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Historia Sagrada

Una gran alegría

Publicado 2009/03/23
Autor : Redacción

Así como los pastores encontraron a aquel adorable Niño recostado sobre pajas en un pesebre, también nosotros podemos reencontrarlo “recostado” en los tabernáculos de todo el mundo.

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Una gran alegría

 
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Ya en su nacimiento Jesús puso de manifiesto su amor por los más pequeños, por aquellos que, reconociendo su nada, o incluso su carencia espiritual, ponen toda su confianza
en el poder de Dios.

Era de noche. Los pastores que apacentaban sus rebaños acababan de oír el anuncio de la Buena Nueva que el ángel les anunciara, y se dijeron: “Vamos a Belén y veamos lo que se realizó y lo que el Señor nos manifestó” (Lc 2, 15). Y partieron “con mucha prisa” (Lc 2, 16) hacia la gruta para adorar al Verbo hecho carne y servir como testigos del gran acontecimiento para los siglos futuros.

Docilidad a la voz del Ángel

Al entender el significado de la noticia —la llegada del Mesías— los pastores fueron tomados por una mezcla de temor reverencial y consolación, pero no dudaron ni un segundo. Bastó el mensaje transmitido por el celestial embajador para robustecerlos en la Fe y confirmar sus esperanzas.

Sin duda, la luminosa aparición del ángel vino acompañada de una gracia especial que los hacía presentir la grandeza del acontecimiento anunciado. Flexibles a la voz de lo sobrenatural, no expresaron reservas ni pusieron objeciones; por el contrario, lo dejaron todo, abandonando rápidamente hasta los rebaños confiados a su cuidado, y se dirigieron inmediatamente en busca del “recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12).

Allí, como los apóstoles que, años más tarde serían llamados bienaventurados por el Divino Maestro, también ellos podrían haber escuchado de los labios del Salvador: “¡Bienaventurados los ojos porque ven! ¡Dichosos vuestros oídos porque escuchan!” (Mt 13, 16).

La humildad de los pastores atrajo los ojos de Dios

Aquellos rudos campesinos fueron objeto de esa predilección, por parte de la Bondad Divina, mucho más por ser pobres de espíritu que por su modesta condición social. La virtud de la humildad, que los hacía aptos para comprender los misterios de Dios sin oponer escepticismos arrogantes, atrajo sobre ellos las miradas del Altísimo, del mismo modo que María, por su modestia, fue elegida para ser Madre del Redentor.

Ya en su nacimiento Jesús puso de manifiesto, su amor por los más pequeños, por aquellos que, reconociendo su nada, o incluso su carencia espiritual, ponen toda su confianza en el poder de Dios.

Algunos pueden ver en esta actitud de sumisión ante Dios, tan propia de los santos de todos los tiempos, una despreciable manifestación de ignorancia o insuficiencia. Pero esta es la opinión de aquellos que el propio Jesús denominaría como los “sabios y entendidos” (Mt 11, 25) de este mundo y que, por lo tanto, por cegarse a sí mismos, se hallan privados del conocimiento de las cosas divinas.

La verdadera sabiduría —y ésta sí la poseían los pastores— la alcanzó en grado altísimo la virginal Señora que se inclinaba en adoración ante el mísero pesebre transformado en trono real. Movidos por esa “sabiduría de la humildad” los pastores habían corrido hasta el establo y contemplaban ahora la Sabiduría en persona, reposando plácidamente sobre las pajas: “La sabiduría apareció sobre la tierra, y convivió con los hombres” (Ba 3, 38).

El portal de Belén y los altares de la Iglesia

Hoy en día, en cierto sentido, se repite cada día el misterio de Belén.

Dos milenios después del nacimiento de Cristo, las iglesias se han multiplicado en todo el mundo y en sus tabernáculos reposa Jesús —verdaderamente presente, aunque oculto bajo la velos del Pan Eucarístico— como otrora sobre las pajas del pesebre, envuelto en los pañales que María le preparara.

La misma disposición que admiramos en los pastores debe impulsarnos a dejarlo todo y correr al altar para encontrar al Señor que desciende del cielo. En los altares de la Iglesia, obediente a la voz del sacerdote, nace Nuestro Señor Jesucristo una vez más, haciéndonos recordar como se presentó ante los maravillados ojos de la Virgen Madre, San José y los pastores, en aquella noche santa.

La Navidad no es un mero recuerdo histórico

La celebración de la Navidad encierra un especial significado litúrgico.

Aunque este nacimiento místico se dé todos los días en los altares de tantas iglesias distribuidas por el mundo, se reviste de una unción y una densidad particulares en la noche del 24 al 25 de diciembre.

No se trata solamente de un recuerdo de hechos históricos cubiertos por la bruma del pasado, sino una realidad más profunda de la que captamos a través de los sentidos. La liturgia de la Navidad trae un conjunto de gracias vinculadas a este misterio, las cuales se derraman sobre nuestros corazones cuando lo celebramos con fervor sincero.

“El año litúrgico — enseña el Santo Padre Pío XII — que la piedad de la Iglesia alimenta y acompaña, no es una fría e inerte representación de hechos que pertenecen al pasado, o una simple y desnuda evocación de la realidad de otros tiempos. Es, antes, el propio Cristo, que vive siempre en su Iglesia y que prosigue el camino de inmensa misericordia por Él iniciado, piadosamente, en esta vida mortal, cuando pasó haciendo el bien, con el objetivo de colocar las almas humanas en contacto con sus misterios y hacerlas vivir por ellos, misterios que están perennemente presentes y operantes, no de modo incierto y nebuloso, como dicen algunos escritores recientes, sino porque, como nos enseña la doctrina católica y según la sentencia de los doctores de la Iglesia, son ejemplos ilustres de perfección cristiana y una fuente de gracia divina por los méritos e intercesión del Redentor “. 1

La Fe en Nuestro Señor, recostado en el pesebre y presente en la Eucaristía

Hoy en día no vemos, como los pastores, al Divino Niño acostado sobre la paja, pero lo contemplamos, con los ojos de la Fe, en la Hostia inmaculada que el sacerdote presenta para la adoración de los fieles; no oímos las voces de los ángeles, haciendo resonar el “¡Gloria!” por las inmensidades de los cielos, sino que viene hasta nosotros la llamada de la Iglesia, invitando a sus hijos: “¡Venite et adorate gente!”

Si grande fue la fe de aquellos hombres simples para acreditar que en aquel pequeño venido a la tierra en tal carencia, y calentado tan sólo por el aliento de unos animales, se ocultaba el propio Dios, nuestra fe podrá lograr un mayor grado si consideráramos que ese mismo Dios está oculto en la Eucaristía. Entonces podremos también ser contados entre los hombres que el Señor llamó bienaventurados: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29).

Jesús, la suprema Belleza, se oculta en vano a los ojos de aquellos que tienen Fe: su poder se manifiesta en ese día, a pesar de la infancia a la cual lo redujo su amor, y sólo Él —sea bajo la figura de un frágil niño, sea bajo las especies eucarísticas— derrota los infiernos y rescata a la humanidad de la vil esclavitud del pecado.

Navidad: una “claridad” alegre y brillante

¡Cuántas gracias de alegría y consuelo concedidas por Navidad! Cada año, en todas las épocas de la Era Cristiana, esta fiesta máxima abre una “claridad” alegre y brillante en el curso normal, a veces tan lleno de sufrimientos y angustias de la vida de todos los días. Dominados por las preocupaciones o por la ilusión de este mundo pasajero, los hombres se olvidan fácilmente de la eternidad que los espera y miran esta tierra como su fin último.

Todos se afanan en la búsqueda de la felicidad; sin embargo, sólo una es la verdadera, y el Divino Niño viene para indicar el único camino que a ella conduce: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Y en esa noche silenciosa, todos paran delante de la gruta de Belén, gozando, aunque sea por un momento, de esta alegría envolvente, traída por el Redentor.

“Allí, los malvados dejan de agitarse, allí descansan los que están extenuados. También los prisioneros están en paz, no tienen que oír los gritos del carcelero. Pequeños y grandes son allí una misma cosa, y el esclavo está liberado de su dueño” (Job 3, 17-19).

¿De dónde viene la felicidad que sentimos en Navidad?

Ampliemos esos momentos de alegría experimentados al pie del pesebre o en torno al altar. ¿De dónde nos viene, sin duda, esa felicidad? ¿Dónde la podremos encontrar?

Encarnándose, Dios quiso hacerse uno de nosotros, para hacer esa felicidad aún más accesible, más atractiva, más encantadora. Al entrar en este mundo, el Divino Infante abre sus brazos en un gesto que presagia su misión salvadora y parece exclamar: “He aquí que vengo . [...] Con placer hago vuestra voluntad” (Sal 39, 8-9), manifestando en este acto la expresión de su perfecta obediencia al Padre, sellada en el Getsemaní: “Hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22, 42).

Así, en el esplendor de la noche de Navidad se inicia el gran misterio de la Redención, en su doble perspectiva: es el perdón concedido al hombre condenado, manchado por la culpa de Adán y por sus malas acciones; y también la elevación de ese mismo hombre en el orden sobrenatural, convidándolo a participar de la familia divina, por el don de la gracia.

En ese adorable Niño vemos a nuestra pobre naturaleza alcanzar alturas inimaginables, a las que sería incapaz de subir por sus propias fuerzas, y entrar en la intimidad de Dios, inaccesible e infinito.

Celebramos nuestra propia deificación

El santo Papa León Magno, en su famoso sermón sobre la Navidad, puso de manifiesto con palabras inspiradas, esa alegría universal que nos trae el nacimiento de Cristo: “ Nadie está excluido de la participación en esta felicidad. La causa de la alegría es común a todos, porque Nuestro Señor, vencedor del pecado y de la muerte y no habiendo encontrado a nadie libre de culpa, vino a libertar a todos gratuitamente. Exulte el justo, porque está más cerca de la victoria; se llene de júbilo el pecador, porque le es ofrecido el perdón; reanímese el pagano, porque es llamado a la vida ”.2

En el Redentor, recostado en el pesebre, vemos nuestra humanidad, reconocemos en Él un hermano, “en muchos aspectos similar a nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4, 15); en los pastores y en todos los que circundan el pesebre o el altar, admiramos una luz, de fulgor hasta entonces desconocido, que brilla, expulsando de las tinieblas de la maldición del pecado que los envolvía . “¡Oh admirable intercambio! ¡Oh Creador de la humanidad, asumiendo el cuerpo y el alma, quisiste nacer de una Virgen; y, convirtiéndote en hombre sin intervención de hombre, nos donó su propia divinidad!”. 3

Celebramos pues, en la Navidad, nuestra propia deificación.

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Junto al altar, entonando con los labios el “Venite gentes et adorate” de la Liturgia, cantemos con el corazón nuestra entrega sin reservas al Niño Salvador

Tenemos que retribuir todo ese amor

¿Quién no corresponderá con amor al propio Amor en persona? ¿Quién, redimido, no se postrará en adoración ante la debilidad de un Redentor que se hace pequeño para engrandecer a los hombres? Nos queda, por lo tanto, retribuir ese mismo amor al Pequeño Rey que hoy se nos da en el misterio del altar.

El amor hace similares entre sí a aquellos que se aman, afirma el gran místico San Juan de la Cruz. Para consolidar esa unión es necesario, sin embargo, que uno descienda hasta el otro por la ternura o el segundo suba hasta el primero por la veneración.

Jesús ya ha descendido a nosotros por la compasión, por el afecto, por la ternura... Subamos hasta Él o, mejor aún, pidamos, por la intercesión de su Santísima Madre, que Él mismo nos haga subir.

Junto al altar, entonando con los labios el Venite gentes et adorate de la Liturgia, cantemos con el corazón nuestra entrega sin reservas al Niño Salvador.

 

1 Pío XII, Mediator Dei, n. 150.
2 Sermo 1 in Nativitate Domini .
3 Liturgia de las Horas. Antífona de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, I Vísperas.

 

 

 

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