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Novenas

Novena a Santa Marta

Publicado 2009/04/12
Autor : Devocionario Católico

Esta novena pretende ser una breve cateque­sis sobre Santa Marta.

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Introducción

Las novenas, devociones populares que evangelizan.

Una novena es un período de tiempo, de nue­ve días de oración pública o privada para obtener gracias especiales, para implorar favores especia­les o hacer peticiones especiales. Novena se deri­va de la palabra NOMVEM que significa nueve.

Esta novena pretende ser una breve cateque­sis sobre Santa Marta, donde además de pedir a Dios, por la intercesión de ella, la gracia especial requerida, se implora también a Dios Padre para que nos sean concedidas las insignes virtudes y gracias recibidas por esta santa.

Esta devoción no sólo debe llenarnos de gra­cias espirituales, sino también, despertarnos la conciencia de que hasta los trabajos domésticos más humildes pueden ser elevados y ofrecidos como oración a Dios.

Algo de historia y tradición sobre la virgen Santa Marta

La iglesia Católica celebra el día 29 de Julio la fiesta de Santa Marta.

Santa Marta por su solicitud y actividad en el servicio de Jesucristo Nuestro Señor, es invo­cada como protectora especial de cosas urgentes y difíciles. Es considerada la Patrona de cocine­ras, sirvientas, amas de casa, hoteleros, casas de huéspedes, administradores de hospitales, escul­tores, pintores, lavanderas, de las Hermanas de la Caridad y los moribundos.

Marta significa: "Señora; jefe de hogar".

Entre las santas mujeres que seguían a Jesu­cristo, y hacían manifiesta profesión de ser discí­pulas suyas mientras estuvo en esta vida mortal, Marta, fue una de las más distinguidas, no sólo por su caridad y por la posición de que gozaba entre los judíos, sino particularmente por haber abrazado el estado de virginidad en el que perseve­ró constante toda su vida.

Tenía como hermanos a María Magdalena y Lázaro, quien había sido resucitado por Jesús. Habían heredado grandes bienes de sus padres, tocándole a Marta unas propiedades vecinas de Jerusalén, y entre ellas la casa ó castillo de Betania. El Evangelio la nombra siempre primero que María Magdalena, y por eso se cree que era la hermana mayor de la familia; por lo menos era la que llevaba el princi­pal peso de administración y de gobierno. Era su carácter dulce y amigo de hacer el bien; un juicio maduro y ejemplar, y con una modestia que la hacía ser amada y respetada por todos.

Era considerada como una doncella de gran mérito, y así en Jerusalén como en Betania se tenía general veneración a su virtud. Estando su alma tan bien dispuesta, sin dificultad recono­ció a Jesucristo por el Mesías verdadero, y gustó de su doctrina. Apenas le oyó, cuando hizo profe­sión de ser una de sus más fieles discípulas.

Oyendo los elogios que de cuando en cuando hacía el Señor de la virginidad, y viendo lo mu­cho que le agradaba esta admirable virtud, muy presto se determinó a no admitir jamás otro es­poso que al Esposo de las vírgenes; y como era tan constante en oír sus divinas instrucciones, practicó muy en breve lo más elevado y lo más perfecto del Evangelio. Se dedicó, pues, a la so­ledad y al retiro, renunciando a las vanidades del mundo; y como su hermano Lázaro era ya uno de los discípulos del Salvador, y la conversión de su hermana Magdalena, había sido de tanta edifica­ción a todos, el castillo de Betania se convirtió, por decirlo así, como en un pequeño monasterio. Se ocupaba el tiempo en oración, en estudio, en la labor y en las obras de caridad, por lo cual la casa de Betania era el hospedaje del Salvador en sus viajes apostólicos.

Llegó en una ocasión a Betania el Hijo de Dios, volviendo de sus tareas evangélicas: tuvo Marta la noticia de su venida; y saliéndole al ca­mino, le suplicó con instancias que se dignase no admitir otro hospedaje que el de su casa. Aceptó el convite el Salvador, como quien tenía tan co­nocida la virtud de aquellas dos fervorosas discí­pulas. No es fácil explicar el gozo de toda aquella afortunada familia. Marta, que gobernaba la casa, tomó a su cargo la disposición de todo, y por sus mismas manos quiso preparar y guisar la comi­da a su amado Maestro; el soberano Huésped no dejó de reconocer la gran caridad y el fervoro­so amor de las dos hermanas, recompensándolas generosamente con su conversación, y con las abundantes gracias que derramó en el corazón de aquellas dos santas almas.

Al ser crucificado Jesucristo y dispersar­se sus discípulos, Marta, se embarcó junto a sus hermanos y un grupo de fieles, en un navío des­provisto de remos, velas y timón, y de cualquier instrumento que pudiera servir para gobernarlo.

Sin embargo, conducido milagrosamente por Dios, arribaron a las costas de Marsella en Fran­cia, donde desembarcaron. Luego se trasladaron a Aix y convirtieron mediante la predicación a los pobladores de la región.

Cuenta la tradición hagiográfica, que en un bosque, situado entre Arles y Avignon , había por aquel tiempo un dragón. Esta fiera a veces salía del bosque, se sumergía en el río, volcaba las embarcaciones y mataba a cuantos navegaban en ellas.

Marta, atendió los ruegos de la gente de la co­marca, y dispuesta a liberarla definitivamente, se fue al bosque a buscar a la fiera; la halló devorán­dose a un campesino. Marta se acercó sin temor, la roció con agua bendita y le mostró una cruz. La bestia, al ver la cruz y sentir el contacto con el agua bendita, se tornó mansa como una oveja. Marta se acercó nuevamente a ella, la amarró por el cuello con el cordón de su túnica, la sacó a un claro, y allí los hombres de la comarca le dieron muerte. Desde entonces, el lugar comenzó a lla­marse Tarascón que era el nombre del Dragón.

Una vez que terminó con la fiera que era el azote de la comarca, Marta, decidió dedicarse al ayuno y la oración en aquel bosque y pronto se le unieron varias mujeres. Edificó entonces una ba­sílica dedicada a la Virgen María, y un convento anexo en el que todas ellas organizaron su vida en comunidad a base de penitencia y oración.

En una oportunidad que Marta se hallaba predicando en Avignon ocurrió que se encontra­ban a la orilla de un río. En la orilla opuesta había un joven que desde su lugar no escuchaba bien la prédica; como no disponía de bote, se decidió a cruzar el río a nado, pero a poco de iniciar la tra­vesía, fue arrastrado por la corriente y murió aho­gado. Dos días después de su muerte, lograron encontrar su cuerpo y sacarlo fuera del río. Tan pronto como lo extrajeron, lo llevaron junto a la santa, lo dejaron tendido a sus pies y le pidieron que lo resucitara. Marta se postró en tierra con los brazos en cruz, y pidió a Jesús que así como había resucitado a Lázaro, también resucitara al joven, para que así movidos por el milagro se convirtie­ran a la fe los que allí se encontraban. Terminada la oración, tomó al joven de las manos y lo alzó del suelo, resucitado. El joven al volver a la vida recibió el bautismo.

Con un año de antelación le comunicó Je­sús a Marta la fecha en que había de morir. Todo aquel año estuvo aquejada de fiebres.

Unos días antes de su muerte, les dijo a los asistentes que partiría muy pronto y les pidió que mantuvieran encendidas las lámparas que ardían en la habitación hasta el momento final.

Hacia la media noche, anterior al día de su muerte, se desató un vendaval que apagó todas las lámparas. En aquel instante la habitación se llenó de demonios. Marta comenzó a orar: "Mi querido huésped, Jesucristo, no te alejes de mi, protégeme y defiéndeme de estos demonios".

Nada más decir esto, cuando vio a su her­mana ya muerta María Magdalena, quien con una antorcha encendida volvía a iluminar la ha­bitación. Y a continuación apareció Cristo que le dijo: "Ven querida hospedera, ven conmigo. En adelante estarás ya siempre a mi lado. Tú me dis­te alojamiento en tu casa, yo te daré alojamiento en el cielo. Y por el amor que te tengo atenderé, a cuantos recurran a Mí, pidiendo algo en tu nom­bre".

Momentos antes de morir pidió que la saca­ran donde pudiera ver el cielo, que la tendieran sobre la tierra y pusieran al lado suyo el crucifijo y rezó: "Señor, acoge a esta mujer que tuvo la di­cha de darte alojamiento en su casa". Y mientras los concurrentes, a pedido suyo, leían las ense­ñanzas de Jesús, entregó su alma.

En el sepulcro de Santa Marta comenzaron a obrarse milagros constantes. Se cuenta que Clodoveo, rey de los francos, convertido al cris­tianismo, enfermó gravemente de los riñones y padeció fuertes dolores. Acudió en peregrinación a visitar la tumba de la santa y cuando llegó a ella quedó milagrosamente sanado. Agradecido, hizo a la iglesia de la santa importantes donaciones.

Novena a Santa Marta

Acto de contrición

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre ver­dadero, Creador Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, porque os amo y estimo sobre to­das las cosas. A mí me pesa, Señor, pésame en el alma de haberos ofendido y no haberos amado; propongo, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y así como os lo suplico, así confío en vuestra bondad, piedad y misericordia infinitas, que me los perdonaréis y me daréis gracia para enmendarme y para perse­verar en vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén.

Oración inicial para todos los días

Dios y Señor mío que enriquecisteis con tan­tas y con tan abundantes virtudes a la Bienaven­turada Virgen Santa Marta, la que conociendo a vuestro hijo Jesús como el Mesías verdadero abrazando gustosamente su doctrina y practican­do con fidelidad tus celestiales lecciones, llegó en poco tiempo a la santidad más elevada, os supli­co Señor que por los merecimientos del mismo Jesús , nuestro Redentor y por la intercesión de la gloriosa Santa, nos concedáis los auxilios que necesitamos para acertar en agradaros en todas las acciones de esta vida y gozar después eterna­mente vuestra presencia en la gloria mereciendo ahora alcanzar la gracia que solicitamos en esta novena. Amén.

Rezar a continuación la oración del día que corres­ponda:

Día primero

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo Santa Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nues­tra, que oyendo los elogios que hacía el Señor de la virginidad y practicando esta admirable virtud, determinaste no admitir otro esposo que el espo­so de la Vírgenes y renunciando a las vanidades del mundo, te dedicaste a la soledad del retiro, con lo que llegaste en muy breve a la perfección evangélica; te suplico Santa admirable, que por los auxilios de tu meditación vivamos todos con pureza y castidad en el alma y el cuerpo, abo­rreciendo las vanidades y riquezas de este mundo materialista, para que así, nos hagamos dignos de la eterna bienaventuranza.

También imploro Santa mía, vuestra inter­cesión, para que la majestad Divina me conceda el favor particular que ahora solicito, si conviene para el bien y provecho de mi alma, y si no, vos como abogada mía, enderezad y rectificad mis pensamientos a mayor servicio de Dios. Alcan­zadme una meritoria conformidad y resignación en su Santísima Voluntad. Amén.

(Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria para alcanzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Día segundo

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo San­ta Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nuestra, que al mismo tiempo que hacías pública profesión de la más ajustada y ejemplar virtud, padecía tu corazón las mayores aflicciones y pe­nas al ver que tu hermana María Magdalena en­tre perfumes, galas y joyas, se hacía llevar de su inclinación a los abismos del orgullo y vanidad mundana, se había hecho escándalo público de toda la provincia sin que hubiera bastado tu anhe­lante esmero, lecciones y ejemplos para inspirarle temor de Dios, que por fin oyendo benignamente al Hijo de Dios, los clamores y ruegos que con Lázaro dirigías incesantemente a su piedad por la salvación de una hermana de vida tan licenciosa y perdida, movió el corazón de aquella insigne pecadora y con perfecta conversión y maravillosa mudanza de vida, llenó el tuyo de inexplicable gozo y alegría.

Comunicad piadosa Santa, nuestros ruegos al Señor a favor de todos los infelices pecadores, para que ayudados con sus Divinos Auxilios imi­temos a la Magdalena en la enmienda, aborreci­miento, dolor y penitencia de nuestros pecados, también imploro santa mía, vuestra intercesión, para que la majestad Divina me conceda el favor particular que solicito si conviene para el bien de mi alma, y si no vos, como abogada mía ende­rezad mis peticiones al mayor servicio de Dios alcanzándome una meritoria conformidad con su Santísima Voluntad. Amén.

(Rezar Padrenuestros, Avemaría y Gloria para al­canzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Día tercero

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo San­ta Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nuestra, que habiendo enfermado, y muerto tu hermano Lázaro y habiendo Jesús llegado a tu casa después de cuatro días de sepultado, apenas le viste cuando bañada en llanto y llena de fe más viva, le dijiste: "Señor, si hubieses estado aquí no hubiera muerto mi hermano, pero no descon­fío de verlo resucitado porque sé que Dios no te puede negar lo que le pides". Y en efecto, movido el Señor de tus lágrimas y las de María Magdale­na, premió tu amorosa confianza restituyendo la vida a tu hermano. Te ruego pues dichosa Santa que amoldes y dispongas nuestros corazones de manera que recurriendo a ejemplo tuyo en todas nuestras penalidades y trabajos a Jesús, con la fe, confianza y pureza necesarias, merezcamos sus Divinos Socorros y consuelos para que remedien nuestras necesidades y miserias.

También imploro Santa mía, vuestra pode­rosa intercesión para que la majestad Divina me conceda el favor que ahora solicito, si conviene para el bien de mi alma, y si no, vos como aboga­da mía, enderezad mis peticiones al mayor servi­cio de Dios, alcanzándome una meritoria confor­midad con su Santísima Voluntad. Amén.

(Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria para alcanzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Día cuarto

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo Santa Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nues­tra, que siguiendo constantemente los pasos de tu Divino Maestro, no lo quisiste perder de vista, sobre todo durante el tiempo de su pasión, sintien­do y llorando amargamente todos los tormentos y afrentas hasta verlo morir clavado con ignominia en la cruz. Te suplico, ¡oh dulce Santa!, que por tu intermedio logremos las gracias celestiales que necesitamos obtener para seguir con confianza los caminos de Jesús y para fijar nuestro espíritu en la contemplación de su pasión dolorosa, para que de este modo consigamos algún día celebrar los triunfos de su gloria en el cielo.

También imploro, Santa mía, vuestra pode­rosa intercesión para que la majestad Divina me conceda el favor que solicito si conviene para el bien de mi alma, y si no, vos como abogada mía, enderezad mis peticiones al mayor servicio de Dios alcanzándome una meritoria conformidad con su Santísima Voluntad.

(Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria para alcanzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Día quinto

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo Santa Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nues­tra, que luego que los piadosos varones bajaron de la cruz al adorable cuerpo del Salvador, y des­pués de haber presenciado y acompañado con tus tristes lamentos y abundantes lágrimas el inson­dable dolor de María Santísima al ver a su Di­vino Hijo muerto, ensangrentado, y desfigurado en sus amorosos brazos, concurriste con María Magdalena y otras piadosas personas, a rendir a aquel sagrado cadáver los últimos honores, dán­dole decente sepultura, con la mayor veneración te suplico poderosa Santa, nos alcances del Señor la gracia de que penetrados de un verdadero do­lor y arrepentimiento de nuestros pecados, acep­temos acompañar a Jesús y María digna y espiri­tualmente en sus dolores, para alabar y bendecir después sus misericordias en la patria celestial.

También imploro, Santa mía, vuestra pode­rosa intercesión para que la majestad Divina me conceda el favor que solicito si conviene para el bien de mi alma y si no, vos como abogada mía, enderezad mis peticiones al mayor servicio de Dios, alcanzándome una meritoria conformidad con su Santísima Voluntad.

(Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria para alcanzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Día sexto

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo Santa Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nues­tra que después de sepultado Nuestro Divino Re­dentor no te apartaste de su afligida Madre, sino que acompañándola en su soledad y aliviando cuanto era posible su tristeza y amargura, te mos­traste cada vez más fervorosa amante de esta Se­ñora. Te suplico Santa amable que por estar tan cercana de esta Divina Reina, inclines su mater­nal corazón a nuestro favor, excitando en nuestros corazones las más fervorosa devoción a sus dolores para que amparados en su soberana protección, lleguemos felizmente a la gloria del cielo.

También imploro Santa mía, vuestra pode­rosa intercesión para que la majestad Divina me conceda el favor que solicito si conviene para el bien de mi alma y si no, vos como abogada mía, enderezad mis peticiones al mayor servicio de Dios, alcanzándome una meritoria conformidad con su Santísima Voluntad. Amén.

(Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria para alcanzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Día séptimo

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo Santa Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nues­tra, que mereciste la gran dicha y gozaste de la dulce alegría de estar entre las primeras personas que vieron al Señor después de su triunfante re­surrección, asistiendo a sus instrucciones y reci­biendo cada día nuevas gracias y favores y luego que subió a los cielos no te apartaste del lado de la Santísima Virgen hasta la venida del Espíritu Santo, cuyos dones recibiste en el Cenáculo. Te suplico amada Santa, que por tu mediación nos hagamos dignos de la consoladora presencia de Jesús en nuestras almas para que inundadas de sus gracias merezcamos alabarlo por toda la eter­nidad en el cielo.

También imploro, Santa mía, vuestra pode­rosa intercesión para que la majestad Divina me conceda el favor que solicito si conviene para el bien de mi alma y si no, vos como abogada mía, enderezad mis peticiones al mayor servicio de Dios, alcanzándome una meritoria conformidad con su Santísima Voluntad. Amén.

(Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria para alcanzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Día octavo

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo Santa Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nues­tra, que fuiste perseguida por los judíos y deste­rrada con tus hermanos, metida en un navío sin mástiles, timón ni aparejo alguno y expuestos al arbitrio y furia de los vientos y las olas del mar, pareciéndoles el mejor medio de deshacerse de una familia cuya presencia no podían sufrir, porque Lázaro era un milagro visible y un testimo­nio elocuente de la Divinidad de Aquel a quien ellos habían muerto ignominiosamente; pero que salvándoos la Divina Providencia, llegasteis al puerto de Marsella, donde anunciaste la fe de Je­sucristo, convirtiendo a muchos y obrando gran­de maravillas.

Te suplico poderosa Santa nos alcances del Señor la constancia y la firmeza que necesitamos para sufrir por Jesucristo todas las persecuciones, burlas y desprecios que se nos susciten, sin que jamás dejemos de alabar, confesar y bendecir el santo nombre de Jesús.

También imploro, Santa mía, vuestra pode­rosa intercesión para que la majestad Divina me conceda el favor que solicito si conviene para el bien de mi alma y si no, vos como abogada mía enderezad mis peticiones al mayor servicio de Dios, alcanzándome una meritoria conformidad con su Santísima Voluntad.

(Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria para alcanzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Día noveno

Rezar el acto de contrición y la oración inicial para todos los días.

Favorecida discípula de Jesucristo Santa Marta, virgen gloriosa, patrona y protectora nues­tra, que movida de las lágrimas de los vecinos de Tarascón y de los pueblos comarcanos, los librasteis del monstruoso dragón que todo lo de­voraba, atravesaste el río Duraza, armada con la Santa Cruz y agua bendita, arrastraste el dragón con el ceñidor trayéndole a la ciudad donde le dieron muerte. Después retirándote a un desier­to con muchas doncellas que habías convertido y edificado un monasterio vivías en él, como án­geles y castas esposas del salvador, el cual que­riendo premiar tus virtudes te reveló el día de tu dichosa muerte como también el que tu hermana Magdalena gozaba ya en el cielo de su gloria; y después de una calentura lenta, que aumentó tus merecimientos, sabiendo que era llegada la hora de juntarte con tu Divino esposo, mandaste que te echasen sobre las cenizas en presencia de tus afligidas compañeras y exhortándolas a las perse­verancia final, pasaste tranquilamente al descan­so del Señor.

Te suplico preciosa Santa, nos facilites los medios que necesitamos, para que llevemos una vida espiritualmente retirada de los bullicios del mundo y sea feliz nuestra muerte.

También imploro, Santa mía, vuestra pode­rosa intercesión para que la majestad Divina me conceda el favor que solicito si conviene para el bien de mi alma y si no, vos como abogada mía, enderezad mis peticiones, al mayor servicio de Dios, alcanzándome una meritoria conformidad con su Santísima Voluntad.

(Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria para alcanzar la gracia deseada, por intercesión de Santa Marta y concluir con la petición final)

Petición final para todos los días concluida la novena

Purísima virgen, modelo de castidad y pa­ciencia, ejemplo vivo de todas las virtudes cris­tianas, testigo presencial de las divinas palabras, milagros, pasión, muerte y resurrección de nues­tro redentor Jesús; humildemente nos acogemos a vuestro patrocinio y amparo y os rogamos enca­recidamente con toda la sinceridad del alma, con la fe viva y ferviente que despierta y fomenta en el corazón la sabia y vivificante doctrina de nues­tro Salvador, nos alcances de Él la tranquilidad de conciencia, ocasionada por el cumplimiento de mis obligaciones morales y religiosas así como la dicha y prosperidad en nuestro hogar.

Interceded casta esposa del Señor, por la di­cha y prosperidad de todos los seres que amamos; alcanzadnos la paz y concordia que la sociedad reclama para su bienestar y que fieles a los pre­ceptos divinos que por medio de Moisés fueron revelados al pueblo escogido para nuestro bien, consigamos la gloria eterna reservada a los man­sos y humildes de corazón. Amén.

Oración para los que mantienen casas de huéspedes

Amable protectora mía, Santa Marta, que tu­viste la inefable dicha de hospedar a Jesús en tu casa. Dichosa tu mansión de Betania , bendecida tantas veces con la presencia del Huésped Divi­no, y cuyos moradores, tú misma y tus santos her­manos Lázaro y María Magdalena, fuisteis tantas veces honrados con las visitas de Jesús, de su Madre Santísima y de los Apóstoles. No permi­tas, Santa mía, que entre los que se hospedan en mi casa haya ninguno que hospede en su corazón al demonio, sea motivo de escándalo, o atraiga con su mala conducta las iras de Dios sobre mí y mi familia.

Santa bendita, que viviste en compañía de santos, bendice mi casa, bendice a mis huéspedes, para que en todos reinen la concordia y el amor de Dios. Ayúdame en el cumplimiento exacto de mis deberes y en la administración de mis bienes y negocios, para que aún, cuando, por mi condición y estado de vida, tenga que ocuparme de las cosas de la tierra, jamás me olvide que mi patria verda­dera y mi último destino es el cielo. Así sea.

Devoción de los veintinueve de cada mes a Santa Marta

Oh Santa Marta milagrosa, me acojo a tu amparo y protección entregándome a ti, para que me ayudes en mi tribulación, y en prueba de mi afecto y agradecimiento, te ofrezco propagar tu devoción. Consuélame en mis penas y afliccio­nes, te lo suplico por la inmensa dicha que ale­gró tu corazón al hospedar en tu casa de Betania al Salvador del mundo; intercede por mí y por toda mi familia para que conservemos siempre en nuestros corazones a nuestro Dios viviendo en su gracia y detestando toda ofensa contra Él; para que sean remediadas nuestras necesidades y en especial esta que ahora me aflige (hágase la petición). Te suplico me ayudes a vencer las difi­cultades con la fortaleza con que venciste, por el poder de la Cruz, al dragón que tienes rendido a tus pies. Así sea.

Rezar tres veces el Padrenuestro. Avemaría y Gloria.

Para aquellos que hacen los veintinueve de cada mes, se recomienda confesarse y comulgar cada martes, visitar el altar de la Santa y dar en su honor una limosna a los pobres.

 

 

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