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La Palabra de los Pastores

Un desequilibrio que puede llevar a horribles catástrofes

Publicado 2016/11/03
Autor : Cardenal Giovanni Battista Re - Prefecto emérito de la Congregación para los Obispos

Tentados a pensar que con su inteligencia y sus capacidades podrán encontrar la solución para todos los problemas, los hombres de hoy día se olvidan de que existen leyes inscritas por Dios en la naturaleza.

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En esta noche de vigilia, que nos prepara para el día en que se recuerda la última de las seis apariciones de la Virgen María aquí en Cova da Iria, celebramos la memoria de la dedicación de esta basílica. Los textos litúrgicos nos invitan a levantar los corazones hacia Dios, inclinándonos sobre el tema más alto y más bello: el amor que Dios tiene por nosotros, hasta el punto de venir a habitar en cada hombre y mujer. Somos el templo vivo de Dios.

Vivimos como si Dios no existiera

El Evangelio, que acaba de ser proclamado ahora, nos ha transportado con el pensamiento hasta el Templo de Jerusalén, donde -hace cerca de dos mil años- Cristo se encontró la casa de Dios transformada en una "cueva" de negocios y de comercio, llegando a expulsar a los mercaderes con una vehemencia inusual y contraria a su estilo habitual de comportamiento.

A Jesús no le gustó lo que allí vio y halló. Estaría bien que nos preguntásemos -cada uno para sí- sobre la consideración que tenemos por la casa de Dios y, principalmente, sobre el lugar que Dios ocupa en nuestro corazón y en nuestra vida. Porque la fascinación de las cosas se ha vuelto hoy particularmente insinuante; y la carrera hacia el bienestar absorbe tiempo y energías, dejándonos sin tiempo ni deseo de Dios.

Dios pasa a ser la última de nuestras preocupaciones. Y poco a poco nos olvidamos de Él. Además, las grandes posibilidades de la tecnología generan la ilusión de conseguir, por nosotros mismos, lo que antes se esperaba de Dios: la humanidad se ilude de poder, sola, construir su destino. Resultado: hoy día muchos piensan que no necesitan a Dios para alcanzar la felicidad. Se elimina a Dios, concluyendo que no existe o, si existe, no nos interesa. Y vivimos como si no existiera.

Cardenal Giovanni Battista Re
El 12 de octubre, la procesión de las antorchas precedió a la Misa en la
Capilla de las Apariciones, presidida por el cardenal Giovanni Battista Re.

La raíz de todas las crisis actuales

Pero al excluir a Dios de su vida, el ser humano sigue siendo para sí mismo un enigma indescifrable. El hombre y la mujer pueden conocer muchas cosas, incluso sin Dios, aunque sin Dios no pueden conocerse a sí mismos, el sentido de la vida y el propio destino eterno. Lejos de Dios, el ser humano se pierde, quedando a merced de egoísmos personales e intereses de grupo. Donde Dios desaparece, el hombre y la mujer no se hacen más grandes, pues el fundamento de la dignidad y de la grandeza humana es Dios. Como decía el Papa Benedicto XVI, el ser humano es grande, sólo cuando Dios es grande.

Sólo donde está Dios puede haber futuro. Signos preocupantes de futuro en riesgo son las varias crisis actuales: se siente mucho la crisis económica y financiera que desde hace varios años pesa sobre las familias, con consecuencias muy graves; igualmente preocupante es la crisis moral que todos notamos; grave es también la crisis social que conlleva tantos problemas. Pero en la base de estas crisis está una que es la raíz de todas las demás: la carencia de Dios.

Ése es el verdadero problema de nuestro tiempo: la falta de fe en Dios. Y lo peor es que dicha carencia de fe no se siente como... una carencia. Sin Dios, el hombre y la mujer dejan de tener principios que iluminen el camino de su vida. Tentados a pensar que con nuestra inteligencia y nuestras capacidades podemos encontrar la solución para todos los problemas, nos olvidamos de que existen leyes inscritas por Dios Creador en la naturaleza de las cosas que el hombre y la mujer deben respetar.

Y cuando se llega a olvidar que las cosas creadas tienen sus leyes intrínsecas e ineludibles, nace un desequilibrio que puede llevar a horribles catástrofes.

La Virgen nos indicó el camino que lleva a Dios

Donde Dios pierde el lugar central que le compete, también el hombre pierde su lugar. De hecho, la razón más alta de la dignidad humana consiste en su vocación a la comunión con Dios. Del desorden y de los problemas que se crearon bajo el cielo, en este nuestro tiempo, únicamente será posible salir si la humanidad levanta de nuevo los ojos hacia el Cielo.

Por eso la primera necesidad de nuestro tiempo es devolver a Dios las conciencias de los hombres y reabrirles el acceso a Dios. La Virgen, al aparecerse aquí en Fátima con su invitación a la oración, a la conversión del corazón y a la penitencia, nos indicó el camino que lleva a Dios y, con Ella, es posible aprender y saborear cuán amable y plenificante es la presencia divina en nosotros.

Ésa fue la experiencia de los tres pastorcitos: "De sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo. "Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: ‘Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos.

¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo'. Dios: una luz que arde, pero no quema. [...]

Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en ‘zarza ardiente' del Altísimo" (Juan Pablo II. Homilía de la beatificación de Francisco y Jacinta, 13/5/2000).

En esta noche, la Virgen Madre también nos repite que Dios es un Padre que nos ama, quiere nuestro bien, nos perdona porque nos ama. Él también se deja repudiar, porque respeta nuestra libertad, pero después está a nuestra espera y vuelve a buscarnos. En la memoria de la dedicación de esta basílica, pidamos a Nuestra Señora que nos obtenga la gracia de poner a Dios en el centro de nuestra vida y de sentirnos responsables ante Él por nuestros hermanos y hermanas. 

Homilía en la víspera del aniversario de la última aparición, Santuario de Fátima, 12/10/2015 Traducción: Heraldos del Evangelio

 

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