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Nuestra Señora de la Esperanza

Publicado 2020/06/19
Autor : Hna. Angelis David Ferreira, EP

En plena guerra franco-prusiana, cuando la pequeña ciudad francesa de Pontmain estaba a punto de ser invadida, una bellísima Dama se apareció en el cielo. Esa misma noche, la aflicción se volvió esperanza.

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Nuestra Señora de la Esperanza

En plena guerra franco-prusiana, cuando la pequeña ciudad francesa de Pontmain estaba a punto de ser invadida, una bellísima Dama se apareció en el cielo. Esa misma noche, la aflicción se volvió esperanza.

Hna. Angelis David Ferreira, EP 

Aquel 15 de enero de 1871 el año todavía estaba en sus comienzos y llegaba a la pequeña ciudad de Pontmain, situada a unos 325 km de París, trayendo todas las esperanzas y las aprensiones propias de los albores de un nuevo período.

En esa población de tan sólo 500 habitantes el abate Michel Guérin, gran devoto de la Santísima Virgen y párroco de la iglesia matriz desde hacía treinta y cinco años, solía reunir a la gente a diario para rezar el Rosario. Los campesinos siempre acudían a la oración con alegría, pero aquella tarde la situación era un poco diferente: el miedo y la inseguridad desolaban a los fieles. Por mucho que el sacerdote trataba de animarlos con canciones, no se veían más que lágrimas en las caras.

¿Cuál era la razón de tamaña tristeza?

Francia y Alemania estaban en guerra. Corría la noticia de que el ejército prusiano había llegado a las puertas de Laval y ya se acercaba a Pontmain.

Una distinguida mujer se aparece en el cielo

En esa trágica semana de invierno la nieve cubría toda la ciudad; la escarcha revestía ventanas y tejados.

Dos días después de la escena narrada más arriba, los niños de la familia Barbedette se encontraban en su casa hablando sobre la ausencia de su hermano mayor, que había sido reclutado por el ejército para defender su patria. Entonces el infantil coloquio fue repentinamente interrumpido por su padre, quien los llevó al establo para que le ayudaran a darle una ración extra a los caballos, que sufrían mucho las bajas temperaturas.

Alrededor de las seis menos cuarto de la tarde Eugéne y Joseph, de 12 y 10 años, respectivamente, ya habían terminado el trabajo. Cuando salieron de la cuadra se toparon, para su asombro, con una extraordinaria figura en el cielo: era una mujer de impresionante belleza, que permanecía de pie en el aire frente a ellos; llevaba un largo vestido azul, adornado de estrellas doradas, y ceñía su cabeza con una bonita corona de oro.1

Poco después se unieron a ellos dos niñas: Françoise Richer, de 11 años, y Jeanne-Marie Lebossé, de 9, que también veían a la esplendorosa Señora. Las alegres y entusiastas exclamaciones de los críos acabaron llamando la atención de casi toda la aldea, y atrajeron hasta la propiedad de la familia Barbedette a una verdadera muchedumbre.

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Mensaje escrito por manos invisibles

Los campesinos que se agolpaban ante la casa de los Barbedette deseaban presenciar la aparición de la distinguida Dama. Sin embargo, no todos creían lo que los niños decían, porque sólo la veían ellos.

También el P. Guérin acudió al lugar. Aunque tampoco veía nada, se sintió tomado por la gracia y entonó el himno nacido de los labios de la propia Reina el Cielo: el Magníficat. Mientras todos cantaban, los niños vieron cómo aparecía una cinta debajo de los pies de la Virgen sobre la cual unas manos invisibles escribieron en letras de oro: “Rezad, hijos míos”. Y entretanto la multitud proseguía el canto se agregaba otra misteriosa afirmación más: “Dios pronto os escuchará”.

En determinado momento percibieron una gran luz que brillaba más que el sol y, cuando ya se pensaba que la Madre de Dios se marchaba, una última frase fue dibujada a sus pies: “Mi Hijo se ha conmovido con vuestras oraciones”. Ante este misterioso mensaje todos continuaron rezando en silencio. 

Se prolonga la aparición

No se oía nada hasta que una voz se elevó de entre la pequeña concurrencia cantando un himno local que alaba a María como Madre de la Esperanza. En ese exacto instante, la majestuosa Señora irguió sus manos hacia el cielo y, moviendo delicadamente los dedos, miró a los niños con mucha ternura.

No obstante, una sombra de tristeza se notó en aquel suave y resplandeciente semblante. Cuando en la canción se decían estas palabras: “Mi dulce Jesús, ahora ha llegado el momento de que concedas tu perdón a nuestros endurecidos corazones”, la Virgen hacia un signo que llevaba sobre su pecho. Era una cruz roja, en la cual se podía ver perfectamente a Nuestro Señor. Sobre ella había una cinta blanca en la que estaba escrito el nombre de Jesús, también en rojo. Los labios de la Señora del Cielo se movían como si estuviera rezando.

El párroco pidió que todos se quedaran allí en vigilia hasta el final de la aparición, que se prolongó más de tres horas. Cuentan que además de los dos hermanos Barbedette y de las dos niñas hubo tres videntes más: Eugéne Friteau, de 6 años, Auguste Avice, dos años más pequeño, y la hijita del zapatero, que aún estaba en el regazo de su madre y que no paraba de saltar en sus manos extendiendo sus bracitos hacia el aire como si quisiera ir en dirección a Nuestra Señora.

El milagro es reconocido por el obispo

Al mismo tiempo en que la Madre de Dios infundía esperanza en los corazones de los lugareños, parecía que también intervenía en los lances de la guerra que tanto amedrantaban a los habitantes de la región.

Esa misma noche el comandante del ejército alemán, el general Karl von Schmidt, recibió la inesperada orden de retirarse. Y diez días después Francia y Alemania firmaban el armisticio. Había ocurrido lo que muchos denominaron como “el gran milagro de Pontmain”. 

Las autoridades eclesiásticas realizaron una serie de investigaciones a fin de confirmar la autenticidad de lo que los niños afirmaban haber visto. Después de entrevistarlos individualmente y someterlos a exámenes médicos para probar que no sufrían alucinaciones, pudieron atestiguar la completa veracidad de los relatos hechos por los videntes, que durante todo el proceso se comportaron con eximia calma y modestia.

La carta pastoral en la que Mons. Casimir-Alexis-Joseph Wicart, primer obispo de Laval, da su parecer sobre ese fenómeno sobrenatural, ocurrido en un territorio de su jurisdicción, concluye de la siguiente forma: “Habiendo examinado los informes de dos comisiones de teólogos y una de investigadores [...], habiendo revisado el testimonio por escrito de los médicos [...] consideramos que la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, realmente se apareció el 17 de enero de 1871”.2

Se extiende la devoción por Francia

Constatada la veracidad de la aparición, le dieron el nombre de Nuestra Señora de la Esperanza de Pontmain, se construyó una iglesia en su honor en el lugar y en 1922 Pío XI instituyó su fiesta litúrgica, que se celebraría cada 17 de enero. La devoción se extendió por Francia y por el mundo. Lo que no es nada extraño, pues el recuerdo de la delicadeza desbordante y maternal protección manifestadas por María Santísima para con sus afligidos hijos de Pontmain despierta en los hombres de hoy sentimientos de esperanza.

Sepamos recurrir a la Virgen en todas nuestras necesidades y, cuando las cruces nos parecieran demasiado pesadas o nos hallemos en situaciones aparentemente sin salida, tengamos la certeza de que Ella intercederá por nosotros ante su divino Hijo: “Ave, Virgen hermosa. Ave, Madre de la Santa Esperanza; y Reina con razón llamada. ¡Oh mujer bendita entre todas las mujeres! ¡Oh María, intercede por nosotros!”.3 


1 Cf. ENGLEBERT, Omer. Catherine La- bouré and the Modern Apparitions of Our Lady. New York: P. J. Kenedy & Sons, 1959, p. 17 2 Ídem, pp. 174-175.

3 Del canto latino Ave Virgo Speciei

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