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Especial Semana Santa

Las Reliquias de la Pasión

Clavos, lanza, corona de espinas... ¿Dónde están esos preciosos recuerdos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo? A través de estas páginas, hagamos una devota “peregrinación” a la Ciudad Eterna.

Roberto Kasuo

Todas las reliquias de Jesucristo, hasta los más simples objetos, impresionan y conmueven el alma cristiana, infunden profundo respeto y, al mismo tiempo, causan una intensa atracción. La sed de lo divino, inherente a todo hombre, se siente 01.JPGatendida en parte al contemplar cualquiera de ellas.

De esas inapreciables reliquias, el Santo Sudario de Turín es quizá la más conocida, debido a los reiterados intentos de negar su autenticidad; dicho sea de paso, intentos frustrados por rigurosas pruebas científicas. Todo ello fue informado por la prensa mundial, y pertenece al dominio público.

Las pruebas científicas, claro está, tienen su valor. Pero el hombre de corazón recto, al mirar el Santo Sudario, halla una prueba incalculablemente más valiosa de su autenticidad. ¿Qué pintor sería capaz de imaginar, de “crear” esa fisonomía? Tanta grandeza y serenidad en ese rostro, tanto perdón y tanta censura en esos ojos cerrados, no están al alcance de la inventiva de hombre alguno. ¡Se mira y se cree! ¡Es la faz de Jesús!

Escalera Santa

No obstante, mucho menos conocidas son las otras preciosas reliquias del Divino Maestro que un peregrino puede encontrar en Roma. En ese sentido, la Ciudad Eterna es un verdadero joyero.

A corta distancia de la magnífica Basílica de San Juan de Letrán, el fiel podrá subir de rodillas, devotamente, los peldaños de la Escalera Santa, llevada desde Jerusalén a Roma. Se trata de la escalera del Palacio de Poncio Pilato, por la que subió Jesús cuando fue presentado a la turba rugiente después de la Flagelación — el “Ecce Hommo”—. Incluso están señalados tres puntos donde se ve la marca de la divina sangre sobre el mármol blanco de los peldaños, ahora cubiertos de madera.

¿Cómo no conmoverse al imaginar al Hombre-Dios, todo llagado, subiendo por ella? A lo largo de los siglos, generaciones y generaciones de fieles maravillados han subido de rodillas esos 28 peldaños, pidiendo perdón por sus propios pecados, u ofreciendo un acto de reparación al Divino Redentor.

Iglesia de la “Santa Cruz de Jerusalén”

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Escalera Santa

Saliendo de la Scala Santa , el peregrino puede dirigirse a una iglesia próxima, la de la Santa Cruz de Jerusalén, hecha construir en Roma por la madre del emperador Constantino, Santa Elena, para acoger las reliquias de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo que ella había traído de Tierra Santa.

En una pequeña capilla al fondo de la iglesia se exponen esas preciosas reliquias. Se trata de:

Una parte de la Santa Cruz

Santa Elena partió a Tierra Santa con la piadosa intención de encontrar la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Le informaron que probablemente estaría en el lugar del Santo Sepulcro, pues los romanos tenían la costumbre de enterrar junto al cuerpo de los condenados, los instrumentos utilizados en el suplicio.

Para impedir la devoción de los primeros cristianos, el Santo Sepulcro había sido cubierto de escombros, construyéndose a su lado un templo para Venus y una estatua para Júpiter!

Por orden de Santa Elena, ese templo fue destruido y la estatua hecha pedazos. En seguida, dieron comienzo las excavaciones. El día 3 de mayo de 326 fueron encontradas tres cruces en el lugar. Todo indicaba que eran la de Nuestro Redentor y las de los dos ladrones. Pero, ¿cómo saber cuál era la de Jesús?

Frente a esa perplejidad, al obispo San Macario se le ocurrió una solución: pidió que una mujer muy enferma fuera tocada con cada una de ellas, convencido de que la Providencia se manifestaría para revelar la Santa Cruz. Al contacto con la primera y la segunda no sucedió nada. Pero cuando fue tocada con la tercera, la agonizante inmediatamente recobró su salud. No quedaban dudas.

Jubilosa, la Emperatriz hizo erigir en el lugar la grandiosa Basílica de la Santa Cruz, llamada también iglesia del Santo Sepulcro o de la Resurrección, donde quedó guardada la parte principal de la Cruz.

Otra parte fue enviada a Constantinopla, donde Constantino la recibió con gran devoción. Lleno de respeto hacia la reliquia, el monarca prohibió desde entonces el suplicio de la crucifixión en todo el Imperio Romano.

“Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén”. En ella, se encuentra un precioso relicario, donde se conserva un fragmento de la columna de la flagelación, uno de los clavos, el dedo de Santo Tomás, una parte de la Santa Cruz, una espina de la corona y la tablilla con la inscripción INRJ.

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“Iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén”
En ella, en un valiosísimo relicario,
se conservan, un fragmento de la
columna de la flagelación, uno de
los clavos, un dedo de Santo Tomás,
una parte de la Santa Cruz, una espina
de la corona y la tabla INRI.

La madre del Emperador llevó lo restante a Roma. Un importante fragmento se venera hasta hoy en la mencionada “iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén”, y otro en la Basílica de San Pedro.

Un Clavo

Fueron encontrados en el mismo sitio los clavos usados para clavar en la Cruz al Divino Redentor. El Emperador Constantino incrustó uno de ellos en una rica diadema de perlas, que usaba en ocasiones solemnes. En el 550, los demás fueron llevados a Roma por el futuro Papa San Gregorio Magno. Uno de ellos se venera en el joyero de la “iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén”.

El letrero INRI

En ese mismo joyero el peregrino podrá contemplar la tablilla con la inscripción “Jesús Nazareno Rey de los judíos” —en hebreo, griego y latín— mandada a colocar en la Cruz del Salvador por Pilatos.

Una espina de la Corona

Al contrario de lo que se suele creer, la Corona de Espinas de Nuestro Señor no tenía la forma de una diadema, sino la de una especie de gorro con 21 cm de diámetro, que cubría toda la cabeza. Está hecha con ramas de largas espinas trenzadas. Después de ponerla en la adorable frente de Jesús, los verdugos la golpearon para provocar grandes heridas, como se pueden comprobar por las manchas de sangre en el Santo Sudario.

La Corona permaneció en la Basílica del Monte Sión, en Jerusalén, hasta 1053, cuando fue llevada a Constantinopla. En 1238, el Emperador Balduino II la empeñó —junto con la punta de la lanza de Longinos— a raíz de un préstamo contraído con bancos de Venecia. De común acuerdo con ese Emperador, San Luis IX, Rey de Francia, rescató la deuda y recibió en su país las dos preciosas reliquias, con todas las muestras de veneración. El mismo rey, la reina madre, innumerables prelados y príncipes fueron a su encuentro cerca de la ciudad de Sens. San Luis y su hermano, Roberto d'Artois, las llevaron descalzos hasta la Catedral de San Esteban, en esa ciudad.

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Reliquias de la Pasión que se
encuentran en la “Iglesia de la
Santa Cruz de Jerusalén”.

Deseoso de albergar en un lugar digno reliquias tan inestimables, el Rey santo hizo construir en París una verdadera joya de la arquitectura gótica: la Sainte Chapelle (Capilla Santa), una maravillosa iglesia de vidrieras que deslumbra a todo el que tenga la dicha de conocerla.

Actualmente, la Corona de Espinas está en los Tesoros de la Catedral de Notre Dame de París.

En Roma se encuentra tan sólo una de esas Espinas.

El dedo de Santo Tomás

Curiosamente, entre las reliquias del mismo joyero está... el dedo de Santo Tomás, el apóstol incrédulo, que tras la Resurrección tocó la llaga del costado del Divino Redentor.

La Columna de la Flagelación

Desde el portal de Santa María la Mayor puede avistarse la Iglesia de Santa Práxedes. De sencilla apariencia, ¿qué contendrá?

Por un corredor se llega hasta una pequeña capilla. Ahí, en un fanal bien iluminado, se expone la Columna de la Flagelación. Resulta impresionante. Su simplicidad es elocuente. Sin ornato alguno, conmueve profundamente.

Tiene sólo 50 cm de altura, 32 cm de ancho en su base y 20 cm en el tope, donde hay una argolla de hierro en que se ataba al que recibiría suplicio. Está hecha en mármol blanco con gruesos granos negros.

En el Santo Sudario de Turín se cuentan las marcas de más de cien golpes de azote recibidos por Nuestro Señor.

La Columna de la Flagelación fue llevada a Roma en 1213, en los tiempos del Papa Inocencio III.

El asta de la Santa Lanza

Descubierta en el Santo Sepulcro, la Lanza con que el centurión Longinos atravesó el costado del Señor fue llevada desde Jerusalén a Antioquía. Ante la inminente invasión de los moros, manos piadosas la enterraron detrás del altar de la Iglesia de San Pedro. Durante la Primera Cruzada, en 1097, los cristianos fueron peligrosamente sitiados en dicha ciudad.

Entonces, un monje que había tenido una revelación sobrenatural, indicó el lugar donde se hallaba enterrada. Su descubrimiento despertó el entusiasmo y dio nuevos bríos a los cruzados, que derrotaron en seguida a los sarracenos.

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Columna de la Flagelación.

Ya vimos antes que la punta de la Sagrada Lanza fue llevada a París y depositada en la Sainte Chapelle con la Corona de Espinas. Infelizmente, esa preciosa reliquia desapareció durante la Revolución Francesa.

El asta permaneció en Constantinopla, incluso después que los turcos tomaran la ciudad. En 1492, el sultán Bajazet se la envió al Papa Inocencio VIII, aclarando que la punta se encontraba en poder del rey de Francia.

Dicha asta se venera en la Basílica de San Pedro, al lado de una estatua de San Longinos, el centurión mártir.

La benéfica cercanía de lo sobrenatural

La impresión de proximidad de lo sobrenatural, del amor de un Dios que se encarnó y sufrió lo inimaginable para salvarnos, impregna y perfuma el alma del fiel que contempla contrito cada una de las reliquias de nuestro Divino Redentor.

Terminada esta “peregrinación” por las reliquias de Jesús, nos queda una valiosa conclusión en el alma. A veces nos asalta la sensación de que Dios está distante, poco accesible a nuestros pedidos u oraciones. ¡Nada más falso y pernicioso para la vida espiritual! Dios está próximo a nosotros y escucha nuestras súplicas como si fueran las de un hijo único, extremadamente amado.

(Revista Heraldos del Evangelio, Marzo/2004, n. 27, p. 34 a 37)

 

Las siete palabras de Jesús

De pie junto a la cruz, María, conmovida de angustia y de dolores, oía de su Divino Hijo las últimas palabras.

monsenhor.jpgMons. João Clá, EP

Afirma Santo Tomás que “lo último en la acción es lo primero en la intención”. Por los actos finales y disposiciones de alma de quien transpone los umbrales de la eternidad, llegamos a comprender bien cuál fue el rumbo que sirvió de norte a su existencia. En el caso de Jesús, no sólo en la muerte de cruz, sino también, de forma especial, en sus últimas palabras, vemos el sentido más profundo de su Encarnación. En ellas encontramos una rutilante síntesis de su vida: constante y elevada oración al Padre, apostolado a través de la predicación, conducta ejemplar, milagros y perdón.

La cruz fue el divino pedestal elegido por Jesús para proclamar sus últimas súplicas y decretos. En o alto del Calvario se esclarecieron todos sus gestos, actitudes y predicaciones. María también comprendió allí, con profundidad, su misión de madre.

Jesús es la Caridad. La afección de esa virtud, la encontramos en las “Siete Palabras”. Las tres primeras tienen en vista a los otros (enemigos, amigos y familiares); las demás a Él mismo.

1ª Palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)

Padre – Es el más suave título de Dios, En esa hora extrema, Jesús bien podría invocarlo amándolo Dios. Se percibe, entretanto, claramente la intención del Redentor: quiso apartar, de los autores de aquel crimen, la divina severidad del Juez Supremo, interponiendo la misericordia de su paternidad. Se llega a entrever la fuerza de su argumento: i el Hijo, víctima del crimen, perdona, ¿por qué no lo hacéis también Vos?

01_2.JPGEs la primera “palabra” que sus divinos labios pronuncian en la cruz, y en ella ya encontramos el perdón. Perdón por los que le inflingieron directamente su martirio. Perdón que abarca también a todos los demás culpables: los pecadores. En ese momento, por tanto, Jesús pidió al Padre también por mí.

Aunque no hubiese fundamento para excusar el desvarío e ingratitud del pueblo, la saña de los alguaciles, la envidia y el odio de los príncipes y de los sacerdotes, etc., tan infinita fue la Caridad de Jesús que Él argumenta con el Padre: “porque no saben lo que hacen.”

La ausencia absoluta de resentimiento hace descender de lo alto de cruz la luminosidad armoniosa y hasta afectuosa del amor al prójimo como a si mismo. Oyendo esa súplica, llegamos a entender cuanto dominio de sí había en Jesús, en la ocasión en que expulsó a los mercaderes del Templo: era, de hecho, el puro celo por la casa de su Padre.

2ª Palabra: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43)

La escena no podía ser más pungente. Jesús se encuentra entre dos ladrones. Uno de ellos hace justicia a la afirmación de la Escritura: “Un bismo atrae otro abismo” (Sl 41, 8). Blasfema contra Jesús, diciendo: “¿Acaso no eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23, 39).

En cuanto ese ladrón ofende, el otro alaba a Jesús y amonesta a su compañero, diciendo: “¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros, en verdad, estamos justamente, porque recibimos lo merecido por nuestras obras; pero este nada malo ha hecho” (Lc 23, 40-41).

Son palabras inspiradas, en las cuales trasparecen la santa corrección fraterna, el reconocimiento de la inocencia de Cristo, la confesión arrepentida de los crímenes cometidos. Son virtudes que le preparan el alma para una osada súplica: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23, 42).

Al referirse a Jesús como "Señor", el buen ladrón lo reconoce en este momento como Redentor. El “acuérdate de mí” es afirmativo, no tiene ningún sentido condicional, pues su confianza es plena e inconmovible. Comprende la superioridad de la vida eterna sobre la terrena, por eso no pide aquello que, para el mal ladrón, constituye un delirio: el alejamiento de la muerte, la recuperación de la salud y de la integridad.

El buen ladrón confiesa públicamente a Nuestro Señor Jesucristo, al contrario incluso que San Pedro, que habría negado tres veces al Señor. Tal gesto le hizo merecer de Jesús este premio: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”
(Lc 23, 43).

Jesús torna solemne la primera canonización de la historia: “En verdad...”

La promesa es categórica incluso en cuanto a la fecha: hoy. San Cipriano y San Agustín llegan a afirmar que el buen ladrón recibió la palma del martirio, por el hecho de, por libre y espontánea voluntad, haber confesado públicamente a Nuestro Señor Jesucristo.

3ª Palabra: “Estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Viendo Jesús a su madre y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’!. Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la tomó consigo.” (Jn 19, 25-27)

Con esas palabras, Jesús finaliza su comunicación oficial con los hombres antes de la muerte (las otras cuatro serán de su intimidad con Dios). Quienes las oyen son María Magdalena, representando la vía de la penitencia; María, mujer de Cleofás, la de los que van progresando en la vida espiritual; María Santísima y San Juan, la de la perfección.
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Consideremos un breve comentario de San Ambrosio sobre este trecho: “San Juan escribió lo que los otros callaron: [poco después de] conceder el reino de los cielos al buen ladrón, Jesús, clavado en la cruz, considerado vencedor de la muerte, llamó a su Madre y tributó a Ella la reverencia de su amor filial. Y si perdonar al ladrón es un acto de piedad, mucho más es homenajear a la Madre con tanto cariño... Cristo, de lo alto de la cruz, hacía su testamento, distribuyendo entre su Madre y su discípulo los deberes de su cariño” (in Sto. Tomás de Aquino, Catena Aurea).

Es arrebatador constatar como Jesús, en una actitud de grandioso afecto y nobleza, encerró oficialmente su relación con la humanidad, en la cual se había encarnado para redimirla. Del auge del dolor expresó el cariño de un Dios por su Madre Santísima, y concedió el premio para el discípulo que abandonara a sus propios padres para seguirlo: el céntuplo en esta tierra (Mt 19, 29).

Es perfecta y ejemplar la presteza con que San Juan asume la herencia dejada por el Divino Maestro: “Y desde aquella hora el discípulo la tomó consigo.” (Jn 19, 27). San Juan desciende del Calvario protegiendo, pero sobretodo protegido por la Reina del cielo y de la tierra. Es el premio de quien procura adorar a Jesús en el extremo de su martirio.

4ª Palabra: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 45)

Jesús clama en alta voz. Su proclama hiende no solamente los aires de aquel instante, sino los cielos de la historia. Nuestros oídos son duros, era indispensable hablar con fuerza. Jesús no profiere una queja, ni hace una acusación. Desea, por amor a nosotros, hacernos entender la terrible atrocidad de sus tormentos. Así más fácilmente adquiriremos clara noción de cuanto pesan nuestros pecados y de cuanto debemos ser agradecidos por la Redención.

¿Como entender ese abandono? No se rompió – y es imposible – la unión natural y eterna entre las personas del Padre y del Hijo. Ni siquiera, se separaron las naturalezas humana y divina. Jamás se interrumpió la unión entre la gracia y la voluntad de Jesús. Tampoco perdió su alma la visión beatífica.

Perdió Jesús, esto sí, y temporalmente, la unión de protección al cual Él hace mención en el Evangelio: “Y el que me ha enviado está conmigo; no me deja solo (Jn 8, 29). El Padre bien podría protegerlo en esa hora (cfr. Mc 14, 36; Mt 26, 53; Lc 22, 43). El propio Hijo podría proteger su Cuerpo (Jn 10, 18; 18, 6), o conferirle el don de la incorruptibilidad y de impasibilidad, una vez que su alma estaba en la visión beatífica.

Pero así determinó la Santísima Trinidad: la debilidad de la naturaleza humana en Jesús debería prevalecer por un cierto período, a fin de que se cumpliese lo que estaba escrito. Por eso Jesús no se dirige al Padre como en general procedía, pero usa de la invocación “mi Dios”.

El orden del universo creado está cohesionado con el orden moral. Ambos proceden de una misma y única causa. Si la primera no se levanta para vengarse de aquellos que dilaceran los principios morales por medio de sus pecados, es porque Dios retiene su ímpetu natural. Si no fuese así, los cielos, los mares y los vientos se erguirían contra toda y cualquier ofensa hecha a Dios. Pero, ¿cómo frenar la naturaleza delante del deicidio? Por eso, en la hora de aquel crimen supremo, “toda la región quedó sumida en tinieblas”… (Mt 27, 45).

5ª Palabra: “Tengo sed.” (Jn 19, 28)

Señala el evangelista que Jesús dijo tales palabras por saber “que todo se había consumado, para que se cumpliera la Escritura”. Viendo un vaso lleno de vinagre que había por allí, los soldados, “atando a una rama de hisopo una esponja empapada en el vinagre, se la acercaron a la boca” (Jn 19, 28-29).

Se cumplía así el versículo 22 del salmo 68: “Me pusieron veneno en la comida, me dieron a beber vinagre para mi sed”.

¿Cuál es la razón más profunda de ese episodio? Es un verdadero misterio.

Jesús derramó buena cantidad de su preciosísima sangre durante la flagelación. Las llagas, en vía de cicatrización, fueron abiertas a lo largo del camino y aún más cuando le arrancaron las ropas para crucificarlo. La poca sangre que aún le restaba corría por el sagrado leño. Por eso, la sed se tornó ardentísima. Además de ese sentido físico, la sed de Jesús significaba algo más: el Divino Redentor tenía sed de la gloria de Dios y de la Salvación de las almas.

¿Y qué le ofrecen? Un soldado le presenta, en la punta de una vara, una esponja empapada de vinagre. Era la bebida de los condenados.

¿Podemos de alguna manera, aliviar por lo menos ese tormento de Jesús? ¡Sí! Antes de todo, compadeciéndonos de él con amor y verdadera piedad, y presentándole un corazón arrepentido y humillado.

Debemos querer tener parte en esa sed de Cristo, anhelando por encima de todo nuestra propia santificación y salvación, con redoblado esfuerzo, de modo a no pensar, desear o practicar algo que no nos conduzca a Él. Para Él será agua fresca y cristalina nuestra fuga vigilante de las ocasiones próximas de pecado. Compadezcámonos también de los que viven en el pecado o en él caen, y trabajemos por su salvación. En suma, apliquémonos con ánimo en la tarea de apresurar el triunfo del Inmaculado Corazón de María.

El Salvador clama a nosotros de lo alto de la cruz que defendamos, aún más que el buen ladrón, la honra de Dios, buscando conducir la opinión pública a la verdadera Iglesia. Es nuestro deber buscar con entusiasmo la gloria de Cristo, “que nos amó y se entregó por nosotros a Dios como ofrenda y sacrificio de agradable olor.” (Ef 5, 2).

6ª Palabra: “Todo está consumado.” (Jn 19, 30)

La Sagrada Pasión había terminado y, con ella, la predicación. Todas las profecías se habían cumplido, conforme interpreta San Agustín: la concepción virginal (Is 7, 14); el nacimiento en Belén (Mq 5, 1); la adoración de los Reyes (Sl 71, 10); la predicación y los milagros (Is 61, 1; 35, 5-6); la gloriosa entrada en Jerusalén el día de Ramos (Zc 9, 9) y toda la Pasión (Isaías y Jeremías).

En la Cruz fue vencida la guerra contra el demonio: “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Jn 12, 31). En el paraíso terrenal, el demonio adquirió de modo fraudulento la posesión de este mundo, con el pecado de nuestros primeros padres. Jesús la recuperó como legítimo heredero.

03_2.JPGConsumado estaba también el edificio de la Iglesia. Este se inició con el bautismo en el Jordán, donde fue oída la voz del Padre indicando su Hijo muy amado, y se concluyó en la cruz, en la cual Jesús compró todas las gracias que serán distribuidas hasta el fin del mundo a través de los sacramentos.

Para que la preciosísima sangre del Salvador ponga fin al imperio del demonio en nuestras almas, es preciso que crucifiquemos nuestra carne con sus caprichos y delirios, combatiendo también el respeto humano y la soberbia. Jesús nos abrió un camino que, además, todos los santos trillaron.

7ª Palabra: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu.” (Lc 23, 46)

Se estableció en la Iglesia, desde los primordios, la costumbre de encomendar las almas de los fieles difuntos, a fin de que la luz perpetua los ilumine.

Jesús entretanto, no tenía necesidad de encomendar su alma al Padre, pues ella había sido creada en el pleno gozo de la visión beatífica. Desde el primer instante de su existencia, se encontraba unida a la naturaleza divina en la persona del Verbo. Por tanto, al abandonar el cuerpo sagrado, saldría victoriosa y triunfante. “Mi espíritu”, y no el alma, probablemente aquí significaría la vida corporal de Jesús.

Pero Jesús aguardaba su resurrección para pronto. Al entregar al Padre la vida que de Él había recibido, sabía que ella le sería restituida en el tiempo debido.

Con reverencia tomó el Padre Eterno en sus manos la vida de su Hijo Unigénito, y con infinito complacimiento la devolvió en el acto de la resurrección, a un cuerpo inmortal, impasible y glorioso. Se abrió así, el camino para nuestra resurrección, restándonos la lección de que ella no puede ser alcanzada sino por el calvario y por la cruz.

AVE CRUX, SPES UNICA.

(Revista Heraldos del Evangelio, Marzo/2002, n. 3, p. 13 a 17)

 

Jesucristo y la aflicción: de esta unión nació la Iglesia

¿Qué papel cumple el dolor en la vida humana? ¿Ha de ser querido o repudiado? ¿Es inevitable? Asuntos como éstos poblaban la mente del célebre escritor católico Joris- Karl Huysmans (1848- 1907) cuando escribía una de sus grandes obras, “L'Oblat”, de la que transcribimos el siguiente fragmento .

Para intentar comprender la razón de ser de esta terrible benefactora, sería preciso remontarse hasta la primera edad del mundo, entrar a ese Edén donde, nada más Adán conoció el pecado, surgió la aflicción, el dolor. Fue la obra primogénita del hombre, que desde entonces lo persigue en la tierra e incluso más allá de la tumba, hasta el umbral de Paraíso.

Fue la hija expiatoria de la desobediencia, a la que el bautismo, que borra el pecado original, no extinguió. Al agua del sacramento ella añadió el agua de las lágrimas, y limpió las almas tanto como pudo con las dos sustancias tomadas del cuerpo del hombre: el agua y la sangre.

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¿Qué papel cumple el dolor en la vida
humana? ¿Ha de ser querido o
repudiado? ¿Es inevitable?
Asuntos como éstos poblaban
la mente del célebre escritor
católico Joris- Karl Huysmans
(1848- 1907) cuando escribía
una de sus grandes obras,
“L'Oblat”, de la que transcribimos
el siguiente fragmento.

Odiosa para todos y detestada, la aflicción martirizó a las siguientes generaciones. La Antigüedad transmitió de padre a hijo el odio y el miedo a esa comisaria de las obras divinas, a esa torturadora incomprensible para el paganismo, que la consideró una divinidad malévola a quien ni oraciones ni ofrendas podían aplacar.

Caminó durante siglos con el peso de la maldición de la humanidad. Cansada de inspirar sólo iras y abucheos en su tarea reparadora, esperó con impaciencia –sí, también ella– la venida del Mesías, que la redimiría de su abominable fama y destruiría el execrable estigma que llevaba consigo.

Ella lo esperaba como Redentor, pero también como al Novio destinado desde la caída. Reservaba para él sus violencias amorosas hasta entonces reprimidas, porque en el cumplimiento de su triste y santa misión, sólo podía distribuir tormentos casi intolerables; reducía sus desoladoras caricias a la medida de las personas; no se entregaba por entero a los desesperados que la rechazaban y la injuriaban incluso cuando presentían que solamente los acechaba, sin acercarse demasiado.

Fue de hecho una amante magnífica sólo con el Hombre-Dios, cuya capacidad de sufrimiento rebasó cuanto había conocido. Se arrastró hacia él en esa noche espantosa, cuando a solas y abandonado en una gruta asumía los pecados del mundo; y apenas lo abrazó, ella misma se encumbró y se hizo grandiosa.

La aflicción era tan terrible, que Cristo desfalleció a su contacto. Para ella, la Agonía fue su noviazgo. Su signo de alianza, como el de cualquier novia, fue un anillo; pero un anillo enorme que sólo mantenía la forma del anillo pues, además de ser un símbolo nupcial, era un emblema de realeza, una corona. Con esta diadema ciñó la cabeza de su Esposo, antes aun que los judíos hubieran trenzando la corona de espinas que ella encomendara, y la frente divina quedó rodeada por un sudor de rubíes y se adornó con una joya de perlas de sangre.

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El dolor, temido y odiado por la Antigüedad, fue considerado
por el paganismo como una divinidad malévola a la que
ni oraciones ni ofrendas podían aplacar (“Muerte de
Sócrates”, por David – Metropolitan Museum of Art, New York)

Ella lo sació con las únicas caricias de que era capaz, es decir, con tormentos atroces y sobrehumanos. Y como esposa fiel, se aferró a él y no lo abandonó más. María Santísima, Magdalena y las santas mujeres no habían podido seguirlo a todas partes. La aflicción del dolor, sin embargo, lo acompañó al pretorio, con Herodes, con Pilatos. Examinó las correas de cuero de los azotes, corrigió el trenzado de las espinas, afiló el hierro de la lanza, aguzó celosamente la punta de los clavos.

Y cuando llegó el momento supremo de las bodas –mientras María, Magdalena y Juan permanecían en llanto al pie de la cruz– ella, como la pobreza que menciona san Francisco de Asís, subió deliberadamente al lecho del patíbulo, y de la unión de estos dos despreciados de la tierra nació la Iglesia. Salió entre borbotones de sangre y agua del corazón herido. Y fue el final. Cristo, habiéndose vuelto impasible, escapaba para siempre de sus abrazos. La aflicción enviudó justo en el momento en que había sido finalmente amada, pero bajaba del Calvario rehabilitada por ese amor, rescatada por esa muerte.

Vilipendiada tanto como el Mesías, se había elevado con él y había dominado también al mundo desde lo alto de la Cruz. Su misión quedaba confirmada y ennoblecida. En adelante sería comprensible para los cristianos, sería amada hasta el fin de los tiempos por almas que la llamarían a apresurar la expiación de los pecados propios y ajenos, para amarla en memoria y a imitación de la Pasión de Cristo, nuestro Señor.

(Revista Heraldos del Evangelio, Marzo/2007, n. 63, p. 36 - 37)

Especial Semana Santa

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