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San Benedetto - Roma

Feliz coincidencia

Publicado 2009/04/23
Autor : Mons. Mauro Piacenza

Con una sustanciosa homilía sobre lo que significa ser un Heraldo del Evangelio y las responsabilidades inherentes a esta misión, Mons. Mauro Piacenza ponía el broche de oro a la Misa que se celebró en la iglesia de San Benedetto in Piscinula.

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Mons. Mauro Piacenza


Secretario de la Congregación para el Clero
 

Nos encontramos aquí esta mañana, reunidos en torno al altar, en esta iglesia cuyas paredes están impregnadas de oración y de Historia, para agradecerle a Dios el aniversario de la aprobación pontificia de los Heraldos del Evangelio. Un aniversario que tiene una feliz coincidencia con la conmemoración litúrgica de la Cátedra de San Pedro.

La Cátedra de San Pedro, como todos sabemos, simboliza el servicio más elevado que el Señor ha dejado en este mundo: el servicio de la verdad y de la unidad. Y, por eso mismo, es el servicio de caridad más grande que se pueda prestar.

Una misión que se entrecruza con la de Pedro

Consideremos de una manera especial la misión que tienen los Heraldos del Evangelio que, en cierto modo, se entrecruza armónicamente con la de Pedro.

Le compite, obviamente, a cualquier cristiano ser sal de la tierra, de alguna forma, ser un heraldo del Evangelio, pero en este caso nos encontramos con un carisma particular, aprobado por la Iglesia con miras a la evangelización. Y me gustaría recordar, como principal argumento para esta obra de evangelización a la cual habéis sido llamados, una frase paulina: “Jesuscristo vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tm 1, 15).

Sin duda, se debe exhortar a la solidaridad, preocuparse con la justicia en este mundo; claro que es necesario promover valores humanos. Ciertamente que todo esto son cosas positivas.

Sin embargo, la principal finalidad de la misión del Hijo de Dios en la tierra —y, por lo tanto, de la vuestra también— es la de procurar la salvación de todos los hijos de Eva.

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“Nos encontramos aquí esta mañana, reunidos en torno al
altar, en esta iglesia cuyas paredes están impregnadas
de oración y de Historia, para agradecerle a Dios el aniversario de la aprobación pontificia de los Heraldos del Evangelio”

La caridad más preciosa que podéis hacer al mundo

Sois heraldos de esa salvación, que es la liberación del pecado, del sin sentido, de la insignificancia, de la tiranía de la muerte. Sois sus infatigables anunciadores, y con la confianza puesta en la gracia que, también a través de vosotros, trabaja a las almas. Debéis ser, evidentemente, cooperadores de esa gracia. Sois, por consiguiente, heraldos de la Buena Nueva.

Heraldos de la Buena Nueva.

¡Qué nombre más hermoso!

Y, ¿cuál es esa Buena Nueva?

La Buena Nueva es que la vida de las personas —inevitablemente repleta de dificultades y sufrimientos— no es una aventura carente de sentido, ya que algún día todas las cuentas serán ajustadas; que la Historia no es una sucesión de acontecimientos inicuos y sin finalidad; que no se pierde nada de aquello que se hace y se sufre, porque todo conduce a encaminarnos

hacia una meta: una meta de verdad, una meta de paz, una meta de amor.

La Buena Nueva es que la muerte ha sido vencida, que la tristeza y el pánico de hundirse en la nada se disolvieron en el momento en que el Hijo de Dios, muerto y resucitado por nosotros, puso a nuestra disposición un destino de resurrección y de vida eterna.

¡Sed heraldos de la Buena Nueva!

Esto es, anunciad que no existe pecado que no haya sido expiado por el sacrificio de Cristo, porque nos dejamos conquistar por la fuerza purificadora de aquella Preciosísima Sangre que, después de cada indignidad y fracaso nuestro, nos da a todos la posibilidad de recomenzar; que no hay poder maligno capaz de hostilizarnos por tiempo indeterminado, una vez que deseamos reentrar en la comunión con Aquél que ha vencido al mundo.

Anunciad todo esto. Sed de hecho heraldos de este anuncio de alegría.

Será la caridad más elevada y más preciosa que podéis hacer al mundo y a la sociedad.

Evitar el peligro de un dulzón solidarismo

Pero en esta misión evangelizadora existen dos peligros que se deben evitar.

Primero: la tentación de reducir el hecho salvífico —el cual exige el salto valeroso del acto de fe— a una serie de valores que fácilmente se puede encontrar en los mercados de este mundo. El Evangelio deja, así, de ser principalmente el Evangelio de la muerte redentora, de la Resurrección, de la realeza de Cristo, y se transforma en el Evangelio de un dulzón solidarismo, de un diálogo cuyo objetivo no es la misión y, por eso, no sirve para nada, a no ser para perder el tiempo. Y de nuestro tiempo debemos prestar cuentas a Dios...

El diálogo es una espléndida herramienta para realizar la misión, es el método moderno de evangelización.

¿No es también un medio para alcanzar objetivos tales como la ecología o la promoción puramente humana?

Vaya, sin duda que éstos también son valores, pero no valores supremos.

Quien se fija en estos valores, no consigue remontar al evento pascual en el cual todos ellos tienen su fundamento. Y más que un evangelizador, entonces, se convierte en un “mundanizado”. Más que ofrecer la Redención procedente de lo alto, se crea la ilusión de que la humanidad puede redimirse ella sola, cosa absolutamente imposible.

Sin Cristo, no hay Redención. Sin el sacrificio de la Cruz, no hay posibilidad de Salvación. Sin la Eucaristía, no existe expectativa ninguna. Si actuaseis así, seríais representantes de los mitos secularizadores y no heraldos del Evangelio.

La verdad debe brillar más en los hechos que en las palabras

Una segunda tentación sería la de ocultar que el anuncio de la Salvación implica contextualmente también el anuncio de la conversión: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

Convertirse y creer en el Evangelio es el premio de todo lo que se debe hacer. Evangelización, y no interpretación subjetiva de la Palabra, según los conformismos de moda o la timidez frente a la cultura dominante. Un anuncio valiente, franco, leal y sin compromisos. No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelabro, para que ilumine a todos los que están en la casa. Es preciso prestar atención para que la luz del Evangelio no sea sofocada bajo el celemín de alguna conducta nuestra incoherente o contradictoria. La verdad debe brillar aún más en los hechos que en las palabras. Seamos siervos, y no señores, del mensaje que anunciamos.

Nos debemos amoldar a él completamente.

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En el 22 de febrero, amigos y cooperadores de los Heraldos del Evangelio, se reunieron en la Iglesia de San Benedetto in Piscinula para conmemorar los ocho años de la aprobación pontificia.

Esto exige fatiga, trabajo, ascesis, elevación, pero es también una espléndida aventura. Es la gran aventura del Evangelio, no bajo el escudo de los conformismos que están en boga, o de la intimidación ante la cultura difundida por los medios de comunicación, sino de la cultura transmitida a través de las dulces mociones del Espíritu Santo, discernidas en la gran oración, sobre todo en la oración eucarística, en la adoración al Santísimo Sacramento del altar, bajo la materna mirada de María Santísima.

Frecuentemente, la verdad es incómoda y, por eso, a veces es entendida como en los tiempos de Isaías, en los que se oía decir, al menos implícitamente: no haga profecías sinceras, diga cosas agradables, profetice ilusiones…

Parece que de vez en cuando el mundo nos pide eso, pero no podemos ceder, de ninguna manera, a esa tentación.

Vuestras tres devociones

Tenéis tres devociones que son los puntos de resistencia a la acción corrosiva de este mundo. Son los que corrientemente denominamos los tres santos amores: el Santísimo Sacramento del altar, la Bienaventurada Virgen María y el Santo Padre, Pedro.

La Eucaristía es el Cuerpo que nos ha sido dado. Y directamente de este Cuerpo — nacido de María y dado a nosotros — provienen todos los remedios y toda la salvación no ilusoria, sino verdadera.

Nuestra Señora: conforme nos enseña San Luis Grignion de Montfort, cuando María echa raíces en un alma, se experimentan en ésta las maravillas de la gracia. Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, encuentra a María presente en un alma, entra en ella y se manifiesta de manera abundante.

El tercer amor es al Santo Padre, la roca: “Tú, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Y estaremos siempre con Pedro. Siempre, porque esta es la garantía: “Confirma a tus hermanos”.

No nos confirman los mensajes de la televisión, ni los de los diarios, ni los de la radio. No nos confirma el mensaje de las numerosas sirenas de este mundo. Solamente Pedro nos confirma. Fue él quien respondió a Jesús: “Señor, tú sabes que te quiero” (Jn 21, 15). Y nosotros nos incluimos en esa profesión de Pedro, diciendo con él: “Señor, tú sabes que te quiero”.

* * *

Hoy, 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, fecha de la firma del decreto de aprobación de vuestra Asociación: ¿habrá sido una coincidencia, un acontecimiento fortuito, una casualidad? No. Son las grandes normas de conducta de la Providencia, en las cuales creemos.

Y para abandonarnos a la Divina Providencia, abandonémonos al Corazón Doloroso e Inmaculado de María. En este Corazón, creceremos en Eclesialidad y, creciendo en Eclesialidad, seremos efectivamente más heraldos de Cristo.

 

(Traducción: Heraldos del Evangelio)

 

 

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