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Religión e Historia

¡Náufrago en el amazonas!

Publicado 2018/04/05
Autor : Katsumassa Sakurata

El hecho que voy a narrar encierra una importante lección para todo católico: por más desesperantes que sean las circunstancias, es preciso no perder la confianza en la Providencia.

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En la oscura madrugada del día 8 de noviembre de 1997, a las tres horas, zarpamos del puerto fluvial de Manaos, rumbo a Belén de Pará, en una balsa de transporte de camiones. Midiendo aproximadamente 70 metros de largo por 18 de ancho, ella era impulsada por un remolcador en la parte trasera.

En ese viaje, la gran embarcación transportaba 25 automóviles. Entre ellos, adelante, estaba colocada la camioneta en la cual -con siete amigos más, laicos como yo- recorría el norte de Brasil, divulgando la devoción a la Virgen.

La caída en el río

¡Náufrago en el amazonas!Alrededor de las cuatro, cuando aún muchos se preparaban para dormir, fui hasta la camioneta a buscar algunos papeles. Debido a la densa oscuridad de una noche sin luna, pisé inadvertidamente en falso, cayendo en las aguas, ¡enfrente de la balsa que avanzaba!

No encontré cosa alguna en qué agarrarme, ni siquiera tuve tiempo de gritar, de tal forma la caída fue inesperada. Yo tenía certeza de que nadie había visto ni oído mi precipitación en las devoradoras aguas del inmenso río. ¡Al caer, el primer pensamiento que me ocurrió fue que sería cogido y destrozado por la hélice del remolcador!

Inmediatamente fui tragado debajo de la balsa. Por más que luchaba, no conseguía salir de debajo del casco siendo golpeado repetidamente. Me aterrorizaba la idea de la hélice que se aproximaba. Ya casi sin aliento, nadé en el sentido que me parecía desviarme de ella. Y - ¡enorme alivio! -al final pasó la balsa y me encontré vivo en la superficie.

Lucha con el piloto

Al emerger, percibí que estaba próximo del remolcador y grité pidiendo socorro tres veces. A pesar del fuerte ruido del motor, mis gritos fueron oídos por uno de mis amigos y un marinero que allí se encontraban. Si no fuese eso, mi ausencia sólo habría sido notada al día siguiente...

El marinero subió inmediatamente a la torre de comando para avisar al piloto. En cuanto eso ocurría, mi amigo averiguó y constató que el náufrago era yo. El piloto, entretanto, se negaba a volver para recogerme, argumentando:

-No quiero desanimarlo, pero es prácticamente imposible que su compañero sea rescatado vivo.

A esas alturas, mis otros amigos se juntaron al primero. Uno de ellos, más fogoso y decidido, amenazó enérgicamente al piloto de "serias complicaciones", además de un proceso judicial, caso que no tomase inmediatamente todas las medidas para intentar salvar la vida del náufrago. Los argumentos categóricos, y sobre todo, la fuerte complexión del interpelante obtuvieron el resultado deseado.

Sólo en un río océano y en la oscuridad

En cuanto eso ocurría en el remolcador, yo me encontraba boyando en medio de las pequeñas ondas, viendo las luces del barco alejarse y el ruido del motor cesar por completo. En poco tiempo, no vi ni oí nada más...

Sólo en aquella oscuridad, a muchos kilómetros de cualquier margen del río, invocaba incesantemente el auxilio de Nuestra Señora y de mis santos protectores. ¡Nunca en mi vida recé con tanto ardor!... Pronto me vi tranquilizado por un sentimiento de confianza y resignación.

En la balsa, el piloto redujo la marcha del motor y comenzó a hacer la maniobra de media vuelta. Era una operación muy difícil en medio de la oscuridad porque, sin instrumentos de navegación, el único punto de referencia eran las luces de la central termonuclear de Manaos, a 20 kilómetros de distancia.

Me quedé flotando alrededor de 20 minutos. Pensé en la muerte, y encomendé mi alma a Dios y a la Virgen Santísima. Me vino a la mente lo que sabía del río Amazonas: en él viven más de 300 especies de pirañas, además de otros peces mayores y feroces... Me agobiaban esos tristes pensamientos cuando, para mi sorpresa... ¡veo las luces de la balsa que estaba regresando!

Dos de mis compañeros de actividades apostólicas se colocaron en la proa, provistos de una buena linterna, y cuando la balsa se aproximó, pronto consiguieron localizarme.

Entretanto, por increíble que parezca, no tuve tiempo ni fuerzas para salir de la ruta de la embarcación que venía en mi dirección y ¡ella pasó implacablemente por encima de mí una vez más!

El rescate

La corriente del río dificultaba la maniobra de la balsa. Al final, alguien me tiró una boya. No obstante, la cuerda era insuficiente y yo estaba demasiado debilitado para dar algunas brazadas. Era necesario que alguien saltase al agua para traerme la boya. Un marinero se negó a hacerlo alegando que no sabía nadar.

Entonces uno de mis amigos -viendo que nadie haría nada y que mis fuerzas se iban agotando rápidamente- se lanzó al agua, nadó hasta mí y me puso la boya en las manos. Me agarré a ella como pude y fui alzado hasta la balsa. Un poco más de demora, habría perdido totalmente las fuerzas y me habría hundido.

Jadeante, sin conseguir siquiera hablar, me senté en una silla de la cubierta. ¡Me costaba creer que allí estaba, sano y salvo! Conmovido hasta las lágrimas, agradecía a la Virgen el milagro que ella había obrado en mi favor.

La declaración del experimentado piloto corrobora mi convicción del milagro. Él afirmó que, en 30 años de navegación en el Amazonas, no conocía ningún caso de rescate de náufrago con vida en ese río en la noche.

Con ese trágico episodio, aprendí una gran lección: que, por más desesperada que sea cualquier situación, nunca debemos desanimar, pues si nos encomendamos con confianza a Nuestra Señora, Ella nos ayudará.

 

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