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Leyenda del Barrilito

Conoceremos aquí un cuento. Sin duda una leyenda maravillosa: llena de enseñanzas para la vida... Una descripción de actitudes, mentalidades y estados de espíritu.

Hoy en día, ¿existirán personas que encajan en esta historia? ¿Conoce alguien así?
Así que, vamos a pedir, al conocer esta leyenda, que esa persona se convierta también en un “Caballero del Barrilito"...

Cuenta una antigua leyenda que en los confines de Normandia vivía un arrogante caballero, cuyo nombre era motivo de terror en toda la región. De gran estatura y bello porte, era vanidoso, desleal y cruel. No temía a Dios ni a los hombres. No hacía ayuno ni abstinencia, no asistía a Misa y no escuchaba los sermones. No se conocía hombre tan malo como él.

- ¡Alistadme para el almuerzo el jabalí que cacé ayer! – gritó un Viernes Santo a sus cocineros.

Al escuchar esto, sus súbditos le dijeron:

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- Señor, hoy todos ayunan... ¿Y queréis comer carne? - Creednos, Dios terminará por castigaros.

- Hasta que eso ocurra, habré robado y ahorcado a mucha gente - replicó.

- ¿Estás seguro que Dios tolerará todas esas faltas?

Vos debéis arrepentiros sin demora, señor. En un bosque vecino habita un monje, varón de gran santidad. Vamos hasta allá y confesémonos – insistían sus vasallos.

- ¿Confesarme? ¡Jamás! – respondió con desprecio el caballero.

- Venid al menos a hacernos compañía.

- Para divertirme iré. Por Dios nada haré.

Y se pusieron en camino.

En medio del solitario y quieto bosque, encontraron en una ermita al santo varón. Todos entraron y se confesaron, mientras que el hidalgo caballero ni desmontó del caballo. Avisado por los penitentes, salió el ermitaño al encuentro de este orgulloso, que seguía en su caballo y le dijo:

- Sed bienvenido, señor. Dado que eres un caballero, debes ser cortés. Desmontad y venid a hablar conmigo.

- ¿Hablar con usted? ¿Por qué diablos? Tengo prisa.

- Ven y conoce mi capilla y mi morada.

Muy a contragusto y de mala gana, el caballero descendió. El monje lo tomó por el brazo y llevándolo ante el altar le dijo:

- Señor, matadme si quisieres, pero de aquí no saldréis hasta que os hayas confesado.

- ¡No os contaré nada! No sé que me impide matarte.

- Hermano, decidme un solo pecado. Dios os ayudará a confesar los demás...

- ¡Maldita Sea! ¿No me dejarás en paz? ¡Yo lo haré, pero de nada me arrepentiré!

Y con gran arrogancia contó de un tiro todos sus muchos pecados.

- Señor, por lo menos sujetáos a una penitencia – dijo el santo monje.

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- ¿Qué? ¿penitencia? ¡Te burlas de mí! – vociferó furioso el caballero.

- Ayunaréis todos los Viernes Santos durante 3 años.

- ¿Tres años? ¡Estáis loco, jamás!

- Entonces un mes.

- Tampoco.

- Irás a la Iglesia y rezarás un Padre Nuestro y un Ave María.

- Para mí sería aburrido y además...tiempo perdido.

- Entonces, ya que sois arrogante y que os creéis tan poderoso al menos toma este pequeño barril, llénalo en el arroyo cercano y tráemelo de vuelta.

- Bien, eso no me cuesta tanto y para librarme de usted, lo haré.

Salió pues el caballero en dirección a la fuente y de un solo golpe hundió en el agua aquel pequeño barril.

Sin embargo, en éste no entró una sola gota... Intentó nuevamente, de una y otra forma... ¡Nada!

Intrigado y gruñendo de rabia, volvió a donde el ermitaño y gritó:

- ¡Barril embrujado! ¡No puedo meterle una sola gota de agua!

- Señor, ¡que triste estado es el vuestro! Un niño lo habría traído desbordado... Esta es una señal de Dios, por causa de vuestros pecados – dijo el monje.

- Pues yo os juro que no volveré a mi castillo hasta no llenar este barril, así tenga que darle la vuelta al mundo. ¡Y por esto doy mi palabra!

Y así partió el caballero con el barril, llevando solamente la ropa que tenía consigo. En todos los pozos y arroyos, cascadas y ríos, lagos y mares, trató de llenar el pequeño tonel, pero siempre fue en vano. Caminando sin cesar por planicies y montañas, a través del frío y el calor, recorrió varios países. Harapiento y sucio, curtido por el sol, obligado a mendigar, sufrió hambre, insultos y burlas, pues muchos desconfiaban de él. Su cuerpo se iba desgastando y el barril le pesaba enormemente, atado a su cuello. Después de dos años de fracasos, decidió volver a la ermita, donde finalmente llegó, exactamente un Viernes Santo. El monje no lo reconoció y le preguntó:

- Querido hermano, ¿quién os dio ese barril? Hace dos años, lo entregué a un bello caballero, que no regresó nunca más... No sé si él todavía vive.

- ¡Ese caballero soy yo y este es el estado en que me has puesto! – respondió lleno de ira el despeinado vagabundo y luego le contó todas sus desgracias.

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El santo hombre se enojó ante tanta dureza de alma y gritó:

- ¡Usted es el peor de los hombres! Un perro o cualquier animal habrían llenado el barrilito. ¡Ah! ¡Veo que Dios no aceptó vuestra penitencia, porque no os arrepentísteis!

Y llorando, rogó a la Santísima Virgen que intercediese por aquel pecador endurecido.

Mientras el monje estaba sollozando su larga oración, el caballero, quieto, fue tocado por la gracia. Su corazón tan duro se conmovió. Sus ojos se nublaron. Una gruesa lágrima rodó por su rostro marchito y cayó en el pequeño barril, que traía amarrado a su cuello. ¡Y esta única lágrima fue suficiente para llenarlo hasta el borde!

Arrepentido sinceramente, él pidió ser confesado. El monje, maravillado, lo abrazó con lágrimas de alegría.

Reconciliado con Dios, el caballero regresó a su castillo y llevó una vida santa desde ese día, siendo ejemplo para todos sus siervos y los habitantes de la región donde pasó a ser conocido como el Caballero del Barrilito.

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