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Religión e Historia

El Código de Hammurabi: “Para implantar la justicia en la Tierra...”

Publicado 2012/08/14
Autor : Alejandro Javier de Saint Amant

Un código de casi 300 artículos, en gran parte basado en la ley del talión, aplicada a veces con extrema dureza, nos da una idea del concepto de justicia de los reyes de la Antigüedad.

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Si un hombre acusa a otro hombre y le imputa un asesinato pero no puede probarlo, su acusador será ejecutado”. Así lo establece el primer párrafo de uno de los documentos de leyes más antiguos que existen...

Seguramente que muchos de nuestros lectores ya han oído hablar del Código de Hammurabi. Pero, ¿cuántos conocen su contenido? ¿Por qué es tan famoso? Es lo que trataremos de mostrar en este artículo. Para ello, veamos un poco de Historia.

Primer imperio babilónico

Cuando la civilización sumeria llegó a su fin, alrededor del año 2000 a. C., la región sur de Mesopotamia se fragmentó en varios Estados, los cuales serían gobernados por dinastías amorreas, mientras que Asiria ejercía su dominio en el norte. Durante algo más de doscientos años sus ciudades mantuvieron una lucha constante por la hegemonía en toda la región. Así se encontraba la situación política cuando Hammurabi (1792–1750 a. C.) heredó de su padre el trono de Babilonia, convirtiéndose en el sexto soberano de la primera dinastía babilónica.

En su último año de gobierno conquistó algunas poblaciones y su reino tuvo un período de estabilidad y consolidación.

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El Código de Hammurabi aplica en muchas de sus disposiciones la ley del talión.

El Código de Hammurabi,
Museo del Louvre, París.

Aunque fue entre los años 31 y 38 de su gobierno cuando consiguió, por medio de una serie de campañas militares, unificar toda Mesopotamia bajo su cetro, lo que le valió el título de “rey de las cuatro regiones”.1

Una vez que logró su objetivo, Hammurabi se dedicó a las labores de paz, de las que dan testimonio los suntuosos templos y los magníficos canales de riego para la agricultura. Sin embargo, su principal empeño era consolidar la unión política y alcanzar la unión espiritual de las distintas tribus que dominaba: sumerios, acadios y amorreos. Le parecía éste el mejor medio para mantener la paz. Para ello, unificó vestidos y trajes y estableció idiomas oficiales tanto para cuestiones religiosas como para la vida cotidiana.2

No obstante, su obra máxima, la que ha perpetuado su memoria, fue la legislativa. Los sumerios ya poseían sus propias leyes, pero no eran más que aislados intentos de reglamentar preceptos locales. Hammurabi fue quien coleccionó los documentos legales existentes, adaptándolos a los nuevos tiempos, dándole a Babilonia un derecho unificado.3 A este propósito comenta el historiador y biblista estadounidense John Bright: “El Código de Hammurabi no representa una nueva legislación que intentase desplazar todos los otros modos de procedimiento legal, sino que más bien significa un esfuerzo por parte del Estado para presentar una descripción oficial de la tradición legal para ser tenida como norma, de manera que pudiera servir de arbitro entre las distintas tradiciones legales existentes en las diversas ciudades y en los territorios exteriores del reino”.4

282 párrafos grabados en piedra

Se encontraba Hammurabi en los últimos años de su reinado cuando promulgó el famoso código, grabado en una estela de diorita de 2,25 metros de altura y casi 55 centímetros de ancho. Fue encontrado en 1901 por un equipo de arqueólogos franceses en la ciudad de Susa, localizada en el actual Irán, y está expuesto en el Museo del Louvre de París.

En la parte superior, un artista no identificado esculpió la imaginaria escena con el soberano respetuosamente de pie ante Shamash, el dios Sol de Mesopotamia, sentado en su trono. A continuación sigue el texto escrito en caracteres cuneiformes, dividido en tres partes: Un prólogo, en el que el rey guerrero y legislador canta su propia gloria y anuncia que ha sido elegido por los dioses para una excelsa misión: “Anu y Bel me designaron a mí, Hammurabi, príncipe excelso, adorador de los dioses, para implantar la justicia en el Tierra, para destruir al malvado y al perverso, para impedir que el fuerte oprima al débil, […] y para que iluminara el país y para que asegurase el bienestar de las gentes”.5 Luego vienen los 282 párrafos, o artículos, de la ley propiamente dicha, algunos de ellos ya ilegibles. Finalmente, un extenso epílogo en el que Hammurabi invoca las bendiciones de Asmas sobre sus sucesores que fueron cuidadosos de no anular ni alterar la ley promulgada por él; en sentido contrario, ruega a las divinidades mesopotámicas terribles castigos para todo aquel rey o gobernante que destruyera, adulterara o relegara al olvido esas sus sabias disposiciones legales.

Quien analiza en profundidad el Código de Hammurabi se da cuenta no sólo del innegable valor de su contenido jurídico, sino también de cómo es una fuente del conocimiento de la vida social, económica e incluso religiosa de esa lejana época histórica. En el reducido espacio de este artículo no cabe un minucioso estudio de sus casi trescientos párrafos, que van desde problemas más comunes —como el salario a pagar a un trabajador manual, o el alquiler de un barco o los honorarios de un médico— hasta crímenes castigados con la pena de muerte. Pero merece la pena transcribir algunos artículos, para que el lector tenga una idea de cuál era el concepto de justicia aplicado por los reyes de Mesopotamia.

Normas basadas en la ley del talión

El Código de Hammurabi aplica en muchas de sus disposiciones la ley del talión —del latín lex talionis , reflejada en el conocido dicho popular “ojo por ojo, diente por diente”—, sobre todo en el castigo de los crímenes más graves. El criminal debía sufrir el mismo mal que había hecho al otro. Un ejemplo característico entre todos es el del §196: Si un hombre deja tuerto a otro, también lo dejarán tuerto a él.

O, según proceda, merecía sufrir el mismo mal que intentó hacer: será ejecutado el que acude ante un tribunal con falso testimonio y se trata de un caso con pena de muerte, y no prueba su declaración (§3).

También se castigaba con mucha severidad el delito de hurto o robo: pena de muerte para el que robaba un objeto de un templo o del palacio real e igualmente para el que aceptaba lo robado (§6). El ladrón de un buey, una oveja, un asno, un cerdo o una cabra, deberá devolver su valor multiplicado por treinta si fueran propiedad de un templo o del palacio real o multiplicado por diez si se lo hubiera robado a un servidor del rey.

Pero, ¿si no tenía cómo devolverlo? Entonces, sería ejecutado (§8). Según las circunstancias, incluso el robo no consumado era pasible de pena de muerte: el que abriera una brecha en la pared de una casa, sería ejecutado y enterrado frente al boquete (§21).

También a los militares el Código les impone pesadas obligaciones: será ejecutado el oficial o soldado que habiendo recibido orden de ir a una expedición del rey, no va, y contrata a un mercenario para que vaya en su lugar; y además su casa será entregada al mercenario (§26).

Incluso el campo del vecino está protegido por la ley: un campesino que abre su acequia para regar y se descuida y deja que el agua inunde el campo de su vecino, deberá indemnizarlo por el perjuicio causado (§55).

Tampoco fueron olvidados los contratos comerciales: si un mercader le da a un agente cebada, lana, aceite o cualquier producto para su venta, el agente deberá llevar una contabilidad y pagarle al mercader lo que le deba (§104).

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La perfección de la Ley vendrá con Jesucristo
y su Evangelio.

“Jesucristo” - Basílica de San Marcos, Venecia.

El famoso Código consagra a los problemas de la vida familiar nada menos que 67 artículos (del 128 al 195). Por ejemplo, si una mujer casada era sorprendida en adulterio, ella y su cómplice debían ser atados y arrojados al agua, a no ser que el marido perdonara a su esposa, y entonces el rey perdonaría también a su súbdito (§129). Si el marido quisiera repudiar a su mujer y ésta le hubiera dado hijos, deberá restituirle el valor de la dote y además concederle una participación en los rendimientos de sus campos y otros bienes para que pueda educar a sus hijos (§137). Si un hombre se casa y su esposa no le da hijos, podrá tomar y llevar a su casa a una concubina, pero ésta no podrá ser tratada en las mismas condiciones de rango que la esposa (§145).

El §146 contempla una situación muy similar al caso bíblico de Sara y Agar (Gn 16, 1-6): si una esposa estéril le da a su marido una esclava con la que tiene hijos y por ello entra en disputa con su señora, ésta no podrá venderla.

Hammurabi no omitió la responsabilidad profesional: será reo de muerte el arquitecto que hubiera construido una casa sin consolidarla y ésta se derrumba y mata a su dueño (§229). Si muere el hijo del propietario, será ejecutado el hijo del arquitecto (§230). Si muere algún esclavo del dueño de la casa, el arquitecto le dará otro esclavo (§231). La ley del talión en toda su brutalidad: ojo por ojo… hijo por hijo, esclavo por esclavo.

Nótese cómo la sanción por causar la muerte de un esclavo es equivalente a la de hacerle lo mismo a un animal: el que alquila un buey y por negligencia o a golpes lo mata, restituirá a su dueño buey por buey (§245).

El régimen antiguo y la nueva ley del amor

De muchos otros problemas se ocupó Hammurabi en su Código, como contratos de transporte de mercancías, préstamos, sanciones para delitos de injuria y de secuestro, obligaciones de los médicos. Lo que hemos analizado más arriba, no obstante, es suficiente para destacar cómo esos pueblos poseían el sentido de la ley natural, inherente a todo ser humano, pues está “escrita y grabada en el corazón de cada hombre, por ser la misma razón humana que manda al hombre obrar el bien y prohíbe hacer el mal”.6

Los métodos de aplicación, sin lugar a dudas, son de una rudeza y crueldad extremas, vistos desde nuestra perspectiva cristiana. Pero hay que tener en cuenta que en la Antigüedad era habitual ese rigor, hasta el punto de encontrar en la ley mosaica castigos semejantes para distintas acciones delictivas. 7 Resulta que, debido a la dureza de corazón de los hombres de aquella época, el miedo era a menudo la única manera de estimularles a observar los preceptos divinos. “No temáis, pues Dios ha venido para probaros, para que tengáis presente su temor, y no pequéis” (Ex 20, 20), le dijo Moisés al pueblo hebreo para tranquilizarlo, asustado ante las manifestaciones del poder de Dios en la ladera del monte Sinaí.

La perfección de la Ley vendrá con Jesucristo y su Evangelio.8

Después de la Redención, el Espíritu Santo infunde en los hombres el deseo de actuar movidos por el amor y no por el temor. El comportamiento cristiano se basa en el perdón y en el amor al prójimo, al punto de ser capaz de ofrecer la vida en beneficio suyo: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 12-13). El ejemplo de cumplimiento eximio de este precepto nos lo dio Jesús al entregarse libremente para la salvación de la humanidad.

 

1 Cf. MASÓ FERRER, Felip. El Código de Hammurabi. In: Revista Historia — Nacional Geographic . Canarias. Nº 85 (Enero, 2011); p. 44.
2 Cf. KITTEL, Rudolf. Los pueblos del Oriente Anterior. In: El despertar de la humanidad. Madrid: Espasa-Calpe, 1950, t. I, pp. 507-508.
3 Cf. Ídem, ibídem.
4 BRIGHT, John. História de Israel . 7ª ed. São Paulo: Paulus, 2003, p. 85.
5 De la traducción de KING, Leonard William. The Code of Hammurabi . In: Yale Law School: www.yale.edu . (Las referencias a los párrafos del Código, en adelante, están basadas en la traducción de SANMARTÍN, Joaquín. Códigos legales de tradición babilónica . Barcelona: Trotta, 1999).
6 LEÓN XIII. Libertas præstantissimum , 20/6/1888.
7 Véase, por ejemplo: Ex 21, 1-25; Lv 20, 1-15; Nm 1, 51; Dt 21, 18-21.
8 “El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre celestial” (CCE 1968).

 

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