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La Palabra de los Pastores

La Eucaristía, centro de la vida del sacerdote

Publicado 2011/10/21
Autor : Mons. Benedito Beni dos Santos

El sacerdote es embajador de Cristo y administrador de los misterios de Dios. Dos sacramentos le son confiados de manera especial: el de la Eucaristía y el de la Reconciliación.

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Mons. Benedito Beni dos Santos
Obispo diocesano de Lorena (Brasil)

 

Hoy la Iglesia celebra la memoria litúrgica del Inmaculado Corazón de María. Es una celebración significativa, porque se trata del corazón de una Madre.

Madre del Hijo de Dios hecho hombre. Madre de la humanidad redimida por su Hijo en la Cruz. Madre de la Iglesia, como la proclamó el Papa Pablo VI al final de la segunda sesión del Concilio Vaticano II. Madre de los sacerdotes.

Por cierto, el Beato Juan Pablo II recordaba que aquel discípulo que estaba al pie de la Cruz y acogió a la Virgen como madre era un apóstol de Jesús, por lo tanto un sacerdote.

Si la Virgen es Madre de todos los cristianos, de todos los discípulos de Jesús, Ella lo es de una manera especial de los sacerdotes.

La razón del celibato sacerdotal

Estimados ordenandos, creo que las palabras del profeta Isaías que hemos oído en la primera lectura de esta Misa iluminan vuestra ordenación sacerdotal. Dice el profeta: “Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novio que se pone la corona” (Is 61, 10). Estas palabras expresan la gratuidad y belleza del amor de Dios con Israel. Pero también pueden significar la gratuidad y la belleza de su amor hacia nosotros.

De hecho, la vocación sacerdotal sólo puede explicarse desde la gratuidad del amor de Dios, de la belleza de ese amor. Él confía en nosotros y nos da una misión. “Desbordo de gozo en el Señor”. El día de la ordenación presbiteral es un día de mucha alegría. Júbilo no sólo interior, sino también exterior, y que lo veo estampado en vuestras caras.

Alegría que envuelve la liturgia que estamos celebrando: los ritos, las oraciones, los cantos.

“Como novio que se pone la corona”. A semejanza del obispo, que por la ordenación se convierte en esposo de la Iglesia, también el presbítero por la ordenación se convierte en esposo de la Iglesia. Por eso debe dedicar a la Iglesia toda su vida, todo su amor. Y ahí está la razón del celibato sacerdotal. No es un celibato cualquiera. No es una simple ascesis. Se trata de un celibato evangélico. A través del celibato el estilo de vida del sacerdote se identifica con el estilo de vida de Cristo.

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Con las mismas palabras con las que Cristo instituyó la Eucaristía, instituyó
también el sacerdocio ministerial.

Dos momentos de la Misa de ordenación presbiteral, presidida por
Mons. Beni dos Santos.

Embajador de Cristo y administrador de los misterios de Dios

De la segunda lectura de esta Misa quiero subrayar dos afirmaciones del apóstol Pablo. Primera: “Somos embajadores de Cristo” (2 Co 5, 20).

El sacerdote es embajador de Cristo, su representante, su vicario. El embajador no pronuncia su mensaje, sino el de aquel que le envió. Por eso mismo, el sacerdote no debe anunciar sus opiniones personales, sino la palabra de Dios, la palabra de Cristo.

Pero el embajador de Cristo también es administrador de los misterios de Dios, es decir, de los bienes salvíficos que son los sacramentos. Y dos sacramentos son confiados de manera especial al cuidado del sacerdote: el de la Eucaristía y el de la Reconciliación.

El sacerdocio ministerial, que reviste al obispo y al presbítero, fue instituido en la Última Cena con la Eucaristía y en vista de la Eucaristía.

Con las mismas palabras con las que Cristo instituyó la Eucaristía, instituyó también el sacerdocio ministerial: “Haced esto en memoria mía”.

La fuente de la espiritualidad del sacerdote

Por eso mismo, la Eucaristía debe ocupar el centro de la vida del sacerdote.

No puede dejar de celebrarla todos los días. Y debe ser también la fuente de su espiritualidad. El Beato Juan Pablo II, en su última Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo , firmada por él en la cama del hospital, asevera que la fuente de la espiritualidad del presbítero son las palabras pronunciadas por Jesús en la Última Cena, las cuales el sacerdote repite en cada celebración de la Eucaristía.

Recordemos estas palabras tan bellas y misteriosas: “Tomó pan; dándote gracias”. Un componente de la espiritualidad del presbítero debe ser entonces una acción de gracias continua, cada día, cada momento, por el don de la vocación.

“Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros”. El sacerdote ha de ser una hostia, consumir su vida cotidianamente por el bien de la Iglesia y de los hermanos.

El sacerdote abre las puertas de la misericordia divina a los pecadores

El otro sacramento confiado de manera especial al cuidado del sacerdote es el de la Reconciliación. Como ministro de este sacramento abre las puertas de la misericordia divina a los pecadores.

Pero no podemos olvidar, queridos ordenandos: el sacerdote no es sólo ministro de este sacramento, también es sujeto de él. Y por eso debe, con frecuencia, acercarse al sacramento de la Confesión. Este acercamiento frecuente al sacramento de la Reconciliación hace que el sacerdote sea honesto consigo mismo; hace que no se instale en sus errores, sino que cada día se esfuerce por superar todos sus errores, todas sus limitaciones; hace que sea misericordioso con los hermanos.

El signo de amor del sacerdote por Cristo es apacentar el rebaño

Creo que la pregunta de Cristo registrada en el Evangelio que acabamos de escuchar, sirve de conclusión a ésta nuestra reflexión: “¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Es interesante observar que ésta es la primera palabra de Jesús registrada en el Evangelio. Y la primera vez que habla en el Evangelio lo hace para referirse a su Padre. ¡Qué cosa maravillosa!

“Estar en las cosas de mi Padre”, significa cuidar de las asuntos de Dios. El sacerdote es ordenado, no para cuidar de las cosas del mundo, no para ser un político, un economista, un cantante y dar conciertos.

Es ordenado para estar en las cosas del Padre, cuidar de los asuntos de Dios, anunciar su Palabra, celebrar la Eucaristía, oír las confesiones de los fieles, cuidar del rebaño que le ha sido confiado. Por cierto, el rebaño confiado a cada sacerdote no le pertenece, pertenece a Cristo que es el único Pastor. Por eso le dijo a Pedro: “Apacienta mis ovejas”.

El signo de amor de Pedro por Cristo fue justamente apacentar el rebaño. El signo principal del amor de cada sacerdote por Cristo es apacentar el rebaño que le ha sido confiado. Estimados ordenandos, el Corazón Inmaculado de María, cuya memoria litúrgica estamos celebrando, es una fuente de gracias para toda la Iglesia. Por eso ella la celebra todos los años. Que el Inmaculado Corazón de María os dé entonces un corazón sacerdotal semejante al corazón de su Hijo: corazón humano, corazón puro, corazón misericordioso, corazón santo. Amén.

 

(Homilía en la Misa de ordenación presbiteral celebrada en el seminario de los Heraldos en Caieiras, São Paulo, Brasil, 2/7/2011)

 

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