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Nuestra Señora del Rosario - São Paulo

Símbolo de la realidad viva de la Iglesia

Publicado 2009/04/22
Autor : Redacción

La riqueza simbólica de la liturgia de dedicación de una iglesia constituye una verdadera catequesis que exige ser profundizada y degustada. Ofrecemos al lector algunas consideraciones sobre el significado de ese bello ceremonial litúrgico.

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Símbolo de la realidad viva de la Iglesia

 

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Altar de la Confesión, Basílica de San Pedro
en el Vaticano.

Desde los inicios del cristianismo, los fieles se reunían en asamblea (ecclesiae) para celebrar la Eucaristía, administrar los sacramentos y oír la prédica de la Palabra de Dios. Los lugares de reunión eran habitualmente sus propias casas, donde utilizaban la sala más espaciosa para ese fin. Algunos de esos lugares de culto son mencionados en el Nuevo Testamento.

“Es cierto —afirma el autor español, P. Joaquín Solans, en su Manual Litúrgico— que los Apóstoles celebraban los Divinos Misterios en casas particulares.

En los Hechos de los Apóstoles (20, 7-11), se cuenta que San Pablo lo hizo en un tercer piso, adornado con muchas lámparas, donde se habían reunido los fieles, a los que después de bien instruidos, distribuyó el Pan Eucarístico.

También es tradición cierta que el Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, se hospedaba en casa del senador Pudente. Allí se congregaban los cristianos para oír sus instrucciones, asistir a los santos Misterios y recibir la Sagrada Eucaristía. Se puede todavía ver ese venerado recinto en la iglesia de Santa Prudencia, hija del fervoroso y santo senador”. 1

Con el tiempo, las casas en las que se reunía la asamblea pasaron a tener habitaciones específicas reservadas para el culto divino. Y, a partir de finales del siglo II, esos inmuebles comienzan a ser llamados Domus Ecclesiae.

A lo largo del siglo III, esas habitaciones fueron creciendo en importancia y las otras partes del edificio, destinadas a finalidades profanas, fueron siendo separadas de él.

La Domus Ecclesiae se transforma en Domus Dei .

Consagración al culto

A partir del siglo IV, la dedicación de la Domus Dei era considerada una de las fiestas más solemnes de la Liturgia, a fin de resaltar el carácter sagrado del edificio que nunca más podría ser usado para fines profanos. Comenta, a este respecto, D. Guéranger:

“Nuestras iglesias son santas por su pertenencia a Dios, por la celebración del sacrificio, por las oraciones y alabanzas en ellas ofrecidos al Huésped divino.

¿Hay un título mejor que ‘tabernáculo simbólico' o el ‘templo antiguo'?, su dedicación las separó para siempre de cualquier morada de hombres y las elevó por encima de cualquier palacio de la Tierra. Aún con todo, no obstante los ritos cuya magnificencia llena su recinto el día de su consagración a Dios, bajo el óleo santo del cual sus paredes permanecen para siempre impregnadas, no quedan ellas menos desprovistas de sentimiento y de vida.

¿Qué decir, pues, sino que esa sublime ceremonia de dedicación de las iglesias, como también la fiesta dedicada a perpetuar su memoria, no se agotan en el santuario construido por las manos sino que se elevan a realidades más augustas y vivas? La principal gloria del noble edificio será la de simbolizar la grandeza.

Bajo la sombra de sus arcos, la humanidad se iniciará en inefables secretos cuyo misterio se consumará más allá del mundo, en pleno día del Cielo”. 2

La iglesia es la Jerusalén Celestial

En el ritual litúrgico de la dedicación de una iglesia se destacan cuatro elementos esenciales: la aspersión con agua bendita, la colocación de las reliquias de los santos, la unción sagrada del altar y de la iglesia, la incensación, la iluminación y, por fin, lo principal, la Celebración Eucarística.

Por ser el edificio visible una señal peculiar de la Iglesia peregrina en la tierra e imagen de la Iglesia que habita en los Cielos, la Jerusalén Celestial, esos ritos manifiestan simbólicamente algo de las obras invisibles que el Señor realiza por medio de los divinos misterios de la Iglesia, o sea, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

Las inspiradas palabras de San Agustín nos explican con sublime genialidad la relación entre ambas realidades: “ Ésta es, de hecho, la casa de nuestras oraciones; pero nosotros mis mos somos casa de Dios. Somos construidos como casa de Dios en este mundo y seremos dedicados solemnemente al final de los tiempos. El edificio, o mejor, la construcción, se hace con trabajo; la dedicación se realiza con alegría. Lo que acontecía aquí cuando esos materiales se levantaban, eso sucede cuando se reúnen los que creen en Cristo. En efecto, al aceptar la fe, es como si fuesen cortadas las maderas y las piedras en los montes y en los bosques. Al ser catequizados, bautizados, instruidos es como si fuésemos desbastados, alineados y aplanados en las manos de carpinteros y artistas.

Mientras tanto, esos materiales no construyen la casa del Señor, sino cuando se unen por la caridad. […] Por consiguiente, lo que aquí vemos hecho materialmente en las paredes se hace espiritualmente en las almas.

Lo que vemos aquí realizado en piedras y maderas también se realiza en nosotros por la gracia de Dios”. 3

Es la propia Oración de Dedicación que lo confirma con el bello lenguaje de la liturgia

latina: “ Este edificio hace vislumbrar el misterio de la Iglesia, que Cristo santificó con su sangre, para presentarla a Sí mismo, como Esposa gloriosa, Virgen deslumbrante por la integridad de la fe, Madre fecunda por la virtud del Espíritu. […] Aquí, las olas de la gracia divina sepulten los delitos para que vuestros hijos e hijas, oh Padre, muertos para el pecado, renazcan para la vida eterna. […] Aquí, como jubiloso sacrificio de honor, resuene la voz del género humano unida a los coros de los ángeles y suba hasta Vos la oración incesante por la salvación del mundo. Aquí, que los pobres encuentren misericordia, los oprimidos alcancen la verdadera libertad y todos sientan la dignidad de ser vuestros hijos e hijas, hasta que, exultantes, lleguen a la Jerusalén Celeste”.

Aspersión del altar y del templo

La Santa Misa comienza sustituyendo el acto penitencial por la aspersión del agua bendita.

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En virtud de la unción, el altar se torna símbolo de Cristo, el “Ungido” por excelencia, pues el Padre lo ungió con el Espíritu Santo y lo constituyó Sumo Sacerdote, para ofrecer en el altar de su Cuerpo el sacrificio de la vida por la salvación de todos.

Es un sacramental que, usado con fe, nos purifica de los pecados veniales y nos aparta del espíritu maligno.

Por su carácter exorcístico, se aspergen también el altar y las paredes de la iglesia, para purificarlos, así como a todo el pueblo, en señal de penitencia, y en recuerdo del bautismo.

“Así como Cristo nos precedió en las aguas del bautismo, en el Jordán— explica Don Guérager— Las aspersiones comienzan por el altar que lo representa y después se hacen en el edificio entero. Primitivamente, no sólo era aspergido todo el interior y el pavimento del templo, sino también el exterior de las paredes y, en algunos lugares, hasta los techos eran inundados de lluvia santificante que expulsa al demonio, da a Dios esa morada y la prepara para los favores que se darán”. 4

Colocación de las reliquias

La costumbre de colocar reliquias de santos bajo el altar se originó en los primeros siglos de la Iglesia, en las catacumbas, donde se hizo habitual celebrar la misa sobre la piedra de la tumba de un mártir. Con eso se quería enfatizar que el sacrificio de los miembros encuentra su principio en el sacrificio de la Cabeza, que es Jesucristo.

En la actualidad, la Iglesia no exige que las reliquias colocadas bajo el altar sean exclusivamente de mártires.

Sobre este antiquísima costumbre, nos da D. Guéranger una sintética reseña histórica: “En los primeros siglos de la Edad Media, se realizaba el triunfal traslado de las reliquias destinadas a entrar en el altar, que se encontraban hasta entonces en el tabernáculo del exilio; en Oriente, es éste el colofón glorioso de la consagración de las iglesias. […]

Entre los griegos, el Pontífice deposita las santas reliquias en la mesa sagrada y las lleva encima de su cabeza, honrando como temible misterio esos restos preciosos, pues el Apóstol dice de los fieles: ‘Vosotros formáis el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es un miembro' (1Cor 12, 27). En Occidente, hasta el siglo XIII y más tarde, se guardaba en el altar, con los Santos, el propio Señor en su cuerpo eucarístico.

‘Era la Iglesia unida al Redentor, la Esposa al Esposo', dice San Pedro Da mián. Era la ceremonia final, el paso del templo a la eternidad”. 5

Santidad del altar

En virtud de la unción, el altar se torna símbolo de Cristo, el “Ungido” por excelencia, pues el Padre lo ungió con el Espíritu Santo y lo constituyó Sumo Sacerdote, para ofrecer en el altar de su Cuerpo el sacrificio de la vida por la salvación de todos.

Por eso, desde tiempos remotos, el altar fue rodeado de respeto y veneración por los cristianos: “ Un lugar santo es el altar cristiano. Lo llamaban sanctus , divinus, regalis, tremendus. San Juan Crisóstomo: admirabilis. San Gregorio de Nicea enseña que el altar es tan santo que no todos, sino sólo los sacerdotes, y estos sólo con reverencia, lo pueden tocar. Lo besaban.

Los emperadores Teodosio y Valentiniano prohibieron portar armas en las iglesias y junto a los altares. […] Desde el siglo IV, el altar tenía el privilegio de asilo”. 6

La santidad del altar exige, de aquellos que a él se aproximan en la liturgia, una correspondiente santidad de vida: “ Ellos deben poseer la pureza de la conciencia y el perfume de la buena reputación, que son simbolizados por el santo Crisma, compuesto de aceite y de bálsamo. Deben tener una conciencia pura, para poder decir con el Apóstol: ‘Nosotros tenemos la gloria de que nuestra conciencia da testimonio de una buena reputación' (2 Cor 1, 12). Y dice San Pablo: ‘Importa también que [el obispo] tenga el buen testimonio de aquellos que están fuera de la Iglesia' (1 Tm 3, 7). Y San Crisóstomo añade: ‘Los clérigos no pueden tener mácula alguna, ni en su palabra, ni en su pensamiento, ni en sus acciones, ni en su opinión, porque ellos son la belleza y la fuerza de la Iglesia: si ellos fuesen malos, ellos la ensuciarían por entero'”. 7

La unción con el Crisma

La unción del altar es hecha con el Crisma, como explica D. Guéranger: “ El óleo confiere al cristiano, por el segundo Sacramento, la perfección de su ser sobrenatural, también lo hace a los reyes, a los sacerdotes y a los pontífices.

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El brasero con el incienso simboliza que el sacrificio de Cristo sube hasta Dios como suave aroma, junto con las oraciones de los fieles.

Por todas esas razones, el óleo santo, a su vez, fluye abundantemente sobre el altar, que es el Cristo Jefe, Pontífice y Rey, para de Él, como hizo el agua, alcanzar las paredes y la iglesia entera. En efecto, a partir de entonces el templo es efectivamente digno del nombre de iglesia; pues, así bautizadas, así consagradas con el Hombre- Dios en el agua y en el Espíritu Santo, las piedras con las cuales fue construido representan vivamente la asamblea de los elegidos, unidos entre sí, y con la Piedra Divina, por el indestructible lazo del amor”. 8

En seguida, también la iglesia es ungida, en las doce cruces fijadas en las cuatro paredes del edificio, en señal de triunfo, pues, la cruz es el estandarte de Jesucristo y la insignia de su victoria. Están esculpidas para mostrar que el edificio está bajo el dominio del Señor. La unciones son doce para significar que la iglesia es la imagen de Jerusalén, la ciudad santa, de la cual está dicho en el Apocalipsis: “La muralla de la ciudad tenía doce pilares en las que estaban grabados los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero” (Ap 21, 14).

Incensación del altar y de la iglesia

Después del rito de la unción, se coloca sobre el altar un brasero para quemar el incienso o los perfumes, simbolizando con ese acto que el sacrificio de Cristo, perpetuado allí sacramentalmente, sube hasta Dios como suave aroma, juntamente con las oraciones de los fieles. La incensación de todo el espacio de la iglesia indica ser ella, por la dedicación, una casa de oración. También los fieles son incensados, por ser “templos vivos de Dios” (Cf. 1 Cor 3, 16-17; Ef 2, 22).

Iluminación festiva

Se procede, por fin, a la iluminación festiva de la iglesia, pues Cristo es la luz para iluminar las naciones.

Las doce velas colocadas en el lugar de las unciones son encendidas en señal de alegría. Puestas delante de las cruces, simbolizan los doce Apóstoles que, por la fe en el Crucificado, iluminarán el universo, lo instruirán y lo inflamarán de amor.

Al dedicar la iglesia de Santa María de la Nueva Evangelización, en Roma, el Papa Benedicto XVI destiló con maestría el simbolismo más profundo de esos bellos gestos litúrgicos: “ El otro aspecto que quería mencionar aquí son los doce pilares de la ciudad, sobre los cuales están inscritos los nombres de los doce Apóstoles.

Los pilares de la ciudad no son piedras materiales, sino seres humanos, los Apóstoles con el testimonio de su fe. Los Apóstoles permanecen como los fundamentos esenciales de la nueva ciudad, de la Iglesia, por intermedio del ministerio de la sucesión apostólica: mediante los obispos. Las pequeñas velas que encendemos en las paredes de la iglesia, en los lugares donde serán hechas las unciones, evocan precisamente a los Apóstoles: su fe constituye la verdadera luz que ilumina la Iglesia. Y, al mismo tiempo, es el fundamento sobre el cual ella está cimentada.

La fe de los Apóstoles no es algo anticuado. Una vez que es verdad, es también el fundamento sobre el cual nos encontramos, y la luz a través de la cual vemos”. 9

En seguida, se continúa con la celebración Eucarística.

Las piedras vivas de la Jerusalén Celestial

“Cristiano — recuerda D. Guéranger, en su magistral obra —, por el Bautismo, tú te tornaste santuario de Dios, que este día de dedicación te recuerde las consagraciones que te arrebataron para hacer de ti el templo del Espíritu Santo, para darte a Cristo, con lo cual tu vida está desde ahora oculta en el dulcísimo y fecundísimo secreto del rostro del Padre. Aprende a, en tu alma, presentar a la Santísima Trinidad los homenajes debidos a su presencia.

En fin, alma bautizada y consagrada, recuerda que no estás sola en el banquete del amor de tu Dios; que la divina caridad que une al Cristo Esposo debe también juntarte a sus miembros, y aparejarte, piedra viva, preparada en este mundo para el lugar que será tuyo un día, en el edificio del santuario de los Cielos. Aprende a adaptarte a la Iglesia viva, a vibrar al unísono con la gran Esposa, preparándote para la eternidad, donde tu única y feliz ocupación será la de glorificar con ella a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por los siglos de los siglos”. 10


1) SOLANS, Joaquín. Manual Litúrgico. Barcelona: Ed. Subirana, t. I, p. 23.
2) GUÉRANGER, D. Prosper. La Fête de La Dedicace des églises in L'année liturgique , pp. 258-259.
3) SAN AGUSTÍN, Sermones 336, 1.6; PL 38, 1471-1472.1475.
4) GUÉRANGER. Ibidem, p. 270.
5) GUÉRANGER. Ibidem, p. 271.
6) REUS, S.J., P. Juan Bautista. Curso de Liturgia. Petrópolis: Ed. Vozes, 1944, p. 82.
7) VORÁGINE, Jacques de. La Legende Dorée, Paris: Garnier-Flamarion, 1967, t. II, pp. 450-451.
8) GUÉRANGER. Ibidem, p. 270.
9) BENEDICTO XVI. Homilía durante la concelebración eucarística para la dedicación de la iglesia de Santa María Estrella de la Evangelización , 10 de diciembre de 2006.
10) GUÉRANGER. Ibidem, pp. 291-292.

 

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