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Matrimonio y virginidad

Publicado 2018/02/10
Autor : San Juan Pablo II

Los esposos cristianos tienen el derecho de esperar de las personas vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la muerte. La fidelidad de éstas incluso ante eventuales pruebas, debe edificar la fidelidad de aquellos.

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Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gén 1, 26ss): llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.

Dios es amor (1 Jn 4, 8) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano.

En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.

Pacto que se confirma públicamente como único y exclusivo

Juan Pablo IILa Revelación cristiana conocedos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el matrimonio y la virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de su "ser imagen de Dios".

En consecuencia, la sexualidad,mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos,no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano,solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona,incluso en su dimensión temporal;si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente.

Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad responsable,la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de valores personales,para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y concorde de los padres.

El único "lugar" que hace posible esta donación total es el matrimonio,es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor,querida por Dios mismo, que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado.

La institución matrimonial no es una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta fidelidad,lejos de rebajar la libertad de la persona,la defiende contra el subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría creadora. [...]

El amor conyugal exige la indisolubilidad

Al igual que cada uno de los siete sacramentos, el matrimonio es también un símbolo real del acontecimiento de la salvación, pero de modo propio. "Los esposos participan en cuanto esposos, los dos, como pareja,hasta tal punto que el efecto primario e inmediato del matrimonio (res et sacramentum)no es la gracia sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal cristiano, una comunión en dos típicamente cristiana, porque representa el misterio de la Encarnación de Cristo y su misterio de alianza. El contenido de la participación en la vida de Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola alma; exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación reciproca definitiva y se abre a la fecundidad (cf. Humanae vitae, n.º 9). En una palabra, se trata de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino que las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos".1 [...]

Dos modos de expresar y de vivir el único misterio

La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio,sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único misterio de la alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada;cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los Cielos.

En efecto, dice acertadamente San Juan Crisóstomo: "Quien condena el matrimonio, priva también a la virginidad de su gloria; en cambio,quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece un bien solamente en comparación con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aún que bienes por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado superlativo".2

En la virginidad el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida eterna. La persona virgen anticipa así en su carne el mundo nuevo de la resurrección futura(cf. Mt 22, 30).

La virginidad defiende el matrimonio de toda reducción

En virtud de este testimonio, la virginidad mantiene viva en la Iglesia la conciencia del misterio del matrimonio y lo defiende de toda reducción y empobrecimiento.

Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre(cf. 1 Cor 7, 32-35), "hasta encenderlo mayormente de caridad hacia Dios y hacia todos los hombres",3 la virginidad testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia,durante toda su historia,ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios.

Aun habiendo renunciado ala fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos,cooperando a la realización de la familia según el designio de Dios.

Los esposos cristianos tienen pues el derecho de esperar de las personas vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la muerte. Así como para los esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige sacrificio,mortificación y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las personas vírgenes. La fidelidad de éstas incluso ante eventuales pruebas,debe edificar la fidelidad de aquellos. 

San Juan Pablo II - Fragmentos del a exhortación apostólica Familiaris consortio, 22/11/1981

1 SAN JUAN PABLO II. Discurso a los delegados del "Centre de Liaison des Equipes de Recherche", n.º 4, 3/11/1979.

2 SAN JUAN CRISÓSTOMO. De virginitate, n.º 10: PG 48, 540.

3 CONCILIO VATICANO II. Perfectæcaritatis, n.º 12.

 

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