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Terremoto en Chile – Testimonio de un amigo de los Heraldos

Publicado 2010/04/02
Autor : Benigno Manuel Bascur Muñoz

A mi entender, fue un milagro el hecho de haber mantenido en tales circunstancias nuestra integridad física y psíquica, porque todo era enloquecedor.

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El día del terremoto nos encontrábamos hospedados, mi esposa, nuestras tres hijas y yo, en una cabaña del balneario marítimo de Pelluhue, muy cerca del epicentro.
Como cualquier chileno, ya habíamos presenciado muchos otros sismos, pero éste fue de una violencia atroz. Durante casi dos minutos los sismógrafos registraron 8,8 grados en la escala de Richter. Se oía un ruido subterráneo estremecedor y la tierra temblaba con tanta fuerza que no conseguíamos permanecer de pie.

Llegada del tsunami

Pasada la fase más intensa, mientras se sucedían algunas réplicas, procuramos vestirnos y prepararnos para lo que pudiese ocurrir. Todo se había quedado a oscuras.

La localización de nuestro hospedaje -a unos 70 m. de la orilla del mar y a unos 20 de alto- nos proporcionaba una vista privilegiada del Océano Pacífico, iluminado por la luz de la luna. De pronto, nos dimos cuenta que las aguas se retiraban, dejando al descubierto la arena del fondo marino. En el horizonte, se avistaba una muralla de agua negra coronada por una extraña luminosidad: el reflejo de la luna en la espuma de la ola de unos 20 m. de altura.

Abandonamos inmediatamente la casa y, seguidos por otras personas, empezamos a subir el cerro. Los cinco miembros de nuestra familia rezábamos en voz alta, y enseguida las otras personas comenzaron a acompañar nuestras oraciones. Varios de los que venían con nosotros estaban aturdidos, otros tenían el terror estampado en su cara. A medida que subíamos, algunos iban perdiendo las fuerzas y se detenían. Éstos se quedaron a merced de las circunstancias...

Cuatro o cinco olas gigantes

En determinado momento vimos como la primera ola entraba en el pueblo y arrasaba con todo lo que encontraba en su camino. Enseguida se fue retirando lentamente arrastrando consigo hacia el mar todo lo que había destrozado. Empezó una serie de remolinos que trituraban, como una licuadora, los escombros de las casas, los automóviles, los botes, absolutamente todo...

El estrépito era aterrador; jamás habíamos escuchado ruidos semejantes. Mientras asistíamos impotentes al pavoroso espectáculo, no cesábamos de rezar el Rosario en voz alta. Rápidamente sobrevino la segunda ola, que avanzó cerca de 2 Km. tierra adentro, porque la primera ya había barrido casi todos los obstáculos...

Se retiró de la misma forma, produciendo igualmente destructores remolinos. Creo que ningún tipo de devastación se compara a la producida por la furia de la naturaleza: aplastante, paralizante e increíblemente fulminante.

En total, unas cuatro o cinco olas gigantes se lanzaron sobre el pueblo. La ruina era enorme. A nuestro alrededor, la gente lloraba al ver como las casas con parientes suyos habían sido tragadas por el mar.

Poco después de las seis, se ocultó la luna, dejando el cerro en una completa oscuridad. Allí nos quedamos hasta el amanecer, sobre las siete y media.

Calma, serenidad y lucidez sorprendentes

Por lo que se refiere a nuestra familia, quisiera destacar que, a pesar de la tenebrosidad, de la confusión y de encontrarnos en una ciudad que para nosotros era totalmente desconocida, conseguimos mantener una calma, serenidad y lucidez sorprendentes que nos llevaron a hacer las opciones correctas en todo momento. Muchos de los que no pudieron sobrevivir estaban más preparados que nosotros, desde el punto de vista natural, para enfrentar un tsunami...

Pienso que las oraciones que hicimos a María Santísima y a nuestros santos patrones fueron las que obraron el milagro de conservar, en tan terribles circunstancias, nuestra integridad física y psíquica, porque todo era enloquecedor. Sin la gracia de Dios, la naturaleza humana no soporta alcanzar límites tan estresantes sin que se pierda la lucidez.
Y en momentos como este, tomar una decisión equivocada puede ser fatal. ²

 

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