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Nuestra Señora del Rosario - São Paulo

Ejerced en Cristo la función de santificar

Publicado 2009/04/21
Autor : Cardenal Odilo Pedro Scherer

Trasmitid a todos la palabra de Dios. Esforzaos por creer en lo que leéis, enseñad lo que creéis, practicad lo que enseñéis. En una elocuente homilía, el Cardenal Odilo Scherer recuerda a los nuevos diáconos y presbíteros lo que de ellos espera la Iglesia

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Cardenal Odilo Pedro Scherer
Arzobispo de São Paulo (Brasil)

 

Queridos hermanos y hermanas: Este es un hermoso momento para la Iglesia, que acoge a los candidatos a las Órdenes Sagradas.

Después de haber sido adecuadamente preparados, analizados, pudieron ser presentados hoy ante el Ministro Ordenante, con la petición de su ordenación. Y por la palabra tranquila y firme de su superior, fueron declarados dignos de este ministerio, en la medida en que la condición humana puede ser considerada digna de tan gran don de Dios.

“Yo pongo mis palabras en tu boca”

De hecho, la primera lectura, del profeta Jeremías, pone en evidencia el gran don de Dios, en la fragilidad humana: “Yo te consagré y te hice profeta de las naciones”. Jeremías, todavía joven, se siente totalmente inadecuado: “¡Ah! Señor Dios, no sé hablar, soy muy joven”. Pero el Todopoderoso le responde: “No temas, porque yo estoy contigo. Yo pongo mis palabras en tu boca, y a todos aquellos a quienes te envíe, tú irás. Y las palabras que Yo te mande decir, tu dirás”. Y Jeremías desempeña su misión profética, apoyado enteramente en la gracia de Dios, a pesar de su flaqueza, que continuará presente en su vida y que de vez en cuando le cobrará su tributo.

Jeremías sufre, pero cumple su misión profética, dejando claro que ella no es obra del hombre sino de Dios, que actúa en nuestra debilidad y lleva a cabo su designio.

También hoy, quiere Él actuar en la Iglesia a través de personas humanas, que aún en el camino de la santificación, siempre instadas a expresar en sus vidas el resplandor de la santidad, evidentemente continúan siendo humanos.

Por lo tanto, Jesucristo concede su don a la gente que Él elige, confiándoles la difusión del Evangelio, el encargo del pastoreo, la misión de celebrar los Santos Misterios para la santificación del pueblo de Dios como sacerdotes, como mediadores de la gracia de Dios entre los hombres.

Jesús quiere actuar a través de nosotros

En la segunda lectura, San Pablo advierte que quien es llamado a tan grande gracia debe vivir un proceso constante de conversión, precisa practicar personalmente aquello que predica: el Evangelio de la alegría, de la paz, de la reconciliación, el Evangelio del perdón. Y, por eso mismo, colocarse también en la actitud del penitente, de quien necesita del perdón de Dios, para poder servir mejor a la misericordia de Dios a los hermanos, en el ministerio sacerdotal.

Jesús nos conforta en el Evangelio. En la Última Cena, reunido con los suyos, en un momento de despedida, Él, con mucho afecto, se dirige a los doce y dice: “Vosotros sois mis amigos”. Jesús nos hace sus amigos, y por eso que siempre podemos contar con Él. Podemos tener certeza de que Él quiere actuar en nosotros y a través de nosotros, para ejercer el Ministerio Sagrado de manera menos indigna, y sobre todo, con eficacia, apoyándonos en el Espíritu del Padre y del Hijo que actúa por nuestro intermedio.

Por eso, queridos candidatos al diaconado y al presbiterado, que la palabra de Dios, antes proclamada en el contexto de esta celebración y del Adviento, en la expectativa de la Navidad que se aproxima, que esa Palabra de Dios os pueda servir de luz, de orientación y de consuelo, y que a ella volváis con frecuencia.

Importancia del sagrado ministerio

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“En la segunda lectura, San Pablo advierte que quien es llamado a tan grande gracia debe vivir un proceso constante de conversión”.

Y ahora deseo presentaros la exhortación que la Iglesia propone para el Rito de Ordenación, no sólo por ser muy bella, sino también porque, en palabras concisas, explica lo que significa el sagrado ministerio y la misión conferida a quien lo recibe: “Queridos hermanos y hermanas, ya que estos nuestros hermanos van a ser ahora ordenados diáconos y presbíteros, considerad con atención el servicio que van a prestar. Servirán a Cristo, supremo maestro, sacerdote y pastor, edificando permanentemente la Iglesia como pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. Unidos al sacerdocio de los obispos, los presbíteros y diáconos se dedicarán a anunciar el Evangelio, a santificar y apacentar al pueblo de Dios, a celebrar el culto divino, especialmente en el sacrificio del Señor. Por eso, en todas las cosas, de tal modo procedan, con la gracia de Dios, que puedan ser reconocidos como seguidores de Aquel que no vino a ser servido, sino para servir.

Diáconos: mostrad en vuestros actos la palabra que proclamáis

“En cuanto a vosotros, hijos queridísimos, que seréis ordenados diáconos, el Señor os dio el ejemplo para que, así como Él lo hiciera, hagáis también vosotros. En vuestra condición de diáconos, es decir, de ministros de Jesucristo que Se manifestó servidor de sus discípulos, cumplid generosamente su voluntad. Y en la caridad, servid con alegría, tanto a Dios como a la humanidad.

Siendo imposible servir a dos señores, recordad que toda la impureza o avaricia es sujeción a los ídolos.

“Como procuráis libremente la orden del diaconado, a semejanza de los que fueron escogidos por los Apóstoles para el servicio de la caridad, debéis ser hombres de bien, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría.

Ejerceréis vuestro ministerio en el estado del celibato. De hecho, él es un signo, y al mismo tiempo, un incentivo de la caridad pastoral. Es incomparable fuente de fecundidad en el mundo. Impelidos por un sincero amor por Cristo y viviendo con total dedicación en este estado, os consagraréis más fácilmente a Cristo, con un corazón sin particiones, podréis dedicaros más libremente al servicio de Dios y de la humanidad y trabajar con mayor solicitud en la obra de la salvación eterna.

“Enraizados y cimentados en la fe, presentaos con el corazón puro, irreprensibles ante Dios y ante la humanidad, como corresponde a los ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. No os dejéis sacudir en vuestra confianza en el Evangelio, del cual no sólo sois oyentes, sino servidores.

Guardando el misterio de la fe con la conciencia pura, mostrad en vuestros actos la palabra que proclamáis, con el fin de que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, se convierta en una donación pura, agradable a Dios. “De esta forma, también vosotros, en el último día, podréis ir al encuentro del Señor y escuchar de Él estas palabras: ‘Siervo bueno y fiel, entra en la alegría de tu Señor'.

Presbíteros: ejerced en Cristo la función de santificar

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“No temas, porque yo estoy contigo. Yo pongo mis palabras en tu boca, y a todos aquellos a quienes te envíe, tú irás. Y las palabras que Yo te mande decir, tu dirás”.

“En cuanto a vosotros, queridísimos hijos que seréis ordenados presbíteros, debéis cumplir en Cristo Maestro vuestra función de enseñar. Transmitid a todos la palabra de Dios, que recibisteis con alegría. Meditando en la ley del Señor, procurad creed lo que leéis, enseñad lo que creéis, practicad lo que enseñéis.

Sea, por lo tanto, vuestra predicación, alimento para el pueblo de Dios, y vuestra vida, estímulo para los fieles, de modo a edificar la casa de Dios, es decir, la Iglesia, por la palabra y el ejemplo.

Ejerced también en Cristo la función de santificar. Por vuestro ministerio el sacrificio espiritual de los fieles alcanza la plenitud, uniéndose al sacrificio de Cristo que, pues vuestras manos, es ofrecido sobre el altar al celebrar los Sagrados Misterios.

“Tomad conciencia de lo que hacéis y poned en práctica lo que celebráis.

Así que al celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor, os esforcéis por mortificar vuestro cuerpo, huyendo de los vicios para vivir una vida nueva. Incorporando a los seres humanos al pueblo de Dios, por el Bautismo, perdonando los pecados en el nombre de Cristo y la Iglesia, por el sacramento de la Penitencia, confortando a los enfermos con la Santa Unción, celebrando los ritos sagrados, ofreciendo en las diversas horas del día alabanzas y oraciones y acciones de gracias a Dios, no sólo por el pueblo de Dios, sino también por el mundo entero, recordad que fuisteis escogidos de entre los hombres y colocados al servicio de ellos en las cosas de Dios.

Tened siempre presente el ejemplo del Buen Pastor

“Desempeñad, por tanto, con verdadera caridad y continua alegría la misión del Cristo Sacerdote, buscando no lo que es vuestro, sino lo que es de Cristo.

“Por último, queridísimos hijos, participando de la misión de Cristo, Pastor y Jefe, buscad, unidos y sumisos al obispo, reunir a los fieles en una sola familia con el fin de conducirles a Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo.

Tened siempre presentes el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, sino para servir y para buscar y salvar lo que estaba perdido”.

(Homilía en la Misa de ordenación diaconal y presbiteral, celebrada en la iglesia del seminario de los Heraldos del Evangelio, el 20/12/2008).

 

 

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