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Historias de santos

San Isidoro de Pelusio. - Modos de tratar a los pecadores

Publicado 2019/02/14
Autor : Plinio Corrêa de Oliveira

A los pecadores que se arrepienten de sus faltas los debemos tratar con dulzura, pero a los que no sienten pesar de sus culpas y son petulantes, es necesario mostrarles toda nuestra firmeza para quebrar su orgullo.

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Vamos a tratar de San Isidoro de Pelusio, gran luchador contra las herejías que vivió en el siglo V.

Vengar la injuria hecha a Dios

San Isidoro de PelusioEn una de sus cartas a San Isidoro, un sofista de nombre Asclepio le recomendaba que moderase su lenguaje. El santo entonces respondió:

No creas que voy a cambiar de tono o que me volveré un débil adulador. Por el contrario, o cesas de darme tales consejos o yo te expulsaré del número de mis amigos.

¡Qué admirable! Éste es el cumplimiento del precepto de Nuestro Señor que consta en el Evangelio:

"¡Sea vuestro lenguaje sí, sí, no, no"! (Mat. 5, 37). Ése Asclepio recomendó a San Isidoro que atacase con menos fuerza a los arrianos y obtuvo esa respuesta. O sea, si quiere darme un consejo idiota que mueva a una traición a la Iglesia Católica, yo lo corto del número de mis amigos.

Aquí viene el trecho de una carta de San Isidoro al obispo de Teón: Somos igualmente culpables, tanto cuando vengamos las injurias que nos son hechas, como cuando no sentimos las que son hechas contra Dios. Tratándose de nosotros, usemos de toda indulgencia cuando nos ofendieren. Sin embargo, si es Dios el ultrajado, no debemos soportarlo.

Él dice que hay dos formas de culpa en materia de injurias: una cuando nos injurian personalmente y nos vengamos. ¡No debemos vengarnos de las injurias que nos hacen! Otra forma de culpa es cuando no vengamos las injurias hechas a Dios. De esas injurias sí debemos vengarnos. Es una obligación. Esas son palabras de un santo canonizado por la Iglesia con el objetivo de que nos sirva de modelo.

Es necesario temblar de indignación cuando se ve a Dios injuriado.

Temblar quiere decir estremecerse de indignación.

Se ve, no obstante, ¡cómo somos débiles! Somos sensibles a punto de no querer perdonar a nuestros enemigos, y sólo tenemos dulzura con relación a aquéllos que se elevan contra Dios.

Moisés no actuó así aunque era el más suave de los hombres. No dejó de encolerizarse contra los israelitas cuando hicieron el becerro de oro; y su cólera en esa ocasión fue mucho más santa que toda la dulzura que acaso hubiese mostrado. Elías se levantó contra los idólatras. Juan Bautista, contra Herodes. San Pablo, contra Elimas. Esto siempre para vengar la injuria hecha a Dios. En cuanto a ellos, se olvidaban sin dificultad de las injurias que les eran dirigidas.

Es verdad que Dios es bastante poderoso para hacerse justicia, pero él quiere que las personas de bien detesten el pecado y lo hagan detestar. Y es en esta conducta celosa en la que los santos hacían consistir la virtud y la verdadera filosofía.

Un pequeño examen de conciencia

Lo que San Isidoro acaba de decir, en dos palabras, es lo siguiente: es bueno que las personas a quien se dirige sientan cómo son débiles. Dice él:

Ved, no obstante ¡cómo somos débiles!

Ése es el modo antiguo de decir "como Uds. son débiles". Es muy desagradable llegar a un auditorio y declarar: "Uds. son débiles, Uds. tienen tales defectos". Entonces, es una manera educada de decir "nosotros somos débiles". Es evidente que el Santo no era débil, sino el modelo de fortaleza. Sin embargo, por bondad se colocaba en medio de los otros.

Recuerdo un santo que predicaba a leprosos, y cuando hablaba con ellos decía: "nosotros leprosos...", pues es muy desagradable afirmar: "Uds. leprosos". Da la impresión de que saca de lado...

Isidoro sin embargo decía somos. Pero no debemos suponer que un santo pudiese tener esa flaqueza; es imposible. La Iglesia no lo habría canonizado. Pongo aquí el lenguaje que expresaría el fondo de las cosas: "Ved como sois débiles, sois insensibles hasta el punto de no querer perdonar a vuestros enemigos". O sea "cuando os hacen una ofensa personal quedáis muy sentidos y no conseguís perdonar. Sin embargo, contra aquéllos que ofenden a Dios, sólo tenéis dulzura".

Es el caso de hacer aquí un pequeño examen de conciencia.

En los cuatro o cinco últimos días es imposible que alguien no nos haya hecho una ofensa, por pequeña que sea... un maltrato cualquiera. Nosotros vemos que se cometen pecados contra Dios de todo orden, constantemente, es sólo salir a la calle. ¿Qué incomodó más nuestros nervios: el pecado contra Dios o la desatención que nos fue hecha a nosotros? Ése es un buen examen de conciencia.

En estos últimos días ¿no habremos quedado exacerbados con algún desprecio que nos fue hecho? ¡Es muy probable...! ¡Quién sabe si nos mereceríamos las palabras de San Isidoro de Pelusio! ¡Claramente posible! Y vuelvo a decir: es una buena ocasión para un examen de conciencia.

No se gana a todo el mundo con métodos iguales

Episodios de la vida de San Pablo Apóstol Basílica de San Pablo Extramuros, Roma, ItaliaSan Isidoro después nos da ejemplos de santos que no eran así: sabían perdonar las injurias cometidas contra ellos, pero eran violentos en castigar las ofensas hechas a Dios; por ejemplo Moisés, que siendo el más suave de los hombres, sin embargo se encolerizó con los israelitas cuando hicieron el becerro de oro. Elías se levantó contra los idólatras y pidió fuego del cielo que los exterminó. San Juan Bautista se indignó con Herodes y San pablo con Elimas.

¿Por qué? Porque esos eran pecadores, idólatras, hombres de vida impura. Dios se indignó contra ellos y también los profetas se indignaron. En cuanto a las ofensas que les eran hechas a esos santos personalmente, ellos olvidaban sin dificultad.

En otra ocasión San Isidoro de Pelusio afirmó que con las personas de bien era necesario mostrarse suave, paciente y humilde; pero, con los arrogantes y orgullosos, se debe saber usar un tono firme.

O sea, con las personas que ven con tristeza el mal que hicieron, podemos ser buenos. Cuando el individuo se jacta del mal que hizo, es necesario caer encima de él.

El Santo continúa:

Aquellos miran la dulzura como una virtud. He ahí por qué debemos usarla para consolarlos.

O sea, los que se arrepienten de sus pecados son personas inclinadas a la dulzura. Los que no se arrepienten son petulantes y solamente entienden la fuerza. Es necesario por lo tanto mostrarles toda la firmeza, de modo a quebrar su orgullo.

Con esa conducta sabia y prudente sustentamos a unos y humillamos a otros. No se puede ganar a todo el mundo con métodos iguales.

Es una espléndida consideración. Al pecador arrepentido se lo trata de una forma; al no arrepentido, de otra.

(Extraído de conferencia de 7/10/1968)

 

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