette, op. cit., p. 234.

12 LAURENTIN, Vie de Bernadette, op. cit., p. 233.

13 BORDENAVE, op. cit., p. 175.

14 LAURENTIN, Vie de Bernadette, op. cit., p. 234.

15 Ídem, p. 246.

16 Ídem, p. 244. 

17 RAVIER, op. cit., p. 440. 

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