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Historia Sagrada

“¡Ojalá fueras frío o caliente!”

Publicado 2011/03/19
Autor : Alejandro Javier de Saint-Amant

Cualquier cristiano, de la época que sea, está sujeto a caer en la misma situación que los laodicenses y de merecer el terrible rechazo de Dios: “te vomitaré de mi boca”.

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La carta a la Iglesia de Laodicea, comunidad fundada por Epafras, discípulo de San Pablo,1 forma parte del conjunto literario destinado a las siete Iglesias de Asia Menor.

Todas las cartas siguen el mismo esquema: en primer lugar mencionan los títulos y cualidades de Jesucristo; después amonestan a cada comunidad por su censurable conducta; finalmente, terminan con una promesa para aquellos que se mantengan fieles.

Su contenido doctrinario es muy semejante al de los Evangelios Sinópticos, a la Epístola a los Colosenses, a la Carta de Santiago y a otros tantos libros del Nuevo Testamento. El tema cristológico es evidente, pues lo que se resalta es la divinidad de Jesús.

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“San Juan Evangelista” –
Iglesia de Santa María in Ara Coeli, Roma (Italia).

Es de suponer que estas comunidades estarían pasando por un período de crisis desde el punto de vista espiritual, a causa de algunos errores que empezarían a introducirse, como el gnosticismo. Seguramente, esa situación fue el motivo por el que San Juan recibió la inspiración para escribir esas cartas. Sin embargo, quien habla en ellas es el propio Jesucristo, que conoce el estado en que se encuentra cada comunidad y por eso les advierte.

Una ciudad opulenta y autosuficiente

La ciudad de Laodicea fue fundada en el 250 a. C. por Antíoco II, de la dinastía seléucida, con la intención de hacer de ella un centro helenístico en los confines de Frigia. Le dio ese nombre en homenaje a su esposa, Laodice. Estaba situada cerca de Filadelfia, de Hierápolis y de Colosas, poblaciones a las que superó como foco de desarrollo económico.

No muy lejos de aquella urbe existían manantiales de aguas termales, las cuales llegaban allí templadas. Laodicea se transformó en un rico centro comercial, sobre todo por su industria textil, de lana negra y lino, sus artesanías de oro y su academia especializada en oftalmología, en la que se preparaba un colirio, hecho con polvo de una piedra de Frigia, que era exportado a todo el Imperio Romano. La ciudad disfrutaba de tal opulencia que para restablecerse de un terremoto que sufriera en el año 60 d. C. no necesitó la ayuda que le había ofrecido la Metrópolis. 2

Todos estos aspectos que influyen en el ambiente y en la vida de la comunidad laodicense entrarán en la recriminación que le hace el Señor, como veremos a continuación.

Los verdaderos destinatarios

“Escribe al Ángel de la Iglesia de Laodicea...”. Desde la Antigüedad surgieron muchas hipótesis con respecto a quienes serían los verdaderos destinatarios de las siete cartas, dirigidas formalmente a un ángel. Ahora bien, los espíritus angélicos no necesitan conversión y todas esas misivas están llenas de reprobaciones, consejos, advertencias y promesas.

Así que, ¿a quién iban dirigidas? La palabra profética siempre tiene un destinatario concreto que, en la mayoría de los casos, es la comunidad, el pueblo de Dios el que recibe el mensaje (cf. Am 5, 4; Os 4, 1; Is 2, 1; Jr 2, 1-2). Por eso, en el caso de las siete Iglesias, “el ángel” receptor debe ser considerado como una personificación global de los fieles de la Iglesia particular.3 Aunque esos mensajes poseen igualmente un alcance general y perenne.

Son palabras de juicio, de purificación y exhortación que Cristo dirige a su Iglesia de todos los tiempos. Las alusiones a situaciones particulares alcanzan un carácter universal, 4 haciéndose válidas para los cristianos de cualquier época que se encuentren en situaciones espirituales semejantes a las de las mencionadas Iglesias de Asia Menor.

De este modo, podríamos decir que tenemos en el libro del Apocalipsis una verdadera carta de amor de Cristo hacia los suyos, reveladora de verdades que iluminan las mentes en todos los tiempos.

~ CARTA A LA IGLESIA DE LAODICEA~

Escribe al Ángel de la Iglesia de Laodicea: “El que es el Amén, el Testigo fiel y verídico, el Principio de la creación de Dios, afirma: ‘Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca. Tú andas diciendo: soy rico, estoy lleno de bienes y no me falta nada. Y no sabes que eres desdichado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. Por eso, te aconsejo: cómprame oro purificado en el fuego para enriquecerte, vestidos blancos para revestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y un colirio para ungir tus ojos y recobrar la vista. Yo corrijo y reprendo a los que amo. ¡Reanima tu fervor y arrepiéntete!

Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos. Al vencedor lo haré sentarse conmigo en mi trono, así como Yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono'. El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 3, 14-22).

Las terribles consecuencias de la tibieza

“Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!” . San Juan, como médico de almas, sabe en qué situación se encuentra la comunidad a la que se dirige. Constata la presencia de un morbus spiritualis , de una enfermedad que tiene como antecedente la decadencia de determinado grado de fervor inicial hacia un estado de relajamiento, de languidez de espíritu.

En este contexto, frío es quien está en las vías del pecado, en oposición a la entrega fervorosa de aquel que camina hacia la santidad con entusiasmo.

Los tratadistas de vida espiritual son unánimes en señalar el peligro que supone el estado de tibieza para incentivar en sus lectores el hábito de hacer un examen de conciencia, para que procuren comprobar si cumplen con el deber de cristianos según la voluntad de Dios o si, por el contrario, están en decadencia y mediocridad de espíritu.

“Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca” . Como hemos dicho anteriormente, Laodicea recibía templadas las aguas de los manantiales y el agua tibia produce náuseas. A Dios no le agrada el hombre indeciso e indolente en sus compromisos de cristiano, sino el ardoroso y decidido. Y la experiencia pastoral demuestra que es más común la conversión sincera de grandes pecadores que la de los hombres que llevan una vida cristiana mediocre.

Los fríos de los que aquí habla el Señor pueden ser los transgresores de la Ley que pecan por ignorancia o flaqueza. Sin embargo, cuando se dan cuenta de su situación de pecadores reconocen que no tienen méritos ante el Altísimo y adoptan una actitud de completa humildad y sumisión, esperando como un mendigo la misericordia de Dios: “En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquie ra a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!” (Lc 18, 13).

Por el contrario, el tibio —es decir, el cristiano poco comprometido— se siente seguro en su campana de confort y confía que se salvará sin hacer mucho esfuerzo. Como no se reconoce pecador, no aspira ni a la santidad, sus pocas oraciones son rutinarias, muchas veces rezadas con desgana y, por tanto, sin auténtica piedad. De manera que más peligroso es el estado de tibieza que el de frialdad.

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Las siete Iglesias mencionadas por San Juan en el Apocalipsis: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira,
Sardis, Filadelfia y Laodicea.

Los símbolos de la curación espiritual

“Tú andas diciendo: soy rico, estoy lleno de bienes y no me falta nada”. La visión que la Iglesia de Laodicea tiene de sí misma no refleja su verdadero estado. Es fácil aparentar que todo anda bien en una comunidad o en una persona, pero no es posible engañar a Dios. Él conoce el estado real de cada ser.

“Y no sabes que eres desdichado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo” . Para reconocer y detestar las miserias que ofenden a Dios y hacer el propósito firme de rechazarlas y repararlas, se requiere una gracia muy especial; pero también es necesario practicar la virtud sobrenatural de la penitencia.

La comunidad se volvió ciega en una ciudad conocida por sus buenos tratamientos oftalmológicos y no fue en busca del Gran Médico. Se debe tener la humildad del publicano para reconocer su propia situación.

“Por eso, te aconsejo: cómprame oro purificado en el fuego para enriquecerte, vestidos blancos para revestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y un colirio para ungir tus ojos y recobrar la vista” . Ya que el pecado fue la causa de la pérdida del fervor por haberse entregado al comercio de las cosas de este mundo, el Señor adopta la postura de un mercader que aconseja —no obliga, nótese— que le compren los verdaderos bienes y riquezas para regresar a la plena comunión con Él.

Ofrece el oro purificado de la virtud de la caridad y del fervor, auténtica riqueza que —a diferencia del oro de sus bancos y artesanías— sólo se puede adquirir de Dios, por medio de la oración y otros actos de piedad.

Vestidos blancos , símbolo de la pureza de conciencia y ornato del alma a través de acciones virtuosas, en contraposición a sus famosos y bien cotizados tejidos de lana negra. Un colirio divino, para limpiar la ceguera espiritual de aquellos que confían en sí mismos, olvidándose de Aquel que les dio la vida; así podrán tener lucidez de espíritu, para discernir con sabiduría el bien y el mal. No como los conocidos medicamentos laodicenses que solamente curan los ojos del cuerpo y no pueden descubrir la vista al mundo sobrenatural.

Una conmovedora invitación a la conversión

“Yo corrijo y reprendo a los que amo. ¡Reanima tu fervor y arrepiéntete!” . La corrección que viene de Dios es la manifestación de su amor, como enseña el Libro de los Proverbios: “No desprecies, hijo mío, la corrección del Señor, ni te disgustes cuando Él te reprenda, porque el Señor reprende a los que ama como un padre a su hijo muy querido” (Pr 3, 11-12). Esta divina praxis es recordada de modo vehemente por el Apóstol en la Carta a los Hebreos (cf. Hb 12, 6). La corrección es por nuestro bien, pues Dios “quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4), a la eterna bienaventuranza. “Yo estoy junto a la puerta y llamo…” . Laodicea tiene la puerta cerrada al Señor.

La expresión es conmovedora, es Jesús mismo el que va al encuentro, toma la iniciativa y llama. Sin embargo, no obliga a que le abran la puerta, les corresponde a los habitantes dejarle entrar. Es el libre albedrío: Dios ofrece la salvación a todos, pero depende de cada uno aceptarla o no.

Las siguientes palabras son un llamamiento a la conversión y mudanza de vida: “Si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” . Surge de Jesús el deseo de entrar en comunión con el dueño de la casa y, una vez dentro, hacer un banquete, proporcionándole una sagrada convivencia, con todas las alegrías propias a su divina presencia. Cabe destacar aquí una alusión a la Eucaristía, con toda la dimensión teológica que implica.

Vence quien oye la palabra de Dios y la pone en práctica

“Al vencedor lo haré sentarse conmigo en mi trono, así como Yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono” . Los vencedores tendrán el privilegio de reinar con Cristo. Este don es otorgado únicamente a los humildes.

Jesús fue obediente al Padre aquí en la tierra y, por eso, fue exaltado junto con Él en el Cielo (cf. Flp 2, 8-9). Por lo tanto, el cristiano que colabora con Cristo en el plan de la salvación se sentará con Él en su trono, en un reinado sin fin.

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“Al vencedor lo haré sentarse conmigo
en mi trono, así como Yo he vencido y me he
sentado con mi Padre en su trono”.


“Cristo Rey” - Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, Carey (Estados Unidos).

Como vemos, el pasaje adquiere una dimensión escatológica. Revela un panorama grandioso, ante el cual se hace evidente cómo acumular “tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban” (Mt 6, 19), está lejos de acercarnos a la felicidad eterna.

“El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias” . Estas palabras remiten a una fórmula repetida siete veces en el conjunto de los mensajes a las Iglesias, y de ahí su gran importancia. Es una expresión de carácter sapiencial. El oído es el órgano que recibe las palabras de la enseñanza. En varios pasajes del Antiguo Testamento se establece un vínculo entre el oído y la recepción de la doctrina. Por ejemplo: “Abre tu corazón a la instrucción y tus oídos a las palabras de la ciencia” (Pr 23, 12). “Hijo del hombre, recibe en tu corazón y escucha atentamente todas las palabras que yo te diré” (Ez 3, 10).

Cristo desea que estemos atentos a lo que el Espíritu Santo quiera decirnos, pero eso no es suficiente, necesitamos ser cumplidores de la Palabra, y no meros oyentes, engañándonos a nosotros mismos, como advierte el apóstol Santiago (cf. St 1, 22).

Una advertencia para los cristianos de hoy

La comunidad de Laodicea había perdido su fervor inicial y se encontraba postrada en un lamentable estado de negligencia espiritual, como consecuencia de su apego a las cosas de este mundo. Jesús no le recriminó ningún pecado de idolatría, ni de herejía, sino de tibieza, un vicio que, por así decirlo, causa náuseas al Señor.

En cierto sentido, la situación del tibio es peor que la de quien ha optado por seguir las vías del pecado, porque el pecador —sabiendo que se encuentra en riesgo de ser condenado al infierno— tiene más probabilidades, en un momento de sobresalto, de arrepentirse y pedir la gracia de la enmienda definitiva. Sin embargo, el tibio no se da cuenta del estado en el que se ha hundido. Algo hace para evitar los pecados mortales, pero cae con frecuencia en los veniales; aún más, juzga que no es necesario preocuparse por su salvación, pues imagina que la tiene garantizada…

No debemos olvidar que cualquier cristiano, de la época que sea, está sujeto a caer en la misma situación que la de los laodicenses y de merecer el terrible rechazo de Dios: “ te vomitaré de mi boca ”. Para evitar tan grande infelicidad, debemos combatir el orgullo y la autosuficiencia, y reconocer la necesidad que tenemos de la gracia para alcanzar la bienaventuranza eterna. De ahí nacerá una salvífica confianza en Dios, de quien recibimos todos los bienes y las fuerzas necesarias para vencer los obstáculos en nuestra vida espiritual.

“Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13).

 

1 Cf. ALONSO SCHÖKEL, Luis. Biblia del peregrino . 2. ª Ed. España: Ega, Mensajero y Verbo Divino, 1997, t. III, p. 643.

2 Cf. Dictionnaire d´Archéologie Chrétienne et de Liturgie . Par í s: 1928, t. VIII, primera parte, columna 1322.

3 Cf. PRÉVOST, Jean-Pierre. Para leer el Apocalipsis . Estella: Verbo Divino, 1994, p. 82.

4 VANNI, Ugo. Apocalipsis, una asamblea litúrgica interpreta la historia. 6. ª Ed. Estella: Verbo Divino, 1998, p. 33.

 

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