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Historias de santos

San Juan Nepomuceno Neumann: Alma de misionero y pastor

Publicado 2018/01/05
Autor : Francisco de Assis Silveira Leite Esmeraldo

Al saber de la apremiante necesidad de misioneros para evangelizar América, el joven seminarista resolvió marcharse a Estados Unidos. Era allí donde la Providencia lo llamaba para desarrollar su fructífero ministerio.

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Poco antes de la Navidad de 1859, tal vez presintiendo que estaba a punto de marcharse de esta vida, el obispo de Filadelfia fue a visitar al superior del convento redentorista de San Pedro, donde él mismo había vivido. Mientras lo esperaba, entabló una conversación con un hermano lego. Tras una pausa, de repente le preguntó:

-Hno. Cristóbal, ¿qué escogería usted: una muerte repentina o una precedida de una larga enfermedad?

-Preferiría esto último, a fin de prepararme mejor para la eternidad.

Bondadosamente, el santo obispo le dijo: "Un cristiano, aún más un religioso, siempre ha de estar preparado para una buena muerte, y si ésta viene de improviso no deja de tener sus ventajas. Nos ahorraría a nosotros y a los que nos asisten muchas
tentaciones de impaciencia; y, además, el demonio no tendría tanto tiempo para molestarnos. En cualquier caso, no obstante, el tipo de muerte que Dios nos envíe será la mejor para nosotros".1

Unos días después, el 4 de enero de 1860, recibía al P. Sourin, su antiguo secretario, que había ido a presentarle sus votos de un santo y feliz Año Nuevo. Su mal aspecto durante la entrevista llevó al sacerdote a ofrecerse para buscarle un médico. Sin embargo, el prelado lo tranquilizó diciéndole: "No se preocupe, mañana ya estaré bien".2

En efecto, a la mañana siguiente parecía más animado. Aunque poco después de la comida no fue capaz de reconocer a un compañero, el P. Urbanczek, que había ido a visitarlo. Éste le manifestó su extrañeza al verle los ojos algo vidriosos, pero le replicó que bastaría salir y andar un poco por la calle para sentirse mejor. Su temple indomable hablaba más alto que el terrible malestar que sentía.

Por la tarde salió a tomar providencias relacionadas con un asunto de su diócesis. Fueron sus últimos pasos en este valle de lágrimas: había recorrido algunas manzanas cuando cayó en mitad de la calle. Solícitos transeúntes lo llevaron rápidamente a la casa más próxima, todavía respirando. Avisado con urgencia, el P. Quinn llegó desde la catedral llevándole los santos óleos. Pero había sonado su hora en el reloj divino: a los 48 años, entregaba a Dios su alma.

Era San Juan Nepomuceno Neumann, de quien Mons. Francis Kenrick, su predecesor en la diócesis de Filadelfia, escribió: "Un obispo así tenía que morir no de otro modo sino caminando por la carretera, con el alma abierta, a toda hora y todo instante, hacia su Señor y Dios".3

San Juan Nepomuceno Neumann

Pureza y seriedad desde la infancia

Sus orígenes están muy distantes de Estados Unidos, en donde llevó una vida misionera. Había nacido en Prachatice, en los fértiles valles del sudoeste de Bohemia, actual República Checa, el 28 de marzo de 1811. Era un Viernes Santo, quizá un día que prenunciaba su lema episcopal: "Passio Christi conforta me - Pasión de Cristo, confórtame".4

En la pila bautismal recibió el nombre del patrón del país: Juan Nepomuceno. Felipe Neumann, su padre, alemán de Obemburg, Baviera, y su madre, Agnes Lebisch, le proporcionaron a él y a sus cinco hermanos una esmerada educación cristiana. Cuatro de los hijos del matrimonio se consagraron a Dios en la vida religiosa.

A los 12 años Juan fue a estudiar a Budweis, destacándose por su seriedad y resolución de hacerse cada día más agradable a Dios. Así preservó su inocencia bautismal, sin dejarse llevar por las malas influencias ejercidas por algunos compañeros suyos.

Con tan poca edad ya se esforzaba por mortificar sus sentidos, venciendo su frágil constitución. Deseoso de avanzar en la práctica de la virtud, trataba a sus colegas con caridad fraterna y aprovechaba todas las ocasiones para prestarles pequeños servicios.

Aunque se divertía con sus amigos, nunca frecuentó bailes o teatros, ni jugó con dinero.

Entrada en el seminario

Dotado de enorme facilidad para aprender idiomas, estudió durante ese período, italiano y francés, su favorito, sumados al alemán y al checo, lenguas paterna y materna, además del latín aprendido en los pupitres de la escuela. Cuando terminó las letras clásicas, cursó Filosofía con los padres cistercienses, obteniendo excelentes calificaciones y destacándose por su aplicación ejemplar y su intachable conducta.

Alimentaba una enorme veneración por el sacerdocio, a pesar de considerarse indigno de él: "La idea de ser presbítero me parecía muy sublime; la creía muy superior a mis fuerzas".5 En la Eucaristía, no obstante, encontró fuerzas para pedir su admisión en el seminario de Budweis, siendo uno de los clasificados para las veinte plazas existentes, disputadas por ochenta candidatos.

Entonces fue cuando conoció la Fundación Leopoldina, destinada a promover la actividad misionera en América y a ayudar a los emigrantes que partían en masa hacia el Nuevo Mundo. Al saber de la apremiante necesidad de ministros para evangelizar aquellas tierras, tomó la resolución de marcharse a Estados Unidos cuando fuera ordenado sacerdote.

Para ello puso bastante empeño en su preparación aprendiendo inglés, que practicaba charlando con obreros anglófonos de una fábrica.

Visión sublime del sacerdocio

De Budweis Juan se dirigió a Praga para completar sus estudios en el seminario arzobispal, arrepintiéndose del cambio... El profesor de Teología Dogmática "estaba más contra el Papa que a favor de él", escribe el santo en su diario; el de Teología Moral "era demasiado filosófico como para ser entendido por sus oyentes"; y sobre el de Teología Pastoral comenta: "Tenía que hacerme violencia hasta para escucharlo, por la forma absurda como trataba los temas que yo entendía completamente; mucho menos podía aceptar sus opiniones, que las consideraba heterodoxas".6

En materia de Teología Moral, prefirió orientarse por las obras de San Alfonso María de Ligorio, en cuyas enseñanzas precisas y seguras encontró tranquilidad para su delicada conciencia.

El joven Juan Nepomuceno ansiaba ser un sacerdote todo volcado en la gloria de Dios y la salvación de las almas, y deseaba que todos sus compañeros de seminario también lo fueran.

Sin embargo, en una de las anotaciones de su diario unos años más tarde, se vio obligado a lamentar la actitud de ellos: "Muchos tienen poca fe, y otros carecen del celo con que Cristo vivificó y estimuló a los Apóstoles a soportar todo tipo de pruebas y dificultades".7

Venciendo obstáculos infranqueables

San Juan Nepomuceno
Retrato del santo
conservado en el Archivo
de los Padres Redentoristas
en Brooklyn (Estados Unidos).
En 1835 Neumann estaba listo para recibir el sacramento del Orden, pero... ocurrió algo incomprensible en nuestros días: al haber exceso de presbíteros en la diócesis, ¡el obispo decidió atrasar las ordenaciones por un tiempo indeterminado!

Deseoso de recorrer cuanto antes los caminos del sacerdocio, escribió a numerosos prelados y visitó personalmente a algunos, para exponerles su situación. Ninguno de ellos necesitaba sacerdotes en sus respectivas diócesis... Sólo después de rezar mucho y ofrecer sacrificios consiguió una buena carta de recomendación para Mons. Juan Dubois, obispo de Nueva York. Entonces, incluso sin recursos financieros y con importantes lagunas en su documentación, se abandonó a la Divina Providencia y en 1836 se marchó a Estados Unidos.

Ya en tierras americanas, el P. Juan Raffeiner, vicario general para los emigrantes alemanes, lo presentó a Mons. Dubois. Éste lo recibió como un regalo del Cielo, porque no disponía de suficientes sacerdotes que se dedicaran a una diócesis de tan enorme extensión.

Tras un corto período de preparación, Juan Neumann fue ordenado en la catedral de San Patricio, el 25 de junio de 1836. De su juvenil corazón de 25 años brotó esta oración, también registrada en su diario: "Oh Jesús mío, he aquí que me has dado el poder de ofreceros a Vos mismo a mi Dios. Es mucho para mí. ¡Todo es obra vuestra, Señor!".8

Misionero en Estados Unidos

A los cuatro días ya fue destinado a una parroquia de Búfalo. De camino, se detuvo en Rochester para atender a miles de alemanes católicos que vivían allí como ovejas sin pastor. Al llegar a su destino se encontró con el P. Juan Prost, sacerdote redentorista cuya amistad será decisiva cuando establezca el rumbo de su vida.

Con la facilidad de quien habla fluidamente seis idiomas, inició en Estados Unidos su proficuo ministerio sacerdotal, dirigido sobre todo hacia las regiones de fuerte inmigración alemana, en las cuales enfrentó numerosas hostilidades de personas contrarias a la religión.

Durante algunos años desempeñó una intensa actividad en las vastedades del territorio norteamericano. Aunque a cierta altura el P. Prost le advirtió del peligro que existía de trabajar a solas, recordándole las sabias palabras del Eclesiastés: "Væ soli! - ¡Ay del que está solo!" (4, 10). Por eso recibió con enorme alegría la compañía de su hermano Wenceslao, llegado de Bohemia para atender al llamamiento que le había hecho en una carta: "Quien quiera servir a Dios, encontrará mucho trabajo
en América".9

Hijo de San Alfonso María de Ligorio

El ardoroso empeño misionero del P. Neumann le desgastó su salud, obligándole a coger unos días de descanso. En ese período reflexionó largamente sobre la posibilidad de pedir ser admitido en los Redentoristas, lo que le permitiría participar del carisma de San Alfonso María de Ligorio y le traería la inmensa ventaja de vivir bajo la obediencia de un superior. Resuelto, de hecho, a abrazar la vida religiosa, tramitó la solicitud a través del P. Prost, recibiendo pronta y positiva respuesta. Las razones de su tardía vocación así son descritas por él: "Durante cuatro años me esforcé por llevar a mis comunidades al fervor que observé en la comunidad redentorista de Rochester, y no lo conseguí. Ese fue el motivo, junto con el deseo natural, o mejor, sobrenatural de vivir en una congregación de sacerdotes para no andar abandonado a mí mismo en tantos peligros del mundo".10

En la Congregación del Santísimo Redentor, que por entonces contaba con poquísimos miembros en América, el P. Neumann encontró en el espíritu del fundador el camino para tan anhelada santidad. Éste recomendaba rechazar las vocaciones mediocres o simplemente dudosas: " ‘Pocos y santos', decía a sus misioneros".11

Su hermano Wenceslao lo acompañó, haciéndose hermano lego redentorista.

En el gobierno de los Redentoristas

No tardó mucho y fue nombrado superior de los Redentoristas de Pittsburg. Persuadido de que los religiosos atraen sobre sí la gracia divina a través de la observancia radical de las reglas de su instituto, reflejo del espíritu del fundador, procuraba ser eximio en esta materia y lo exigía también de sus subordinados.

No se engañaba, porque, como observa el célebre P. Philipon, "la observancia -absolutamente fiel- de una Regla religiosa, aprobada por la sabiduría de la Iglesia, bastaría para encaminar a las almas a las más elevadas cimas de la santidad. De ahí
que el Papa Juan XXII dijera: ‘Dame un dominico que observe fielmente su Regla y Constituciones y, aun sin milagros, lo canonizaré' ".12

Como superior, no exigía de sus subalternos nada que él mismo no estuviera dispuesto a practicar. Si había algo desagradable o difícil de hacer, era incumbencia suya; si era fácil y honorable, se lo dejaba a sus compañeros. Nombrado superior provincial de la congregación en Estados Unidos, se desenvolvió con enorme dedicación, aunque su salud comenzara a presentar preocupantes señales de declive. La congregación contaba en esa época tan sólo con treinta miembros, muy pocos para abarcar tan vasto campo de misión. No obstante, durante el período que permaneció en el cargo se fundaron en el país diez nuevas casas.

Elevado a la sede episcopal de Filadelfia

Habiendo pasado algunos años como provincial, la Santa Sede de cidió encomendarle el gobierno de la diócesis de Filadelfia. Para evitar que su humildad lo llevara a rechazar la plenitud del sacerdocio, el Beato Pío IX le ordenó que se sujetara a la voluntad divina sin vacilaciones.

Los ocho años de dedicación de Mons. Juan Neumann en el ejercicio de sus deberes episcopales fueron un constante testimonio de su celo por la gloria de Dios, así como de su espíritu de oración, humildad y desinterés. Las continuas visitas a los más diversos rincones de su diócesis hacen que se le recuerde como buen pastor y solícito misionero. Acostumbraba a pasar tres días en cada lugar. Predicaba, oía confesiones, inscribía candidatos en las cofradías religiosas, se esforzaba para que los frutos de su visita pastoral fueran permanentes.

Su alma piadosa y recta iluminaba así todos los sitios del territorio diocesano. Lleno de ternura y bondad paterna para con los miembros del clero diocesano, demostraba gran empeño por la santificación de todos, y de ellos recibía sincero afecto. Las conferencias y sínodos que promovía en la diócesis revelan el gran valor de sus conocimientos doctrinarios. Escribió numerosos artículos en revistas, publicó dos catecismos y una Historia de la Biblia para estudiantes.

También es considerado el fundador de las escuelas católicas en Estados Unidos, destinadas a asegurar la perseverancia de las nuevas generaciones en la fe y en la virtud. Aconsejado por el mismo Papa, fundó el Instituto de las Hermanas de la Tercera Orden de San Francisco para que cuidaran de esas escuelas. Construyó más de ochenta iglesias, estableció numerosas instituciones religiosas e introdujo la devoción de las Cuarenta Horas de Adoración Eucarística, para animar la fe y la piedad del pueblo.

Profundamente devoto de la Santísima Virgen, recibió una invitación formal de Pío IX para que estuviera presente en la solemne promulgación del dogma de la Inmaculada Concepción, y con gran gozo se dirigió a Roma. Antes de partir, publicó una carta pastoral en la que cada palabra, llena de unción, manifiesta sus filiales sentimientos con relación a la Madre de Dios.

Combatió el noble combate

El hecho de que un pastor tan fiel fuera arrebatado prematura y repentinamente de esta vida, como hemos visto al inicio de estas líneas, puede parecer una tragedia a los ojos de los hombres. Sin embargo, en sus insondables designios, Dios sabe cuál es el momento en que cada uno de nosotros debe comparecer ante Él, en cuanto supremo Juez. Mons. Juan Neumann había combatido el noble combate a lo largo de toda su vida. Estaba preparado para recibir "la corona de la justicia" (2 Tim 4, 8) de la que habla San Pablo, la "recompensa muy grande" (Gén 15, 1) prometida por Dios a Abrán. Se presentaba, pues, ante el Todopoderoso con una alegría comparable a la de los siervos buenos y fieles de la parábola de los talentos (cf. Mt 25, 14-23), quienes al oír que el Señor los llama, "van céleres a su encuentro, porque perciben que ha llegado el final de sus penas, trabajos y esfuerzos. Acuden raudos y sin recelo. ¿Qué podrían temer de un señor al que siempre amaron y por el que siempre trabajaron?".13 

 

1 BERGER, CSsR, John A. Life of Right Rev. John N. Neumann, D.D., of the Congregation of the Most Holy Redeemer. Fourth Bishop of Philadelphia. New York-Cincinnati- St. Louis: Benziger Brothers, 1884, p. 429.
2 SOUZA, CSsR, Aluísio Teixeira de. Vida de São João Neumann. Um migrante a caminho do Céu. Aparecida: Santuário, 1987, p. 109.
3 Ídem, p. 110.
4 BERGER, op. cit., p. 432.
5 SOUZA, op. cit., p. 17.
6 BERGER, op. cit., p. 45.
7 Ídem, p. 85.
8 SOUZA, op. cit., p. 43.
9 Ídem, p. 55.
10 Ídem, pp. 59-60.
11 TELLERÍA, CSsR, Raimundo. San Alfonso María de Ligorio. Fundador, Obispo y Doctor. Madrid: El Perpetuo Socorro, 1950, v. I, p. 486.
12 PHILIPON, OP, Marie- Michel. Doutrina espiritual de Elisabete da Trindade, c. VIII, n.º 3. 2.ª ed. São Paulo: Paulus, 1988, p. 203.
13 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Uma via segura para a salvação eterna. In: O inédito sobre os Evangelhos. Città del Vaticano-São Paulo: LEV; Lumen Sapientiæ, 2013, v. II, p. 462.

 

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