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Primeros Sábados

Meditación para el primer sábado - 1º Misterio Luminoso

Publicado 2018/01/06
Autor : Redacción

BAUTISMO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: FIESTA DE LA ESPERANZA Y LA ALEGRÍA

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Introducción:

Para la realización de nuestra devoción del Primer Sábado, hoy contemplaremos el 1º Misterio Luminoso: El Bautismo de Jesús en las márgenes del río Jordán.
Cómo afirma San Gregorio Nacianceno, Cristo es iluminado por Dios en el Bautismo, y nosotros, una vez bautizados, recibimos con Él la luz divina. Descendamos con el Verbo Encarnado a las aguas del Jordán para también subir al Cielo con Él.

Composición de lugar:

Imaginemos un río de aguas límpidas y serenas en medio a un lindo paisaje enmarcado de árboles frondosos y arbustos floridos. Junto a la margen del río vemos una aglomeración de personas vestidas como en la época de Jesús. Un intenso rayo de sol atraviesa las blancas nubes del cielo e incide sobre dos hombres que están de pie, dentro del agua rasa. Son Nuestro Señor y San Juan Bautista que está bautizando al Cordero de Dios. En el mismo instante vemos una espléndida paloma blanca posar sobre la cabeza de Jesús.

Oración preparatoria:

Oh Virgen Santísima de Fátima, humildes y confiados pedimos que intercedáis por nosotros durante esta meditación sobre el Misterio del Bautismo de vuestro divino Hijo y nos alcancéis de Él las gracias que nos confirmen en la fe recibida cuando las aguas bautismales recayeron sobre nosotros, volviéndonos hijos de Dios y con Cristo, herederos de las glorias celestiales. Amén.

Evangelio de San Lucas 3, 21-22

"21 Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, 22 bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco»."

I- DIVINIDAD Y HUMILDAD DE CRISTO

«Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco». En la fiesta del Bautismo de Jesús resuenan estas solemnes palabras. Ellas nos invitan a revivir el momento en que Jesús, bautizado por San Juan, sale de las aguas del río Jordán y Dios Padre Lo presenta como a su Hijo unigénito, el Cordero que quita los pecados del mundo. Se oye una voz que proviene del cielo, en cuanto el espíritu Santo, en forma de paloma, desciende sobre Jesús que da inicio público a su misión de salvación.

Misión caracterizada por el estilo del siervo manso y humilde, preparado para la abnegación total.

1- Los Cielos se abren para Jesús, revestido de nuestra humildad

He aquí que el Señor viene a recibir el Bautismo y llega revestido de nuestra humanidad, ocultando su grandeza divina. Él viene al encuentro de Juan como un hombre simple, sometido al pecado e inclinando la frente para ser bautizado por la mano del Bautista. Impresionado con tanta humildad, San Juan intenta excusarse diciendo: "Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?»."(Mt, 3,14)

Al considerar la pregunta de San Juan y la actitud de Jesús, San Hipólito comenta: "Cuan numerosos e importantes bienes hubiéramos perdido si el Señor hubiese cedido a la invitación de Juan y no hubiese recibido el Bautismo. Anteriormente, los cielos estaban cerrados y nuestra patria en lo alto era inaccesible.

Después de haber bajado hasta el fondo, ya no podíamos volver a las alturas. Mas el Señor no se limitó a recibir el bautismo, renovó el hombre viejo (cf Rm 6,6) y le confió de nuevo el cetro de la adopción divino; pues de inmediato ‘los cielos se abrieron', las realidades visibles se reconciliaron con las invisibles y lo que estaba oculto, se reveló."

Y San Juan Crisóstomo acrecienta: "Enseguida del Bautismo del Salvador, no fue el antiguo Paraíso que se abrió, fue el propio cielo. ¿Y porqué se habrán abiertos los cielos en el Bautismo de Cristo? Para enseñarnos que lo mismo se pasa en nuestro Bautismo: así nos llama Dios a nuestra patria celeste y nos invita a no tener más nada en común con la tierra. Y si ahora no conseguimos ver las mismas signos, recibimos sin embargo las mismas gracias, de las cuales los signos eran símbolos.

2- Se revela la divinidad de Cristo y la Santísima Trinidad

Jesús sale de las aguas, elevando consigo al mundo que estaba sumergido y ve abrirse los cielos de par en par que Adán había cerrado para sí y su posteridad. Se vio entonces una paloma descender de lo alto, indicando tanto a Juan como al pueblo hebreo que Jesús era el Hijo de Dios. ¿Por qué el Espíritu Santo descendió en forma de paloma? Porque la paloma es mansa y pura, y, como dice San Juan Crisóstomo, el Espíritu Santo es toda pureza y mansedumbre.

Con este acontecimiento, en el Bautismo de Cristo se revela no sólo su filiación divina más toda la Santísima Trinidad: el Padre -la voz de lo alto- revela en Jesús su Hijo Unigénito que Le es consubstancial, y todo se cumple en virtud del Espíritu Santo que, bajo forma de paloma, desciende sobre Cristo, Consagrado del Señor.

3-Nuestra responsabilidad de bautizados

Nos es indicado también a nosotros que en nuestro Bautismo, el Espíritu Santo desciende a nuestra alma. Y si no desciende en una forma visible, es porque ya no precisamos que esto acontezca, ya que es suficiente nuestra fe. Con el Bautismo -nos advierte San Juan Pablo II-cada cristiano encuentra Nuestro Señor Jesucristo de modo personal: es insertado en el misterio de su muerte y de su resurrección, y recibe una vida nueva que es la misma de Dios. ¡Qué gran don y que gran responsabilidad!

Pero ¿Cuántos bautizados están plenamente conscientes de aquello que recibieron? -nos pregunta el santo pontífice--. ¿Estoy consciente del valor inestimable de este don que recibí en las aguas del bautismo? Si no lo estoy, debo reavivarme en los enseñamientos de la catequesis para redescubrir este don que requiere de cada uno de nosotros la aceptación de la gran responsabilidad de ser bautizado. La Madre de dios, Madre de Jesús, nos acompañe en este exigente camino de revigorización de nuestra fe.

II -LAVÓ NUESTROS PECADOS DEN LAS AGUAS DEL JORDÁN

Sin duda Jesús quiso recibir el Bautismo por humildad, rebajándose para ser bautizado por Juan. San Tomás de Aquino, considerando la conveniencia de esta misteriosa disposición del Redentor, enumera varias razones que la justifican:

1- Santificó todas las aguas del universo

Entre estos motivos, uno de los más bonitos fue el deseo del Salvador de conferirle a las aguas, en contacto con su Carne adorable -que es divina no obstante humana- la capacidad de purificar, que es la virtud del Bautismo. Al dejar en las aguas del Jordán "la fragancia de su divinidad" el Redentor santificó todas las aguas del universo, con vistas a aquellos que recibirían más tarde el baño de la regeneración. De hecho, todo lo que Nuestro Señor Jesucristo tocaba era tocado por el propio Dios.

Cristo no precisaba ser bautizado, pues fue Él quien inspirando a San Juan, instituyera este rito, mas, "el bautismo tenía necesidad del poder de Jesús". Desde toda la eternidad el Verbo conoció con perfección, en su propia esencia divina, a cada uno de nosotros, con nuestros pecados, miserias, insuficiencias. Siendo Dios, Él podía limpiar la Tierra por un simple acto de su voluntad; sin embargo prefirió Él mismo, el Inocente, libre de cualquier mancha, asumir una carne "semejante a la del pecado" (Rm 8,3). Quiso ser bautizado, entonces, no "para ser purificado, sino para purificar", sumergiendo consigo en el agua bautismal a todo el viejo Adán.

Debemos considerar que si existiese una humanidad infinita con infinitos pecados, Nuestro Señor los habría cargado sobre Sí, lavándolos en aquel momento en las aguas del Jordán.

2- Profunda confianza

La divina actitud del Salvador debe inspirarnos profunda confianza, pues aunque seamos reos de culpa, "el don de Dios y el beneficio de la gracia obtenido por un solo hombre, Jesucristo, fueron concedidos copiosamente a todos" (Rm 5,15). De hecho siendo Nuestro Señor Cabeza del Cuerpo Místico, de Él parten y son distribuidas todas las gracias para todos los miembros, a través de las manos misericordiosas de María Santísima. Por fin, con su Bautismo, quiso abrirnos un camino y estimularnos a comprender la importancia de este Sacramento.

3- Sea siempre brillante la luz que nos iluminó en el Bautismo

San Hipólito comenta que esa agua del Bautismo riega el paraíso, deleita la tierra, fecunda el mundo, engendra el hombre para la vida, haciéndolo renacer. Fue en esta agua que Cristo fue bautizado y fue sobre ella que descendió el divino Espíritu. Y continua: "Permaneced enteramente puros y purificaos siempre más.

Nada agrada tanto a Dios cuanto el arrepentimiento y la salvación del hombre, para quien se destinan todas sus palabras y misterios. Sed como luces en el mundo, esto es, como una fuerza vivificante para los otros hombres. Permaneciendo como luces perfectas delante de la gran luz, seréis inundados por el esplendor de esa luz que brilla en el cielo e iluminados con mayor pureza y fulgor por la Trinidad".

Volvamos nuestros ojos para lo íntimo de nuestros corazones y nos preguntemos se hemos sido dignos hijos de Dios, y si la luz de la gracia divina que nos iluminó en el Bautismo se mantiene viva y refulgente para aquellos con los cuales convivimos.

III -FUERZA REGENERADORA DE LA MISERICORDIA DIVINA

"El Bautismo es esplendor de las almas, transformación de la vida, es ayuda a nuestra fragilidad. El Bautismo es vehículo que conduce a Dios, peregrinación junto a Cristo, apoyo de la fe, perfección de la mente, llave del Reino de los Cielos, mudanza de vida, destrucción de la esclavitud y liberación de las amarras" nos enseña San Gregorio Nacianceno.

1- Esperanza y santa alegría

La Fiesta del Bautismo del Señor debe cubrirnos de esperanza y de santa alegría, por mostrarnos la fuerza regeneradora del perdón y de la misericordia divina, en la cual debemos confiar en cualquier circunstancia de nuestra vida. Por peor que pueda llegar a ser nuestra situación, si supiésemos tener fe y nos mantuviésemos íntegros en el cumplimiento de los santos Mandamientos, nunca dejará de haber una solución para todo, pues "¡...para Dios nada es imposible! (Lc 1,37).

Seamos agradecidos a Nuestro Señor por todo cuanto realizó por nosotros. Con el Bautismo, Jesús da inicio a su propia vida pública, que culminará en la Pasión, Muerte y Resurrección del Redentor, rescatando para siempre toda la humanidad pecadora. Por los ruegos de María Santísima, pidamos a Nuestro Señor gracias en profusión, capaces de hacernos cruzar -al final de nuestra peregrinación terrena-las puertas del Cielo que nos franqueó en el esplendoroso día de su Bautismo.

2- Vivamos según el Espíritu

Y tengamos presente que para ser merecedores de esas gracias, debemos vivir del mejor modo posible nuestra condición de bautizados. Recordándonos que sobre cada uno de nosotros descendió el Espíritu Santo, con profusión de sus dones eclesiales. De esta inconmensurable riqueza de dones brota para nosotros una única tarea, que el Apóstol Pablo no se cansó de indicar a los primeros cristianos con las palabras: "Caminad según el Espíritu" (Gl 5,16), es decir, vivid y actuad constantemente en el amor de Dios.

CONCLUSIÓN

Al concluir esta meditación, dejemos repercutir en nuestras almas una vez más la voz venida del Cielo en el día del Bautismo de Jesús: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco». Tengamos presente que esa misma predilección divina nos fue también asegurada en el momento en que las aguas bautismales recayeron sobre nosotros. Bautizados nos volvimos hijos de Dios, partícipes del misterio de la muerte y resurrección del Señor, fuimos enriquecidos con el don de la fe e incorporados al pueblo de la Nueva Alianza que es la Santa Iglesia Católica.

Que la Virgen Santísima de Fátima nos alcance del Sagrado Corazón de Jesús la gracia de vivir santa y dignamente nuestra condición de bautizados, hermanos de Cristo y con Él herederos de la gloria celestial. A Ella dirijamos nuestra confiada y filial súplica:

Dios te Salve, Reina y Madre...

Referencia bibliográfica:

Basado en: São João Paulo II, Homilias para a Festa do Batismo do Senhor, disponible en www.vaticano.va
Monseñor João S. Clá Dias, O Inédito sobre os Evangelhos, Libreria Editrice Vaticana/Instituto Lumen Sapientiae, Città del Vaticano/São Paulo, 2013, vol. V, pp. 163 e ss.

 

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