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Primeros Sábados

Meditación para el primero Sábado - 4o Misterio Gozoso

Publicado 2018/10/06
Autor : Redacción

La presentación del Niño Jesús en el templo y la purificación de María Santísima.

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Introducción:

En cumplimiento de la devoción del Primer Sábado, teniendo en vista la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario que se celebra el 7 de octubre, meditaremos hoy el 4o Misterio Gozoso: La Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de María Santísima. El anciano Simeón, al tomar al Niño Jesús en sus brazos para ofrecerlo al Padre Eterno, lo reconoció como la "salvación preparada para todos los pueblos, la Luz para iluminar a las naciones y la gloria para su pueblo, Israel". Cristo es de hecho la Luz verdadera e inextinguible que vino al mundo, por la cual todos debemos dejarnos atraer e iluminar a ruegos de María, Virgen y Madre Purísima.

Composición de lugar:

Imaginemos el amplio patio interno del templo de Jerusalén iluminado por un rayo de sol esplendoroso, que incide sobre unos jóvenes esposos que allí entran. La Madre lleva en sus brazos a su Hijo recién nacido y el padre una cesta con un par de pichones. Nuestra Señora y San José llevan al Niño Jesús para ser ofrecido al Señor. Poco después, el Divino Niño es recibido por el viejo Simeón, que, conmovido, lo toma en sus brazos para presentarlo a Dios.

Oración preparatoria:

¡Oh, Virgen Santísima de Fátima!, que al aparecer a los tres pastorcitos os manifestasteis como la Señora del Rosario recomendando a los hombres su diaria recitación, os suplicamos que nos alcancéis la gracia de siempre corresponder a este apelo y de nunca dejar de rezar nuestro rosario diariamente.

Pedimos, además, que nos iluminéis durante esta meditación para recoger de ella todos los frutos para nuestra santificación, por los méritos del ofrecimiento de vuestro Divino Hijo en el Templo de Jerusalén. Así sea.

Meditación para el primero Sábado - 4o Misterio GozosoEvangelio de San Juan (19, 17)

"22 Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23 de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», 24 y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones»."

I - SALVACIÓN PREPARADA PARA TODOS LOS PUEBLOS

Llegado el tiempo en que María Santísima, según la Ley, debía ir al Templo para su purificación y para presentar a su Hijo Jesús al Padre Celestial, se pone enseguida a camino en compañía de San José. Éste toma los dos pichones para la ofrenda y María toma a su querido Hijo para ofrecerlo a Dios, preludio del gran sacrificio que ese Hijo debía realizar un día sobre la Cruz.

1- Víctima expiatoria por los pecados de todos los hombres

Desde el instante en que fue concebido en el vientre virginal de María, el Verbo Encarnado tenía conocimiento de que su misión en este mundo era ofrecerse al Padre Eterno como Víctima por la reparación de todos los pecados de la humanidad. Así, llegado el día de su presentación en el Templo de Jerusalén, el Divino Niño ardía en deseos de entregarse al Padre como Víctima expiatoria por nuestras faltas e infidelidades.

En el momento en que el Niño Jesús penetraba en el Templo con Nuestra Señora y San José, su Sagrado Corazón latía con más intensidad, pues ya estaba preparado para dar inicio oficialmente a su misión redentora.

2- Madre e Hijo unidos en un mismo ofrecimiento

Contemplemos cómo Nuestra Señora entra en el Templo y hace, en nombre de todo el género humano, la ofrenda de su Hijo: "He aquí, Padre Eterno, a vuestro amado unigénito, Hijo vuestro y también mío. Yo lo ofrezco como víctima de vuestra divina justicia, a fin de reconciliaros con los pecadores. Aceptadlo, oh Dios de misericordia, y apiadaos de nuestras miserias. Por el amor de este Cordero inmaculado recibid a los hombres en vuestra gracia".

La ofrenda de María se une también a la del propio Jesús: "Aquí estoy, Padre mío; os consagro toda mi vida. Vos me enviasteis al mundo para redimirlo con mi sangre. He aquí mi sangre y todo mi ser: Me ofrezco enteramente a Vos por la salvación del mundo".

3- El sacrificio más agradable a Dios

Afirma San Alfonso de Ligorio que nunca un sacrificio fue tan agradable a Dios como el que entonces le hizo su querido Hijo que, desde Niño, fue víctima y sacerdote. Si todos los hombres y todos los ángeles hubiesen sacrificado su vida, su ofrenda ciertamente no sería tan agradable a Dios como lo fue la de Jesucristo, pues en aquel único ofrecimiento el Padre Eterno recibió una gloria infinita y una infinita satisfacción.

Ahora, si Jesucristo ofreció su propia vida al Padre por amor a nosotros y en reparación por nuestras faltas, San Alfonso advierte que es de justicia que nosotros le ofrezcamos también nuestra vida y todo nuestro ser.

¿Es lo que hemos hecho? Si no, aprovechemos este momento para entregar igualmente a Jesús, por las manos de María, nuestros dolores y sufrimientos, nuestra existencia cotidiana con sus vicisitudes y sus alegrías y, especialmente, nuestro propósito de practicar la virtud y buscar la santidad a la cual todos somos llamados.

II - LUZ QUE ILUMINA TODO HOMBRE QUE VIENE AL MUNDO

Meditación para el primero Sábado - 4o Misterio GozosoDe los brazos de Nuestra Señora, el Niño Jesús pasa a los brazos de Simeón, un anciano venerable que ansió durante toda su vida este encuentro; aunque imaginase que sólo iría a ver al Mesías sin llegar a tocarlo con sus manos, en el momento en que recibe el Niño Jesús, el Espíritu Santo le reveló en el fondo de su alma quiénes eran aquellos santos personajes que se encontraban en su presencia.

1- Cántico del anciano Simeón

Tomando el Niño en sus brazos, Simeón lo ofreció al Padre, elevando al Cielo sus célebres palabras, conocidas como el Cántico del anciano Simeón: "29 Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. 30 Porque mis ojos han visto a tu Salvador, 31 a quien has presentado ante todos los pueblos: 32 luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2, 29-32).

¡Escena magnífica y conmovedora, asistida por todos los que allí estaban y oyeron lo que dijo Simeón, y percibieron que se trataba de algo extraordinario!

2- Corramos al encuentro de la Verdadera Luz

Como exclamó el santo Simeón, Cristo es la Luz que ilumina a las naciones. La luz -afirma un santo Padre de la Iglesia- que vino al mundo y, dispersando las tinieblas que lo envolvían, lo llenó de esplendor. Nos visitó de lo alto el sol naciente y derramó su luz sobre los que se encontraban en tinieblas: este es uno de los grandes significados del misterio que hoy meditamos. Y, conforme nos aconseja el mismo santo, así como la Virgen Madre de Dios llevó en su regazo esta Luz y la comunicó a aquellos que yacían en las tinieblas, así también nosotros, iluminados por su fulgor, debemos correr presurosos al encuentro de Aquel que es la verdadera Luz.

3- Seamos reflejos de la Luz de Cristo para los otros

Cristo es la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Todos nosotros, por lo tanto, debemos dejarnos iluminar por Él y permitir que brille en nosotros su luz divina. No nos esquivemos del esplendor de su gracia y no insistamos en continuar inmersos en la obscuridad de nuestras faltas y pecados pasados. Hagamos el propósito de renovar nuestra vida espiritual, de convertirnos al brillo fulgurante de esta Luz eterna. Unámonos a la alegría del anciano Simeón y entonemos con él un himno de acción de gracias al Padre, que nos envió la Luz verdadera y nos hace partícipes de su esplendor. Y que el brillo de esa Luz, reflejado en nosotros, contagie a todos a nuestro alrededor.

III - RESPLANDECEN LAS VIRTUDES DE MARÍA

Es necesario considerar también que el Misterio que ahora meditamos, además de marcar el inicio oficial de la misión redentora de Nuestro Señor Jesucristo, es uno de los pasajes más bonitos de la vida de la Santísima Virgen, pues en él resplandece de un modo admirable la heroicidad de sus virtudes, las cuales debemos imitar para alcanzar nuestra propia santidad.

1 -Pureza

Concebida sin pecado, inmaculada y sin sombra de mancha desde el primer instante de su ser, Nuestra Señora nunca tiznó con la más pequeña imperfección su hermosura virginal. Por lo tanto, no estaba sujeta a la ley de la purificación. Sin embargo, vemos a María cumpliendo el precepto y yendo al Templo para purificarse. ¡Qué ejemplo para nosotros! La Madre de Dios ama tanto la pureza de cuerpo y de corazón que parece no estar purificada aún lo suficiente y desea serlo cada vez más.

Y yo, ¿amo así la santa pureza? Con la misma disposición que animó a la Virgen Bendita, ¿procuro frecuentar los Sacramentos de la Confesión y los otros medios que la Iglesia nos ofrece, para purificarme y santificarme? ¿Puedo afirmar que María está contenta con la pureza y limpidez de mi alma? Pidamos a Ella que nos ayude a ser puros como Ella y nos dé un intenso amor a esa excelsa virtud.

2 - Obediencia

María no estaba obligada a la ley de la purificación, y Ella lo sabía bien. Toda la concepción del Verbo Encarnado y el parto milagroso habían sido obra del Espíritu Santo. Ella había sido saludada con el "bendita entre todas las mujeres", y de sí misma había dicho que "todas las generaciones la llamarían bienaventurada", por las maravillas que en Ella operaría el Todopoderoso. A pesar de esa grandeza, Nuestra Señora no se considera exceptuada de la ley. No quiso privilegios cuando se trató de obedecer a los preceptos divinos. Y, obediente, como si en Ella no hubiese nada de extraordinario, se sometió alegremente, como cualquier otra mujer, a la ley común. Pasados los cuarenta días del nacimiento de Jesús, con toda presteza se puso a camino de Jerusalén, para ser, con su Hijo, modelo de obediencia.

¡Otro admirable ejemplo que debemos imitar! ¡Meditemos y consideremos la diferencia entre este modo de obedecer y el nuestro! Cuántas veces sin razón nos juzgamos dispensados de cumplir algún precepto, aun cuando la obediencia no nos exige humillaciones ni sacrificios, como fueron exigidos a María en aquella ocasión. Que María nos alcance la gracia de ser obedientes a la ley de Dios como Ella lo fue.

Meditación para el primero Sábado - 4o Misterio Gozoso3 - Humildad

Extraordinaria en todo, Nuestra Señora también debía ser extraordinaria en su humildad. Virgen purísima antes, durante y después del parto, inmaculada y sin mancha alguna de pecado, Ella se dirige al Templo como una mujer manchada que necesita de purificación. Se diría que, por amor a la humildad, María se despoja de todo, hasta del concepto y gloria exterior de su virginidad perpetua, y se humilla hasta el punto de no aparecer como Madre de Dios ni como Virgen. ¡Qué sublime es esta virtud en María! ¡Qué obediencia más humillante para Ella y, sin embargo, con qué alegría obedece y con qué satisfacción se humilla!

He aquí otro ejemplo magnífico a ser imitado por nosotros: la humildad de María es proporcional a su grandeza. Virgen de las Vírgenes y Madre de Dios, aparece sin embargo escondida bajo el velo de la más sublime humildad. Meditemos profundamente y comparémonos con María: ¿Somos humildes como Ella lo es? ¿No es el momento para depositar a los pies de nuestra misericordiosa Madre todos nuestros orgullos, nuestras soberbias y amores propios que nos distancian de Ella y de su Divino Hijo?

CONCLUSIÓN

Volvámonos hacia la Señora del Rosario de Fátima para rogarle, al término de esta meditación, que infunda en nuestros corazones un fervoroso deseo de imitarla en sus virtudes de pureza, obediencia y humildad, haciéndonos cada vez más semejantes a Ella y a su Divino Hijo, modelos de sumisión a la Ley Divina. Que Ella nos alcance, además, la gracia de la perseverancia en la recitación diaria del Rosario, conforme a su maternal apelo dirigido a todos los hombres en las apariciones de la Cova de Iria. Y que así Ella nos haga cada día más santos, hasta el instante en que estemos unidos para siempre a la Madre y al Hijo en la gloria del Cielo. Así sea.

Dios te salve, Reina y Madre...

Referencia bibliográfica:

Basado en:

San Alfonso María de Ligorio, Encarnação, Nascimento e Infância de Jesus Cristo, traducción del P. Oscar das Chagas Azeredo, C. Ss.R., edición en PDF por Fl. Castro, 2002.

D. Ildefonso Rodríguez Villar, Pontos de Meditação sobre a Vida de Nossa Senhora, Porto, 1946.

Monseñor João S. Clá Dias, Comentário ao Evangelho da Apresentação do Menino Jesus e a Purificação de Maria, Revista Arautos do Evangelho, no 2, febrero de 2002.

 

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