El simbolismo del pan y del vino en la Eucaristía

Publicado 2009/05/18
Autor: Redacción

Jesús fue perfecto en todo lo que hizo, desde sus divinas enseñanzas o sus estupendos milagros hasta el mínimo gesto o actitud. Para el más sublime de los milagros, ¿por qué habrá utilizado el pan y el vino?

El simbolismo del pan y del vino en la Eucaristía

 
Quién al pasear por el campo y ver un tri­gal magnífico, dora­do y listo para la sie­ga, o sino deparán­dose con una parra cargada de uvas de atractivas tonalidades, a punto de ser llevadas al lagar, podría pensar que to­da esa poesía va a dar lugar al más be­llo milagro ocurrido sobre la faz de la tierra?

En efecto, el trigo, después de ser segado y cernido, es transformado en harina, mezclado con agua y prepara­do en el horno, transformándose en el alimento más común para el sus­tento del hombre: el pan.

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La uva es exprimida para liberar su jugo, que será guardado con cari­ño por el viñador en grandes barri­les, donde fermentará y saldrá des­pués como el líquido precioso que es “regocijo del corazón y contento del al­ma” (Eclo 31, 36) * el vino *

El pan y el vino –ofrecidos un día por Melquisedec al Señor en sacrifi­cio– son alimentos tan bienamados por Dios, que los eligió para obrar el milagro de la Transubstanciación. Y bajo las apariencias del pan y del vi­no, nuestro Redentor quiso quedarse con nosotros “todos los días hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20).

Alimento del alma

Esta verdad fue negada por algu­nas sectas gnósticas de los primeros siglos del cristianismo. Una de ellas (los artotiritas) utilizaba pan y queso para la Consagración. Otra (los cata­rigios) usaba pan de harina mezclada ¡con sangre de un niño de un año, ex­traída mediante finas punciones! Va­rias otras “consagraban” agua en vez de vino, so pretexto de sobriedad… Lo mismo hacía la secta de los ma­niqueos, para quienes el vino era un “licor diabólico”.

Pero la Santa Iglesia puso punto final sin tardanza a todos estos dispa­rates. Y siempre usa pan y vino para el sacramento de la Eucaristía.

¿Por qué? Porque Jesús así lo hizo y así lo mandó hacer.

En la Última Cena tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discí­pulos diciendo: “Tomad y comed, és­te es mi cuerpo” . Después tomó el cá­liz con vino, y dando gracias se los pa­só, diciendo: “Bebed todos de él, por­que ésta es mi sangre” (Mt 26, 26-28). Así también lo enseña san Pablo, que afirma haber aprendido directamente del Salvador la misma doctrina: “Por­que yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la no­che en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo que se da por voso­tros; haced esto en recuerdo mío'. Asi­mismo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: ‘Este es el cáliz de la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en memoria mía'” (1 Cor 11, 23-25).

Paseo a través del mundo de los símbolos

Pero, ¿por qué Dios habrá esco­gido el pan y el vino para este sacra­mento? El amor a la Sagrada Euca­ristía induce esta pregunta en mu­chas almas.

Invito al lector a seguir los comen­tarios de los teólogos en un atracti­vo y educativo paseo por los campos de la Simbología, en busca de la res­puesta.

La Eucaristía –explican– es un ali­mento espiritual, de la misma forma como el Bautismo es un baño del al­ma. Y así como el agua, que sirve pa­ra la limpieza corporal, se convirtió en materia del Bautismo, gracias al cual los hombres son lavados espiri­tualmente, así también el pan y el vi­no, que restauran las fuerzas corpo­rales, se convirtieron en materia de la Eucaristía, gracias a la cual los hom­bres son alimentados espiritualmen­te.

El pan y el vino son los frutos más nobles del reino vegetal, con los cuales se nutre y conserva la vi­da del cuerpo, al punto que san Ire­neo los llama “primicias de los dones de Dios” . Por ello convenía que fue­ran elegidos para la Eucaristía, que Jesucristo instituyó para conservar y aumentar la vida espiritual del hom­bre.

El teólogo Juan Cornubiense, cita­do por santo Tomás en la Suma Teo­lógica, también incluye en el vino a las gotas de agua que el celebrante coloca en el cáliz antes de la Consa­gración, y afirma del modo más her­moso dicho simbolismo: “Entre to­das las cosas necesarias para el susten­to de la vida humana, el pan, el vino y el agua son las más limpias, más útiles y más necesarias. Por eso fueron prefe­ridas a todas las demás y transforma­das en lo más puro, más útil y necesa­rio que existe para adquirir la vida eter­na, esto es, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo” .

El empleo del pan y del vino en el sacramento de la Eucaristía es tam­bién una admirable imagen de la uni­dad de la Iglesia: el pan lo componen muchos granos de trigo que forman una sola masa, y el vino proviene de gran cantidad de uvas.

La Eucaristía es como un memo­rial de la Pasión de Cristo, cuando la Sangre preciosísima del Divino Re­dentor fue separada de su Cuerpo Santísimo. Así entonces, para repre­sentar bien dicho misterio, se toma separadamente el pan como sacra­mento del Cuerpo y el vino como sa­cramento de la Sangre.

Cuál es el verdadero pan

Parece tan sencillo decir: pan y vi­no… Pero, ¿cuál es el verdadero pan y el vino auténtico? La Teología se ocupa también, con belleza y preci­sión, de estos detalles.

Para que la Consagración sea vá­lida, sólo se puede usar pan de hari­na de trigo mezclada con agua natu­ral. Si la mezcla se hace con cualquier otro líquido no servirá para el Sacra­mento del Cuerpo de Cristo, puesto que no será verdadero pan, como en­seña santo Tomás.

El rito griego utiliza pan con leva­dura para la Consagración, mientras el rito latino emplea pan ácimo, es­to es, sin levadura. ¿Cuál de los dos hace lo correcto? Ambos, porque la levadura en nada afecta la naturale­za del pan, sino sólo su preparación. La Iglesia determina que cada sacer­dote celebre según el rito al que per­tenece.

Pan ácimo o con levadura: ¿cuál es más apto?

Lejos de ser una opción arbitraria o de mera conveniencia práctica, la elección entre un pan con levadura o sin ella deriva de consideraciones al­tamente simbólicas, que demuestran muy bien cómo todo en la Iglesia se encauza a lo más elevado, a la perfección.

Argumentan los teólogos de rito griego:

La mezcla de trigo y levadura re­presenta bien el misterio inefable de Cristo, que posee dos naturalezas en una sola Persona: la divina y la huma­na. Además, el uso de la levadura, cu­ya acción otorga volumen y consisten­cia al pan, significa que la mente de quien consagra o recibe la Eucaristía debe elevarse al Cielo en la contem­plación de las cosas espirituales y di­vinas. Por fin, la levadura le da al pan un mejor sabor, por eso designa con­venientemente la mayor suavidad del Sacramento de la Eucaristía.

Los teólogos latinos, a su vez, fun­dan su preferencia en el ejemplo de Cristo: en la Última Cena se comió pan ácimo, como lo disponía la ley mosaica; por lo tanto, Jesús consagró pan sin levadura.

Y al argumento añaden razones altamente simbólicas:

El pan ácimo es símbolo de pure­za y, así, representa mejor el Cuer­po de Cristo, concebido sin la menor corrupción en el seno purísimo de la Virgen María.

Además, es más adecuado para re­presentar la pureza de cuerpo y alma de los fieles que reciben la Eucaristía, como enseña san Pablo: “Purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva; pues sois ácimos. Porque nues­tro cordero pascual, Cristo, ha sido in­molado. Así que celebremos la fiesta, no con vieja levadura, ni con levadu­ra de malicia e inmoralidad, sino con ácimos de pureza y verdad” (1 Cor 5, 7-8).

Cuál es el vino auténtico

El Sacramento de la Eucaristía sólo admite el vino de uvas maduras. Por lo tanto, se excluye el “vino” de cualquier otra fruta. Igualmente ex­cluido queda el jugo de uvas verdes, porque todavía está en formación y no posee la calidad ni la misma con­dición de vino.

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La Iglesia determinó desde siem­pre que antes de la Consagración el celebrante agregue al vino “una pe­queñísima” cantidad de agua. Y el Concilio de Trento (1545 a 1562) sostiene categóricamente la doctri­na según la cual esa ínfima porción adquiere las propiedades del vino: “De acuerdo a la sentencia y parecer de todos los eclesiásticos, esa agua se convierte en vino” .

La Santa Iglesia se basó en varios motivos para establecer esta norma. En primer lugar, como los judíos acostumbraban tomar vino mezcla­do con agua en la cena pascual, lo más seguro es que Cristo lo consa­gra así en la Última Cena.

Pero a este motivo se suman otros de elevada expresión simbó­lica. Así dice el Concilio de Trento: “La Iglesia prescribió a los sacerdotes que mezclen agua con el vino del cá­liz que se ofrece, ya porque se cree que así lo hizo Cristo el Señor, ya porque de su costado atravesado por la lanza del soldado brotó sangre y agua” .

Cuando el agua se mezcla con el vi­no en el cáliz, el pueblo se une a Cris­to, afirma san Cipriano. Y santo Tomás de Aquino sigue más lejos: “Cuando el agua se convierte en vino, significa que el pueblo se incorpora a Cristo” .

Para otros teólogos, esa mezcla re­fleja una imagen de la íntima unión de Jesucristo con su Iglesia. El vino, elemento noble y precioso, simboliza al Hombre-Dios; y el agua es símbolo de la humanidad inconstante y frágil.

No obstante, el agua no es ne­cesaria para la validez de la Consa­gración. La mezcla de agua con vi­no –enseña la Teología– se refiere a la participación de los fieles en el sa­cramento de la Eucaristía, para sig­nificar que el pueblo se une a Cristo. Ahora bien, dicha participación no es un requerimiento esencial para que el sacramento sea válido.

* * *

¡Cuántas veces sentimos desánimo por culpa de nuestra debilidad espiri­tual, o casi caemos derrotados por las tristezas de esta tierra de exilio! Tam­poco es raro que nos sublevemos o queramos culpar a otros; pero basta­ría mirar un espejo para encontrar a quién acusar con seguridad.

En efecto, nosotros, que tanto cuidamos nuestra alimentación fí­sica, desatendemos nuestra alma y olvidamos que también ella –so­bre todo ella– necesita ser tratada con cariño. Para eso disponemos del “Pan del Cielo” (Jn 6, 32) que nos dará fuerzas para soportarlo todo, para crecer, para alcanzar la santidad, según la promesa de Je­sús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 56).

Acerquémonos lo más posible al Sacramento del Altar, preludio de nuestra eterna convivencia con Je­sús en el Cielo.