La tierna generosa y dadivosa grandeza de la Virgen

Publicado 2020/02/06
Autor: Saúl Castiblanco

La altura de la humildad de la Virgen es gigantesca. Pero evidentemente esta no era la única de sus virtudes

Redacción (Jueves, 06-02-2020, Gaudium Press) La altura de la humildad de la Virgen es gigantesca. Pero evidentemente esta no era la única de sus virtudes.

Si el Universo debía ser tan armónico, rico y variado como lo es, pues si no no sería reflejo perfecto del Creador, también así es el ser gigantesco de Nuestra Señora, armónico, rico, variado, gigantesco, siendo la Virgen también la imagen perfecta y acabada del Creador.

Captura de pantalla 2020-02-06 a la(s) 16.55.49.png 

De tal manera que aquello que hacemos con Dios, de forma análoga lo podemos hacer con María Santísima: Si al ver la amplitud de los mares podemos pensar en la inmensidad de Dios, también podríamos de forma análoga pensar en la inmensidad del alma perfecta de la Virgen. Si al ver la candidez y la pureza del armiño, podemos remontarnos a la belleza pulquérrima del Creador, también podríamos pasar primero por el escalón de la pureza del Bello Armiño de Dios, la Virgen bendita. 

Si la contemplación de la belleza del Orden del Universo puede ser el telescopio para trascender hasta la Belleza Infinita de Dios, un lente de aumento para mejor llegar a Él es contemplar la grandeza de la Virgen. 

Dr. Plinio Corrêa de Oliveira definía la grandeza como aquel atributo de la Divinidad, también presente en algunos seres creados, por donde brilla el esplendor y el poder; el poder es de la esencia de la grandeza. En ese sentido también María Santísima es muy grande, porque es muy poderosa, porque tiene la llave que abre el Corazón de Dios, y además administra la gracia. 

Pero como vemos por las últimas líneas, esa grandeza y poder de la Virgen no inspira tanto el temor cuanto la confianza: pues sabemos que ella es la personificación de la misericordia de Dios, por lo que su gigantesco poder lo usa sobre todo para salvarnos. 

Pero como dijo el Santo, Dios, que nos creó sin nuestro permiso, no nos salva sin nuestro consentimiento; ídem la Virgen. Aunque ella nos ama a todos, en buena medida requiere que le abramos la puerta de nuestro corazón, para que allí opere maravillas. Es lo único que pide. 

Entonces tenemos a la personificación del poder y la misericordia de Dios, queriendo entrar en contacto con nosotros para realizar el mayor de los bienes, que es nuestra salvación: ¿Despreciaremos a la grandeza materna que se inclina tierna hacia nuestra debilidad? 

Por Saúl Castiblanco 

 

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org