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La Palabra de los Pastores

Siervo fiel y prudente

Publicado 2012/07/21
Autor : Mons. Benedito Beni dos Santos

A semejanza de San José, cada sacerdote debe ser un siervo fiel y prudente de Dios, de la Iglesia y de los hermanos, y vivir de acuerdo con su identidad de sacerdote, donde quiera que esté.

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El sentido de la Solemnidad que estamos celebrando se encuentra en los dos títulos que la Liturgia confiere a San José: esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia universal. El primero recuerda que, como esposo de María, estuvo unido de una manera única, original, a Jesucristo y a su obra salvadora; el segundo, que fue el jefe de la primera comunidad cristiana. La Iglesia es la comunidad reunida alrededor de Cristo. Ahora bien, la primera comunidad que se reunió alrededor de Cristo fue la familia de Nazareth, de la cual San José era el jefe.

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“El patriarca San José obedecía
fielmente a la palabra de Dios, incluso
cuando debía enfrentar dificultades”.

Por lo tanto, de hecho merece el título de Patrono de la Santa Iglesia. Las tres lecturas de la Palabra de Dios, aquí proclamadas, nos ayudan a comprender en profundidad la razón de estos dos títulos.

Un patriarca de la talla de Abraham

La primera, sacada del Segundo Libro de Samuel (7, 4-5a.12-14a.16), registra la alianza que Dios hizo con David y su linaje. El oráculo del profeta se refiere, ante todo, a Salomón, que construyó el templo de Jerusa lén. “Un templo dedicado a mi nombre”, dijo el mismo Dios. En realidad, no obstante, este oráculo va mucho más allá de Salomón. Se refiere a un descendiente de David, en el que Dios depositará todo su afecto. “Seré un padre para él, y él será para mí un hijo”. Se trata del Mesías. Y le correspondió a San José, descendiente de David, construir la casa de la Familia de Nazaret, para que Cristo, el Salvador, habitase en esta Tierra con figura humana.

Aún más, como hemos oído por el relato del Evangelio (Mt 1, 16.18-21.24a), le tocó darle un nombre al Hijo nacido de María: “A quien pondrás el nombre de Jesús”. En la Sagrada Escritura, darle el nombre a alguien es convertirse en padre, aunque no lo fuera biológicamente. Por lo tanto, poniéndole un nombre al Hijo nacido de María, San José insirió a Jesús en la descendencia de David, a la que él mismo pertenecía.

En la segunda lectura de esta Misa, sacada de la Carta a los Romanos (4, 13.16-18.22), San Pablo se refiere a Abraham, el mayor de todos los patriarcas. Al escoger este texto para la Solemnidad de San José, la Liturgia quiso recordar que él es un patriarca de la talla de Abraham.

En la Sagrada Escritura, la palabra patriarca significa “gran padre”. No es padre sólo de un individuo, sino de todo un pueblo; es amigo de Dios; también es un hombre de fe, que obedece con fidelidad a la palabra del Señor; finalmente, es un hombre de vida interior, se inclina ante el misterio de Dios, siempre camina en su presencia.

Gran amigo de Dios, hombre de profunda vida interior

Ahora bien, San José fue un patriarca, un gran padre, pues está en el origen de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. El verdadero descendiente de Abraham, según San Pablo, para quien la Iglesia, pueblo de Dios, es esa descendencia numerosa, prometida por Dios a Abraham.

San José también fue un gran amigo de Dios, que le reveló sus designios incluso en sueños. En un sueño, comprendió que la maternidad de María no era fruto del ser humano sino de la acción del Espíritu Santo. En un sueño, recibió la orden de huir a Egipto con su familia, porque Herodes buscaba al Niño Jesús para matarlo; en un sueño Dios le mandó volver a Nazaret, tras la muerte de Herodes.

El patriarca San José fue un hombre de fe. Obedecía fielmente a la palabra de Dios, incluso cuando debía enfrentar dificultades y vencer obstáculos para ponerla en práctica. Por fin, también fue, como patriarca, un hombre de profunda vida interior. El Evangelio no menciona ninguna palabra de San José, pero registra con frecuencia su silencio. El silencio del hombre de vida interior, que está siempre atento a oír la palabra de Dios, que está siempre buscando conocer la voluntad de Dios para ponerla en práctica.

El sacerdote: hombre “a semejanza de San José”

La existencia de San José ilumina la vida de toda la Iglesia, principalmente la de los sacerdotes. A semejanza de San José, el sacerdote es alguien vinculado de manera original, única, a la persona de Cristo y a su obra salvífica. Por la ordenación, es configurado a Cristo,

Sumo y Eterno Sacerdote, actúa en la persona de Cristo. Por eso mismo, puede decir en la celebración de la Eucaristía: “Esto es mi cuerpo. Éste es el cáliz de mi Sangre, que será derramada por vosotros”. Y en el confesionario es el mismo Cristo el que, a través suyo, le dice al pecador: “Yo te absuelvo de tus pecados”.

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“El sacerdote es alguien vinculado de manera original, única, a la persona de Cristo y a su obra salvífica”.

Rito de la imposición de las manos en la ceremonia de ordenación sacerdotal
realizada en la iglesia del seminario de los Heraldos del Evangelio en Caieiras (Brasil).

A semejanza de San José, el sacerdote es un patriarca. Es el padre espiritual de la comunidad cristiana. Y, de hecho, nuestro pueblo siempre quiere encontrar en el sacerdote a un padre: que aconseja y reprende, que comprende y perdona.

A semejanza de San José, el sacerdote debe ser no sólo un predicador de la Palabra, ha de ser discípulo de la Palabra. Hace algunos años, el cardenal Claudio Hummes predicó para el Papa Juan Pablo II y la Curia Romana un retiro cuyo tema fue: Siempre discípulos . El que no es buen discípulo, no puede ser buen sacerdote, buen predicador de la Palabra de Dios.

A semejanza de San José, el sacerdote debe ser un hombre de vida interior. Tiene que hacer silencio, mucho silencio, para descubrir la voluntad de Dios en su vida y ejecutarla.

Hermanos y hermanas, en la Liturgia existe una expresión que siempre he admirado, incluso puedo decir que he amado mucho: “San José, siervo fiel y prudente”. A semejanza de San José, cada sacerdote debe ser un siervo fiel y prudente. Siempre fiel a su vocación, fiel a la misión que la Iglesia le confía, fiel a las promesas hechas el día de su ordenación. Debe ser prudente, no puede llevar una vida cualquiera: debe vivir de acuerdo con su identidad de sacerdote, donde quiera que esté.

Vamos, pues, en esta solemnidad tan llena de alegría, a pedir la intercesión de San José para que cada sacerdote, cada ordenando que ahora se convertirá en sacerdote, sea de hecho un siervo fiel y prudente.

Siervo fiel y prudente de Dios, de la Iglesia y de los hermanos. Amén.

 

(Homilía en la Misa de ordenación sacerdotal, 19/3/2012)

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