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Historia Sagrada

Confianza en la restauración

Publicado 2016/10/26
Autor : Diác. Thiago de Oliveira Geraldo, EP

El profeta Miqueas, que anunció la ruina de Jerusalén y el nacimiento del Mesías en la ciudad de Belén, proclama la confianza del alma pecadora deseosa de regresar al buen camino.

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Es interesante seguir la restauración de alguna obra de arte, porque, a veces, según el talento de quien realiza el proceso, la pieza termina quedando más bella y rica de lo que era anteriormente. En tales casos, se puede establecer un paralelismo entre esa realidad y la de un alma desfigurada por el pecado. Si esto, a pesar de que Dios da todas las condiciones para practicar la virtud, llegara a ocurrir, la imprescindible restauración sólo podrá llevarla a cabo el divino Artista que la creó. ¿Cómo se produce ésta? Veamos un ejemplo en el Antiguo Testamento.

El profeta Miqueas

El profeta Miqueas - Iglesia de Santa María del Castillo, Génova (Italia)
Los profetas saben aquilatar como
nadie la gravedad de la crisis de
fe en la sociedad.
Contemporáneo del gran Isaías y también residente en el reino del sur (Judá), el profeta Miqueas nació en Moreste, localidad situada a unos 45 km al sudoeste de Jerusalén, cerca de la frontera con Filistea. Su nombre es la abreviación de Mikayahu, que significa ¿Quién como Yahvé? Conoció las invasiones asirias del siglo VIII a. C., que arrasaron también la región circunvecina. Así como sus predecesores -Amós y Oseas-, del reino del norte (Israel), denunció los errores que se propagaban en la sociedad de su tiempo, cuya raíz se encontraba en la infidelidad al Dios verdadero.

Miqueas no se distingue por una cultura cortesana, sino por la sinceridad de sus palabras de campesino, inspiradas por el Espíritu Santo. Previendo los castigos que caerán sobre el pueblo elegido "por culpa de Jacob, por los delitos de la casa de Israel" (Mi 1, 5), se lamenta y gime diciendo: "aullaré como los chacales, me pondré triste como los avestruces; pues su herida es incurable, llega hasta Judá, alcanza hasta la puerta de mi pueblo, llega a Jerusalén" (1, 8-9). "Es el primer profeta que anuncia la total destrucción de Jerusalén". 1

Sus habitantes, no obstante, pensaban que eso era imposible, considerando que allí estaba el Templo del Señor. Seducidos por una falsa confianza en Dios, se mostraban optimistas: al fin y al cabo el Señor todopoderoso los había sacado de Egipto y siempre había sido tan misericordioso con su pueblo... ¿maldecirlo?... "¿Es posible decir eso, casa de Jacob? ¿Ha perdido el Señor la paciencia? ¿Es esa su forma de actuar? ¿No son de bien sus palabras para quien actúa rectamente?" (2, 7).

De hecho, para quien vive en la honestidad -condicionante fundamental-, las palabras de Dios sólo anuncian bendición. Pero la realidad era muy diferente: el pueblo había abandonado al Dios que lo alertaba a través del profeta. "Sin embargo, cuanto más hace Yahvé brillar su luz, más se hunde Israel en sus tinieblas; cuanto más se le prodiga la palabra de Dios, más se cierran ante ella los corazones".2

¡Hay una esperanza!

Los profetas, hombres íntegros, ven las últimas consecuencias de la palabra de Dios. Saben aquilatar como nadie la gravedad de la crisis de fe en la sociedad, en una época en que todo aparenta normalidad. Cuando la desgracia se acerca, ellos son los que predican la confianza en Dios, como única solución a los problemas. Miqueas no escapa a la regla. Anuncia el cautiverio de Babilonia y la posterior liberación de los hijos de Jacob. Pero será necesario que pasen por una purificación: "Retuércete, Sión, grita como parturienta; vas a salir de la ciudad, vas a vivir en el campo" (4, 10).

Más que predecir la liberación de un exilio, este profeta prenuncia la venida gloriosa del Mesías e indica el lugar de su nacimiento: Belén de Efratá (cf. Mq 5, 1). También es él quien, haciéndose eco de la voz del grandioso Isaías, se refiere a la Santísima Virgen como Madre del Salvador: "Por eso, [Dios] los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz" (5, 2). Por intercesión de la Virgen de Nazaret es por la que el pueblo, antes abandonado por Dios, podrá esperar la restauración.

Volvamos a la realidad

Miqueas está anunciando con casi cerca de siete siglos de antelación lo que a él le hubiera gustado contemplar con sus propios ojos, pero que sólo lo verá en la eternidad: el nacimiento del Mesías. Mientras no llega a la tierra el Redentor, los hombres tratan de aplacar la cólera de Dios ofreciéndole en holocausto toros, becerros, carneros... El pueblo sentía la necesidad urgente de una purificación y no faltaban los que, imitando costumbres paganas, llegaban a sacrificar a sus propios hijos.

El profeta les lanza increpantes preguntas: "¿Le agradarán al Señor mil bueyes, miríadas de ríos de aceite? ¿Le ofreceré mi primogénito por mi falta, el fruto de mis entrañas por mi pecado?" (6, 7). Y les recuerda el procedimiento correcto para agradar al Altísimo: "Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: tan sólo practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con tu Dios" (6, 8). Recordemos que, en el lenguaje de la Sagrada Escritura, principalmente en los libros proféticos, "practicar el derecho" era obedecer los Mandamientos de Dios, que sólo es posible cuando se "camina humildemente" con Él.

Como bien destaca San Agustín, lo que Dios quería de cada uno era la entrega de sí mismo: "Buscas ofrecer algo en tu lugar. ¡Ofrécete tú mismo! ¿Qué es lo que te pide el Señor sino a ti mismo? Ciertamente entre todas las cosas materiales creadas ninguna es superior a ti. Búscate a ti mismo, puesto que tú eres el que te has perdido".3 Al pueblo de Judá, como al de Israel, le profetizó Miqueas un terrible castigo, al estar siguiendo los malos ejemplos de Omrí y de su hijo Ajab, el perseguidor del profeta Elías.

"Gozas practicando los mandatos de Omrí, las andanzas de la casa de Ajab, y sigues sus consejos. Por eso, te entregaré al desastre, someteré a sus habitantes a la burla, y soportarán la afrenta de mi pueblo" (6, 16). A continuación se lamenta por haber buscado en vano a judíos todavía fieles a la Ley -"¡Ay de mí! Soy como los que espigan en verano, como los que rebuscan en la vendimia" (7, 1)- y se ve obligado a llegar a esta triste conclusión: "La gente fiel ha desaparecido del país, los justos, de entre los hombres; todos acechan para matar, unos y otros andan a la caza" (7, 2).

Confianza en la restauración

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro - Iglesia de los Redentoristas, Roma
María Santísima está siempre dispuesta
a oír nuestro clamor y socorrernos.
El profeta no se hacía ilusiones, ya no podría esperar nada de parte del ser humano. La experiencia había constatado que el pueblo no quería convertirse, no quería salir del mal camino. Sin embargo, exclama con un heroico arrobamiento de confianza: "Yo, en cambio, aguardaré al Señor, esperaré en el Dios que me salva. Mi Dios me escuchará" (7, 7). Así es la fe de los profetas: nunca se tambalea ante la ingratitud de los hombres. Tamaña es su confianza que de su espíritu brotó este gemido de desafío del alma pecadora, castigada justamente por Dios, pero segura de que, al final, obtendrá misericordia y será rescatada: "No te alegres por mi causa, enemiga mía, pues si caí me levantaré; si vivo en tinieblas, el Señor es mi luz.

Cargaré con la cólera del Señor, pues pequé contra él, hasta que se vea mi causa y se proclame mi sentencia; me hará salir a la luz y veré su justicia" (7, 8-9). Ese grito de esperanza encontrará eco, mil años más tarde, en los comentarios de San Ambrosio sobre los salmos: "No es grave la caída por una debilidad si no la acompaña la deliberada voluntad de no levantarse de esa caída. Mantén, pues, la voluntad de levantarte y tendrás cerca a Aquel que hará que te levantes".4

El mismo santo nos alerta de que el demonio se aprovecha de la fragilidad humana ante las adversidades del mundo, de las enfermedades, de la pérdida de algún familiar, para llevar al alma a dudar del auxilio divino. "¿Dónde está el Señor, tu Dios?" (7, 10), pregunta capciosamente el diablo, como si el Altísimo hubiera abandonado al alma en medio de las aflicciones, incluso cuando está sufriendo un castigo reparador.5

Al contrario, en lugar de ceder a la tentación, ése es el momento de juntar las manos en oración y decir con el profeta Miqueas: "¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia" (7, 18).

Entre extremos de amenaza, el profeta anuncia en nombre del Señor el castigo y muestra el camino de la rehabilitación. Las vías de la desgracia son las del pecado, que expulsa del alma la gracia de Dios y atrae el castigo; las de la regeneración son las de la humildad de quien confiesa sus faltas, confiando en la misericordia de un Dios que, siete siglos después, moriría en la cruz para redimir a la humanidad.

A ese acto de contrición, humildad y confianza nos incita Miqueas con las palabras finales de su libro: "Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar" (7, 19).

La confianza restauradora en la Virgen

Miqueas anunciaba la redención a un pueblo que ni siquiera había asistido a la destrucción de Jerusalén, que tuvo lugar algo más de un siglo después. Sus profecías eran condicionales: el pueblo sufriría dichas devastaciones si no se convertía.
Pero, a excepción de los reyes Ezequías y Josías, fieles a la Ley, casi nadie más quiso dar oídos a la celestial advertencia.

Miqueas anunciaba la redención a un pueblo que ni siquiera había asistido a la destrucción de Jerusalén, que tuvo lugar algo más de un siglo después. Sus profecías eran condicionales: el pueblo sufriría dichas devastaciones si no se convertía. Pero, a excepción de los reyes Ezequías y Josías, fieles a la Ley, casi nadie más quiso dar oídos a la celestial advertencia.

Esa voz profética continúa resonando en los oídos de la sociedad hodierna, clamando por la conversión y por un auténtico cambio de vida. Conocemos muy bien las tristes consecuencias de vivir como si Dios no existiera, no sólo por los hechos históricos, sino principalmente por la observación de lo que pasa todos los días a nuestro alrededor... Aunque no tuvo la felicidad de recurrir directamente a Nuestro Señor Jesucristo, el profeta Miqueas retrata en sus escritos el alma angustiada por sus propios pecados, pero confiada en la misericordia divina.

Además del sacramento de la Reconciliación, que restaura el alma deformada por los pecados, el divino Redentor nos dejó otro auxilio seguro para obtener su perdón: la devoción a María Santísima. Dios creó, si se puede decir así, su "punto débil de la misericordia" al darnos por madre a su propia Madre.

A Ella no puede dejar de acudir toda alma deseosa de ser restaurada. Y una buena advocación mariana para conseguir tal gracia es la de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Como indica elocuentemente este título, en todo momento está lista para oír nuestro clamor y para socorrernos en cualquier instante, siempre que estemos dispuestos a abandonar todo lo que nos aparta de Dios. 


1 GARCÍA CORDERO, OP, Maximiliano. Biblia Comentada. Libros Proféticos. Madrid: BAC, 1961, v. III, p. 1203.
2 BEAUCAMP, Evode. Los profetas de Israel: o el drama de una alianza. Estella: Verbo Divino, 1988, pp. 118-119.
3 SAN AGUSTÍN. Sermones, 48, 2. In: FERREIRO, Alberto (Org.). La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Los doce profetas. Ciudad Nueva: Madrid, 2007, v. XVI, p. 227.
4 SAN AMBROSIO. Comentario al Salmo, 37, 47. In: FERREIRO, op. cit., p. 231.
5 Cf. SAN AMBROSIO. Cartas, 5, 18, 22-23. In: FERREIRO, op. cit., pp. 232-233.

 

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