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La formación y disciplina del clero

Publicado 2020/06/05
Autor : Fragmento de la encíclica BEATO PÍO IX

Los que sienten la necesidad de profesar nuestra santísima religión, con mayor facilidad abrazan su doctrina y sus preceptos cuando ven que los clérigos aventajan a los demás en piedad e integridad.

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    La voz de Los PaPas

La formación y disciplina del clero

Los que sienten la necesidad de profesar nuestra santísima religión, con mayor facilidad abrazan su doctrina y sus preceptos cuando ven que los clérigos aventajan a los demás en piedad e integridad. 

Como “no hay nada tan eficaz para mover a otros a la piedad y culto de Dios como la vida de los que se dedican al divino ministerio”,1 y cuales sean los sacerdotes tal será de ordinario el pueblo, bien veis, Venerables Hermanos, que habéis de trabajar con sumo cuidado y diligencia para que brille en el clero la gravedad de costumbres, la integridad de vida, la santidad y doctrina, para que se guarde la disciplina eclesiástica con diligencia, según las prescripciones del Derecho Canónico, y vuelva, donde se relajó, a su primitivo esplendor.

Los clérigos deben ser modelos para los fieles

Por lo cual, bien lo sabéis, habéis de andar con cuidado de admitir —según el precepto del Apóstol— al sacerdocio a cualquiera, sino que únicamente iniciéis en las sagradas órdenes y promováis para tratar los sagrados misterios a aquellos que, examinados diligente y cuidadosamente y adornados con la belleza de todas las virtudes y la ciencia, puedan servir de ornamento y utilidad a vuestras diócesis, y que, apartándose de todo cuanto a los clérigos les está prohibido y atendiendo a la lectura, exhortación, doctrina, “sean ejemplo a sus fieles en la palabra, en el trato, en la caridad, en la fe, en la castidad” (1 Tim 4, 12), y se granjeen la veneración de todos, y lleven al pueblo cristiano a la instrucción y le animen.

Porque “mucho mejor es —como muy sabiamente amonesta Benedicto XIV, Nuestro predecesor de feliz memoria— tener pocos ministros, pero buenos, idóneos y útiles que muchos que no han de servir para nada en la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia”.2

No ignoráis que debéis poner la mayor diligencia en averiguar las costumbres y la ciencia de aquellos a quienes confiáis el cuidado y la dirección de las almas, para que ellos, como buenos dispensadores de la gracia de Dios, apacienten al pueblo confiado a su cuidado con la administración de los sacramentos, con la predicación de la palabra divina y el ejemplo de las buenas obras, los ayuden, instruyan en todo lo referente a la religión, los conduzcan por la senda de la salvación.

Comprendéis, en efecto, que con párrocos desconocedores de su cargo, o que lo atienden con negligencia, continuamente van decayendo las costumbres de los pueblos, va relajándose la disciplina cristiana, arrui- nándose, extinguiéndose el culto católico e introduciéndose en la Iglesia fácilmente todos los vicios y depravaciones.

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No predicarse a sí mismos, sino a Cristo crucificado

Para que la Palabra de Dios, “viva y eficaz y más penetrante que espada de dos filos” (Heb 4, 12), instituida para la salvación de las almas, no resulte infructuosa por culpa de los ministros, no ceséis de inculcarles a esos predicadores de la palabra divina, y de obligarles a que, cayendo en la cuenta de lo gravísimo de su cargo, no pongan el ministerio evangélico en formas elegantes de humana sabiduría, ni en el aparato y encanto profanos de vana y ambiciosa elocuencia, sino en la manifestación del espíritu y de la virtud con fervor religioso, para que, exponiendo la palabra de la verdad y no predicándose a sí mismos, sino a Cristo crucificado, anuncien con claridad y abiertamente los dogmas de nuestra santísima religión, los preceptos según las normas de la Iglesia y la doctrina de los Santos Padres con gravedad y dignidad de estilo; expliquen con exactitud las obligaciones de cada oficio; aparten a todos de los vicios; induzcan a la piedad, de tal manera que, imbuidos los fieles saludablemente de la Palabra de Dios, se alejen de los vicios, practiquen las virtudes, y así eviten las penas eternas y consigan la gloria celestial.

Con pastoral solicitud amonestad a todos los eclesiásticos, con prudencia y asiduidad animadlos a que, pensando seriamente en la vocación que recibieron del Señor, cumplan con ella con toda diligencia, amen intensamente el esplendor de la casa de Dios, y oren continuamente con espíritu de piedad, reciten debidamente las Horas Canónicas, según el precepto de la Iglesia, con lo cual podrán impetrar para sí el auxilio divino para cumplir con sus gravísimas obligaciones, y tener propicio a Dios para con el pueblo a ellos encomendado.

Formar santa y religiosamente a los nuevos clérigos

Y como no se os oculta, Venerables Hermanos, que los ministros aptos de la Iglesia no pueden salir sino de clérigos bien formados, y que esta recta formación de los mismos tiene una gran fuerza en el restante curso de la vida, esforzaos con todo vuestro celo episcopal en procurar que los clérigos adolescentes, ya desde los primeros años se formen dignamente tanto en la piedad y sólida virtud como en las letras y serias disciplinas, sobre todo sagradas.

Por lo cual nada debéis tomar tan a pecho, nada ha de preocuparos tanto como esto: fundar seminarios de clérigos según el mandato de los Padres de Trento,3 si es que aún no existen; y ya instituidos, ampliarlos si necesario fuere, dotarlos de óptimos directores y maestros, velar con constante estudio para que en ellos los jóvenes clérigos se eduquen en el temor de Dios, vivan santa y religiosamente la disciplina eclesiástica, se formen según la doctrina católica, alejados de todo error y peligro, según la tradición de la Iglesia y escritos de los Santos Padres, en las ceremonias sagradas y los ritos eclesiásticos, con lo cual dispondréis de idóneos y aptos operarios que, dotados de espíritu eclesiástico y preparados en los estudios, sean capaces de cultivar el campo del Señor y pelear las batallas de Cristo.

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Urgid y no ceséis de exhortar al recogimiento

Y como sabéis que la práctica de los ejercicios espirituales ayuda ex- traordinariamente para conservar la dignidad del orden eclesiástico y fijar y aumentar la santidad, urgid con santo celo tan saludable obra y no ceséis de exhortar a todos los llamados a servir al Señor a que se retiren con frecuencia a algún sitio a propósito, para practicarlos libres de ocupaciones exteriores, y dándose con más intenso estudio a la meditación de las cosas eternas y divinas, puedan purificarse de las manchas contraídas en el mundo, renovar el espíritu eclesiástico, y con sus actos despojándose del hombre viejo, revestirse del nuevo que fue creado en justicia y santidad.

No os parezca que nos hemos detenido demasiado en la formación y disciplina del clero. Porque hay muchos que, hastiados de la multitud de errores, de su inconstancia y mutabilidad, y sintiendo la necesidad de profesar nuestra religión, con mayor facilidad abrazan la religión con su doctrina y sus preceptos e institutos, con la ayuda de Dios, cuando ven que los clérigos aventajan a los demás en piedad, integridad, sabiduría, ejemplo y esplendor de todas las virtudes.

Por lo demás, Hermanos carísimos, no dudamos que todos vosotros, inflamados en caridad ardiente para con Dios y los hombres, en amor apasionado de la Iglesia, instruidos en las virtudes angélicas, adornados de fortaleza episcopal revestidos de prudencia, animados únicamente del deseo de la voluntad divina, seguiréis las huellas de los Apóstoles y, como conviene a los obispos, imitaréis al modelo de todos los pastores, Cristo Jesús, cuya legación ejercéis. 2

BEATO PÍO IX. Fragmento de la encíclica “Qui pluribus”, 9/11/1846.

________________________________________________

1 CONCILIO DE TRENTO. Sessio XXII. De reformatione, c. I.

2 BENEDICTO XIV. Ubi primum, n.o 1. 3 Cf. CONCILIO DE TRENTO. Sessio XXIII. De reformatione, c. XVIII.

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