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Tesoros de la Santa Iglesia

Saltarines como ciervos

Publicado 2018/12/23
Autor : Hna. Leticia Gonçalves de Sousa, EP

Así como el ciervo recorre dando saltos valles y montes en busca de la fuente de agua viva, ciertas almas procuran a Dios haciendo relucir en ellas la alegría inocente, humilde y vigilante propia al Espíritu Santo.

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Hojeando las Escrituras vemos que Jesús es comparado con el buen pastor, con la gallina que reúne a sus polluelos bajo sus alas, con un fuerte león, con un cordero inmaculado y obediente hasta la muerte... El autor sagrado trata de este modo servirse de unos ejemplos muy cercanos a nosotros a fin de que sean espejo de las inefables perfecciones divinas.

Chital (ciervo moteado) correteando por el Parque Nacional de Kanha (India)En esta estela de imágenes terrenas que nos remontan a realidades sobrenaturales encontramos a un simpático animalito que refleja a las almas llamadas a procurar a Dios con entusiasmo y alegría: el ciervo.

Al contemplar a un grupo de ciervos alimentándose del tierno ramaje de los árboles o pastando en medio de una vigorosa hierba sentimos como si flotara sobre ellos una inocencia llena de perspicacia.

Aparentan estar ajenos al peligro, pero basta que uno de ellos note cierta amenaza para que, tras levantar su cola con un gesto característico y dar un breve bramido, haga que todos huyan saltarines.

El ciervo no retoza de manera descompasada como un cabrito, sino que parece seguir noblemente el ritmo de una música grandiosa. Su salto rebosa distinción y elegancia, e invita al que lo está mirando a desapegarse de la tierra a la búsqueda de panoramas más elevados. Por eso la casta esposa del Cantar de los Cantares se vale de ese distinguido animal para describirnos sus anhelos: "¡Un rumor...! ¡Mi amado! Vedlo, aquí llega, saltando por los montes, brincando por las colinas. Es mi amado un gamo, parece un cervatillo" (2, 8-9).

"Aquí llega, saltando por los montes, brincando por las colinas"... ¿Qué estará buscando?

Hembra en el bosque de Cannock Chase (Inglaterra)La respuesta la hallamos en las palabras del salmista: "Sicut cervus desiderat ad fontes aquarum, ita desiderat anima mea ad te, Deus"1 (Sal 41, 2). El ciervo es, en el reino animal, la imagen del deseo que el alma tiene de Dios, única fuente de agua viva capaz de saciar nuestra sed. Aun siendo irracionales, es como si vivieran en pos de esa fuente que el Señor le ofreció a la samaritana, de la cual surte agua para la vida eterna (cf. Jn 4, 14).

Hay un designio del Altísimo para todos los seres. A semejanza de esos encantadores animalitos, ciertas almas están llamadas a hacer que reluzcan en ellas la alegría propia al Espíritu Santo, inocente, humilde, vigilante, seria, desbordante de entusiasmo... A esas almas compete poseer, de un modo muy especial, la sed de Dios y de lo sobrenatural, y esto las lleva a henchirse de gozo, dispuestas a soportar con ufanía la sagrada y suave carga de la virtud, y a andar con saltarín júbilo por el camino que conduce a la bienaventuranza.

Cuántas cosas pueden enseñarnos las criaturas al considerarlas un reflejo de las realidades celestiales. Aprendamos a alegrarnos en el Espíritu Santo, teniendo ese entusiasmado deseo del Reino de los Cielos.

1 "Igual que el ciervo anhela corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, Dios mío".

 

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