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El Santuario del Monte Tibidabo

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

En el largo viaje en tren hasta Barcelona, san Juan Bosco tuvo uno de sus proféticos sueños: veía un monte sobre el cual se levantaba un magnífico templo.

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 El Santuario del Monte Tibidabo

 

Desde la época en que Carlomagno la reconquistó de los musulmanes, Barcelona ostenta el título de “Ciudad Condal”, y hoy en día es una enorme y cosmopolita urbe que, como tantas, no deja de sufrir los efectos colaterales de un acelerado progreso.

Dinámica y emprendedora, la burguesía catalana subió con decisión a comienzos de la Revolución Industrial, en el complejo siglo XIX. En el mismo período surgieron algunos de los mayores santos catalanes: san Antonio María Claret, santa Teresa de Jesús Jornet, san Enrique de Ossó, santa Joaquina Vedruna y el beato Francisco Palau y Quer, para mencionar sólo a éstos.

Sin duda que la Providencia, al suscitar tantas almas elegidas, respondía a las necesidades espirituales del pueblo católico en medio de las turbulencias de un siglo marcado por tantas y muchas veces dolorosas transiciones.

Pero incluso así se sentía la falta de un símbolo, de un elemento cuya belleza innegable marcara esos tiempos de ascenso de la modernidad con el sello de un cristianismo que no solamente sabía permanecer, sino que se atrevía a crecer y afirmar la victoria de la fe sobre las cosas terrenales.

Y esto surgió de manera milagrosa en el bendecido santuario del Tibidabo.

SantuarioMonte.jpg

El Monte Tibidabo

Quien llega a la ciudad por mar puede observar una bonita sierra que la rodea como un manto verde, aliviando la enorme concentración de edificios, y apaciguando los nervios, agredidos por el trepidante tráfico.

Subiendo unas suaves ondulaciones se llega al punto más alto, llamado Monte Tibidabo.

“Tibidabo” es la reunión de dos palabras latinas tomadas del Evangelio: tibi dabo (“te daré”), que recuerdan la tercera tentación de Satanás a Cristo en el desierto: “Te daré todo esto si postrándote me adoras” (Mt 4, 9). Los monjes jerónimos imaginaron que el diablo podría haber tentado a Jesús ofreciéndole desde lo alto de ese monte todas las riquezas de Barcelona… Aquel nombre presagiaba el destino religioso y providencial de la colina, que culminaría en la donación realizada por doce caballeros barceloneses y aceptada por un santo en 1886.

Un sueño de Don Bosco

El 8 de abril de 1886 llegaba san Juan Bosco a la Ciudad Condal con la intención de consolidar el nuevo colegio salesiano de Sarrá y conseguir ayudas para el Templo del Sagrado Corazón de Jesús, que estaba construyendo en Roma por encargo del Papa León XIII.

En el largo viaje en tren Don Bosco tuvo uno de sus proféticos sueños: divisaba un monte sobre el cual había un magnífico templo; al mismo tiempo, el traqueteo acompasado del ferrocarril le sugería constantemente una frase latina: “Tibi dabo! Tibi dabo!…”

El día final de su estancia en Barcelona, un 5 de mayo, cuando acudió a dar gracias a la Virgen de La Mercè, patrona de la ciudad, por los bienes recibidos durante su visita, recibió de manos de doce distinguidos e importantes caballeros barceloneses un pergamino en el cual decían:

“Para perpetuar el recuerdo de vuestra visita a esta Ciudad, se han reunido estos señores, y de común acuerdo han determinado cederos la propiedad del monte Tibidabo, a fin de que en la cumbre del mismo, que amenaza convertirse en un semillero de irreligión, se levante un Santuario al Sagrado Corazón de Jesús para mantener firme e indestructible la religión que con tanto celo y ejemplo nos habéis predicado y que es noble herencia de nuestros padres”.

El ya anciano Don Bosco se sintió conmovido y les respondió con gratitud: “Sois instrumentos de la Divina Providencia porque cumplís sus inescrutables designios. Cuando salí de Turín, pensaba para mis adentros: ‘Ahora está casi terminada la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Roma; es preciso que estudie otra empresa para honrar y propagar esta salutífera devoción'.

Y una voz interior me tranquilizaba pensando que aquí podría satisfacer mi deseo; era una voz que me repetía: ‘Tibi dabo! Tibi dabo!' Sí, señores; con vuestra ayuda muy pronto se levantará en este monte un majestuoso santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, en el cual todos podrán acercarse a los Santos Sacramentos y será un perpetuo recuerdo de vuestra caridad y de vuestro afecto a la religión católica.”

La ermita y las primeras romerías

El 30 de mayo se dio inicio a la construcción de una pequeña ermita, costeada por una piadosa dama barcelonesa, la Venerable Doña Dorotea de Chopitea. El 3 de julio fue bendecida, y al día siguiente, domingo, se celebraron ya las primeras dos misas. Infelizmente, después de esto hubo varias intentonas de ciertos gobernantes anticristianos por desviar su uso hacia “fines de utilidad pública”.

Pero el fervor de los barceloneses pudo impedirlo.

Al año siguiente, 1887, se formó un movimiento popular: el lunes de Pentecostés comenzó una romería que, por recoger sus participantes flores silvestres a lo largo del camino, fue llamada Romería del Ram (de los ramos, en catalán). Tanto arraigo alcanzó esta romería, que ni siquiera en los años de la sangrienta Guerra Civil Española dejó de celebrarse, si bien de manera disimulada.

La cumbre más alta de Barcelona había sido conquistada definitivamente para Nuestro Señor Jesucristo.

La realización de un sueño

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El año 1902 el cardenal Casaña, obispo de Barcelona, al colocar la primera piedra del santuario, dijo: “Santificar la montaña del Tibidabo, dedicándola al adorable Corazón de Jesús, es sin duda alguna la mejor reparación que se puede ofrecer a Dios por parte de Barcelona, por las ofensas de todo tipo que se comenten contra él en nuestra ciudad. El Sagrado Corazón de Jesús se levantará en esta cumbre como eficaz pararrayos, que desarmando los rayos de la Divina Justicia irritada por nuestros pecados, los convertirá en chispas de misericordia que conmuevan y en su amor incendien a todos los hombres” .

En 1911 se inauguró la cripta, pero la gran penuria económica hizo muy lento el avance de las obras. Curiosamente no fue una gran fortuna la que impulsó esa enorme construcción; fue una sencilla dueña de casa, Amelia Vivé Negra, que sin más recursos que su fervor y calor comunicativo promovió una gran campaña cuyo producto se destinaba a las obras.

Después de las calamidades y desastres de la Guerra Civil se retomaron los trabajos, que por fin se vieron coronados el 10 de octubre de 1961 con la instalación de la monumental imagen de bronce del Sagrado Corazón, de 7 metros de altura y 4.800 kg. Era justo el día en que se cumplían 75 años desde la donación de la cima del Tibidabo a san Juan Bosco.

Quedaba atrás un largo y abrupto camino. No cabe duda que la victoria proclamada por el bendito santuario desde la altura de esa montaña simboliza la gloria definitiva que un día alcanzará la Santa Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, a la cual él mismo profetizó: “Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

 

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