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La Pasión de la Madre del Redentor

Publicado 2020/06/26
Autor : Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

Teniendo como base los datos de las Escrituras, los veinte siglos de reflexión teológica de la Iglesia y algunas revelaciones particulares, Mons. João Clá Dias enaltece, en su más reciente obra, el papel corredentor de María en la Pasión de su divino Hijo

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Teniendo como base los datos de las Escrituras, los veinte siglos de reflexión teológica de la Iglesia y algunas revelaciones particulares, Mons. João Clá Dias enaltece, en su más reciente obra, el papel corredentor de María en la Pasión de su divino Hijo. 

 

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP


El hombre no puede realizar ninguna gran obra sin antes haberla premeditado en su interior. A fortiori la Redención, acto eminentemente divino, fue concebida por el Hombre Dios primero en su corazón. En ese íntimo santuario experimentó todos los desprecios, angustias y humillaciones, y los deseó por entero. Sólo entonces, como guerrero que se excita en su ardor (cf. Is 42, 13), se lanza a la gloriosa gesta para la cual había venido al mundo. Ésta comenzaría en la Última Cena con la afectuosísima despedida de sus predilectos.

Es elocuente el contraste entre las cataratas de amor divino manifestado por el Señor en ese sublime misterio y el estado de alma en que se encontraban los Apóstoles. Sí, antes incluso de sentir el peso arduo del madero de la cruz, Jesús experimentaría en su Sagrado Corazón la frialdad de aquellos con los cuales convivía de cerca y a quienes más especialmente había hecho el bien. Y no solamente frialdad: también la indiferencia y hasta la envidia, la rebelión y el odio lo afligirían, como lo demuestra la terrible traición de Judas. 

Una prueba similar asaltaría a la Santísima Virgen al adentrarse en esos días dolientes y gloriosos: la dura impresión de que tanto los Apóstoles como el propio Cielo asistirían a aquella tragedia sin exteriorizar oposición alguna, en una actitud de neutralidad. Esa ausencia de sensibilidad le causaría pruebas inenarrables, como veremos a continuación. Sin embargo, por su fidelidad sin mácula se constituiría de forma eminentísima, como asociada en plenitud a la Pasión de su Hijo, en la Corredentora del género humano.1

En la despedida, la convivencia más sublime

Por el amor infinito que tenía por su santísima Madre, Nuestro Señor no quiso privarla de su participación en aquellos momentos memorables, y la invitó a que pasara la Pascua con Él en Jerusalén.

Todos los Apóstoles se reunieron en el Cenáculo para cenar. María estaba con algunas de las Santas Mujeres en una sala contigua y seguía en su Inmaculado Corazón todo lo que iba sucediendo con su Hijo en el recinto principal. El auge de la conmemoración sería la institución de la sagrada Eucaristía, misterio que Jesús les habría revelado a Ella y a San José durante los coloquios en los años de su infancia. Desde entonces María ansiaba recibir ese sacramento y para ello fue preparándose mediante numerosas comuniones espirituales.

Cuánto gozo experimentó cuando Nuestro Señor, después de haberse comulgado a sí mismo,2  se dirigió a la habitación desde la cual Ella acompañaba discretamente el sublime desarrollo de aquella convivencia y le dio el trozo de pan transubstanciado en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. En la Última Cena María fue la primera ¡que comulgó de las manos de Jesús! A partir de aquel instante las sagradas especies nunca se consumirían en su interior,3 lo cual le permitiría que participara, de manera mística y muy particular, de la Pasión de su divino Hijo.4

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“Ha llegado la hora”

Así se entiende el dolor que María sufriría cuando Judas se levanta, en determinado momento de la cena, para consumar la traición de entregar a su divino Hijo al sanedrín. Nuestra Señora rezó para que aquel infeliz se arrepintiera del mal que estaba a punto de practicar, pero él no correspondió a la voz de la gracia y se sumergió en las tinieblas que dominaban Jerusalén.

Habiéndose retirado el traidor, Nuestro Señor pronuncia el sublime discurso de despedida, el cual es registrado por el discípulo amado en su Evangelio (cf. Jn 14–17); una vez concluido, todos se levantaron para encaminarse al Huerto de los Olivos. El divino Maestro se dirigió hacia Nuestra Señora y, fijando su mirada con extrema dulzura, le dijo parafraseando las palabras que había pronunciado ante sus predilectos: “Madre, ha llegado la hora” (cf. Jn 17,1), la temida hora de sufrir su dolorosa Pasión; antes de marcharse le preguntó si consentía en aquella inmolación.

María conocía perfectamente el plan de Dios con respecto a la Redención, pero el inmolado sería su propio Hijo... Cómo desearía estar Ella en su lugar para ahorrarle aquellos horrores. No obstante, una vez más pronunció decidida su “fiat”, sintiendo aproximarse la espada de dolor que perforaría sin clemencia su Corazón Inmaculado, conforme lo había profetizado Simeón el día de la Presentación en el Templo (cf. Lc 2, 35).

La Virgen purísima permaneció en el Cenáculo. Retirada en una de las estancias del edificio, empezó a seguir místicamente al Salvador, porque todo lo que le pasaba a Él repercutía en Ella de manera inefable, en función de la presencia eucarística que latía en su sagrado pecho. Había sonado el momento marcado por el Padre para que Ella iniciara su participación efectiva en la Redención.

El ministerio angélico más “doloroso”

Cuando la Pasión estaba a punto de empezar, el Altísimo llamó a San Gabriel a su presencia. Además de ordenarle que le impidiera al demonio que se aprovechara de las circunstancias para atentar contra la integridad física de Nuestra Señora, le mostró los tormentos que Jesús sufriría, incumbiéndole, en cuanto divino representante y guardián de María, que obtuviera para cada uno de ellos su consentimiento. El arcángel se hallaba, pues, en la contradictoria circunstancia de ser al mismo tiempo, sin abandonar su misión de defenderla, el portador de esa espada destinada a atravesar su dulcísimo Corazón.

Se iniciaba entonces un durísimo diálogo interior que duraría toda la Pasión. Cada vez que San Gabriel le presentaba un sorbo del cáliz Nuestra Señora lo analizaba, aceptaba el padecimiento que le causaría, se lo ofrecía a Dios y daba su profunda y purísima anuencia a fin de que aquel tormento se efectuara en Jesús. Ninguna gota de sangre, ninguna herida, ningún improperio escapó a esa suprema regla impuesta por el Padre eterno para el desarrollo del martirio del Hombre Dios. Se podría decir que María padeció doblemente —primero en lo místico y después en lo físico— para que, de alguna manera, su Hijo sufriera un poco menos...

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De la modorra a la huida

Mientras ese sublime y doloroso diálogo comenzaba, el divino Redentor llegaba con sus discípulos al Huerto de los Olivos. Invitó a San Pedro, a San Juan y a Santiago a que lo acompañaran y se apartó para rezar, tomado por una mortal tristeza (cf. Mc 14, 34).

Postrado rostro en tierra tuvo conocimiento experimental de los sufrimientos por los que debía pasar, padeciendo anticipadamente en su alma los dolores que se producirían en su carne santísima. A eso se añadiría la visión de la ingratitud de los hombres a lo largo de la Historia. Éstos pisarían con desprecio la Preciosísima Sangre a punto de ser derramada con locura de amor. Jesús medía la aparente inutilidad de ese sacrificio y su angustia aumentaba, agravada por el desinterés de aquellos tres predilectos que habían caído en un pesado sueño, fruto del egoísmo todavía arraigado en sus almas. 

Nuestra Señora sentía gran aflicción al percibir que Jesús conocía su consentimiento a tales tormentos, lo que causaba a su naturaleza humana, dotada de perfectísimo espíritu filial, la sensación de haber sido abandonado por su Madre. Esa tentación persistía de distintas maneras durante la Pasión como uno de sus mayores dolores.

Afligido en extremo, Nuestro Señor suplicó: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Al ver los sufrimientos que su Hijo padecería, María se asoció a esa petición. Y su clamor fue escuchado: un ángel le entregó a Jesús un cáliz, cuyo misterioso líquido le dio fuerzas para continuar.

“¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega” (Mt 26, 46), exclamó a los tres escogidos sumergidos en un sueño de torpor y tristeza. Al aviso del Maestro despertaron sobresaltados, pues ya se escuchaba el fuerte rumor de la muchedumbre que se acercaba para prenderlo. Los Apóstoles y discípulos huyeron, oprimidos por el miedo. Únicamente San Juan no abandonaría a Jesús, sino que cumpliría eximiamente su misión de acompañar a María Santísima durante la Pasión.

Emitida la sentencia, el sanedrín debía ratificar la condenación ante el poder romano, pues no poseía el derecho a la ejecución de los reos. Despuntaba el sol en el horizonte y había que llevar a Jesús al pretorio.

El Santo fue escarnecido

Los Evangelios nos narran que aunque Pilato, convencido de la inocencia de Nuestro Señor, no creyera en las falsas incriminaciones que se vertían contra Él y estuviera decidido a soltarlo, la insistencia de los acusadores hizo que aflorara su cobardía y el gobernador romano consintió en castigarlo.

Con las manos atadas, Jesús fue llevado a empujones para ser flagelado y, “maltratado [...] como cordero llevado al matadero [...] enmudecía y no abría la boca” (Is 53, 7). Los verdugos lo desvistieron, lo ataron a una pequeña columna y lo azotaron con inaudita crueldad. Cuando los latigazos alcanzaban el cuerpo de Jesús, María sentía los mismos golpes en su corazón, sufriendo hasta el punto de desfallecer.

Como Nuestro Señor había revelado su realeza, también quisieron burlarse de Él específicamente a propósito de ese punto. En otra dependencia del palacio, aquellos hombres embrutecidos lo vistieron con el manto púrpura de la irrisión e hicieron con Él lo que les venía en gana: le dieron bofetadas, le escupieron en la cara, lo empujaron para que se cayera al suelo. La maldad llegó al auge cuando, en una parodia de coronación, le pusieron en su cabeza una especie de casco tejido con ramas repletas de enormes espinas.

En ese momento la terrible diadema se hincó de forma mística en el corazón de María, haciéndole que experimentara los mismos dolores y humillaciones de su divino Hijo.

Camino del Calvario

Ni el dilacerante espectáculo del Ecce Homo conmovió los corazones del populacho instigado por sus jefes. Temeroso de ver comprometido su prestigio ante el augusto emperador, Pilato condenó al Inocente.

Cuando la cruz le fue presentada, Jesús la tomó con emoción, la besó y se apresuró a ponérsela en los hombros para principiar el camino del Calvario. La multitud soltaba en torno suyo gritos dignos del Infierno; muchos reían, le tiraban piedras o lo empujaban para que se cayera con la cruz, mientras los soldados lo azotaban continuamente.

En medio de ese tumulto, Nuestra Señora recorría las calles de Jerusalén intentando acompañar de cerca a su Jesús. Cuando vio que su Hijo, oprimido por el peso de la cruz, caía por primera vez con el rostro en tierra, corrió hasta Él para consolarlo. En ese instante, no sólo los ángeles y los hombres, sino todo el universo paró para contemplar una de las escenas más conmovedoras de la Historia: el encuentro de la Madre con su Hijo yacente bajo el leño.

Al levantarse, con toda la cara ensangrentada, la miró con una mirada de desgarrador dolor y dulzura. La adoración de la Virgen, impregnada de veneración y de ternura, era un precioso bálsamo que aliviaba el corazón del Redentor y le confería fuerzas para seguir su camino. Otras caídas del adorable Hijo de María se seguirían durante el recorrido al Calvario, pero Ella sabía que ya no debía intervenir más, por voluntad divina.

La primera estigmatizada

Cuando Jesús llegó a lo alto del Calvario, se tumbó mansamente sobre la cruz, indicando con esto su disposición de ser clavado en ella. A continuación, se dio la terrible escena: un soldado saca de una bolsa los clavos, sujeta el brazo izquierdo de Jesús y coge el martillo para hincarle el primero. La Santísima Virgen sintió que no podría resistir a ese lance y volvió la cara. El sonido de aquellos golpes y los suaves gemidos de su divino Hijo repercutieron de forma cruelísima en el corazón materno de María, que tembló violentamente.

Para clavar el brazo derecho de Jesús, cuyos músculos se habían contraído en virtud de la perforación del otro brazo, los verdugos tuvieron que estirarlo con tanta fuerza que la mano izquierda amenazaba con rasgarse o descoyuntarse. Finalmente, al clavarle los dos pies, los dolores experimentados por Nuestra Señora alcanzaron tal auge que no hay palabras en el vocabulario humano que los describan.

Se puede decir que María se anticipó a todos los santos de la Historia que recibieron los estigmas de la Pasión, si bien que en Ella se tratara de un fenómeno estrictamente espiritual, de tal modo sufrió con su Hijo por aquellas llagas. 

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La firmeza de María

Desde lo alto de la cruz Jesús contemplaba a la multitud que lo rodeaba y, en el centro, a su Madre. Con indecible compasión Ella permanecía al pie (cf. Jn 19, 25), y a su lado San Juan. ¿No sería más hermoso que María estuviera postrada o arrodillada? No, porque Ella participaba de aquella inmolación. Su postura significaba que vivía la Pasión junto con su Hijo, en cuanto compañera privilegiada de la Redención.

La actitud de Nuestra Señora fue una gran consolación para el Hombre Dios: su compasión lo fortalecía, sus lágrimas suavizaban su Sagrado Corazón, su firmeza lo animaba a proseguir hasta el final. En Ella veía la perfecta correspondencia a todo lo que había dado a la humanidad desde la Encarnación. En Ella su sangre daba frutos en plenitud. Pero, sobre todo, en el Inmaculado Corazón de María encontraba reflejada su propia Pasión. Ambos corazones, que forman uno solo, fueron clavados juntos en la cruz.

En el auge del dolor Jesús miró con cariño hacia María y, señalando al discípulo que la amparaba, le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). Y, luego, la entregó como Madre a San Juan: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 27). Su intención era clara e indicaba la profunda relación materna que Ella tendría con todos los elegidos.

El misterio del abandono de un Dios

Al llegar el mediodía, nubes espesas empezaron a cubrir el firmamento, el sol se oscureció y se hizo de noche. La soledad se intensificó en torno a Jesús y se le presentaron las últimas y más lancinantes tentaciones.

Cuando el León de Judá gritó en voz alta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46), manifestó que pasaba por el peor de los sufrimientos: sentirse abandonado por Dios. Se trataba de un misterio incomprensible hasta para los ángeles, pues, siendo Dios, ¿cómo podía sentirse por Dios abandonado? A eso se unió la perplejidad de pensar que en cierta medida incluso por Nuestra Señora estaba abandonado, aunque tuviera la plena certeza de que Ella jamás lo traicionaría. 

Sufrimientos inenarrables invadieron el alma santísima de María en ese lance postrero. Su supremo padecimiento consistía en sentir su propia axiología rasgada al discernir en la divina mirada de su Hijo esas pruebas, en no poder acercarse para consolarlo, para atenuar sus dolores, para asegurarle que ni Dios ni Ella lo habían desamparado, y en tener encima que consentir lo contrario. La Madre Dolorosa, no obstante, supo esperar contra toda esperanza, confiar en lo absurdo, avanzar en medio al desmentido.

“Consummatum est”

Por fin, cuando Nuestro Señor percibió que había llegado su hora, exclamó: “Está cumplido” (Jn 19, 30). Y, tras dar un dolorido grito que resonó en todo el universo, concluyó con suave tono de voz: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). E inclinando la cabeza expiró.

Consumida por el infortunio y derramando preciosas lágrimas, por muy poco Nuestra Señora no perdió los sentidos ante la consumación del divino holocausto. Una vez más, sin embargo, permaneció de pie junto a la cruz, como un estandarte victorioso proclamando la fe en las glorias de la Resurrección.

Dios Padre pediría aún a Nuestra Señora un último sacrificio. Cuando en el divino cuerpo ya no quedaba sangre que derramar por la Redención de los hombres, Longino hirió con su lanza el costado adorable de Jesús, traspasando su Sagrado Corazón y, en consecuencia, también el Corazón Inmaculado de María. Las lágrimas vertidas por María con ese dolor postrero se unieron a la sangre y a la linfa del Salvador, haciendo nacer la Santa Iglesia.

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Corredentora del género humano

Habiendo contemplado en los aspectos más variados la compasión sufrir con, en su sentido etimológico— de Nuestra Señora, comprendemos la magnitud de su cooperación en el misterio de la Redención, eminente entre todas e incluso, por soberana voluntad divina, necesaria. 

La cruz, consuelo para los católicos de todos los tiempos, fue el dolor más grande de María. Si bien es cierto que Nuestra Señora no sufrió físicamente —en lo que respecta a su cuerpo virginal, sin atender a su finísima sensibilidad—, soportó una plenitud de padecimientos de alma inalcanzable por cualquier criatura humana.

Además, Ella penetraba en el alma de su divino Hijo y discernía la intensidad de su sufrimiento al pesar los pecados de la humanidad derivados del rechazo de tantos tormentos. Deseando amenizar al máximo ese dolor, en su amor materno por el género humano pidió por todos los que vendrían, juntando sus oraciones y lágrimas a la Preciosísima Sangre redentora. Por eso se puede afirmar con seguridad que los beneficios recibidos por nosotros en el plano de la gracia fueron también conquistados por la Madre Lacrimosa. 

Otro aspecto a considerar con respecto a la participación de Nuestra Señora en la Pasión parte de una realidad mencionada al principio de este artículo. Cuando Ella comulgó en la Última Cena, las sagradas especies se mantuvieron en su interior y nunca la abandonaron. Con la muerte de Jesús se obró un misterio profundo, que nuestra inteligencia no alcanza: a pesar de la separación entre el alma y el cuerpo, ambos continuaron unidos a la divinidad en la Persona del Verbo. Ahora bien, ese fenómeno se dio en la Eucaristía que estaba en María, de manera que no sólo toda la Pasión, sino que incluso la muerte de Nuestro Señor se verificó dentro de Ella.

Sobre ese particular observa muy acertadamente el Dr. Plinio: “Esto forma un contraste lindísimo y afirma, de un modo tan glorioso que no hay palabras para calificarlo, la victoria de Nuestro Señor sobre el demonio porque, durante la Pasión, estaba atado a la columna, cargando la cruz, crucificado e incluso muriendo, pero, al mismo tiempo, se encontraba en su Paraíso, que es Nuestra Señora, y así triunfaba en medio de la derrota”.5

Teniendo en cuenta estas razones, el autor eleva su petición a Nuestro Señor Jesucristo de que llegue el día en que la Iglesia, en su infalibilidad, declare solemnemente el dogma de la Corredención de la Santísima Virgen.

Extraído, con adaptaciones, de: “Maria Santíssima! O Paraíso de Deus revelado aos homens”. São Paulo: Arautos do Evangelho, 2020, v. II, pp. 451-492. 


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