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Cuarenta días de combate espiritual

Publicado 2017/03/02
Autor : P. Fernando Néstor Gioia, EP

La imposición de la ceniza marca con gran poder simbólico el comienzo de un período de profunda metanoia, que concluirá la mañana del Jueves Santo.

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Le corresponde al cardenal presbítero de Santa Sabina la función de imponer, al principio de la Cuaresma, la ceniza sobre la cabeza del Papa usando una de estas dos fórmulas: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15) o "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (cf. Gén 3, 19).

Sin duda, un honroso cometido, aunque no exento de pasar por situaciones de apuro, como declaró el cardenal Jozef Tomko en una entrevista concedida a L'Osservatore Romano: "Me resulta realmente difícil decirle al Papa: ‘Convertíos y creed en el Evangelio'.

¡Él es el que tiene pleno derecho de decírmelo a mí y a todos los demás!".1 No menos embarazoso era usar la segunda fórmula cuando el Papa Juan Pablo II ya estaba enfermo y en edad muy avanzada. "Era como recordarle una vez más lo que él no sólo sabía, sino sentía en su cuerpo".2

Ante la dificultad de escoger, el purpurado optaba, ora por una fórmula, ora por otra, seguro de que ninguna de las dos era suya ni del Papa sino "palabras de Dios ante las cuales todos debemos inclinar la cabeza". 3

Con la imposición de la ceniza la Santa Iglesia nos recuerda la fragilidad de la vida humana: en la hora de la muerte, como bien observa el cardenal Tomko, "nuestras riquezas, ciencia, gloria, poder, títulos, dignidades, de nada nos aprovechará".4

Invitación a elevar nuestras vistas hacia la eternidad

Imposición de la ceniza en la basílica de Nuestra Señora del RosarioEl Miércoles de Ceniza nos introduce en el tiempo litúrgico de la Cuaresma, cuarenta días de combate espiritual en los que se nos invita a rechazar las seducciones del mundo y a "escuchar la Palabra de verdad; vivir, hablar y hacer la verdad; evitar la mentira, que envenena a la humanidad y es la puerta de todos los males".5

La ceniza que el sacerdote bendice e impone ese día se obtiene de la incineración de las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. Los fieles se van acercando en fila y el ministro de Dios se la pone en la frente en forma de cruz. Proceden muy bien los que permanecen el resto del día con este signo grabado en su frente, proclamando así, con ufanía, su fe ante la impiedad reinante en el mundo contemporáneo.

Al recordarnos de manera tan expresiva lo frágil que es nuestra naturaleza y cuán pasajeros son los bienes de este mundo, la ceremonia de la imposición de la ceniza nos persuade de la necesidad de humillarse y hacer penitencia. Las palmas usadas para glorificar al Señor en su entrada en Jerusalén, transformadas ahora en ceniza, nos traen a la memoria lo sucedido pocos días después, cuando empezó su Pasión.

Las palabras pronunciadas por el sacerdote nos advierten que es preciso caminar hacia un profundo cambio de vida: "Convertíos y creed en el Evangelio"; o bien evocan lo efímero de la naturaleza humana: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás"; lo queramos o no, en polvo seremos transformados.

Algunos sacerdotes le dicen a una persona la primera fórmula y a la siguiente, la segunda; y así sucesivamente, como dejándole a Dios mismo la elección de la fórmula para cada alma.

Todos los actos de la liturgia de ese día tienen como objetivo elevar nuestras vistas a la consideración de la eternidad. El sencillo rito de imposición de la ceniza indica con gran poder simbólico el comienzo del itinerario de una verdadera penitencia, de una profunda metanoia, es decir, un cambio de mentalidad que transforma y renueva al hombre.

Itinerario de cuarenta días que concluye la mañana del Jueves Santo.

Ayuno y limosna, las dos alas de la oración

Este recorrido tiene una pedagogía divina al estimularnos a practicar con mayor intensidad tres obras de piedad: ayuno, limosna y oración.

Ayunar, es decir, la abstinencia de alimentos, no es la única forma de privación que podemos imponernos. La realidad plena del ayuno es "el signo externo de una realidad interior, de nuestro compromiso, con la ayuda de Dios, de abstenernos del mal y de vivir del Evangelio".6

Existen muchas maneras de practicar el ayuno: renunciar al amor propio, a los impulsos de la impaciencia para con el prójimo, las actitudes violentas, a la mentira, a las seducciones del consumismo y del hedonismo, así como todo tipo de maldad. "Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros" (Ef 4, 32), nos recomienda San Pablo.

En cuanto a la limosna, ha de estar marcada por la prodigalidad de cara a las necesidades del prójimo, especialmente de los que sufren. Gran impacto nos causa la pobreza material en nuestros días, pero poco nos conmueve la pobreza espiritual, mucho más dolorosa.

Observa Benedicto XVI que, según San Agustín, "el ayuno y la limosna son ‘las dos alas de la oración', que le permiten tomar más fácilmente su impulso y llegar hasta Dios".7 He aquí la tercera invitación que nos hace la Santa Iglesia en el tiempo de Cuaresma: el de tener una oración más fiel, surgida de nuestro interior, del corazón y no sólo de los labios.

"No todo el que me dice ‘Señor, Señor' entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre" (Mt 7, 21).

1 GORI, Nicola. Quando dico al Papa: "Convertiti e credi al Vangelo". In: L'Osservatore Romano, 6/2/2008: www.vatican.va.
2 Ídem, ibídem.
3 Ídem, ibídem.
4 Ídem, ibídem.
5 BENEDICTO XVI. Audiencia general, 1/3/2006.

 

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