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Primeros Sábados

Meditación para el primer sábado - 4o Misterio Luminoso

Publicado 2018/11/03
Autor : Redacción

La transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo.

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Introducción:

La transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo.Hagamos nuestra devoción del Primer Sábado pensando en la Fiesta de Cristo Rey, celebrada por la Iglesia en este mes de noviembre, cerrando el Tiempo Litúrgico de 2018. Con esta intención, meditaremos hoy el 4o Misterio Luminoso: La Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. Rey de todas las cosas visibles e invisibles, cuyo reino no tendrá fin, Jesús manifestó su gloriosa divinidad a tres de sus discípulos en lo alto del Monte Tabor, revelándoles por algunos instantes la indecible felicidad que nos está reservada en el Cielo.

Composición de lugar:

Imaginemos un bonito monte, elevándose en medio de campos y planicies que se extienden por el horizonte. En lo alto de la montaña, iluminada por esplendorosos rayos del sol, vemos a Nuestro Señor también resplandeciente de luz y de gloria, admirado por los tres discípulos que lo contemplan en aquella divina manifestación.

Oración preparatoria:

¡Oh, gloriosa Señora de Fátima!, Reina del Cielo y de la Tierra, que intercedéis por nosotros ante el trono de Cristo Rey, obtenednos las gracias necesarias para meditar bien este luminoso Misterio del Rosario. Que nosotros podamos, al término de esta meditación, hacer el propósito de buscar siempre la virtud y el bien, en el camino de santidad al cual somos llamados, para, un día, gozar de la eterna felicidad de la cual la Transfiguración del Señor fue un preanuncio momentáneo. Así sea.

Evangelio de San Marcos (9, 2-13)

"2 Seis días más tarde Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. 3 Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrante, como no puede dejarlos ningún lavador del mundo. 4 Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 5 Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «¡Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 6 No sabía qué decir, pues estaban asustados. 7 Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».

I- ESPERANZA EN NUESTRA PROPIA TRANSFIGURACIÓN

Delante de sus discípulos Pedro, Santiago y Juan, en lo alto del monte Tabor, Nuestro Señor les proporcionó la visión de su gloriosa divinidad, transfigurándose delante de ellos. El rostro del Maestro quedó refulgente como el sol y sus vestimentas se volvieron blancas como la nieve.

1- Una muestra de lo que sucederá con cada bautizado

La transformación que se dio en Jesús en aquella montaña de Tierra Santa, apareciendo resplandeciente de luz a los ojos de los apóstoles, de cierta forma sucede con cada cristiano en el momento del Bautismo. De hecho, cuando las aguas bautismales recaen sobre el nuevo hijo de Dios, la Santísima Trinidad toma posesión de su criatura. Esta, espiritualmente hablando, resplandece por la presencia divina en su alma, a la cual Dios comunica su belleza y su luz infinitas. Por todo esto, vemos la importancia y la riqueza inestimable de este Sacramento, que nos introduce en la vida cristiana, y al cual debemos honrar con la santidad de nuestros corazones.

Debemos preguntarnos, desde ya, cómo hemos vivido nuestra condición de bautizados y de hijos de Dios, llamados a la transfiguración en la gloria eterna.

2- Anticipación de nuestra propia transfiguración

La transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo.En efecto, estamos destinados a ser transfigurados como lo fue Cristo, pues su glorificación en el Tabor es una anticipación de nuestra futura glorificación en el Cielo. Como consecuencia, nuestro modo de vivir también debe ser transformado. Nosotros, católicos, tenemos que ser espiritualizados y transfigurados, siguiendo la enseñanza del Papa San León Magno que nos advierte: "Toma conciencia, oh cristiano, de tu dignidad. Y ya que participas de la naturaleza divina, no vuelvas a los errores de antes con un comportamiento indigno de tu condición. Recuérdate que fuiste arrancado del poder de las tinieblas y llevado a la luz y al reino de Dios".

Tengamos presente, pues, que nos compete vivir en este mundo ejercitando una "continua transfiguración" espiritual.

3- Mensaje de esperanza para nosotros

A su vez, el Papa San Juan Pablo II nos invita a ver en la escena evangélica de la Transfiguración de Cristo, en la cual los tres discípulos aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, un modelo de contemplación cristiana a seguir. Contemplar el rostro de Nuestro Señor transfigurado y creer que así se encuentra a la derecha del Padre es la tarea de cada discípulo de Jesús y, por lo tanto, también la nuestra. Creer también que lo mismo nos está reservado, según la palabra de San Pablo: "Reflejando la gloria del Señor, como un espejo, somos transformados de gloria en gloria, en esa misma imagen, siempre más resplandeciente, por la acción del Espíritu Santo" (2Cor 3,18).

De ese modo, el hecho de la Transfiguración nos ofrece un mensaje de esperanza: si nos esforzamos por llevar una vida virtuosa, si fuéremos santos y fieles a nuestras promesas del Bautismo, seremos transfigurados como Cristo en el Tabor.

II - ANTICIPO DEL PARAÍSO

"¡Oh dulce esperanza!", exclama San Alfonso María de Ligorio. Llegará un día en que nosotros también veremos a Dios tal como es, es decir, veremos la belleza increada que encierra de modo infinitamente perfecto todas las bellezas esparcidas por el universo, y "seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es" (1Jn 3,2).

1- Desapegarse de las cosas del mundo

Consideremos ante todo que la subida de los discípulos al Monte Tabor nos lleva a reflexionar sobre la importancia del desapego de las cosas del mundo para avanzar por un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús en su divinidad, y en las manifestaciones de su eterna bondad para con nosotros. Debemos pues, disponernos a tener constantemente momentos de oración y de meditación que nos permitan desconectarnos de las ocupaciones de esta vida terrena, para elevar nuestros pensamientos al Cielo y a las realidades eternas que nos aguardan.

¿Cómo están, a propósito, nuestra vida interior y nuestros ejercicios de oración y de piedad?

2- Degustación anticipada del Paraíso

Detengámonos también a considerar cómo los apóstoles tuvieron en lo alto del Tabor la degustación de la belleza del Paraíso y reflexionemos: San Pedro y sus felices compañeros probaron apenas una gota de la dulzura celestial y enseguida rogaron a Jesús que les permitiese permanecer siempre en aquel lugar.

¿Qué será de nosotros, entonces, cuando el Señor sacie a sus escogidos con la abundancia de su casa y les haga beber en los torrentes de sus delicias? (Sl 35, 9), pregunta San Alfonso.

San Pedro y los otros dos apóstoles no vieron a no ser un único rayo de la divinidad de Jesucristo, el cual translució de su sagrada humanidad. Sin embargo, no pudiendo sustentar tan viva luz, quedaron deslumbrados y cayeron de bruces sobre la tierra. ¿Qué será entonces, cuando el Señor se deje ver a sus escogidos cara a cara, como es en sí mismo?

Una vez más, recordemos que tan linda suerte también nos espera a nosotros, si nos esforzamos por merecerla en el tiempo de vida que todavía nos resta.

III -FUENTE DE CORAJE PARA ENFRENTAR EL DOLOR

Sin embargo, la gloria que gozaron los tres venturosos discípulos fue de corta duración. Con esto, el Señor nos quiere dar a entender que las consolaciones que hace degustar a sus seguidores tienen por único fin animarlos al trabajo, una vez que el tiempo presente es un tiempo de merecer y no de gozar.

1 -Antes de la Pasión, la certeza de la gloria divina

Consideremos que, para efectivar la Redención con la muerte en la Cruz y para formar la Iglesia, Nuestro Señor Jesucristo iba a someter a los apóstoles a pruebas durísimas. Era muy conveniente, por lo tanto, que hiciese conocer experimentalmente, por lo menos a tres de ellos, los fulgores de su gloria. De ese modo, no solo se sentirían robustecidos para enfrentar los traumas de su Pasión, como también más fácilmente ayudarían a sus hermanos a solidificar la Santa Iglesia, y fortalecerían a los fieles a lo largo de los tiempos.

Teniendo en vista los dolores que pasarían poco tiempo después, la Transfiguración del Señor fue una gracia excepcional concedida a los tres apóstoles escogidos en lo alto del Tabor. El recuerdo de lo que ellos vieron quedó como una fuente de sólida confianza, que les permitió soportar los mayores sufrimientos, pues tuvieron un vislumbre de la luz plena y refulgente de la eternidad.

La transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo.2 - A nosotros también nos son concedidos "Tabores"

Dios, también a nosotros, en ciertos momentos de nuestra vida nos concede "Tabores", es decir, gracias extraordinarias. ¿Quién no habrá sentido alguna vez una alegría interior, un palpitar del corazón, una emoción calma pero profunda, cuando la gracia sensible nos visita y nos concede contemplaciones interiores, degustaciones anticipadas de la felicidad perfecta que nos espera en el Cielo? Detengámonos un momento y procuremos recordar algunas de esas gracias y los saludables efectos que causaron en nuestro corazón.

Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, maestros de vida espiritual, dicen que la Providencia acostumbra a conceder esas gracias especiales para fortalecernos cuando tengamos que atravesar los períodos de probación. Es un modo común de Dios actuar: nos da consolaciones - el Tabor - para tener fuerzas cuando llegue la hora del Huerto de los Olivos, sabiendo que el fin tendrá aún más alegrías y esperanzas. Son gracias que nos animan a enfrentar los sacrificios de esta vida.

3 - Ser fuertes en las horas de las dificultades

Comprendemos, por lo tanto, que es bueno quedarnos con Jesús cuando nuestra vida está en el "Monte Tabor". Pero, preguntémonos si sentimos la misma disposición cuando estamos en el Huerto de la Olivos, es decir, cuando se aproxima la hora de nuestra pasión, cuando, como Jesús, sentimos tristeza y miedo.

Es fácil quedarnos con Jesús cuando en nuestra vida todo sale bien. Empero, cuando viene la hora de la tribulación, ¿tenemos el mismo coraje y fe para continuar con Nuestro Señor? ¿Tenemos la misma disposición para sorber el cáliz amargo del sacrificio y no solamente saborear la luz del Tabor?

Jesús nos concede la consolación para ser fuertes en la hora de las dificultades, para ser fieles a Él cuando nos llama a compartir el sufrimiento de la Pasión. Es en esta felicidad durante el dolor - y no apenas en las consolaciones - cuando podemos decir que lo amamos de todo corazón.

CONCLUSIÓN

Animémonos, por lo tanto, y busquemos sufrir con paciencia las tribulaciones que Dios nos envía, ofreciéndolas al Señor en unión con las penas que Jesucristo sufrió por nuestro amor, por las manos de María Santísima, nuestra misericordiosa Corredentora. Cuando las cruces nos aflijan, levantemos los ojos al cielo y consolémonos con la esperanza del paraíso. Todo es poco para merecer el reino del Cielo, afirma San Alfonso.

En la Transfiguración se escuchó la voz del Padre que dijo: "Este es mi hijo muy amado. ¡Oídle!" Volvámonos hacia la Señora Gloriosa de Fátima, la Madre de este Hijo amado, que siempre supo acoger y guardar en su Corazón Inmaculado cada una de sus palabras, y roguémosle que nos ayude también a oír las palabras que Cristo nos dirige, a corresponder a todas las gracias que Él nos concede, de tal modo que se torne verdaderamente el guía y la luz de toda nuestra vida, hasta transfigurarnos con Él en la gloria del Cielo.

Dios te salve, Reina y Madre...

 

Referencia bibliográfica:

Basado en:

San Alfonso Maria de Ligorio, Meditações para todos os dias e festas do ano, Friburgo: Herder & Cia, 1921.
San Juan Paulo II, Carta Apostólica "Rosário da Virgem Maria", octubre de 2002.
Papa Francisco, Ângelus da Festa da Transfiguração, 6 de agosto de 2017.
Monseñor João S. Clá Dias, Comentário ao Evangelho da Festa da Transfiguração, Revista Arautos do Evangelho, no 8, agosto de 2002.

 

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