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¡Jesús reina! Pero no conforme al mundo...

Publicado 2019/11/21
Autor : Heraldos del Evangelio

La Solemnidad de Cristo Rey, instituida en 1925 por Pío XI, ratificó una antigua devoción popular, sustentada en numerosos pasajes de la Sagrada Escritura. Y, al situarla como cierre del ciclo litúrgico, la reforma postconciliar trajo, a su vez...

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La Solemnidad de Cristo Rey, instituida en 1925 por Pío XI, ratificó una antigua devoción popular, sustentada en numerosos pasajes de la Sagrada Escritura. Y, al situarla como cierre del ciclo litúrgico, la reforma postconciliar trajo, a su vez, un especial brillo a la Iglesia, pues esta conmemoración pasó a significar la entrega del año a Cristo Rey, en cuyas manos, según predica San Pablo, deben ser puestas “todas las cosas del Cielo y de la tierra” (Ef 1, 10).

En Jesús coexisten dos naturalezas, una humana y otra divina, unidas en una sola Persona divina. En él se suman de modo esplendoroso las infinitas perfecciones de Dios y todas las cualidades humanas posibles, en grado insuperable. Jesucristo es Rey en cuanto Dios y Creador, pero también en cuanto hombre, al poseer todos los atributos reales —la excelencia, el linaje, el poder, la grandeza...—, a los cuales se le añaden los méritos de su inmolación.

El dominio universal de Dios es absoluto. Puede crear cualquier cosa en cualquier momento, o hacerla volver a la nada en un instante. Por la unión de naturalezas, Jesús hombre ostenta igual potestad, que le otorga la misma facilidad tanto para curar la vista de un ciego como para darle un nuevo par de ojos... Se comprende, por tanto, la admiración de los judíos, quienes glorificaban a Dios “por haberle dado tal poder a los hombres” (cf. Mt 9, 8).

Sin embargo, Jesús afirma: “Mi Reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Y esto plantea una pregunta: ¿Por qué entonces pidió, en el padrenuestro, que ese Reino “venga a nosotros” (cf. Mt 6, 10)? Porque Cristo establece su dominio sobre los hombres no a la manera de los soberanos terrenales, sino actuando sobre sus corazones, que, por cierto, le pertenecen, pues El los creo.

El rechazo en reconocer ese reinado constituye no un mero acto de insubordinación, sino una subversión del orden natural, porque supone una rebelión contra aquel que nos dio el ser. En cambio, aceptar el yugo suave y la carga ligera de Cristo (cf. Mt 11, 30) significa dirigirse hacia la puerta de la salvación, la única que conduce a la humanidad al verdadero camino.

Jesús es Rey y centro de todos los corazones, algo muy superior a ejercer el mando desde un trono terrenal, pues supone gobernar el mundo por su lado más alto y perfecto, guiando de esta forma el rumbo de la Historia. Le corresponde a su doble naturaleza un imperio al cual nadie escapa, sea por la misericordia, sea por la justicia, y cuyo postrer acto se dará cuando, con ocasión de nuestro juicio particular, al conocer lo íntimo de los corazones, nos designe nuestro respectivo destino eterno: premio o castigo.

Para que se entienda en qué consiste el reinado de Cristo en esta tierra es necesario, por tanto, penetrar en el bellísimo juego de influencias ejercidas por Él sobre los corazones, congregándolos en torno de si? como un imán que atrae las limaduras de hierro. Jesús reina por la gracia: en las almas infundió su ley, pero es en el corazón del hombre donde, por medio de María Santísima, quiere establecer su trono.

 

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