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Comentario al Evangelio

Como Dios nos amó

Publicado 2010/04/14
Autor : Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

Amar a los otros tal como Dios nos amó: he ahí una de las más hermosas formas de prepararse para la Eucaristía en el tiempo de Pascua que ahora comienza. De hacerlo así, imitaremos realmente en nuestras vidas al Divino Maestro.

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Comentario al Evangelio – Jueves Santo - Misa de la Cena del Señor

Como Dios nos amó

 

~ Evangelio ~

“La víspera de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo Jesús que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Se acercó a Simón Pedro, y éste le dijo: ‘¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?'. Jesús le respondió: ‘No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás'.

‘No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!'. Jesús le respondió: ‘Si no te lavo, no tendrás parte conmigo'. ‘Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!'. Jesús le dijo: ‘El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos'. Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: ‘No todos ustedes están limpios'. Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: ‘¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes'” (Jn 13, 1-15).

 

I – “Dios es amor”

El amor del Sagrado Corazón de Jesús alcanza un insuperable clímax de plenitud en aquellas últimas horas de convivencia junto a los suyos.

En ese histórico recinto transcurren los momentos finales de su vida terrena. Son los episodios postreros que forman el gran pórtico de los sagrados misterios de la Redención, a punto de realizarse. Los enemigos se agitan y se incitan mutuamente para perpetrar el homicidio más grave de todos los tiempos. Dependen de un guía poseído por Satanás, esperando el momento oportuno de atrapar al Mesías y llevarlo a los tormentos de la Cruz. No hay un minuto que perder, es indispensable que el Salvador exprese al Padre y a los discípulos el desbordante amor que borbolla dentro de su Pecho Sagrado.

Las primeras manifestaciones de este amor se habían dado ya en la obra misma de la Creación.

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“Sagrado Corazón de Jesús” - Catedral de Asunción, Paraguay

Dios, que en sí mismo disfrutaba de una felicidad perfecta desde la eternidad, no necesitaba a ningún ser que lo completara. No obstante, por amor, quiso comunicar sus infinitas perfecciones a las criaturas, de manera que éstas le rindieran gloria extrínseca.1 Con especial benevolencia concibió a ángeles y hombres a su imagen, destinándolos a participar, por la gracia, en la vida y la naturaleza divinas. Y ellos, seres racionales, encuentran su felicidad en glorificar a su Creador, pues “el mundo fue creado para gloria de Dios”.2

La Creación, por tanto, fue el inicio ad extra de la demostración de su amor divino. “Si Dios produjo las criaturas —afirma Santo Tomás— no lo hizo porque las necesite, ni por cualquiera otra causa exterior, sino por amor de su bondad”. 3 Y Royo Marín añade, citando a Chaine: “El amor es el atributo que mejor nos da a conocer la naturaleza de Dios […]. Es representativo a tal punto, que San Juan no lo considera como atributo, sino como la expresión de la propia naturaleza de Dios”.4

Deus caritas est (1 Jn 4, 16), y “en la historia de amor que nos narra la Biblia —enseña Benedicto XVI en la encíclica que lleva ese título—, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente”.5

Estas consideraciones nos hacen ver en el Cenáculo un símbolo y una lección de perfecta Caridad. En la Antigua Ley el amor no era universal. Se limitaba al bienhechor, al amigo, al compatriota. Además, la medida del amor era entonces la que dedicábamos a nosotros mismos.

A partir de Cristo existe un mandamiento nuevo, tal como lo encontramos en la aclamación del Evangelio de hoy: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” (Jn 15, 12).

II – Cristo asume el papel de siervo

“La víspera de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.

Algunos comentaristas afirman que la expresión “hasta el fin” significa que Cristo amó a sus discípulos hasta la hora de la muerte, pero esta interpretación nos parece incompleta. En un ámbito más profundo, las palabras de Jesús reflejan el deseo de llevar su amor a los hombres hasta un límite inconcebible: “hasta la perfección”, escribe Fillion, basándose en San Juan Crisóstomo y varios otros autores.6 El propio Dios se entregará como Víctima Expiatoria. El Inocente se inmolará por los culpables. ¡Imposible una demostración de amor más grande! Este afecto nos abarca a todos; por consiguiente, cada uno de nosotros fue amado “hasta el fin”.

Sabiendo a la perfección que atravesaría los inenarrables tormentos de la Pasión, el Divino Maestro esperó por ellos casi con ansiedad.

Así, comienza la Cena diciendo: “Vivamente he deseado comer esta Pascua con vosotros” (Lc 22, 15).

Era el momento postrero de convivencia junto a los suyos. A partir de ese momento, todo no sería sino sufrimiento, humillación y dolor. Por eso Jesús, “cuya ternura hacia sus discípulos no conoce límites, multiplicará las demostraciones de ésta antes de morir. A los beneficios con que ya los ha colmado agregará ahora otros nuevos, que superarán a todos los anteriores. Los había reservado para el final, como su legado supremo”.7

Judas estaba determinado a cometer el crimen

“Durante la Cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle,…”.

Entre los presentes se hallaba Judas Iscariote, que ya había decidido participar en el horroroso crimen del deicidio. Al respecto, dice San Agustín: “Ya estaba, pues, determinada en el corazón de Judas, por instigación diabólica, la entrega del Maestro por el discípulo que no había visto a Dios en Él. Ya el tal había entrado en la sala del convite, como espía del Pastor, acechador del Salvador, vendedor del Redentor”.8

San Juan Crisóstomo observa que la intención del evangelista fue la de “dejar claro que Cristo le lavó los pies al hombre que había decidido traicionarlo”,9 subrayando así la paciencia y clemencia del Señor, pero en seguida complementa que el Discípulo Amado también pretendía acentuar “la enorme maldad de aquel hombre, porque ni siquiera lo hizo desistir el hecho de compartir la hospitalidad de Cristo, que era el freno más eficaz a la maldad, ni tampoco el que Cristo seguía siendo su maestro, soportándolo hasta el último día”.10

El Maestro lava los pies a los discípulos

“…sabiendo Jesús que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que Él había venido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura”.

San Agustín, al comentar la afirmación de San Juan —“sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas”—, comenta: “Por ende, también al mismo traidor, porque si no le tuviera en sus manos, no dispondría de él a su voluntad. De este modo, el traidor estaba entregado a Aquel a quien él deseaba entregar. Y si con la traición ejecutaba el mal, sin él saberlo sacaba el bien de Aquel a quien entregaba. Sabía muy bien el Señor lo que había de hacer por los amigos, y así pacientemente se valía de los enemigos”.11

Para entender estos versículos debemos tener en cuenta las costumbres orientales de dos mil años atrás, tan diferentes a las nuestras. En los banquetes y comidas solemnes de esa época existía la costumbre de manifestar deferencia por los invitados haciendo que los siervos les lavaran los pies con agua, perfumes y ungüentos.

Esto jamás lo hacía el anfitrión. Era un servicio a cargo de los esclavos.

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El ejemplo del Príncipe de los Apóstoles también nos enseña que debemos tener hacia Jesús una actitud de aceptación total, sin nunca rechazar la gracia

¿Quién era el Anfitrión de esta Cena? Ni más ni menos que el propio Dios hecho hombre, en cuyas manos el Padre había puesto todas las cosas, y que “había venido de Dios y a Dios volvía”. Él asumirá el papel de siervo, lavando los pies de quienes lo reverenciaban como Maestro y Señor. El genio de San Agustín elabora una hermosa interpretación sobre los pormenores de esta escena: “Se quitó el manto Aquel que, estando en la forma de Dios, se anonadó a sí mismo; se ciñó una toalla a la cintura Aquel que tomó la condición de siervo; derramó agua en un recipiente para lavar los pies de sus discípulos Aquel que derramó su Sangre para lavar con ella las manchas del pecado”.12

Un gesto tan inusitado no podía sino causar perplejidad a los Apóstoles, como dice el mismo santo: “¿Quién no se llenaría de estupor si el Hijo de Dios le lavara los pies?”.13

Cristo siempre daba primacía a Pedro

“Se acercó a Simón Pedro…”

Algunos comentaristas antiguos como Orígenes, Leoncio, Crisóstomo, Teofilacto y Eutimio opinan que Nuestro Señor empezó el lavatorio de pies con Judas “para pagar al traidor el mal con bien y conmoverlo por medio de un beneficio singular, así como advertirnos de hacer lo mismo con nuestros enemigos”.14

Pero San Agustín, San Beda y muchos otros autores afirman que el Señor lavó en primer lugar los pies de Pedro. “Primero, porque es seguro que Cristo daba primacía en todo a Pedro, como cabeza de los Apóstoles; segundo, porque no se puede creer que los demás Apóstoles no protestaran en caso que Cristo hubiera comenzado por ellos”.15

Nunca debemos rechazar una gracia

“Se acercó a Simón Pedro, y éste le dijo: ‘¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?'. Jesús le respondió: ‘No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás'. ‘No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!'. Jesús le respondió: ‘Si no te lavo, no tendrás parte conmigo'. ‘Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!'. Jesús le dijo: ‘El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos'”.

Al ver que Cristo se aproximaba para lavarle los pies, San Pedro, siempre impulsivo, tuvo un verdadero sobresalto. No podía entender en ese momento la trascendencia del gesto del Divino Maestro, como tampoco el resto de los Apóstoles; pero Nuestro Señor le advierte que si no lo permite, no tendrá parte con Él.

¡Podemos imaginar lo que debió ser el sentir los propios pies lavados por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad! A medida que las sagradas y adorables manos de Jesús retiraban el polvo del camino, ¿no habrá experimentado Pedro que todos los pasos no buenos o hasta, quizá, pecaminosos, dados por esos pies, eran perdonados, mientras una blancura divina impregnaba su alma?

¿Y nosotros? Si queremos tener parte con Jesús debemos pedir, como San Pedro, la gracia de ser purificados por completo, es decir, que la Preciosa Sangre del Redentor limpie todas nuestras faltas. Pues, como subraya Maldonado, “en la persona de Pedro el Señor se dirige a todo el género humano, enseñándonos que nadie tendrá parte con Él si no se deja lavar por Él.

En efecto, ¿quién podrá salvarse sin ser lavado y purificado por la Sangre de Jesús?”.16

Ahora bien, el ejemplo del Príncipe de los Apóstoles también nos enseña que para compartir el Divino Banquete debemos tener hacia Jesús una actitud de aceptación total, sin nunca rechazar una gracia que Él quiera concedernos, por inexplicable o hasta inmerecida que pueda parecernos. Un piadoso comentarista expresa: “¡Qué importante es no oponerse a la voluntad de Dios ni a la de los superiores que lo representan, ni siquiera bajo el falaz argumento de la piedad o de la humildad! San Basilio toma de este pasaje del Evangelio dos normas de conducta llenas de sabiduría: a Dios le desagrada quien se opone a su voluntad, aunque lo haga con buena intención; debe acatarse con la mayor docilidad posible todo cuanto quiera el Señor”.17 San Agustín comenta el diálogo entre el Salvador y Pedro: “‘Lo que yo hago no lo entiendes ahora; después lo entenderás'.

Espantado por la grandeza de aquella obra divina, ni aun así permite la ejecución de aquello, cuyo motivo ignora; ni siquiera quiere ver a Cristo humillado a sus pies, no puede consentirlo.

‘No me lavarás los pies jamás'. “‘Si no te lavare, no tendrás parte conmigo'.

Turbado Pedro entre el amor y el temor y sintiendo más el horror de ser apartado de Cristo que el verlo humillado a sus pies, replica: ‘Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza'. Cuando con tales amenazas dices que has de lavar mis miembros, no solamente no retraigo los miembros inferiores, sino que presento también los más importantes”.18

En lo que atañe al simbolismo del gesto de lavar la cabeza y las manos, recordaremos el comentario del gran San Bernardo: “Lavado está quien no tiene pecados graves; aquel cuya cabeza, es decir, su intención, y cuyas manos, es decir, su conducta y sus obras, están limpias”.19

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“Judas recibe el pago por su traición”, por Giotto di Bondone - Cappella degli Scrovegni,
Padua, Italia

Sin embargo, no todos estaban limpios para el Banquete Eucarístico que vendría a continuación.

Al respecto, dice Granada: “Alma mía, contempla en esta Cena a tu dulce y benigno Jesús y observa el ejemplo de inestimable humildad que te ofrece, levantándose de la mesa y lavando los pies de sus discípulos. Oh buen Jesús, ¿qué haces?

Oh dulce Jesús, ¿por qué tu majestad se humilla tanto? ¿Qué sentirías, alma mía, si vieras a Dios arrodillado a los pies de los hombres, a los pies de Judas ? Oh, cruel ¿cómo tu corazón no se ablanda frente a humildad tan grande? ¿Cómo tamaña mansedumbre no es capaz de partir tus entrañas? ¿Es posible que hayas decidido vender a este mansísimo Cordero? ¿Es posible que ese ejemplo no te cause compunción?”.20

También debemos estar dispuestos a cumplir el papel de siervo

“Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: ‘No todos ustedes están limpios'”.

Este versículo afirma claramente que todos, salvo uno, estaban en gracia de Dios. Uno allí era traidor, pero Jesús estaba dispuesto a perdonar incluso a éste. De ahí aquella insinuación que, como acentúa oportunamente el padre Truyols, era “una delicada alusión a Judas, un último convite del Buen Pastor a la oveja descarriada”. 21 Si en ese momento Judas se hubiera movido al arrepentimiento al menos en su alma, pidiendo perdón en su interior, su historia habría sido distinta. “Pero como ya estaba muy endurecido en el mal, permaneció insensible a la advertencia”, observa Fillion.22

Cristo había visto el rechazo de Judas desde la eternidad. En el momento de la Cena lo experimentaba como hombre. Gracias al discernimiento de espíritus, que poseía en grado sumo, escrutaba el alma del traidor y veía aquella resolución horrorosa. A pesar de esto, se arrodilló frente a él y le lavó los pies.

Jesús nos dio esta lección para hacernos comprender cuánto nos ama y hasta qué punto desea perdonarnos a cada uno. Pero también quiso enseñarnos a soportar todas las miserias, dificultades y contratiempos causados por la convivencia humana. San Bernardo dice con finura psicológica: “Tal vez te sonrojes por imitar la humildad de un hombre; imita al menos la humildad de un Dios, porque ahí está lo que hace a la humildad tan recomendable”.23

Por más que podamos encontrar dificultades temperamentales o inconvenientes en las relaciones con los demás, debemos imitar a Jesús tratando a nuestros hermanos como Él trató a Judas en el lavatorio de pies.

Las relaciones humanas pueden estar repletas de alegría y suavidad en un comienzo, pero llegan rápido los tropiezos, los roces, las dificultades. Son los sinsabores de este valle de lágrimas.

En tales momentos acordémonos de la Santa Cena, estando dispuestos a cumplir el papel de siervo unos con respecto a otros, a perdonar al hermano al punto de olvidar cualquier disgusto que nos haya causado; en suma, a estimarlo como si viésemos en él la propia figura del Señor.

Figura de caridad fraterna

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: ‘¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes'”.

San Agustín, con su vuelo de águila en los cielos de la teología y la piedad, nos dejó estos pensamientos acerca de los presentes versículos: “Esto es lo que tú, bienaventurado Pedro, no sabías cuando te resistías a que te lavara.

Esto es lo que prometió que sabrías después, cuando para vencer tu resistencia te amenazó tu Señor y Maestro al lavarte los pies. De arriba, hermanos, hemos aprendido estas lecciones de humildad. Nosotros, despreciables, hagamos lo que humildemente hizo el Excelso. Divina es esta lección de humildad. También hacen esto visiblemente los hermanos que se dan hospitalidad mutua (1 Tim 5, 10). Y los fieles, entre quienes no existe la costumbre de hacerlo con sus manos, lo hacen con el corazón, si son del número de aquellos a los cuales se dice en el Cántico de los tres Varones: ‘Bendecid al Señor todos los santos y humildes de corazón' (Dn 3, 87)”.24

La afirmación de Nuestro Señor en este versículo —“porque lo soy”— evoca poderosamente el “Yo soy el que es” del Antiguo Testamento, así como la respuesta con la cual derribará a los soldados, en el huerto de los olivos: “ Ego sum – Yo soy” (Jn 18, 5).

Fillion acentúa que Cristo hizo el papel de siervo “con pleno conocimiento y convencimiento de su divinidad”.25 Sabía que “el Padre había puesto en sus manos todas las cosas” y, como pondera el padre Truyols, “teniendo perfecta conciencia del ilimitado poder que le confirió el Padre, de haber sido engendrado por el mismo Padre y de que en breve subiría a los Cielos para sentarse a su derecha, a pesar de conocer muy bien esta excelsa grandeza e infinita dignidad suya, quiso Jesús rebajarse al punto de lavar los pies de sus discípulos”.26

Aclara el citado Fillion: “Claro que Jesús no pretendía hacer del lavapiés una institución duradera ni un ritual obligatorio; su acto era, ante todo, figura de la caridad fraternal que los cristianos deben ejercer mutuamente”.27 En igual sentido se expresa el Cardenal Gomá: “Jesús nos presenta la especie como género, un caso particular como ley general; por el lavapiés debemos entender todos los ejemplos de humildad y de caridad”.28

La lección ofrecida por Nuestro Señor significaba una ruptura monumental con los cánones vigentes. Él quería dar ejemplo de como nos debemos interesar por los demás, sobre todo en lo que se refiere a la salvación del alma, preocupándonos de que cada uno de nuestros hermanos progrese más en la vida espiritual, tal como expresa admirablemente San Agustín: “Además de estas consideraciones morales, podemos entender que el Señor nos recomienda lavar unos a otros —purificando nuestros afectos— aquellos pecados que se nos adhieren mientras caminamos por este mundo. ¿Cómo se hará esto? ¿Podemos decir acaso que alguien tiene posibilidad de limpiar a su hermano del contagio de los delitos? ¡Claro que sí! Y eso nos advierten también estos asombrosos gestos del Señor, es decir, que confesándonos mutuamente nuestros delitos, oremos por nosotros como Cristo intercede por nosotros (cf. Rom 8,34). Escuchemos al Apóstol Santiago cuando nos lo ordena con claridad: “Confesaos mutuamente vuestros pecados y orad unos por los otros para ser salvos' (Sant 5,16). […]

“Por consiguiente, perdonemos mutuamente nuestros pecados, oremos mutuamente por nuestros delitos y así, de cierto modo, nos lavaremos los pies unos a otros. Cabe a nosotros, por gracia de Dios, este ministerio de la caridad y la humildad, en tanto que a Él le corresponde escucharnos y limpiarnos de toda mancha de pecado, por Cristo y en Cristo, para que aquello que perdonemos, vale decir, aquello que desatemos en la tierra, sea desatado en el Cielo”.29

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En la Sagrada Hostia, el Creador se entrega a la criatura, y al mismo tiempo la asume y transforma, haciéndola más semejante a Sí mismo. Si ella corresponde a este amor, se establece una “comunión de voluntad”

III – Preparación para la Eucaristía

La institución de la Eucaristía vino inmediatamente después del lavatorio de pies, con el cual guarda una íntima relación. “Cristo ejecutó dicha acción o ceremonia con el objetivo de enseñar, mediante este simbolismo externo, que los hombres no deben aproximarse a la sacrosanta y divina Eucaristía impuros ni manchados”, afirma Maldonado.30

La Eucaristía es un Sacramento insuperable, porque no hay otro cuya sustancia sea el propio Dios. En el Bautismo, que nos abre las puertas a la participación en la vida divina, Nuestro Señor Jesucristo está como Autor, no como sustancia. Pero en el Sacramento de la Eucaristía Él está como Autor y Sustancia, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Esta es la principal razón por la cual Santo Tomás la considera el más importante de los Sacramentos, absolutamente hablando.31

En la Sagrada Hostia, el Creador se entrega a la criatura, y al mismo tiempo la asume y transforma, haciéndola más semejante a sí mismo. Si ella corresponde a este amor, se establece una “comunión de voluntad” entre ella y Dios que, como enseña el Papa Benedicto XVI, “crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento”.

Poco después el Pontífice explica: “De este modo se ve que es posible el amor al prójimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús.

Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento.

Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo”.32

Quien participa en el Sagrado Banquete sin este amor hacia los hermanos del cual el Señor nos ha dado ejemplo, tiene todavía, por así decir, “los pies sucios”. Pero cuando nos acercamos a la Mesa Eucarística tan preocupados por los otros como por nosotros mismos, o incluso más, agradamos a Dios al punto de que Él de rrama sobre nuestras almas gracias renovadas y abundantísimas.

¡Amar a los otros como Dios nos hamó! He aquí una de las formas más hermosas de prepararse para la Eucaristía en el Tiempo Pascual que ahora comienza De hacerlo así, imitaremos realmente en nuestras vidas al Divino Maestro en el acto sublime de lavar los pies. Y nadie mejor que María Santísima para interceder por nosotros y promover la limpieza de nuestras almas para acercarnos al Pan de los Ángeles. Recurramos a Ella, siempre.

 
 

1 ROYO MARÍN, OP., Antonio – Teología de la Perfección Cristiana. Madrid: BAC, 2001, p. 48. 2 Catecismo de la Iglesia Católica, nº 293.
3 AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica, I, q. 32, a. 1, ad 3. Consideremos también que Dios tenía la posibilidad de crear a infinitos otros seres humanos y angelicales. Así pues, la creación de cada uno de nosotros corresponde a un acto divino de amor y de elección.
4 CHANE, apud ROYO MARÍN, OP, Antonio – Teología de la caridad. Madrid: BAC, 1963, p. 6. 5 BENEDICTO XVI – Deus Caritas est, nº 17.
6 FILLION, Louis-Claude – La sainte Bible commentée . París: Letouzey, 1912, vol. 7, p. 556.
7 Explication des Évangiles. Hong-Kong: Imprimerie de la Societé des Missions Étrangères, 1940, vol. 2, p. 296.
8 SAN AGUSTÍN – In Evangelium Ioannis, Tr. 55, 4: PL 35, 1786.
9 SAN JUAN CRISÓSTOMO – Homilías sobre el Evangelio de San Juan / III (61-88). Madrid: Ciudad Nueva, s/f, p. 104.
10 Ídem, ibídem.
11 SAN AGUSTÍN, op. cit., Tr. 55, 5: PL 35, 1786.
12 SAN AGUSTÍN, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO – Catena aurea .
13 SAN GREGORIO MAGNO. Obras completas. Madrid: BAC, 1958, pp. 693-694.
14 MALDONADO, SJ, Juan de – Comentarios a los Cuatro Evangelios – III Evangelio de San Juan. Madrid: BAC, 1954, p. 753.
15 Ídem, p. 754.
16 Ídem, p. 752.
17 Explication des Évangiles. Hong-Kong: Imprimerie de la Societé des Missions Étrangères, 1940, vol. 2, p. 301.
18 SAN AGUSTÍN, op. cit., Tr. 56, 2: PL 34, 1788.
19 SAN BERNARDO – Obras completas. Madrid: BAC, 1953, vol. 1, p. 496.
20 SAN LUIS DE GRANADA – Obra selecta, c. 26 p. 811 Oración y meditación, 1ª p., c. 3.
21 FERNÁNDEZ TRUYOLS, SJ, Andrés – Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Madrid: BAC, 1954, p. 577.
22 FILLION, Louis-Claude – Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión, Muerte y Resurrección. Madrid: Rialp, s/f, vol. 3, p. 111.
23 SAN BERNARDO apud Explication des Évangiles. Hong- Kong: Imprimerie de la Societé des Missions Étrangères, 1940, vol. 2, p. 305.
24 SAN AGUSTÍN, op. cit., Tr. 58, 4: PL 35, 1794.
25 FILLION, op. cit., p. 110.
26 FERNÁNDEZ TRUYOLS, SJ, op. cit., p. 576.
27 FILLION, op. cit., p. 112.
28 GOMÁ Y TOMÁS, Isidro – El Evangelio explicado. Barcelona: Casulleras, 1930, vol. 4, p. 179.
29 SAN AGUSTÍN, op. cit., Tr. 58, 5: PL 35, 1794.
30 MALDONADO, SJ, op. cit., pp. 747-748.
31 AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica, III, q. 65, a. 3.
32 BENEDICTO XVI – Deus Caritas est, nº 18.

 

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