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La paloma y los cardenales

Publicado 2009/08/04
Autor : Redacción

El grandioso y bello ceremonial que rodea el Consistorio tiene detrás siglos de tradición. Los orígenes remotos del Sacro Colegio casi se pierden en las brumas de la Historia, en los primeros siglos de la Iglesia.

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La paloma y los cardenales

 

Fabiano era un devoto cristiano, de aquellos primeros siglos en los cuales afirmar públicamente el nombre de Jesús significaba poner en riesgo la propia vida. No hacía mucho que el Papa había sido martirizado. “El pontificado de Antero —dice Eusebio de Cesarea— había durado apenas un mes” . Y Fabiano, como todos los fieles, aguardaba ansioso la elección de un nuevo pontífice.

Cuando las circunstancias lo permitieron, el clero y el pueblo cristiano de Roma se reunieron en alguno de los locales de culto, tal vez una dependencia de las catacumbas, y procedieron a la elección. Procuraban empeñadamente llegar a un consenso en torno al candidato más idóneo. Las preferencias se inclinaban hacia aquellos de origen noble e influyente. Mientras, no había medio de llegar a un acuerdo.

Del anonimato a la notoriedad

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La birreta y la bula de creación que son entregados por el Papa a los nuevos miembros del Colegio Cardenalicio.

En aquel día, Fabiano volvía del campo, con algunos amigos. En el camino, sintió un deseo intenso de saber quién sería el nuevo Papa. ¿Simple curiosidad? ¿Inspiración del Espíritu Santo? Y él, movido por ese misterioso impulso, entró en el lugar donde transcurría la elección.

Podemos imaginar que hubiese ido a buscar a sus conocidos para informarse de las últimas novedades.

Tal vez alguno de los candidatos fuese amigo suyo o pariente...

Así, al traspasar el umbral del lugar donde se desarrollaba ese acontecimiento histórico, estaba bien convencido de que en la elección de un Papa hay siempre un elector invisible, que tiene la última palabra, independientemente de las intenciones humanas que puedan interferir en aquel acto: el Divino Espíritu Santo.

Esa vez, el Gran Elector había decidido intervenir de modo visible.

Mientras Fabiano se sorteaba la asistencia para aproximarse al lugar donde se desarrollaban los debates, una paloma entró por una ventana del recinto, aleteó elegantemente sobre los circundantes y se posó suavemente sobre su cabeza: ¡el Espíritu Santo ya había escogido! La asamblea, presenciado el hecho, irrumpió en una gran aclamación de júbilo delante de una señal tan notoria de la Providencia: “¡Él es digno! ¡Él es digno!

Y a pesar de la resistencia de Fabiano, le rodearon y le hicieron sentarse en el trono pontificio” , relata Eusebio de Cesarea.

El escogido por la paloma en el origen del Colegio Cardenalicio

San Fabiano gobernó la Iglesia durante 14 años, y coronó su pontificado con el martirio, bajo el emperador Decio, el 20 de enero del año 250.

Entre las medidas innovadoras ejecutadas por este Papa, destaca el nombramiento de un diácono para cada una de las siete regiones de Roma, con el fin de dar asistencia a los pobres, así como siete subdiáconos para dirigir los notarii , encargados de dirigir las actas de los mártires. Esos diáconos regionales son los antepasados remotos de una de las órdenes en las que se divide el Colegio Cardenalicio: los cardenales-diáconos. Y no deja de ser singular el hecho de haber sido un Papa escogido por una “paloma” quien lanzó los fundamentos de la institución que, siglos más tarde, tendría como principal función la elección del sumo pontífice.

Origen del Sacro Colegio

El Colegio Cardenalicio se originó “en el Presbyterium o senado sacerdotal que rodeaba al Obispo de Roma, así como a los demás obispos de los primeros siglos. A partir del siglo VI, los presbíteros de los 25 títulos o iglesias parroquiales de Roma reciben de præsbyteri cardinales (de cardo, bisagra), porque eran como la bisagra o eje de esa iglesia.

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El Cardenal Lluís Martinez Sistach recibe la delegación de los Heraldos del Evangelio.

Incardinatus o cardinalis , era costumbre decirse de un clérigo incorporado establemente a una iglesia, para establecer la diferencia con el que estaba vinculado temporalmente. Después fueron llamados diaconi cardinalis os diáconos regionales, encargados desde tiempos remotos de socorrer a los pobres de las siete regiones de Roma (más tarde fueron catorce), y ocupados también en asistir al Papa, tanto en los oficios divinos, como en la administración. A esos catorce diáconos se sumaron cuatro diaconi palatini, que servían al pontífice en su palacio. Había todavía siete obispos suburbicarios que acompañaban al Papa en las funciones litúrgicas: de Ostia, Porto, Albano, Santa Rufina o Silvia Cándida, Sabina, Músculo o Frascati, y Preneste o Palestrina.

Esos siete obispos, de Esteban II (769), oficiaban por turno (episcopi cardinales hebdomadarii) en la Basílica de Letrán. En el siglo XI, había en total 53 cardenales” .

Con el transcurrir de los siglos, su autoridad y prestigio fueron creciendo notablemente, pues, era también costumbre de los Papas escoger a cardenales como legados pontificios.

Vicisitudes del Papado

A partir del siglo VI, las elecciones de los Papas comenzaron a sufrir ingerencias de los príncipes, que perjudicaban mucho a la Iglesia. “Los reyes arrianos y ostrogodos de Italia se arrogaban el derecho de aprobación [del Papa electo] .

Después, los emperadores griegos de Constantinopla, convertidos en señores de Italia, continuaron los abusos de los arrianos y de los ostrogodos. Al comienzo del siglo IX, los reyes de los Francos se convirtieron, por la autoridad de la Iglesia, en emperadores de Occidente, recibiendo el derecho y el deber de vigilar para que la elección de los Papas fuese libre.

Tras la segunda mitad del siglo X, los reyes de Germania recibieron del Papado la dignidad imperial, y recibieron también el mismo privilegio, con la misma obligación. El primero de esos emperadores alemanes, Otón I, abusó de ese privilegio, contra el propio Papa que se lo había conferido” .

Durante el siglo XI, la creciente influencia de los monjes de Cluny llevó a emprender una saludable reforma exponente fue el Papa San Gregorio VII. Ya antes de ascender al Solio Pontificio, el humilde monje Hildebrando ejercía una notable influencia en la Curia Romana, trabajando incansablemente para contener los abusos de su época.

Entre ellos estaba la ingerencia de los príncipes en la elección del Papa.

Papel decisivo del Colegio Cardenalicio

Fue Esteban IX quien por primera vez confió la elección del sucesor de Pedro a los cardenales. Teniendo que ausentarse de Roma, y tal vez presintiendo su cercana muerte, “convocó a los cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos y les habló en estos términos: ‘Yo sé, hermanos, que tras mi muerte surgirán entre vosotros hombres orgullosos y ambiciosos que forzarán la puerta del redil, procurarán apoyo en los poderes laicos y despreciarán las reglas santas publicadas por los Padres, invadiendo la Sede Apostólica'. [...] Todos sin excepción prometieron al Papa obedecer sus instrucciones. Y cada uno de ellos fue a colocar sus manos entre las del pontífice, jurando no permitir que fuese electo un Papa sin el consentimiento unánime y una libre elección por todos los miembros del Colegio Cardenalicio” .

Tranquilizado por las garantías dadas por el clero de Roma, Esteban IX partió de viaje, pero en Florencia fue atacado por una súbita dolencia que se lo llevó de este mundo. San Hugo, de Cluny, que acompañaba al pontífice en el viaje, lo asistió en los últimos instantes.

Usurpación de la Cátedra de Pedro

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El cardenal Leonardo Sandri en el momento de recibir las visitas de felicitación, después del Consistorio.

La noticia de la muerte de Esteban IX detonó nuevas explosiones de ambición de los príncipes temporales.

Gregorio, conde de Tusculum, aliado con otros señores de las proximidades de Roma, intentó imponer a su candidato. “Los conjurados penetraron de noche en la ciudad de Roma, que quedó presa de su furor. En medio de un gran tumulto invadieron la basílica de Letrán y proclamaron Papa al obispo Juan de Velleri con el nombre de Benedicto X. Pedro Damián, ese héroe de la fe y de la disciplina eclesiástica, que acababa de ser promovido a la sede de Ostia, acudió con los cardenales con el fin de protestar contra esa horrible violencia. Sin embargo, los soldados se precipitaron sobre ellos, con la espada en alto, para masacrarlos. Los cardenales, protegidos por algunos servidores fieles, consiguieron salir de la basílica por una puerta secreta y abandonaron Roma” .

Primera elección realizada por el Sacro Colegio

En esa ocasión, el cardenal Hildebrando (futuro San Gregorio VII) regresaba de un viaje a Alemania. Al saber lo ocurrido, contra la prohibición expresa del Papa Esteban IX, se detuvo en Florencia, con el fin de organizar la elección legítima, de acuerdo con el juramento hecho anteriormente por los cardenales.

En Siena, Hildebrando propuso el solio pontificio al obispo de Florencia, Gerardo, que fue elegido por unanimidad por los cardenales, tomando el nombre de Nicolás II. “En el mes de enero de 1059 el Papa Nicolás fue recibido en Roma por el clero y el pueblo con las debidas honras, siendo entronizado por los cardenales y tomando posesión de la Santa Sede, según la costumbre” .

Algunos días después, el antipapa Benedicto se presentó delante de Nicolás II, a fin de reconciliarse con la Iglesia, y así se normalizó la situación.

Aunque el pontificado de Nicolás II fue muy corto – apenas dos años – marcó definitivamente la historia de la Iglesia, al instituir para todos y siempre, en el concilio de Letrán, en abril de 1059, que la elección papal quedaba reservada a los cardenales, apartándose así de las interferencias y de las ambiciones de los príncipes temporales:

Decidimos —determina el decreto de Nicolás II— que, por muerte del soberano pontífice de la Iglesia romana y universal, los cardenales-obispos regulen con el mayor cuidado la cuestión de su sucesor. Después recurrirán a los cardenales- clérigos, al restante del clero y al pueblo, con el fin de obtener su consentimiento para la nueva elección. Que hagan recaer la elección en el seno de la Iglesia romana, si en ella encontraran un hombre capaz; caso contrario, búsquenlo en otra iglesia” .

Con el transcurrir de los siglos, los cardenales fueron asumiendo cada vez más encargos en la Curia Romana, auxiliando, así, al Papa en el gobierno de la Iglesia. Uno de ellos, por ejemplo, es el del Tribunal de la Penitenciaría Apostólica, que regula la concesión de indulgencias y de las materias concernientes al fuero interno. “El origen de este tribunal debe ser buscado en el siglo XII, cuando la absolución de ciertos delitos más graves fue reservada al romano pontífice. Siendo muchos los que acudían en peregrinación a Roma para alcanzar el perdón de sus pecados, o enviaban sus pedidos por escrito, presentando casos de conciencia, decidió el Papa delegar sus facultades a un cardenal ( pænitentiarius maior ), el cual, desde el siglo XIII aparece establemente con el poder de absolver pecados y censuras, dispensas de irregularidades e impedimentos, conmutar votos, etc. Tenía a sus órdenes un regente de la Penitenciaría, un consultor canonista, varios auditores para examinar las causas, además de otros oficiales inferiores (scriptores, distribuidores, correctores, sigillatores)”.

Modernización de la Curia Romana

En el siglo XVI, Sixto V, en su corto pero proficuo pontificado, limitó a 70 el número de cardenales, promoviendo al mismo tiempo una innovadora reforma de la Curia Romana al dividir la administración de la Iglesia en quince congregaciones, dirigidas por cardenales. Esa estructura, con las adaptaciones necesarias a los nuevos tiempos, permanece esencialmente igual hasta hoy, demostrando su gran eficacia.

Actualmente, según la constitución apostólica Universi Dominici Gregis , de Juan Pablo II, los cardenales electores no deben pasar el número de 120, y ejercen el derecho de voto hasta completar ochenta años de edad.

De las remotas eras en que una paloma indicaba a los fieles el escogido por Dios para gobernar la Iglesia, hasta nuestros días, el Espíritu Santo fue conduciendo con Su soplo divino los acontecimientos, de forma a dar a la Iglesia su bella fisonomía, como la describe San Pablo, “toda gloriosa, sin mancha, sin arruga, sin cualquier otro defecto semejante, sino santa e irreprensible” (Ef 5, 27).

“La carrera del Paraíso”

La creación de nuevos cardenales, como hace poco ocurrió, en el Consistorio del 24 de Noviembre, siempre trae a la mente de todos la honrosa dignidad de ese cargo eclesiástico, quedando a veces en un segundo plano otros aspectos no menos importantes de tan alta función.

Merecen, por eso, ser aquí mencionadas a título de conclusión las palabras del Cardenal Angelo Comastri, Arcipreste de la Basílica de San Pedro, a Radio Vaticano, en las cuales el ilustre purpurado deja transparentar el verdadero y sublime sentido del cardenalato:

“El cardenalato no modifica la vida, el cardenalato compromete a dar más, compromete —si así se puede decir— a un heroísmo mayor en el vivir la fidelidad a la propia vocación [...]

No existen ‘carreras' en la Iglesia, pero existen llamados al servicio. La única carrera en la Iglesia es la carrera al Paraíso. Si no se llega allá, entonces se falló, porque la finalidad de la vida es alcanzar el Paraíso. Todo lo demás es únicamente un llamado al servicio: llamado a vivir por el Evangelio, porque es el bien único de la vida; llamado a servir a Jesús, porque es nuestra única esperanza; llamado a anunciar al mundo que hay un solo Salvador.

También el cardenalato sirve para eso y solamente para eso.”

 

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