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El suave yugo de Cristo

Publicado 2019/11/21
Autor : Heraldos del Evangelio

Si le ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra y si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta...

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 Si le ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra y si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía.

En nuestra primera encíclica analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.

Y en ella proclamamos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, pues la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, tanto en las costumbres de su vida particular como en la convivencia familiar y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negaran y rechazaran la soberanía de nuestro Salvador.

Por lo cual exhortamos entonces que era necesario buscar la paz de Cristo en el Reino de Cristo y, ademaás, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto fuera posible. En el Reino de Cristo, dijimos, porque estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y consolidar la paz que procurar la restauración del reinado de nuestro Señor. [...]

Rey en sentido proprio y estricto

Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas.

Así pues, se dice que reina en las inteligencias humanas no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y de El los hombres necesitan beber y recibir obedientemente la verdad; también se dice que reina en las voluntades humanas no solo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice que Cristo es Rey de los corazones porque su inconcebible amor “trasciende todo conocimiento” (Ef 3, 19) y con su mansedumbre y benignidad se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús.

Pero, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey, pues solamente en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre “poder, honor y rei- no” (Dan 7, 14); porque como Verbo de Dios, consubstancial al Padre, no puede menos de tener común con Él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas. 

Fundamento bíblico y litúrgico

Que Cristo es Rey, ¿no lo leemos en bastantes pasajes de las Escrituras? [...] De esta doctrina, común a los Libros Sagrados, se siguió necesariamente que la Iglesia Católica, Reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a to- das las naciones, celebrara y glorificara con multiplicadas muestras de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como a Soberano Señor y Rey de los reyes.

Y así como otrora en su salmodia y en los antiguos sacramentarios usó de estos títulos honoríficos, que con maravillosa variedad de fórmulas expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en las oraciones públicas del Oficio que dirige cada día a la divina Majestad y, en la Misa, en la inmolación de la Hostia inmaculada. En esta perpetua alabanza a Cristo Rey se descubre fácilmente la bella armonía entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se manifiesta igualmente en este caso que “la ley de la oración constituye la ley de la creencia”.

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Fuimos liberados por su sangre preciosa

Para mostrar en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de nuestro Señor, he aquí lo que muy bien escribe San Cirilo de Alejandría: “Su soberanía sobre todas las criaturas, no ha sido arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino que la posee en virtud de su misma esencia y naturaleza”.1 Es decir, su imperio se funda en esa maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado por los ángeles y por los hombres en cuanto Dios, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su autoridad y le deben obedecer también en cuanto hombre; de modo que por el mero hecho de la unión hipostática Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas. 

Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros no solamente por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la Redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordaran cuánto le hemos costado a nuestro Salvador: “No fuisteis liberados con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo” (1 Pe 1, 18-19). Por lo tanto, ya no somos nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado “a buen precio (1 Cor 6, 20); hasta nuestros mismos cuerpos “son miembros de Cristo” (1 Cor 6, 15). [...]

Seamos partícipes de su felicidad y gloria

Es maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra (cf. Mt 28, 18); si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía.

Es necesario, por consiguiente, que reine en nuestra inteligencia, la cual, con perfecta sumisión, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a las enseñanzas de Cristo; es menester que reine en nuestra voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es preciso que reine en nuestro corazón, el cual, posponiendo las afecciones naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas y sólo a a Él estar unido; es indispensable que reine en nuestro cuerpo y sus miembros, que como instrumentos, o en el lenguaje del apóstol Pablo, como “armas de justicia para Dios” (Rom 6, 13), deben servir para la interna santificación del alma.

Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda de que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

Quiera el Señor, Venerables Hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su Reino —la Iglesia— deseen y reciban, para su salvación, el suave yugo de Cristo y que cuantos por su misericordia ya somos sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad. Que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del Reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con Él partícipes del Reino celestial, de su eterna felicidad y gloria. 

PÍO XI. Fragmentos de la encíclica “Quas primas”, 11/12/1925. 

 


1 SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA. In Lucam, c. X: PG 72, 666. 

 

 

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