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Religión e Historia

¿Puede haber tristeza en el cielo?

Publicado 2018/07/29
Autor : Redacción

Se dice que en el cielo, la alegría será completa, exhaustiva y sin ningún tipo de mezcla de inquietud. Sin embargo, ¿la condenación eterna de familiares y amigos no será causa de amargo pesar para los bienaventurados?

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Sí, la alegría en el cielo será perfecta, completa, sin ninguna mezcla de inquietud o tristeza: ese es el orden querido por Dios.

Detalle del Juicio Universal de Fra Angélico, Museo de San Marcos, Florencia (Italia)La Escritura, de hecho, casi en cada una de sus páginas, nos muestra a los santos llenos de alegría y gozos sin fin y sin medida. Así leemos en los Salmos: "Tú me enseñaste el camino de la vida, hay abundancia de alegría junto a Ti, y delicias eternas a tu derecha" (Sal 15,11). No obstante, en el lugar donde la alegría reina en su plenitud no puede haber aflicción ni dolor. "Los santos serán satisfechos en la abundancia de tu casa, y les darás a beber de los torrentes de tus delicias" (Sal 35, 9). He aquí otra afirmación de la felicidad más plena y superabundante.

Y en el Apocalipsis se lee: "Ya no habrá muerte, ni luto, ni grito, ni dolor, porque pasó la primera condición" (Ap 21, 4). Estas palabras indican claramente la ausencia de cualquier pena o dolor de alma y de cuerpo, porque las penas y los dolores son una triste suerte de esta vida de probación.

Por último, dice también Isaías: "El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros" (Is 25, 8). Y en otro pasaje: "Los redimidos llegarán a Sión con canciones de triunfo, y una alegría eterna coronará su cabeza, la alegría y el gozo los poseerán, la tristeza y los gemidos serán para siempre desterrados" (Is 35, 10).

Nada hay de más cierto, por tanto, que la alegría en el Cielo será perfecta, bajo cualquier punto de vista. Si allí pudiese haber alguna tristeza, se debería: o bien al hecho de que los bienaventurados vieran a Dios muy ultrajado por los malos, o porque ellos mismos sean afectados por alguna desgracia, o incluso, por ver a sus amigos condenados al infierno.

Sin embargo, ninguno de estos supuestos puede suceder en el Paraíso.

La alegría de los santos en el Cielo es inmutable

Ningún disgusto es posible que sobrevenga de parte de Dios a los bienaventurados, y esto por varias razones. En primer lugar, los pecados de los hombres, por más grandes y más numerosos que uno puede imaginarlos, de ninguna manera conseguirán ser perjudiciales a Dios. Si es verdad que los crímenes de la Tierra parecen ocultar Su gloria extrínseca, también
es cierto que de ahí Él obtiene un gran bien: por un lado, dejando a los pecadores la "libertad" de insultarle, hace brillar más Su paciencia y Su bondad; pero por otra parte, Su justicia aparecerá en toda su plena perfección cuando llegue el momento del castigo, en la otra vida. De ello se deduce entonces que, al estar ampliamente compensado el daño causado a la gloria divina por el pecado, ningún disgusto puede abatirse por este hecho sobre los justos.

Otro argumento se deduce de los atributos infinitos de Dios. Los santos lo ven tan bueno en Sí mismo, que la eterna condenación de los malos en nada parece afectarle, tan grande es la gloria que le viene de Sus numerosas e incalculables perfecciones. Es como si un monarca, dueño del universo, perdiese en un desastre alguna pequeña ciudad de su imperio: por la pérdida -según el reconocimiento general- no valdría la pena derramar una lágrima siquiera, más aún, sería motivo de alegría si esta pequeña ciudad hubiese merecido la fatalidad que la golpeó.

En tercer lugar, los justos son conscientes de que no pasa nada sin el permiso de Dios. Él podría, con una simple señal, si absolutamente lo quisiese, impedir cualquier falta, hacer todo y salvar toda la humanidad, pero, por justos motivos, Él decidió no utilizar ese poder.

Por todas estas razones, los bienaventurados no sentirían ninguna tristeza por los pecados de los impíos, ni por su condenación. Ellos odian, por supuesto, el pecado; pero por más vigoroso que sea este sentimiento en ellos, no sufren por esto molestia alguna. Una cosa es la tristeza o el dolor del alma, otra es la aversión y el odio: estos pueden existir sin aquellos.

Es evidente que Dios, a pesar de Su infinito odio al mal, no experimenta, por ese motivo, ningún disgusto. Dios es inmutable; la aflicción, al igual que cualquier otro mal, no le afecta, y cuando hablamos de Él, determinadas expresiones como estar "afligido", "pesaroso" o "arrepentido" tienen sólo un sentido metafórico.Sin embargo, paralelamente, esto se aplica a los santos del Cielo. Como hijos de Dios, participan de la condición de Dios y, como Él, aunque en menor grado, son inaccesibles a la angustia de cualquier mal que ellos puedan presenciar. Su beatitud -supereminente y perfectísima participación de la beatitud de Dios- es inmutable como la de Él, incompatible con cualquier pena, porque el dolor es un mal y una imperfección que repugna la infinita suavidad de la condición beatífica.

El amor beatífico se basa en la caridad

Si los bienaventurados están exentos de todos los males, si viven envueltos en los bienes eternos e infinitos, es evidente que ellos no encuentran en sí mismos motivos de aflicción. Pero sus prójimos, sus amigos cuyo destino es la condenación eterna, ¿no serán causa de amargas aflicciones para ellos?

De ninguna manera. Pues el amor beatífico no se basa en el parentesco carnal, su fundamento es la comunión en el espíritu divino y en la adopción divina. En el Cielo, la amistad o el parentesco no tienen un papel sino muy secundario. Poco importa a la persona, en el estado beatífico, saber si debe a éste o a aquél la vida corporal; pues si ella nació de este padre y no de tal otro, esto ocurrió, no por una disposición de la voluntad humana, sino por un decreto de la Providencia. Por otra parte, la energía generadora no viene del hombre, es un don de Dios concedido libremente a él. Y frecuentemente el hombre busca menos el bien del hijo que él engendra, que su propio placer; entretanto, como instrumentos de Dios para formar los cuerpos, los padres tienen el deber de cuidar de su hijo, y éste la obligación de obedecer a los padres y de socorrerlos en las necesidades de la vida.

El padre no se lamentará por la condenación de su hijo

En el Cielo, las condiciones cambian: sólo Dios es padre, Su supereminente paternidad supera a cualquier otra, y los justos sólo se consideran como hijos adoptivos de Dios. Estamos de acuerdo que conservan un afecto especial por aquellos que en la Tierra fueron sus padres o sus hijos o sus amigos, y que desean con preferencia la salvación de ellos a la de cualquier otro.

Pero eso no impide que, si alguno de sus familiares o amigos aquí en la Tierra llega a prevaricar, ellos le miren como un enemigo, porque, por el pecado, él se convierte en un enemigo de Dios; y desde entonces, él pasa a ser, a sus ojos, digno de condenación y, lejos de entristecerse, los justos se alegran por los tormentos que sufren en el infierno, pues éstos hacen resplandecer la justicia divina, según las palabras del Rey-Profeta: "El justo tendrá la alegría de ver el castigo de los impíos, y se lavará los pies en la sangre de ellos"(Sal 57, 11).

Por lo tanto, en el Cielo el padre no se lamentará por la condenación de su hijo, ni el hijo por la de su padre, ni el amigo por la de su amigo; pero, de acuerdo con el Soberano Juez, ellos pronunciaran uno y otro la sentencia de reprobación (cf. Summa Theologica, Suppl., q. 94, a.3). 

(Traducido, con adaptaciones de L'Ami du Clerge, 1898, p. 699-700)

 

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