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Tesoros de la Santa Iglesia

El arcano que habita en la nieve

Publicado 2019/02/26
Autor : Hna. Marcela Gómez García, EP

Al detenernos unos instantes ante un paisaje nevado, mil pensamientos pueden invadir nuestra imaginación. Basta con que sepamos trascender la realidad concreta...

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Paisaje nevado en las proximidades de Schomberg (Canadá)

Todo en la Creación es un símbolo de algo más elevado y sublime. Las pequeñas gotas de rocío, por ejemplo, representan las consolaciones que los justos reciben para soportar las arideces del día. El león, a su vez, refleja la majestad combativa, imagen de Cristo Rey, que, tanto al expulsar a los mercaderes del Templo como en la entrada triunfal en Jerusalén, o incluso al ofrecerse como víctima en el Calvario, reinó majestuosamente con la fortaleza del Verdadero Combatiente.

Así, cuando nos detenemos unos instantes ante un paisaje nevado, mil pensamientos pueden invadir nuestra imaginación. Basta para ello que sepamos trascender de la realidad concreta de esta alba criatura a las consideraciones sobrenaturales, de las cuales es rica en simbolismo.

La nieve refleja una humildad silenciosa, unida a la grandeza del blanco aterciopelado. Su singular y casi paradisíaca belleza invita a elevar las mentes por encima de los pantanos de la banalidad y de la soberbia, rumbo hacia los más altos horizontes. Aunque simple, no deja de poseer nobleza, conquistando un equilibrio lleno de serenidad y armonía.

En la modesta blancura de la nieve resaltan de forma toda especial el encanto de una ardilla que sobre ella juguetea o los pasos elegantes de un ciervo. Contemplar escenas como esas nos inspira a vencer nuestro egoísmo y desear que los otros crezcan, mientras nosotros disminuimos.

Al observar los delicados copos que suavemente caen durante el riguroso invierno de algunas regiones, nos da la impresión de que presenciamos una lluvia de minúsculos cristales cintilando con un brillo único e insustituible. De modo similar a lo que ocurre con un vitral, cada uno de ellos refleja la luz con un matiz propio, formando un conjunto al mismo tiempo fugaz y mágico. Tal espectáculo nos invita a admirar la luz que titila en nuestro prójimo y a ayudarlo a difundirla, con vistas a la mayor gloria del divino Redentor.

Discreta en su hermosura, la nieve evoca también la pureza de corazón de los santos, que se hacen pequeños para irradiar mejor la luz de Nuestro Señor Jesucristo a todos los corazones. Revestidos del albo e inmaculado manto de la caridad, hacen que reluzcan en sí el sol de la virtud y con ello iluminan las tinieblas del mundo.

He aquí el arcano que habita en la nieve: sin dejar de ser humilde y discreta, nos impele a contemplar panoramas más elevados, a admirar las virtudes del prójimo, a desear ardientemente que éste alcance el grado más alto de la santidad y refulja como una antorcha incandescente en la corona de gloria del Creador.

Paisaje nevado en las proximidades de Schomberg (Canadá)

 

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