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Jesucristo

Navidad, garantía de luz en medio de las sombras

Publicado 2018/12/24
Autor : Redacción

A lo largo de nuestra vida, las dos actitudes de Dios se suceden muchas veces: mientras la experiencia de su amor nos estimula y transforma, la prueba del abandono nos purifica y robustece.

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Dios atrae constantemente hacia sí todo lo que ha creado. Esta atracción, no obstante, es ejercida de formas tan variadas como diversos son los objetos a los que Él atrae.

De ello encontramos reflejos en la propia naturaleza: una es la atracción que el sol ejerce sobre todos los vegetales, que salen en busca de la luz de la cual les viene la vida; otra, la de la luna sobre las aguas, rigiendo las mareas en largos ciclos; otra, en fin, la del imán, cuya fuerza puede llegar a ser inmensa, aunque sólo logre actuar sobre los metales...

La Sagrada Familia - Museo del convento de Santa Catalina de Siena, Quito
La Sagrada Familia - Museo del convento de
Santa Catalina de Siena, Quito.
Ahora bien, Dios atrae hacia sí, sobre todo, a los hombres, a quienes ama incomparablemente más que a los seres materiales. Lo hace, con razón, de un modo más intenso y de distintas maneras, pues las almas presentan una diversidad mucho mayor que la de los demás habitantes de la tierra. Sin embargo, al analizar el proceder de Dios veremos que actúa así mediante dos formas en particular, aparentemente contradictorias, pero en realidad complementarias.

En ciertas ocasiones, nos hace sentir la efusividad de su amor, su compasión y su ternura, manifestándonos toda su generosidad, su perdón y su paternidad. Entonces el hombre se admira al ver al Creador bajando de su gran gloria para tratarlo como hijo, y como hijo muy amado, y de ahí brota una confianza de lo hondo de su alma que lo hace capaz de practicar cualquier virtud y de realizar por Él cualquier sacrificio.

Una vez conquistada esta etapa, Dios pasa a actuar de diferente manera: se oculta, se hace el ausente, el sordo; algo así como la madre que para probar a su hijo se esconde en la casa dejándole que la busque. En esos momentos Él nunca está distante; sólo nos retira la confortadora sensibilidad de su presencia. Ha llegado el momento de que la criatura muestre con un amor desinteresado su gratitud por tantos beneficios recibidos.

A lo largo de nuestra vida, las dos actitudes de Dios se suceden muchas veces: mientras la experiencia de su amor nos estimula y transforma, la prueba del abandono nos purifica y robustece. Por lo tanto, ambas -cada una a su modo- son igualmente indispensables para el verdadero progreso espiritual.

Esto que se verifica en la vida de cada hombre, individualmente, también ocurre con los pueblos y con el conjunto de la humanidad. Así pues, cuando daba la impresión de que las tinieblas dominaban para siempre la tierra, aparentemente abandonada por Dios, los ángeles les anuncian a los pastores el nacimiento de aquel que, dividiendo la Historia por la mitad, venía a redimir a los hombres y a establecer con ellos una convivencia destinada a durar hasta el fin del mundo.

Para Dios no hay nada imposible salvo olvidarse de aquellos a quienes rescató con el precio de su Unigénito. En este mundo, donde cada vez hay menos sitio para la esperanza, la Navidad nos recuerda que Dios nunca abandona a su pueblo, sino que escoge el momento de mayor prueba para sus intervenciones más fulgurantes.

 

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