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Religión e Historia

El Señor no está en la agitación

Publicado 2017/03/08
Autor : Hna. Ariane Heringer Tavares, EP

La Revolución Industrial prometió progreso y grandes realizaciones, pero el mundo que se embriagó de su agitación encontró la frustración y se volvió sordo a la voz de la gracia.

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Después del pecado original, y del consiguiente enflaquecimiento de la naturaleza humana, nuestro espíritu suele inquietarse a causa del desorden de las pasiones, fascinadas con aquello que, aun siendo lícito, les atrae. Pero existe otro poderoso motivo para la agitación, sobre el cual nos advierte San Pedro: "Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar" (1 Pe 5, 8).

Tras haberse rebelado contra Dios, Lucifer y sus secuaces sufren incesantemente los tormentos eternos y buscan a toda costa compartir su desgracia con el género humano, privándolo de las alegrías de la eterna contemplación. Por eso tratan de influir en las almas de las formas más diversas, para introducir en ellas la perturbación.

Olas en la playa de Pulso, Ubatuba (Brasil)

Un paroxismo de agitación

San Francisco de Sales califica esa clase de inquietud como el mayor mal que puede sobrevenir a nuestro espíritu, a excepción del pecado: "así como las sediciones y revueltas internas de una nación la arruinan enteramente y le impiden resistir al extranjero, del mismo modo nuestro corazón hallándose turbado e inquieto pierde la fuerza para conservar las virtudes que había adquirido y también los medios de resistir a las tentaciones del enemigo".1

Desde el principio de los tiempos, el demonio siempre ha intentado exacerbar esa debilidad, pero después de la Revolución Industrial ha conseguido intensificarla aún más, hasta llegar al paroxismo de agitación propio a nuestra época.

La agitación aleja de Dios

En la vida espiritual existe un principio que nunca falla: lo que el demonio promete es precisamente lo que va a quitar. Y es lo que ha hecho con la humanidad en el período que estamos analizando. Basta con frecuentar cualquiera de nuestros grandes centros urbanos para constatarlo: en vez de paz, encontramos agitación; en vez de grandes realizaciones, frustración e infelicidad casi irreversibles.

En nuestro mundo hay un barullo, un ruido ensordecedor que impide escuchar el timbre suave de la divina gracia. Tal alboroto puede ser considerado incluso en su sentido material. Pero más que eso significa el tumulto de nuestras pasiones desordenadas, que nos llevan a actuar también de manera desordenada.

Las grandes ciudades, sobre todo, están marcadas por esa especie de perturbación difusa, por una agitación que embriaga y fascina. Y si el alma se deja llevar por el bullicio del siglo, la suave voz de Jesucristo, nuestro Señor, no llegará hasta ella, que hace oídos sordos a su gracia. Porque, como dice la Sagrada Escritura, "non in commotione Dominus" (1 Re 19, 11)... ¡El Señor no está en la agitación ni puede ser su causa!

1 SAN FRANCISCO DE SALES. Filoteia ou Introdução à vida devota. P. IV, c. 11. 8.ª ed. Petrópolis: Vozes, 1958, pp. 316-317.

 

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